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CALARCÁ PARA LEER

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AGENTE DE AVIANCA

Calarcá para leerPor Óscar Jiménez Leal

Trabajaba yo como jefe de personal del Senado de la República. Había llegado al cargo de la mano siempre amable y generosa de Otto Morales Benítez, senador titular por el departamento de Caldas y mi profesor en la Universidad Externado de Colombia. Horacio Ramírez Castrillón, quien fungía como suplente en ausencia del titular y amigo de mi padre, hizo realidad el nombramiento. A poco andar este caballero de la política quindiana se ganó el respeto y la admiración de sus colegas por sus excelentes condiciones personales e intelectuales, hasta el punto de ser elegido Secretario General ad hoc de la Corporación ante la falta de acuerdo para la elección respectiva.

Por entonces llegó también como suplente a la Cámara por Caldas el distinguido comerciante calarqueño don Jorge Jaramillo Arango, dueño de singulares virtudes ciudadanas y propietario de La Cigarra, una papelería donde simultáneamente promovía la venta de loterías, seguros de La Colombiana y agenciaba a la compañía Avianca para la venta de pasajes aéreos. No ocultó su sincera satisfacción cuando me encontró en mi oficina de funcionario del Congreso, la que expresó con una amable invitación a almorzar para celebrar. En la tenida me expresó que iba a asistir a la Cámara durante un mes en reemplazo de don Enrique Millán, el principal de Pereira que había sido incluido por el Gobierno Nacional en la delegación colombiana para el nuevo período de sesiones de las Naciones Unidas que se reuniría en otoño en la ciudad de Nueva York. Igualmente me contó que traía el doble propósito de conseguir un buen auxilio parlamentario para construir importantes obras de progreso en la ciudad de Calarcá y presentar un proyecto de ley que llevara su sello personal; para todo lo cual me solicitó especial colaboración dado que suponía en mí, conocimiento sobre el trámite y discurrir parlamentarios. Accedí con todo entusiasmo puesto que estaba de por medio el beneficio de nuestra patria chica. Para empezar le expliqué que, por tratarse de sesiones extraordinarias convocadas durante un mes por el presidente Valencia, las Cámaras solo podían ocuparse de manera exclusiva de los proyectos de ley y de los asuntos que le sometiera a su consideración el Gobierno Nacional, por lo que le sugerí en primer lugar que fuésemos a la Secretaría de la Corporación a averiguar a qué célula pertenecía don Enrique Millán, el representante principal, cuya vacancia temporal iba a suplir por el mes de las sesiones extraordinarias. Allí fuimos atendidos por el Chato Esparragoza Gálvez, un costeño magnífico que nos señaló, después de abrir el libro correspondiente, que al nuevo parlamentario le tocaría actuar en la Comisión Segunda Constitucional Permanente, encargada de las relaciones exteriores, ascensos militares, honores ciudadanos y tratados públicos, y que al día siguiente la mesa directiva iría a hacer el reparto de los proyectos de ley enviados por el Gobierno, pues apenas se estaban radicando ese día. Antes de despedirme del novel parlamentario, le sugerí que debía conseguir cita con el Ministro de Hacienda para que incluyera en el presupuesto un significativo auxilio para Calarcá y, de otro lado, le rogara al presidente de la Comisión, en vista de que solo iba a estar un mes, la asignación para su estudio, de un proyecto de ley lo más corto posible, ojalá sin más de dos artículos, ya que por reglamento tendría quince días para presentar la respectiva ponencia y sobre un tema sencillo, que con gusto le colaboraría en la redacción del documento y pudiera así cumplir a cabalidad con sus deberes parlamentarios. Pocos días después entró a mi oficina pletórico de satisfacción y orgullo, caminando con el cuerpo inclinado hacia un lado, con un brazo adosado a la solapa izquierda de su saco portando la cartera que lo caracterizaba y el otro arqueado en forma de jarro sobre el lado derecho de la cintura envolviendo un voluminoso y pesado expediente. Me dijo, sin apenas saludarme: Mira lo que te traigo para que me colabores. En la carátula se leía: Proyecto de ley por la cual el congreso de Colombia aprueba el tratado de aviación comercial, celebrado por el gobierno nacional con Inglaterra, Alemania y los países nórdicos. Con alguna sorpresa y algo de disgusto le dije: mire, don Jorge, con todo respeto creo que se le olvidaron mis advertencias, porque siendo tan extenso su articulado, no le alcanzará toda la legislatura para rendirle ponencia y, además, el tema es tan complicado y tan especializado, que pocos expertos encontrará para estudiarlo. Pero, dígame, don Jorge ¿por qué escogió precisamente este proyecto?, a lo cual me contestó con pasmosa ingenuidad: No te olvides que yo soy el Agente de AVIANCA en Calarcá.

EL PERSONERO OREJÓN

El Personero de Calarcá, Everardo Londoño Patiño, El orejón, apodado así gracias a las pronunciadas aurículas que lo caracterizaban, ordenó cualquier día a los obreros municipales tumbar el guayacán de la esquina del parque central, porque alteraba la estética del conjunto urbanístico, razón por la cual el pueblo indignado se movilizó en protesta por el aleve arboricidio que se pretendía consumar y se reunió, en forma multitudinaria, en la Plaza de Bolívar a impedir el atropello. Allí llevaron la palabra varios oradores que incitaron incluso a tomarse la Casa Municipal y a secuestrar al Personero para impedir el cumplimiento de la orden oficial. En esas, Carlos Restrepo Piedrahita, joven intelectual que hacía las primeras armas oratorias en la plaza pública, con el fin de refutar los argumentos esgrimidos para llevar a cabo el desafuero, terminó su elocuente discurso diciendo: Si por estética fuera, habría que empezar entonces por cortarle las orejas al señor Personero.

LA ROPA SUCIA SE LAVA EN CASA

Siendo alcalde de Calarcá, presenté al Concejo Municipal un proyecto de acuerdo exonerando de la contribución de valorización a los ciudadanos que devengaran el equivalente a dos salarios mínimos o menos, y que, por otra parte, el valor de su casita de habitación no superara los veinte mil pesos. Pero en todo caso, la junta de valorización se encargaría de estudiar cada solicitud ysegún su criterio, otorgaría la correspondiente exoneración.

Años más tarde, llegó la solicitud de exoneración de una viejita que devengaba el sustento personal y de su familia de lavar ropa ajena y manifestaba que su casita estaba ubicada en el barrio Giraldo y su avalúo catastral estaba fijado en quince mil pesos. Jamid Albén Jaramillo, miembro de la Junta en representación del Concejo se opuso a la exoneración con el argumento de si se aceptaba dicha exoneración, ello serviría como antecedente y entonces el Alcalde de Calarcá, Guillermo Jaramillo Palacio, a quien llamábamos Cacharro, en señal de cariño, propietario de una planta de lavado en seco y planchado al vapor, podía invocar el argumento de que él también lavaba ropa ajena, para librarse de los cuantiosos impuestos que debía pagar.

EL ALCALDE DUQUE

Con motivo del centenario de la fundación de la ciudad de Calarcá, el Gobernador Silvio Ceballos Restrepo, con el beneplácito de la dirigente liberal y parlamentaria Lucelly García de Montoya, nombró como alcalde municipal al ingeniero Dídier Duque Alzate, quien me honró con una invitación para ser abogado externo de la administración, a raíz de lo cual hicimos una hermosa amistad que hasta el día de hoy he cultivado con especial afecto, dado además, que había contraído matrimonio con la hermosa e inteligente paisana Blanca Stella Arbeláez.

Cualquier día el Alcalde me contó que la oposición política en el Concejo, dirigida por el Concejal Eduardo Orozco Jaramillo que más tarde sería Alcalde de la Villa por elección popular, lo había citado para hacerle un fuerte debate sobre los alcances de la administración, pero que Lucelly le había manifestado que, para su tranquilidad, ella ordenaría a su bancada no asistir a la respectiva sesión del Cabildo y así impedir la conformación del quórum necesario para el debate.

Cuál no sería la sorpresa cuando el Alcalde me llamó a mi casa a eso de las ocho de la noche para contarme que estaban en pleno debate en el Concejo. Razón por la cual decidí dirigirme al recinto con el fin de presenciar el publicitado debate, en momentos en que Orozco Jaramillo, en fuerte arenga, protestaba por la ausencia del señor alcalde que no había atendido la citación efectuada para ese día. Y en medio de su indignación sentenció con gesto tribunicio: ¡Es que el alcalde del municipio cree que es lo mismo ser duque en Inglaterra que ser Duque en Calarcá!

EL 9 DE ABRIL

Tal vez mi primer recuerdo tiene que ver con la violencia política cuando cursaba el primer año de primaria en la escuela Girardot, situada donde hoy queda el Club Quindío. Mi maestra era la señorita María Jesús Marín a quien todos sus alumnos adorábamos ya que se portaba como nuestra segunda madre. Recuerdo entre mis compañeros a Julián Buitrago Arbeláez, Jaime Ramírez Restrepo, Jorge Ospina, Mario Fernández Herrera, Guillermo Montealegre y Ómar Valencia. Y un día, después de la una y media de la tarde, nos reunió para invitarnos a volver a casa, a pesar de que acabábamos de entrar a las clases de la tarde, por la razón de que algo muy grave —que ni ella ni nosotros entendíamos—, había ocurrido en Bogotá. Era el 9 de abril de 1948 y había caído asesinado, a manos de Juan Roa Sierra, el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Cuando llegamos a la esquina noroeste de la plaza, donde estaba ubicado el almacén de miscelánea de don Vicente Pérez y hoy funciona La Colina, vimos con horror, que estaba siendo objeto de asaltantes para armarse con machetes e instrumentos de labranza que allí se distribuían y sobre el pavimento de la carrera 25 rodaban porrones partidos que regaban dulces por todas partes. Entre otras personas, jamás podré olvidar la figura inconfundible de un joven sumamente delgado, alto, de nariz aguileña y de cabello lacio que recogía dulces del suelo y los guardaba en sus bolsillos. Más tarde sabría que se trataba del popular y altivo periodista Álvaro Ángel Toro, Camello, corresponsal de El Tiempo, La Patria y varias emisoras de Calarcá y Armenia, quien siempre me otorgó el privilegio de su amistad y apoyo en las diferentes campañas políticas que emprendí.