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CALARCÁ PARA LEER

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A MI FAMILIA, LOS CALARQUEÑOS

Por Jota Domínguez Giraldo

Recuerdo mi infancia y mi juventud
pero como algo absolutamente alejado;
algo que no es ni siquiera mi vida,
sino la vida de todos los que...

J. L. Borges

Calarcá para leer (El libro)Al destino agradezco poner mi nacimiento en Calarcá, tierra donde Segundo Henao dejó como descendientes a mi abuelo Gabriel y a mi madre Ligia. Gerardo Domínguez Galvis, mi padre, sobrevive orgulloso en mi memoria como un trabajador insuperable, honrado hasta honrar esa palabra e íntegro en su carácter.

En el amado pueblo que ahora nombro, conocí a mis hermanos, a mi familia, a mis amigos, a la esencia misma de Calarcá. Soy calarqueño y reclamo ser uno de quienes más aman su patria chica. Aquí me enamoré, y aquí mismo amo entrañablemente mis recuerdos. Nada me los quitará, ni siquiera la mala memoria. Veo a mis amigos en la escuela Girardot, hoy Club Quindío, diagonal a la tienda de Gumersindo Pérez, luego Paquistán, luego Rancho Viejo. Soy niño con Carlos Alberto Henao, Jaime Gutiérrez, Hernando Rico, con mi hermano Luis Alberto; somos niños con Rubén Darío Garzón, José Antonio Jaramillo el hijo de Josafat; con Campo Elías Guerrero, El loco Agudelo y desde entonces queda en mí esa memoria gustativa de la chancarina y el minisigüí, de las luisas, de los brazos de reina, las lenguas azucaradas, los tiples, los churritos, los mojicones y las peras de La Bogotana; los helados donde Chin-chu-lan-cha Sepúlveda. Recuerdo, nuestros cuadernos de escolar son Bolivariano, nos motilan Cosme o Chicle en la Bola Roja, aprendemos a nadar en la piscina Maiporé, compramos agua oxigenada, merthiolate donde Roberto Gómez y rellena donde Rebeca, don Ricardo nos cura todas las dolencias del cuerpo con Alhucema Bamby y Bay-Rum siete medallas, chupamos paletas de Cali, nos purgan con Quenopodio —su solo nombre se recuerda con náuseas— recetado por David Valencia. Nos quitan los mareos de la edad con árnica, utilizamos atomizador Fly para fumigar, damos vueltas a Colombia con las bolitas en el mismo patio de la escuela Girardot donde hace famoso al foete Tobías Trejos, donde Jaime Aristizábal Mantequillo celebra las primeras corridas de toros con una cabeza de vaca empotrada en una bicicleta. Más tarde es Gonzalo, Soplo, su hermano, quien se encarga de la taquilla para la incipiente tauromaquia del barrio Las Américas, y siendo niños aprendemos a vivir las fiestas de Calarcá, peleando sin rabias por el color verde o rosado; festivales con los cuales se pretende recolectar los fondos para la construcción del hospital, ¡tan lindo que era! La iglesia, el Teatro Municipal, el centro administrativo de esa ambiciosa ciudad de ayer no más. Todo se construye a punta de bazares y empanadas.

La hora la miramos en la puerta de la joyería de Gabriel Tobar, papá de Celmira y Maryú, o Albert, como más tarde resolvió llamarse.

Una noche oigo los emocionados gritos de mi padre: Ganó Blanca Stella, Jota, Blanca Stella Arbeláez ganó el reinado nacional del café en Manizales. Y es al atardecer, apenas comenzaba a oscurecer, cuando Bernardo Mejía y Adonías Rey desde un podio improvisado en el teatro Yarí, me sacan el calarqueñismo premiando con pantalones, zapatos, camisas y demás a Carmelo Reyes, quien llega semiglorioso de la vuelta a Colombia en bicicleta; Bonifacio Arango también hizo su nombre en esa justa pero ya comenzaban a escasear los regalos. Chorro de humo empieza su trajinar en el tintero, La negra teléfono da clases de baile privadas y así quedan los supuestos alumnos: privados. Pedimos vendaje en la tienda Venecia de Elkin García, vemos maravillados el primer televisor de Emilio García y Alicia Tobón, comemos buñuelos en El Escorial, leemos a Sartre y a la libre Simone y esas traducciones de lo prohibido corren por cuenta de Elías Mejía y Fernando Patiño; Umberto Senegal nos lee sus primeros cuentos y poemas; Calarcá escucha conteniendo el sollozo y el suspiro a Baudilio Montoya coronando a las serenísimas reinas; los poemas de este los declaman mi Mayor y Orlando Montoya.

Argelia Osorio, Dora Tobón, Nelson Ocampo y Héctor Ocampo Marín —el yerno de Tabaco Villegas— muestran los efectos de las aguas del río Santodomingo, aguas que se beben con amor literario, aguas que le inspiran a Camilo Torres —no el prócer, no el cura guerrillero— los versos que logran un segundo lugar en el concurso mundial de poesía en Nueva York. Luis Vidales registra el nombre de Calarcá en el premio Lenin de la paz.

Y hay recuerdos ardientes no obstante su fugacidad; en la plaza principal se quema el Café Blanco y Rojo, damos apertura al ecoturismo yendo al morro, Torresgón vende los abarrotes y a doña Pura nunca le faltan clientas, don José vende kumis en El Nevado e institucionaliza su mal genio, el padre Alzate estrena vara en la cabeza de los infantes, la matraca de Lechona anuncia las procesiones, nos bañamos con jabón de tierra, Felipe Beltrán inaugura la contabilidad, el negro Tobar saca muelas con su rayo molar y no logra inquietar a Margarita, pues su escamada anatomía nunca la vimos, doña Margarita Hormaza es la esposa de don Martiniano, ahora es un barrio. Don Chucho Álvarez alquila y repara bicicletas, Nano Gómez expende la carne con diestros cortes, Miguel nos vende las verduras y gorila oficia de cotero, Jesús Danilo Ortiz monta sus caravanas artísticas, el médico Mejía —el de las Teresitas— se hace famoso por su entrega a los pobres; a José López, Otoniel Patiño, Édgar González y Alberto Londoño, les compramos los remedios en la Farmacia Blanca y de allí salimos para donde Paulita, quien con Joaquín Mora, por virtud de las inyecciones, conocen más nalgas que cualquiera en el pueblo; Chola nace a la vida pública vendiendo cholagogue indio en la botica de Belisario Ospina; el veramón y el mejoral los distribuye Jorge Luis Sánchez a quien todos se empeñan en llamar James como al 80% de los boticarios calarqueños; Paterrana baja por la calle 39 a mil por hora en su silla de ruedas, Nelson Sabogal lee todos los días El Emisor, en la voz de Calarcá y Camello se vuelve experto en recoger noticias de la parroquia mientras se saca las espinillas. El Hotel Colonial irrumpe en la modernidad con sus domicilios; Jorge Julio Echeverri envía sus poemas desde Manizales, el Loco Jiménez logra el campeonato nacional de motociclismo; las señoritas Ortiz educan a las mamás de todos, Noé Torres nos exaspera en los exámenes como inspector de escuela y calmamos esos sustos en la fuente de soda El Paraíso, viendo a las Gasolinas invitadas por Carpa y Mario Jaramillo —el de Elvira—; en la fuente de soda Bahía esperamos que salgan las muchachas del colegio, mientras Chicharra Cárdenas, por veinte centavos escucha Amar y vivir, cinco veces seguidas solo hundiendo B 22 en la pianola y junto a esa repetida música Gloria Helena López, la hija de Helí, toma crestico mientras Pacho Henao apura vasos de Sangretoro esperando a Jaime Lopera, a Óscar Jiménez, a Luis Eduardo Leal, a Augusto Chacón, a Alberto Márquez. Esa época tiene sus códigos determinantes: la retreta, las misas cotidianas, los senderos recurrentes, y cuando las fuentes, bares y cafés suspenden la música y prenden la luz, es pa' requisar.

Compramos el petróleo y el carbón en La Chisga. Doña Blanca Rojas hace su apostolado y funda un rentable colegio llamado Santa Teresita; Luis Alfonso Pulido manda fotos de las orejas cortadas en los ruedos del mundo, asumimos que son auténticas; Agripina y Hadita entregan su vida a los huérfanos, el MRL tiene sus más obsecuentes seguidores en Calarcá, Yesid Rendón desaparece, Jair Montoya compra avioneta; los padres acompañan ojo vivo a sus hijos en la toma de medidas por parte del sastre Pedro Castaño, Éber Echeverri saca buenas fotos y Fabio Echeverri triunfa como cantante en Argentina; Sady Zuleiman viaja con su familia a Ecuador; Vagaba, el mejor trío de esas rumbas lo integran Vanegas Guillermo, Gallego Elmer y Báquiro Simeón —el Charrito de plata—. Me parece verlos en el Café Monterrey donde Alfonso Mejía presenta lo mejor de entonces. Compramos la vajilla donde Jaime Jaramillo, hermano de El Tigre, hermano de Totó, hermano de Luis Eladio; los toreros y las reinas llegan al hotel Alcázar en medio de sirenas y pitos, Hernando Aristizábal lleva metro cuando visita los enfermos, Querubín Niño nos vende los bombillos, nadie baila mejor que Guillermo Hennessey, la camioneta de El Espectador nos lleva las encomiendas a donde sea, en las visitas nos sirven jugo en vasos de mermelada Fruco y nadie dice que eso no es elegante, Honorio Ortiz estrena carro y de una vez un parte, las no-me-bajo Ospina no saludan a nadie, Marito Jaramillo nos vende las botas para el colegio, en Bataclán y allí en la tienda, Manuelito nos guarda los cuadernos. Don Jorge en La Cigarra nos entrega el correo y los útiles escolares, Naldo Torres llega de primero, soltándose de La Línea en un carro de madera; en la Albania, la mamá de los Báquiro es coronada reina de todo por Catatumbo, La Esterlina nos vende los buñuelos frescos y el pintadito lechudo a los fieles de la misa de cinco, don Gonzalo Gutiérrez anatemiza a los descreídos, la señorita Lola hace lo propio en la escuela Uribe y en La Viña nos venden los mejores confites; Cicerón se consolida como el más destacado taxista —sobra decir cuál Cicerón—; la loca Adela le muestra los calzones a quien la moleste, Jamid Albén escribe poemas mientras infla su pecho; la Jesús A. Idárraga matricula estudiantes para el área de música, Alirio Liévano se va a jugar fútbol al Santafé. El padre Alzate recoge dinero y logra el manto más grande que virgen alguna tenga en Colombia, dispuesto para la procesión de La Soledad, pero deciden no exhibirlo plenamente; en los desfiles y las procesiones se espera que llueva y entonces comienzan. En El Birmania vende don Saúl calzoncillos, al principio mostrándolos pudorosamente, solo al principio; Fabio Botero Palacio rehace con su lápiz magistral todos los rostros calarqueños, Rodolfo Herrera no falla entierro, el padre Morales construye la capilla de Cristo Rey; Toño Figuras, el mejor arquero de alguna parte comienza a hacer historia; Masato tiene suficiente cabuya para amarrar su camión; Jorge Mario Salazar, en el Café Argentino le canta Pecado, sin parar, a Marta Lucía Jaramillo. Benilda sale del Veinte de julio y nos pone a comer tamales y empanadas en El Granada; Gordana y Mira Espitia, por la noche, reclutan clientes para sus clientas en las puertas de El Colmado, El Linares, El Londres, el Café Benitín, El Farolito, Las Vegas, El Gloria, El Neva, El Cafecito.

Al teatro Yarí le cumplimos cada domingo con el social y los noviazgos peregrinos se establecen con un entrelazar de manos, duran lo que dura el social doble y una docena de amigas de la pretendida nos guarda el secreto. Empezamos a escuchar el nombre de Lucelly y es sinónimo de coraje; Maruja Chemás moldea los espíritus femeninos en el Instituto Calarcá; en el teatro Quindío mientras tanto, Tony Aguilar se echa bala con Miguel Aceves Mejía entre falsete y falsete y solo cuando Gallina no pee, logramos ver completa la película. Caliche Jaramillo decide usar camisa por fuera, luego lo imitan Piti, H. Aristizábal, Óscar Salazar. La foto Olimpic inaugura su local en la plaza; Jaime Ramírez —Alcalde— da la orden de ampliar la carrera 25 y aparecen los picapiedra García rompiendo andenes, calles, todo cuanto topan. Abren El Tonel para escuchar música de novios y en la calle Iván Restrepo hace suicidas malabares en bicicleta, mientras entona las baladas de moda. Chuzo abre su primera chucería; en Capriccio se baila a media luz y se empieza a gozar de los tabúes, La Barra es la más iluminada, Donald hace famoso el jugo de guanábana; en Tropicana amanecemos y esperamos la música campesina que nos dan Octavio Ospina Pérez y Nelson Aguilar Doncel; el Club 60 se muda a otro local; Hernando Jiménez nos pone a estrenar parque y a decir pérgolas.

La iglesia San José es linda hasta cuando el padre Luján se empeña en afearla, lo logra y el hermoso púlpito queda en el piso, el padre López completa el destrozo. En la 27 los Triviño atienden la tienda, las ferreterías Santafé y Medellín distribuyen martillos, palustres, puntillas, tornillos, pinturas Ico y Lumitón; Ómar Sosa invita a la piscina de la Albania, pero pagando; el Burro Montoya dona sangre a quien le pida, Tayeyo y Sapamiada inician los partidos en el estadio Las Palomas, apenas levantan el cagajón que deja en la cancha el ganado de Mierdaseca; Gavilán trasnocha para traernos en taxi de Armenia, Jaime González hace las carrozas, Aidé Narváez designa el puesto de las casetas, Mariposa firma las órdenes, Cobaleda llega de San Antonio de los Micos, el mariachi Calarcatepec suena sus trompetas en la carrera 26, en el bar Guadalajara de Luis Gaona; Guillermo González inaugura Flamingo; la muerte del teniente Mondragón sume a Calarcá en la pena; Camilo Echeverri se vuelve experto en reinas de belleza y la elegancia es marcada por los almacenes Madonna de Alejandro Arbeláez, El Infantil de Emilio Valencia —con atención personalizada de las señoritas Osorio—, el almacén Vanidades de Rodolfo Herrera y el Novedades de la señorita Ángela Barahona, los mismos que fueron desplazando a la sombrerería Nates, al Para Ti, al Gales y al Camil. Los Ariza siguen siendo la Sensación sin mover los pies ni los zapatos de su sitio. Los vestidos los lava la Planta Robert de Roberto Jaramillo el hermano de Darío, de Guillermo, de Alberto, de Nina y Martha. Ramiro Buitrago y Gregorio Moreno ganan a puños los partidos de baloncesto; Libia Mondragón se convierte en la primera taxista de Colombia.

La revista El Contemporáneo de Alirio Sabogal y Libaniel Marulanda, le sirve de escampadero a Alirio cuando Chila Latorre lo echa por dormir encima de la consola de la emisora. Y es allí, en la Voz de Calarcá, donde Everardo Valencia, Alirio Tobón, Arley Sabogal y Ómar Escobar, nos recuerdan que el tiempo corre, ya lo sabemos, no lo repitan más. Alberto Sepúlveda impone silencio en el claustro a punta de bastón, ¡ah, pedagogía! Se hace famoso El Viti, Alberto Gómez, enseñando anatomía; con ladrillos Fayad se acaba de construir el universo municipal.

Rebullo en la memoria. Veo por la carrera 25 un mundo de sardinas: Fabiola Franco, la Pardo, la Restrepo y la Gutiérrez —son un espectáculo—. Veo desfilar a Constanza, Ninelly y Olma, las hijas de Maizpelao y Aura; veo a las hijas del Mago Jiménez, a las hijas del turco Bassil y Tulia, a las de Vicente Moya y Lola, a las Téllez de Heraclio, a las Molina de David y Lucila, a Rubi Jiménez y sus hermanas, a las Rodríguez de don Rodrigo, a las Jaramillo de Inés y Fenelón, a las Jordán de Elenita, a las Castro Patiño de Magola, a las Londoño de Fernando y Libia, a las Hincapié de María Arboleda, a las Ramírez de don Ernesto, a las Aguirre de don Julio, a las Rico de Ernesto y Esneda, a las Rico de Heraclio y Orocia, a las Rico de Hernando y Mireya, a las Domínguez de Ligia y Gerardo, a las Sabogal de doña Emilia, a las Díaz de Humberto, a las Arbeláez de Isabelita y Rafael, a las Londoño de Hugo y Oliva, a las Prieto de don Israel, a las Soto de Melba y Hugo, a las Gutiérrez de Aleyda y Gonzalo, a las Gutiérrez de Abel, a las Restrepo de Nelly y Roberto, a las Echeverri de Analith y Hernán, a las Carrillo de Libia y Gustavo, a las Durán de Guillermo, a las López de doña Lilia, a las Restrepo de Semíramis y Bernardo, a las Henao de Neol y Aura, a las Montoya de Tocayo y Stella, a las Vega de Sergio, a las Paiva de don Francisco, a las Peláez de Elisenia y Alejandro, a las Bueno de Lilián y Gustavo, a las Montoya de Rubelio y Lucelly, a las Ospina de Niquelao y Lucila, a las Franco de doña Nivia, a las Hurtado de Ovidio, a las Zapata de Rogelio y Zoa, a las Guzmán de Santiago, a las Jaramillo de Gregorio y Sofía, a las Villegas de Leonidas y Celia, a las Jaramillo de Luciano y Ofelia, a las Vallejo de Humberto, a las Mora de Joaquín, a las Mora de Alicia y Nelson, a las Sabogal de Enerieth, a las Arango de Lucy y Óscar, a las Restrepo de la maga Inés, a las Sierra de don Antonio, a las Jiménez de Araceli, a las Tobón de Ninelly, a las García de Emilio y Alicia, a las Herrera del doctor Juancho, a las Pérez de Zaro y Lola, a las Aristizábal de Óscar y Amparo, a las Baquero de Julio Enrique y Julialba, a las Cardona León, a las Cárdenas de Manuel y Elenita, a las Montoya y a las otras Montoya; a las Ocampo de Teodoro, a las Beltrán de Edilma y Felipe, a las Rivera de Chepe, a las Gutiérrez de Germán y Alicia, a las guitarras Botero de Baudilio y Lucrecia, a las Londoño de Arturo y Libia, a las Botero de Fabio, a las Cadavid, a las Baena de Jairo, a las Carvajal, a las de Paceza Patiño, a las Palacio de Francisco y Leda, a las Ospina de Andrés y María, a las Correa de Fernando, a las Correa de Carlos, a las Pulido de Myriam, a las Barahona de Ómar, a las Beltrán de Belén y mi capitán Alfonso, a las Sabogal de don Aureliano, a las Ibáñez de Aristóbulo y Zoe, a las Ortiz de Islena y Julián, a las Tomasinas de Tomás Jaramillo, a las Totogol Zuluaga, a las Buitrago de Joaquín Elías y Gilma, a las Bustamante de José J., a las Arbeláez de Roberto y Martha, a las Arbeláez de todos los Arbeláez, a las Díaz de Eutimio y Ligia, a las Marulanda de la galería, a las Duque de Everardo, a las Mejía de Bernardo, a las Rey de Adán y María del Carmen, a las Marín de don Pedro, a las pispas Ballesteros, las hijas del odontólogo. Todas, casi todas son educadas por las señoritas Adelfa, Lola, Carmenza, Magnolia, Amanda, Belén, Roselia, Oliva, María Jesús, Doris, Ángela, y Rígida. Nunca hubo nombre más apropiado. Qué cantidad de señoritas en ese mundo de sardinas.

Sí, el tiempo corre. Se fueron acabando las caminadas por la carrera 25. Desertamos de El Tonel y nos fuimos para El Golpe, enseguida de La Barra. La flaca Clavijo, Leila, Alba lucía Arbeláez, Carlos Echeverri, el cojo Restrepo y Cirilo Sabogal, cumplen sagradamente la cita sabatina de la cuarenta y uno. Narubare, Copelia y Xanadú reclaman su momento; el loquito Patricio reemplaza al loquito Felipe, Pedro Rojas abre La Napolitana y Amparo Arbeláez, con Duván, atienden en la droguería El Campesino. Veracruz se precia de los mejores plátanos asados y aunque el tiempo corra, Mincho Zuluaga sigue jurando amor eterno a Fabiolita. Y es allí, en mi pueblo, donde existe la primera casa cural con piscina, la instaura el padre Villa y él mismo se encarga, allí, de instruir en natación a adolescentes santificadas, mientras, Álvaro Hincapié nos pone a trabajar por Calarcá. Es en las fiestas del año 72, ¿sería en el año 71?, que nace el yipao y en el parque Bolívar una conversación de vecinos da origen al agro y al ecoturismo.

Muchas lágrimas y lluvia en las exequias de Baudilio Montoya, y superado el dolor se construyen 25 casas en el barrio El Prado, sobre los terrenos del estadio hacen El Laguito; la casa de doña Zoila, antes cacharrería de don Tano, se convierte en el Banco Central Hipotecario; el Instituto Calarcá se arrima al colegio Robledo, don Jesús A. Sánchez mantiene per secula su espejo en la vitrina de la sastrería Inglesa; Jaime Jaramillo hace una alcaldía seria; Chococono y Tongolele se erigen personajes; Jairo Hernández emociona al municipio con el triunfo ciclístico en una clásica nacional.

Le decimos Mogollo a un alcalde, Pategato a un cura, Perramona a un yipero, Tocayo a un taxista, Merengue al dueño de un granero, Chirimbolo a un ingeniero, Fifí a un droguista, Cachema a alguien que parece un oso, Gatarisca a un billarista, Adonías a alguien que se llama Adonías, Escarcelo al dueño de un almacén de telas, Tarzán al profesional de los trasteos, Mona a la más grande de las monas Palacio, Culeco a un ganadero, Plátano a un cotero, Supermán a un bombero, El Diablo y Comanche a dueños de fuentes de soda, Cuca a un comprador de café, Cacharro a un político, Carpa a un caballista, Bomba a un ex alcalde, Mudo a otro ex alcalde, Venecia a un futbolista y en general: negro carabina, cabezón, ternerón, guasabra, pizco elegante, chichigua, amargura, pepa, popo, mica, hueso untao, orejón, cartín, paterrifle, ojo e'tote, ojo e'mirla, gallito, batalla, papaya, la cuero e'sapo, la ratona, pájaro, tierrera, tuso, el cura, pedro el rico, peladura, pereque, pegadilla, y carequeso. En fin, rebautizamos nuestro mundo, lo queremos rubricar todo.

¿Y después? Luego nos desvanecimos en el tiempo y los espejos. Le perdimos respeto a la historia. Malhadadas nuevas fuerzas políticas, minimizaron a los amorosos calarqueños. La historia no se construye con esos movimientos, ellos deciden escribir una mala historia y lo logran dos alcaldes consecutivos, quitándole ambos las Empresas Públicas a los calarqueños. Cuando los administradores de marras cedieron las empresas, no se acordaron de sus coterráneos. Nosotros, por el contrario, no los olvidaremos.

Pero nadie puede acabar con el amor que profesamos a Calarcá. Calarcá se debe querer honradamente y sin tapujos, tal y como lo dice doña Ligia Giraldo en un escrito que leía a la familia hace treinta años y que hoy recojo con orgullo y humildad:

Buenos días Calarcá bien amado.
Bendito seas en el pavimento de tus vías,
en tu suelo y en tu arquitectura,
en tus cimas, en tus abismos, en tus distancias.
Amo tus caminos, amo tus calles.

Brindo por el sol
que sobre ti cae más temprano
porque estás más alta.
Por el verde azul de tus montañas
que el oriente niquela de limpias nieblas.

Qué hermoso estar en ti, amanecer en ti,
tener tu mañana de cristal,
tu tarde de girasol sobre la piel inasible de la atmósfera,
divagar sobre el acertijo
de a qué huelen tus horas
y de qué incorpórea materia
está hecha tu entrañable maravilla.

Bendito seas Calarcá,
en cada esquina y en cada puerta abierta,
en cada balcón, en cada torre, en cada sonrisa,
en cada abrazo fraterno.

No puedo darte mi corazón, ya lo tienes
y lo cautivas desde siempre.
Bajo la esfera musical de tu horario
en tu ambiente amoroso,
dentro de la palpitación de ese aire tuyo
sembré la semilla humilde de mi ser,
era lo único que yo tenía,
por eso en el corazón de la gente,
sembré mi propia fe y encendí mi fuego
y fijé el mástil de mi esperanza.

Yo te bendigo en el retorno
y estoy besando tu nombre una vez más
y por la eternidad.

Me resta un único deseo y es que vivamos los recuerdos en paz, la merecida paz. Y no poner un punto final sin rendir homenaje a las madres y abuelas que forjaron el porvenir. Mujeres de manos suaves y bellas, amorosas y tiernas, fuertes, sensitivas y cariñosas; sarmentosas manos que abrieron campos y ciudades, que hicieron familias y formaron ciudadanos de bien.

A esas mujeres que utilizan sus manos para bendecir todos los días a sus hijos, manos que se transfiguran en la bendición, manos que cruzadas sobre el pecho agradecen a Dios por darnos esta tierra.

A Calarcá estamos unidos por la inmovilidad de los sepulcros y el vaivén de las cunas. Calarcá, bendita seas por siempre.

Ah, y Siempre era el personaje que encabezaba todas las procesiones y no obstante también dejó de ser...