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CALARCÁ PARA LEER

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A PAGAR UNA VISITA

Calarcá para leerPor Raúl Echeverri M.

Hace casi sesenta años, las salidas de las mujeres para la calle A pagar una visita en Calarcá eran todo un ritual de maneras, cortesías, urbanidad y disimulos. Yo no resulté amanerado porque mi Dios es muy grande, pero lo cierto es que me crié entre un harén de tres mujeres por delante de mí y dos más a mi espalda. Libia, Marieta y Amparo y después nacieron Marta y Yola.

Mi madre odiaba hacer visitas y recibirlas, pero cuando se veía obligada por mi padre a ir con él A pagar una visita a media tarde, yo no me perdía el ritual. Desde por la mañana temprano empezaban las afugias. En la cocina había tres estufas: una de carbón de leña, otra de petróleo con tres boquillas y una eléctrica. Enseguida de las estufas estaba el gran lavaplatos de asbesto y arriba de él colgaba el filtro de piedra gres que desbarraban con azúcar para darle sabor al agua filtrada. Montaban al fogón una olla grande de esmalte rebosada de agua con hierbas aromáticas dulces: hinojo, eucalipto, saúco en flor, brevo florecido, manzanilla dulce, orozuz, mastuerzo, mejorana, hierbabuena y albahaca. Cuando el agua hervía, la casa se impregnaba de su perfume múltiple y variado que olía a primavera tropical. Eran unos olores tan intensos y saturados que yo sentía deseos de envolverlos en el dedo y llevarlos a la boca para saborearlos.

Había que tener mucho cuidado para llevar la olla al baño después de bajarla de la estufa. Mi madre se entraba sola al baño envuelta en una enorme bata de toalla y cuando salía de aquella sauna, con una toalla en forma de turbante sobre la cabeza, transpiraba, exudaba y perfumaba con tanto acerbo que yo sentía unos deseos locos de besarla, casi de morderla, de comerme un pedazo de todos esos perfumes embriagadores.

Enseguida del baño venía el cuidado de las manos, de las uñas si no iban a usar mitones o guantes y el cuidado de las uñas de los pies si las medias de seda eran muy veladas o transparentes. Las medias eran de una belleza indecible. Las sacaban de una caja de chifón perfumado y se extendían con mucho tino porque se rompían y se les iban los puntos. Tejidas alrededor de una vena larga que iba desde el talón a los muslos, era un regoce ver cómo se calzaban las mujeres esos borceguíes de niebla impalpable. Después cuento cómo era eso de los zapatos.

Acabado que habían el cuidado de las extremidades, el ritual se dirigía a la cabeza para rizar los cabellos y maquillar la cara. En el tocador de las mujeres de la casa se alineaba toda una batería de frascos, frasquitos, redomas, polveras, pomos, pulverizadores, rociadores, ganchos, redecillas, velos, un maniquí de mimbre y un busto de yeso cabecipelao y mondo. En el maniquí montaban el vestido y en el busto arreglaban el sombrerito de seda con plumita de garza, los aretes y el ajuar para el cuello y el pecho. Había pañuelitos de seda bordada, saturados de perfume de gatos de algalia, polvos de arroz con esencias de rosas o jazmín, marca Maderas de oriente, importados de París. Los perfumes se untaban con los dedos o se rociaban con pulverizador.

Yo adoraba los sombreritos ladeados, de chifón y de seda, con plumita y velo hasta la mitad de la nariz. Las mujeres me dejaban mirar todo el espectáculo si prometía, solemnemente, no entrometerme en nada. Había un gran biombo en un ángulo del cuarto del tocador donde se escondían las mujeres para desnudarse y vestirse. Así era como las mujeres se transmitían los secretos de tocador y alcoba de generación en generación: detrás de un biombo con calados y cenefas.

No se hablaba de los senos sino del busto de las mujeres. Se usaban las palabras sostén y brasier y alguna otra indecente pero en broma. La cotilla era un adminículo que los hombres no podían tocar ni coger. Estaba encargada de sacar la cintura y modelar el busto. Estaba hecha de barbas de ballena y decorada con sedas y encajes. Se cerraba con ganchos de agarrar por el pecho o en la espalda.

Los cucos de las mujeres eran de seda con encajes, blancos, negros, amarillos y rojos. Nunca vi cucos azules ni verdes. Traían mala suerte y los maridos se hacían infieles o mujeriegos. Aquí era cuando las mujeres se reían de nosotros los hombres y se decían secretos a los oídos y se burlaban con remilgos y requiebros. Yo era tan baboso que no entendía la gracia y me quedaba en Babia sin entender qué decían. Años después fue que vine a entender que los comparaban con nuestros pantaloncillos que nos bajaban desde la cintura hasta la media pierna. Mi abuelo Belisario los llamaba tapa balazo y usted ya sabe por qué.

Escondidas detrás del gran biombo, Libia, Marieta y Amparo ayudaban a mi madre a ponerse el vestido de calle. Recuerdo, en especial, un vestido de seda verde caña, drapeado por fuera de guipiur. Era tan bello ese vestido. La blancura nacarada de la piel rosada de mi madre, mi padre la llamaba La porcelana y con ese gracejo la conocían sus amigos cuando le preguntaban por ella, hacía que esa prenda la envolviera como un guante desde los hombros hasta una cuarta por debajo de la rodilla.

Ahora venía el turno del cabello. Ya le habían retirado las tenacillas envueltas en papel de aluminio con vinagre que se calentaban y ensortijaban las guedejas. La habitación se llenaba de un olor acre y espeso parecido a laboratorio de droguería. Abrían la ventana interior, entraba el aire de refresco y yo veía a mi madre, en el gran espejo de luna, de cuerpo entero, transfigurada en un ser para mí nuevo, arcano y desconocido. Cómo admiraba yo a las mujeres. Sabían tantas cosas admirables e increíbles.

Vestida y peinada, con los cabellos perfumados, venía el maquillaje de la cara. Con un pomo de pecho de ganso extendían por las facciones una finísima capa de polvos de arroz blanco perfumado. Había polvos de varios colores según el color natural de la piel. Sobre esa base de polvos de arroz, se modelaban las cejas con una delgadísima capa de negrumina, se pintaban los parpados con albayalde y se definían los ojos por debajo para darles un aire de misterio, fantasía, coquetería y romanticismo. Aquí era cuando yo entraba en éxtasis.

Ver salir de entre esas sombras la mirada tierna de los ojos luminosos de mi madre, me electrizaba. El cine de la época era en blanco y negro. Y las actrices europeas y norteamericanas nos habían acostumbrado a un tipo de mujer que desapareció para siempre: la vampiresa sensual y matadora, la mujer fatal. La fata morgana.

Las mujeres se daban color en las mejillas y por fin llegaban a la boca. Aparecían los coloretes. Aquello era un verdadero despliegue de locura. Sobre una base de color de rosa tenue, se extendía un semicírculo en forma de corazón. Rojo sangrante, labios de un rojo cruel. En los labios de su boca mi madre llevaba ahora un corazón enamorado. Qué delicia. Lo que me perdía por no ser mujer.

Los pies. Ahora sí, el éxtasis daba paso a la elación. Los zapatos de las mujeres tienen cinco simbolismos terribles. Los tacones, el empeine con la capellada, los tobillos, los talones y los deditos de los metatarsos. Me abstengo de hablar de los tacones y solo quiero recordar de paso, el tacón carreta, el tacón puntilla, el tacón de playa y el tacón bebé. Las mujeres caminan empinadas sobre esos falos, destrozándonos vengativas y crueles, y tienen razón.

Por fin. Irreconocible, sublime, sacerdotisa, diosa, inhumana aparición de ensueño, perfumada, divina mi madre estaba lista para subirse al colepato blanco, el automóvil de mi abuela Mercedes e ir con mi padre A pagar una visita.