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BAUDILIO MONTOYA

Carlos Alberto Villegas UribePor: Carlos Alberto Villegas Uribe
cavillegasuribe@yahoo.com

El domingo por la tarde
llegando a Pueblotapao
cayó en Mitad del Camino
José Dolores Naranjo.

Sus padres, partícipes de esa epopeya de la esperanza que se denominó la colonización antioqueña, partieron con él desde Rionegro, cuando tenía cuatro años de vida y se radicaron en Calarcá, un incipiente caserío del antiguo Caldas, hoy convertida en la segunda ciudad del departamento del Quindío, a la cual siempre consideró como su tierra natal.

Baudilio Montoya
Talla en madera del Maestro Cartujias (1966)

Allí creció bajo la sombra protectora de robles, cafetos y guaduales, se hizo maestro de escuela y empezó a cultivar la poesía como condición vital de su existencia. En 1938 recoge en su primer libro: "Lotos", los poemas que ya se conocían en el ámbito literario regional, en los tradicionales juegos florales y en la naciente radio regional. Posteriormente aparecerían "Canciones al Viento" (1945), "Cenizas" (1949), "Niebla" (1953), "Antes de la Noche" (1955) y "Murales del Recuerdo", que constituyen la totalidad de su corpus poético editado. Quedan algunos versos manuscritos, con correcciones del poeta, en poder de su familia que esperan ser publicados aún.

Con ancho lote de angustia
y bajo un cielo de invierno
va el corazón avanzando
camino de Montenegro
Yo no sé que es lo que siente
Pero le duele un recuerdo.

Luego de beberse todos los paisajes y de contar líricamente las historias, las angustias, alegrías y tristezas de los hombres y mujeres de su comarca quindiana, falleció en Calarcá el 27 de septiembre de 1965. Como homenaje póstumo, el Comité Departamental de Cafeteros del Quindío, editó una antología de su obra poética con el título: "Baudilio Montoya: Rapsoda del Quindío". Con este nombre se quiso identificar el carácter social que caracteriza la voz de Baudilio Montoya. Una obra que en el sentir del escritor Lino Gil Jaramillo (1972): Transustanció en sus canciones las inquietudes sentimentales de la gente del agro y la aldea, de los campos y los caminos, por los cuales anduvo de pueblo, en pueblo y de mesón en mesón cantando y soñando, viviendo y muriendo, como los rapsodas antiguos o los trovadores medievales.

Ah, caminos de mi tierra
caminos hoy sin amparo
caminos ayer tan buenos
pero ahora tan amargos
caminos por los que viví
y por los que ahora estoy llorando
Y donde tantos caerán
al comenzar el ocaso
como cayó sin saberlo
José Dolores Naranjo

En Rapsodia del Quindío, el escritor y periodista Héctor Ocampo Marín afirma que la poesía de Baudilio Montoya es de corte romántica, concebida con notable dignidad; interpreta con sincero dramatismo la angustia del pueblo, los sentimientos de su gente, calidad que le da prestancia y prolonga la vigencia de esta poesía sencilla y trémula, pero auténtica y honrada. Comprendida desde la perspectiva de la escuela romántica, trascendida por los poetas capitalinos de su tiempo, el crítico Jaime Mejía Duque vindica la producción poética de Baudilio Montoya: Con ostensible coherencia estética y moral siguió siendo romántico y braceando como tal por entre los desajustes y las fisuras de una modernidad que definía ya las avanzadas literarias de América Latina. Aseveración que permite validar y releer desde el contexto la obra producida por un autodidacto, que nació, creció y expresó sus vivencias en una Colombia que aún no iniciaba su tránsito definitivo de lo rural a lo urbano. No aparecen en la obra de Baudilio Montoya -no podrían aparecer sin sonar a impostación, a falsedad, a producción libresca, a ampulosa retórica- las angustias del hombre urbano, citadino, pero sí una concepción metafísica que le permite acariciar desde la realidad vegetal que lo circunda una relación profunda con el cosmos.

Dame un árbol amada, cuando muera
que me acompañe en mi reposo eterno.
Un sauce fiel que se levante grave
señalando la paz de mi silencio.

Parque Monumento a Baudilio Montoya en la vereda La Bella
(...)
Por su tronco, tatuado por los años,
todo cicatrizado por el tiempo
ascenderá mi espíritu anheloso
a contemplar la inmensidad del cielo.

Leer poema completo...

El poeta y crítico literario Carlos Alberto Castrillón, autor de la antología poética: "Quindío Vive en su Poesía" (2000), señala respecto a la indagación metafísica de los versos de Baudilio: El solar es el espacio de sus versos, el ámbito de los recuerdos que alegran el dolor, el lugar de la cotidianidad. Es el sol, el campesino con su carreta, la mujer en su diaria labor, las estrellas que apenas se asoman y el crepúsculo como una 'opulenta catedral en llamas'. Pero es también el atardecer, no solo como el último aliento cromático de sol, sino como la puerta de entrada a los misterios nocturnos. Es el árbol que crece con la savia de los muertos, y desde el cual el alma puede asomarse de nuevo al mundo. Son las cosas en las que se hace perenne la memoria de los muertos. Es la intuición metafísica que ve la armonía del cosmos que se repite en la flor y en la semilla. Sin duda alguna su condición de poeta social, en el doble sentido de la palabra: aquel que participa de la vida cotidiana de un grupo humano, y aquel que da sentido a su obra denunciando atropellos y tropelías de los poderosos, es la que ha hecho perdurar su legado literario en el corazón de sus coterráneos sobre la obra de otros poetas, considerados por los académicos, de mayor proyección nacional. En su comentario sobre Baudilio, Carlos Castrillón agrega: El magnetismo natural de su persona y la presencia en su obra del sentir conjunto de un pueblo, lo convirtieron en el poeta más popular entre nosotros. Ningún poeta quindiano ha sido tan conocido, admirado y leído, ni sus versos aprendidos por todos como los de Baudilio Montoya.

En el capítulo "Poemas de la Gleba", del Rapsoda del Quindío, la voz de Baudilio se alza con su arsenal poético para denunciar el engaño social del mito navideño, se apoya en versos menores que reiteran la nadería de la costurera frente a quienes se lucran de su trabajo y recurre al soneto para realizar en un apunte rápido, que tiene el encanto de los bocetos, la inicua existencia del perro proletario condenado a la limpieza social, símbolo absoluto del desarraigo y la miseria. En Poema Negro, acude al barroquismo para pintar el fausto al que no será invitado el hijo de algún lejano y oculto sacrificio. El poema Guardián participa en su esencia de ese sentimiento cuando expresa la tristeza de la pérdida de uno de sus perros por culpa de un magnate engreído por el triste poder de su dinero. Y falta en la antología la inclusión de un poema que señala la farsa social de una religión que tiene como mandato la caridad, un poema dedicado a Pacheco El Carbonero, cuyos hijos no tuvieron suficiente dinero para pagar a los clérigos venales los gastos de su entierro.

Baudilio clama por su tierra, por su paisaje, por su gente, por una violencia secular que se ensaña con el más pobre, con ese José Dolores Naranjo, que también fue símbolo nacional en la caricatografía política de Hernando Turriago, Chapete, y de Hernán Merino, en un periodo de la historia colombiana que parece duplicarse en la actualidad con ese horror de los espejos que lamenta Borges. Un tiempo detenido en la barbarie que permite al poeta perpetuar su voz para reclamar hoy por sus pescadores, por sus carboneros, por sus costureras, por los miles y miles de desplazados, campesinos sencillos, sencillos como su campo, de esos que cantan y siembran y que rezan el rosario y a ninguno le hacen mal, porque detestan el daño, hombres buenos que no saben qué vientos los han arrancado de sus parcelas.

Hoy cien años después de su nacimiento regresa la voz del poeta para gritar de nuevo la premonición que ahora nos alcanza:

Pero será mañana. Ciego el mundo,
tras vivo paroxismo,
rodará en encendido cataclismo
al vórtice profundo
que ensancha la justicia que demora,
y en el medroso grito de la hora,
confundiendo mezquinos privilegios,
con hórridos afanes
dirá alegre sus bárbaros arpegios
un loco torbellino de huracanes.

ANTOLOGÍA POÉTICA DE BAUDILIO MONTOYA

Selección por Mayra Sarmiento A.

EN LA PLAYA

(VIDA ROTA)

-

Teníamos una canoa
y una atarraya de cuerdas
y un rancho firme, clavado
muy cerca de las arenas
que besa siempre mi río,
mi río del Magdalena;
que besa siempre mi río
mi río del Magdalena.

Qué feliz que yo vivía,
entonces, con mi morena.
Pero se me fue una noche,
una noche de subienda,
con un boga traicionero
que le dijo cosas bellas,
mientras que en el cielo azul
brillaba la luna llena.

Cuando pasan las canoas
que viajan hacia Ambalema
entre los copos de espuma
que deja el agua serena,
el corazón se me asoma
pensando que allí va ella
oyendo al boga traidor
que le dice cosas bellas.

Por eso, desde esa vez,
tengo siempre mi alma en pena,
y no me importa ya el rancho
ni la atarraya de cuerdas,
ni me interesa ya el río,
mi río del Magdalena;
mi me interesa ya el río,
mi río del Magdalena.


EL ÁRBOL

Dame un árbol, amada cuando muera
que me acompañe en mi reposo eterno.

Un sauce fiel que se levante grave
señalando la paz de mi silencio.

Quiero verlo avanzar desde mi sombra,
lo quiero contemplar desde mi sueño.

Un día, sus raíces, blandamente,
hundiéndose en el suelo,
horadarán el cedro de mi caja
buscando las cenizas de mis huesos.

Mi sabia en él será regalo de hojas,
retoño tempranero
que mecerá la vesperal caricia
de la mano romántica del viento.

Por su tronco tatuado por los años,
todo cicatrizado por el tiempo
ascenderá mi espíritu anheloso
a contemplar la inmensidad del cielo.

Veré desde su paz, como otros días
los dorados crepúsculos de enero,
los incendios del sol que tantas veces
vi requemando los oscuros cerros,
el camino que va, quién sabe a dónde
con su tardo desfile de viajeros
que no habrán de volver, la niebla triste
que borra la visión de los senderos
y el oro desmayado que la tarde
va regando en sus vivos terciopelos.

Acaso vea también tu amor de siempre,
tu amor sencillo y bueno
encendido a manera de una estrella
sobre el valle feliz de los recuerdos.

Dame un árbol, amada, cuando muera,
un árbol como firme compañero 
que lo sienta avanzar desde mi sombra,
que lo pueda mirar desde mi sueño.


LA NIÑA DE "PUERTO ESPEJO"

Con ancho lote de angustia
y bajo un cielo de invierno,
va el corazón avanzando
camino de Montenegro.

Yo no sé qué es lo que dice
pero le duele un recuerdo.

El corazón va buscando
una fonda de hace tiempos,
en donde José Pineda,
-hombre de pelos en pecho-,
vendía jarabe de tusa
y aguardiente pendenciero.

Allí paraban de tarde
con su recua los arrieros,
y allí también, muchas veces,
por borracheras y celos
enhiestaron sus machetes
Antonio Gil y Luis Cuervo,
que eran dos mandacallares
en esos lances tremendos.

La sangre teñía la grama
de los pastales resecos,
mientras las gentes miraban
apostando al más ligero.

Aquella fonda que digo
se llamaba "Puerto Espejo",
y estaba cerca a la hacienda
de Constantino Botero.

En ella encontré a la niña
cuyo nombre a nadie dejo,
porque es reserva que queda
en mis escombros de sueños.

Tenía la piel de canela,
y unos ojazos tan negros
como el abismo medroso
que muestran los sacrilegios.

En el primor de sus labios
florecía siempre un anhelo,
y en cercanía de los hombros,
como tallados en cedro,
parecía que apuntaran
dos frutos de cocotero.

Nos entendimos de pronto,
casi en el mismo momento,
ella me daba suspiros
y yo le daba mis versos.

Y una vez se fue la niña,
se fue así como en un cuento,
nadie supo su motivo
y nadie debe saberlo,
pero desde que partió
fue el lugar languideciendo,
ya no peleaban como antes
Antonio Gil y Luis Cuervo,
ni volvieron a parar
los errabundos viajeros.

Pero queda una tonada
que dicen en "Puerto Espejo":

Niñas así tan hermosas
como esa que ya está lejos,
no duran en las posadas
donde toldan los arrieros,
porque después de escuchar
un bambuco de recuerdos,
se pueden ir fácilmente,
sin pesar ni abatimiento,
como las hojas que arranca
de los almendros el viento.


EL VELORIO

Gotean los velones de herrumbrosos candiles
sobre el féretro negro del humilde velorio,
y una luz mortecina que se enreda en perfiles
riega cárdenos tintes en el cuarto mortuorio.

Con voz atormentada se empieza el responsorio
por el alma del mozo que finó sus abriles,
recomienzan las quejas y al fulgor ilusorio
los semblantes parecen como viejos marfiles.

A la luna de otoño ladra un can vagabundo
que se eriza medroso bajo el cielo profundo;
se despiertan los gallos tempraneros del huerto;

y cuando grita un buho las notas de su agüero,
advierten que en la vuelta primera del sendero
se ve alzando la sombra del ánima del muerto.


JUNTO A LA CUNA

Y así para los dos, el hijo muerto
que fue en nosotros la ilusión más bella,
tenía el hechizo rubio de una estrella
y la fragancia del pomar del huerto.

Pero ya el desespero del desierto
viene a aumentar la pávida querella,
cuando el oscuro desencanto sella
los apotegmas del destino incierto.

Ya no llores, Amada. Une tu pena
a mi trágica herida nazarena;
y mientras yo en la evocación me pierdo

y en tí se aviva del dolor la ola,
mezamos otra vez la cuna sola
y verás que se duerme su recuerdo.


ESTA NOCHE...

Esta noche soy malo; bajo el pálido amianto
de mi túnica fuerte, los empeños sensuales
aúllan a manera de encelados chacales
entre las oquedades que sustentan mi llanto.

Cual un bandido-artista, dueño y señor del canto,
voluptuoso acaricio mis pecados mortales,
como si fueran siete luminosos puñales
teñidos en supremos abordajes de espanto.

Los senos de la sombra, fecundan el fastidio
que en torno de mis vértebras, como medroso ofidio
aprieta sus anillos con insolencia cruel;

y siento en la solemne locura que me ampara,
la infinita delicia conque yo estrangulara
en su lecho de pieles a una mujer infiel.


POEMA NEGRO

Apura sus tonadas fantásticas la orquesta
que enciende la locura de la mansión en fiesta.
Galantes caballeros y férvidas mujeres
danzan la danza alegre de báquicos placeres
bajo la aristocracia de las bombillas claras
que agravian con sus iris las esmeraldas raras.

En vasos cincelados de hermoso corte griego
sirven el vino antiguo para el sensual sosiego,
y ornadas con orquídeas y anémonas ligeras
resaltan orgullosas las frentes altaneras.

En amplías morbideces de finas curvaturas
hay brazos tentadores de pérfida blandura
que desde el nido tibio de los encajes regios
invitan al abismo de ardientes sacrilegios.

Danzan la danza loca; y abajo en la baldosa
que cerca la insolencia de la mansión fastuosa,
bajo el sopor que inyectan los dientes de la fiebre,
-motivo que apresara benvenutino orfebre-
una mendiga esconde su cara adolorida
a todas las vergüenzas sangrientas de la vida
que entrega a los magnates su ciego poderío
y sólo les da sombras a los que tienen frío.

Guiñapo de esa oscura caterva de infelices
que ordena en escuadrones famélicos la tisis
apenas en un punto del miserable enjambre
que surte a todas horas la gran legión del hambre.

Estigma de su suerte, como un esquivo armiño,
recata la amargura clorótica de un niño
nacido en la asquerosa feria
para sentir el foete tenaz de la miseria.

Revuelve con sus manos los andrajosos flecos
buscando de su madre los tristes senos secos
cansados por la pena de todas las fatigas,
que penden a manera de inútiles espigas.

Mustiada por la angustia, la suave faz materna
interroga en silencio la incomprensión eterna,
mientras que, de sus ojos, piadosos holocaustos
ruedan gélidas lágrimas por los senos exhaustos,
hasta el infante hambriento que bebe tembloroso
en vez de leche tibia, el llanto doloroso.

Hijo de algún lejano y oculto sacrificio
que no tuvo siquiera los móviles del vicio,
mañana en los vaivenes extraños de la suerte
serás un sacerdote siniestro de la Muerte,
y en el tumulto alegre, castigarás al hombre
que si te dio su sangre, no te dejó su nombre.

En la tiniebla sorda tus manos implacables
con todas las coronas serán inexorables,
y cuando ya galopen furiosos aquilones,
sabrás gritar el himno de las desolaciones.

Caerás sobre la vida que te llenó de duelo,
soberbio y agresivo como una tigre en celo,
y así, cuando comience su gesto tu reproche,
le cobrarás el hambre y el frío de la noche
que no entiende la fiesta donde tu mal no alcanza,
y en donde, ebrio de vinos, talvez tu Padre danza.


QUERELLA DE NAVIDAD

Surte mi queja amarga, porque un día
te alegraron las cántigas sonoras
de la fugaz adolescencia mía,
cuando el alma romántica tenía
la inútil fe de las primeras horas.

Oh navidad, tu evocación que halaga
el sino de mi vida transitoria,
es, en el mal de la jornada aciaga,
para el débil ensueño que se apaga
un informe borrón de la memoria.

Desde el soto, la luna
argenta la altivez de los castillos
que dibuja en su espejo la laguna,
hay un rumor lejano de guitarras
y un aquelarre trágico de grillos
monologa en la urdimbre de unas parras.

A despedir el año
viene, sobre la nieve, pensativo
Noel, el quiromántico y esquivo
viejo que zurce el navideño engaño,
su saco de lustrosos tafiletes
deja entre ver los rojos abanicos,
y todos los miríficos juguetes
que apenas son para los niños ricos.

Noel:  Tú nunca fuiste
a la casita mía
a suavizar las íntimas esperas
de mi lejana Navidad tan triste,
Solo porque mi casa no tenía
finos damascos ni bombillas rojas,
y aunque sumiso a la materna idea
te esperaba con púdicos recatos,
al pie de la hogareña chimenea
nunca hallé tu juguete en mis zapatos.

Hoy sé, porque la vida me lo dijo
con un afán sangriento
como un medroso cuento
que tiene siempre el desencanto fijo,
que tu, dispensador de baratijas
en todas las veladas navideñas
agravias con tus vívidas sortijas,
y que siempre desdeñas,
- muy dueño de tu grave poderío-
aquellos rapazuelos
que en la inclemencia de los duros suelos
se mueren de clorosis y de frío.

Cansados de esperar, bajo la oscura
noche febril, sus manecitas buenas
va angustiando el rencor de la amargura
como el cierzo a las claras azucenas,
y rendidos al fin, en los jergones
infectos, sus espíritus dolientes
se van a errar por célicas regiones
y mundos diferentes.
Hijos del hambre cuyo mal asombra,
carne fatal que tatuará el foete,
apenas ven en la agresiva sombra
el pérfido miraje de un juguete.

No eres justo, Noel; y yo creía
que eras un viejo bueno que reía
como en los suaves cuentos que la abuela
en las noches de invierno nos decía
al amor de la rústica candela;
imaginaba en mi soñar la prisa
de tu planta viajera,
y la alegre cascada de tu risa
sonora como el agua montañera.

Hoy, cuando ya mi juventud en ruinas,
frente al turbio borrón del horizonte
ve descender a su nocturno monte
para que sea más triste, las neblinas,
te hallo de pronto, viajador del año
romántico y esquivo
que vas sobre la nieve pensativo
zurciendo las mentiras de tu engaño,
y aunque ocultes los finos tafiletes
de tu saco, y los rojos abanicos,
miro otra vez los rútilos juguetes
que llevas tú, para los niños ricos.


EL ENTIERRO

Estoy  viendo el proceso de mi muerte
y asistiendo a la farsa del entierro.

Un desfilar de gentes
que hacen ostentación de sentimiento.

Yo descanso, rendido para siempre
en mi ataúd de cedro; 
del cedro laborado en la montaña
antes de la llegada del invierno.

Y comentan en pérfido susurro:
Era sencillo, suave, cordial y generoso.
Y haber muerto.

Dicen así los que restaron fuerzas
a mis alas, cuando iban en su vuelo,
los mismos Zoilos de la humana feria,
los oscuros y sordos fariseos.

Ya se detiene con reseco golpe
el carro de los muertos,
y chirrean los goznes de la puerta
que guarda el cementerio.
Un necrófago, dos, quién sabe cuántos,
sus mentidas razones van diciendo,
celebrando mi próvido sentido
y alabando un talento
que apenas ven cuando comienza el viaje
definitivamente sin regreso.

Después, la soledad, el campo solo,
las cruces azotadas por el viento.

Ah... si en la realidad de mi jornada,
cuando suceda todo lo que pienso,
desde el gélido lecho de mi tumba,
me pudiera reír, como yo quiero.


DEL ÉXODO

Yo fui Argonauta;
fui un marinero de noble pauta
que el horizonte miró pasar,
mi barco supo tumbos violentos,
entre los vientos
que despeinaban, locos, el mar.

Ciegos países, de cielos grises
vieron mi planta de viajador,
y tras el paso por cien desiertos,
llegué a cien puertos,
y en cada puerto, tuve un amor.

Yo fui un pirata,
tuve una fina daga de plata
que alguna tarde quise romper.

Y en la tragedia de un abordaje
di mis tesoros y mi coraje
por las caricias de una mujer.
Con los bohemios rodé en las noches
cuando en sus cuerdas urdía reproches
el bandolín,
fulgían las luces extravagantes,
y eran las copas mas insinuantes
llenas del vino mejor del Rin.

Yo fui un poeta, canté a las rosas
y a las gozosas
flores que se abren en el alcor,
canté a los montes, canté al aprisco,
y fui sencillo como Francisco
oyendo el trino de un ruiseñor.

Yo fui un gitano; por duros sinos
corrí la angustia de los caminos
con la gitana que amaba yo,
la quise siempre porque era buena,
pero una noche de luna llena
se me murió.

¡Ah!... Cuántas veces, graves albures
logré jugarme con los taúres
en un tapete de maldición,
y cuántas veces, con gesto fuerte,
llamé a la muerte
para jugarle mi corazón.
Todo en mi empeño ya está cumplido,
si ansié la gloria, hoy quiero olvido
para mi afán;
yo, como Cristo, pude ser bueno,
pero los hombres y su veneno
me hicieron malo como Satán.

Ya está vencida la vida mía,
y en la agonía
de su fervor,
mientras contemplo los sueños muertos,
voy recordando que fui a cien puertos,
y en cada puerto, dejé un amor.


GUARDIÁN

Ayer cuando la tarde comenzaba
a teñir el silencio de los cerros,
un magnate engreído
por el triste poder de su dinero,
con la violencia de su carro airoso
salvajemente me mató mi perro.

Se llamaba "Guardián", un can humilde,
sencillamente bueno,
que celebraba siempre mi llegada
al regreso del pueblo
encendiendo sus ojos en cariño,
sus ojos tan alegres, tan sinceros.

Conteniendo el dolor que me causaba
el brutal atropello,
abrí una fosa en mi jardín añoso
cerca de la sombra del rosal más viejo,
y lo enterré yo mismo con mis manos,

-yo fui el sepulturero-

cubriéndolo con tierra, suavemente,
como con un piadoso terciopelo.

Y le recé: -"Guardián", no te sorprenda,
los hombres son así: malos y ciegos;
a imagen del señor de los espacios
todos dizque están hechos
y sin embargo violan sus sentencias,
todo lo que es elemental y bello,
las flores que comienzan su milagro,
los lirios inocentes, los corderos,
y en la oscura insolencia que los mueve
no sienten pena de matar un perro,
un perro como tú, que vigilaba
la querida heredad con su desvelo,
y cuidaba la casa y los caminos,
y la fuente, y el huerto,
y las tiernas palomas que arrullaban
de tarde, en el alero,
cuando el ocaso comenzaba en rasos
el nido fiel para el primer lucero.-

Descansa en paz, Guardián en el regazo
que ahora te deja el funeral misterio,
y no tengas en cuenta el criminoso
que con la fuerza de su coche negro,
atropelló tu contextura humilde
y te apagó los ojos tan abiertos;
descansa ya bajo las verdes frondas
de mis rosales viejos,
que seguirán dejándote piadosos
todo el amor de sus retoños nuevos.

Mientras duermes tu noche interminable
entre el arcano que sostiene el tiempo,
yo quedo en esta feria de la vida
pensando, repitiendo:

-Mejores que las almas de los hombres
cargadas de tragédico veneno,
deben ser para Dios, en esta hora,
las almas inocentes de los perros.-


PACHECO EL CARBONERO

De allá, desde el cortijo de sus montes
que de nieve en la tarde se empenachan
sus tres hijos trajeron el cadáver
en un camastro elemental de guaduas.

Tan solo un viejo can, humildemente
el sencillo desfile acompañaba,
se llamaba Pacheco El Carbonero
y así todas las gentes lo llamaban.

No invitaron carteles al entierro,
ni sonaron tampoco las campanas,
porque el pobre Pacheco no tenía
brillantes pergaminos ni prosapia.

Ni ascendientes hidalgos
esas cosas de la mundana farsa,
que prolongan el mal de una mentira
cuyo provecho criminal no acaba.

El fúnebre cortejo iba en silencio
como una pena larga,
solo de cuándo en cuándo se advertía
la queja asordinada de las guaduas.

En donde los gañanes doloridos
llevaban una caja
que mostraba su trágica pobreza
bajo el sol invernal de la mañana.

Y así llegó Pacheco al cementerio,
en una melancólica jornada,
llevado en hombros de los hijos tristes
seguidos por el perro de la casa.