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CALARCÁ PARA LEER

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AMA TU TIERRA COMO A TI MISMO

Calarcá para leerPor Juan de J. Herrera González

La historia, por tener matices románticos, perdió importancia frente a cifras estadísticas, herramienta económica de primera mano. Hacer historia consiste en interpretar actos de personas con o sin efecto sobre decisiones capaces de transformar, en épocas determinadas, tejidos sociales o aportar cambios en cada una de las esferas que conforman conglomerados humanos.

Cada hombre, desde el primero, es página importante de ese libro universal escrito colectivamente. Así como el grano hace montón y este montañas, cada quien aporta su pequeño párrafo y contribuye para conformar ese gran libro llamado Historia.

Abro mis ojos. Me ubico en sitio especial desde donde oteo esta región. Encuentro que Quindío, Edén y Paraíso, son lo mismo y están al alcance de mi mano. El verde en infinitos matices sirve de blusa, falda y alfombra, a encorvada cordillera que detiene vientos errantes para mantener abrigadas mil especies regadas de tarde por generosos ríos. Sus aguas bajan serpenteando abrazadas al florido cafetal, arropadas por guaduales susurrantes o dejándose besar por vacadas sedientas. Más allá, se visten del cárdeno calor del sol de los venados y se duermen, lejanas en noches veraniegas, cuando miles de mariposas acarician delicadas heliconias cansadas de ofrecer belleza al día moribundo.

Asomado en mi ventana sin tiempo, siento el ronco mordisco del hacha colonizadora aferrada al brazo sudoroso de cojonudos antioqueños que golpean sin tregua arenillos, cedros, robles, cuya agónica caída crispa las fieras, esconde reptiles y hace huir sorprendidas aves en ruidoso revoloteo hacia la verde–oscura manigua.

Llega uno..., otro..., otros más, hasta conformar concierto de hachas con grave voz de tala. Responden en aguda tonada machetes y peinillas, al desramar los gigantes inermes.

El Quindío desnuda su rico suelo: maíz, fríjol, arveja, hortalizas, frutales, se ven crecer en ubérrimo limo a orillas de dorados ríos, en suaves terrazas cordilleranas o sobre fría meseta de la vencida montaña.

Plantan mejoras, levantan ranchos, hay pilones y el primer milagro hecho de rosario y fe se hace presente: donde hay un hombre esforzado, Dios le permite una compañera. Recias e ingenuas mujeres adornan el paisaje con azulado tufo de hornillas chispeantes donde cacao, café y arepa, en inconfundible aroma hogareño, indican que no hay vuelta atrás. Llegan a tierra quimbaya para quedarse. El Edén se descubre y puebla de míticos seres venidos de la verde Antioquia, la sufrida Boyacá, la moderna planicie capitalina o del mestizo y misterioso Cauca.

Llegan colonos, doscientos treinta y ocho cabañas son visitadas por esforzados arrieros de pelo en pecho y pierna atlética, usando travesía viajera para llevar y traer mercado campesino. Su ánimo inquebrantable los convierte en amos y guías de mulas casquifinas, en viajeros incansables que hacen camino al andar. Trochan selvas peligrosas, espantan con su altanero grito, felinos traicioneros, sierpes invisibles. Cargan hasta el confín de la comarca tradiciones, costumbres, enseñanzas, brebajes, además, reparten saberes que guardan en carrieles y enjalmas, atesoradas en errante lleva y trae sin final. En su indispensable paso por ventas, hostales, pensiones y caseríos, portan mensajes furtivos, perfumadas y vaporosas esquelas que mitigan el acre sudor de la mulada e ignoran el grosero arrear de su estridente voz. Entregan sin mengua ni tardanza remesas, encargos, ilusiones, esperanzas a pesar de crudos inviernos y el sofoco de tórridos soles de Rionegro, Santuario, Cartago o Salento más tarde, cuando se alza la nueva y enigmática tierra quindiana, llega su alpargata caminera a repartir carga, traer buenas nuevas y comunicar ciudades con poblados, cabañas olvidadas con mansiones altivas y alternar con ricos y pobres, con señores y peones a quienes venden y compran en milenario trueque para llenar sus alforjas. El arriero, es todo esto y mucho más porque aún fatiga montañas y reta ruidosos motores que amenazan desplazar su eterna errancia.

El Quindío llama. Hay doscientos treinta y ocho colonos diseminados por su agreste geografía, igual número de fumarolas elevan al cielo su mensaje de trabajo y paz, terminan con desplazamientos allende la cordillera donde odios, colores políticos, persecución y marginación, fruto de veintitrés constituciones e igual número de guerras, quedan atrás. Esta tierra se presenta cual remanso anclado en el corazón de una patria ensangrentada.

Llegan hombres y nombres, ponen sus pies fundadores en terruño escogido para sembrar comida, sembrar familia y sembrar los huesos: Román María Valencia y Segundo Henao, prohombres escogidos por celeste augur sellan un pacto indeclinable para levantar un poblado, para hacer comercio y comunicación expeditos. Largas jornadas y rudas cabalgatas se requieren para posible reunión. Verse cara a cara, conocerse y concretar ideas.

Calarcá aparece con su lanza rebelde, su grito guerrero y su fiereza libertaria para bautizar una aldea gestante que será, según el sueño de sus autores, lentejuela bordada sobre la verde falda andina y como el aborigen, altiva y grande.

Ramón Franco, visionario negociante, luego de agotadores regateos, vende su predio por cincuenta pesos y seis solares con promesa de futuro reconocimiento de quienes asienten familias alrededor. Se dibujó la rústica plaza, un proyecto de iglesia y el trazo de cuatro calles de ochenta metros por lado y diez de ancho. En este instante, como pacto de honor firmado por hombres de verdad, nace un pueblo llamado Calarcá.

Un soleado día de San Pedro, en 1886, cinco varones de callosa mano y vigorosa planta, firman el acta que sella el destino de la nueva población. Imposible ignorar sus nombres: Pedro María Osorio, Jesús María Buitrago, Baltasar González, Segundo Henao y Luis Tabares.

La cita es para el próximo 7 de julio de aquel 1886. Esta mañana de singular verano, al calor del guarapo, la aguapanela y el tape–tusa, con tamales y exquisito fiambre montañero, las mujeres se saludan y prometen bajar al pueblo cuando venga un cura a oficiar, los señores comprometen su palabra, indeclinable, para iniciar trabajos de construcción de la iglesia para centralistas y federalistas, liberales y conservadores porque, en esta región olvidada de todos, no tenemos gobierno, nosotros somos nuestros propios gobernantes y como tales, nombramos una junta para fundar nuestro pueblo Calarcá, donde cabemos todos.

Un equipo de decisión aporta valor y esfuerzo para hacer un poblado. Algunos letrados acometen tareas protocolarias e ideológicas. Su pluma tiene objetivos de convencimiento en oficinas públicas. Otros, lideran trabajos de organización material y labor manual para armar un caserío: Presidente, Segundo Henao; vicepresidente, Francisco Ospina; Arango es secretario. Vocales: Pedro María Osorio, Baltasar González. Suplentes: Jesús María Buitrago, Pedro Flórez, Juan de J. Herrera Buitrago y Manuel Ocampo.

En cada mercado se intercambian productos, se traen maderas para obras comunes y se venden lotes en demarcadas cuadras al valor de un peso por predio. El trabajo comunitario convierte, poco a poco, la plaza en sitio de todos. Allí pueden interactuar, estar, ofrecer sus mercancías y hablar del futuro, cobijados por esta nueva población donde la mayoría tiene representación. Un vecino ejerce funciones a carta cabal, impide el uso de armas, no permite animales sueltos en las incipientes calles ni en lotes privados o públicos, hay multas por escándalo y estas se destinan a conformar el erario para disposición de la junta y pagarle sueldo al primer funcionario represivo local, con flamante nombre: comisario.

Mientras la nación se tiñe de rojo en la guerra de los mil días, el Quindío y Calarcá crecen. Se fundan Armenia y Montenegro. La región es emporio de negocios y trabajo. Se cultiva café por doquier, nuestro entorno es fecundo para esta planta, por tanto en cada claro de nuestra benigna selva, en parches donde hay guaduales, se siembra arábigo; desde mi ventana, veo cómo el Quindío se viste del verde brillante del café. Aparecen mil obreros poniendo retazos aquí y allá para vestir de azahares y rojas lentejuelas, este magnífico Edén.

Sin antecedentes conocidos, aparece una sombra que disfraza al monstruo llamado Burila, empresa de terratenientes y altos funcionarios estatales. Desata persecución en contra de colonos y aparceros. Valiéndose de su privilegiada condición, ordena desalojos, encarcelamientos y masacres. Catarino Cardona, entendido en pleitos y leyes, representa a nuestros hombres y empieza a ganar prestigio hasta cuando las influencias intervienen para hacerlo aparecer como leproso, por lo cual es enviado a Agua de Dios. Indefensos, acusados de invadir propiedad privada, nuestros abuelos fueron arrancados uno tras otro de sus preciados lares y confinados en cárcel común.

  • ¿Cuántos presos tenemos?–
  • Son catorce pero esperamos treinta. –
  • ¿Cuáles son los cargos?–
  • Tomaron terrenos de Burila. Invadieron territorio privado. –
  • No tenemos sino una pieza para todos, si llegan más, vamos a tener problemas de hacinamiento. –
  • ¡No me importa!, cumplo órdenes. La empresa Burila es dueña de grandes territorios. Imagínese una franja desde Manizales hasta Buga; concedida por la Corona española a chapetones que ayudaron en la conquista y descendientes que pelearon contra Bolívar. Quienes al perder la guerra vendieron a nacionales, ricos e influyentes. ¡Con decirle que el presidente Rafael Reyes hace parte de Burila! Entonces, los presos están fregados. –
  • ¡Usted lo ha dicho! –

Los colonos, vecinos de muchos años, asombrados por los acontecimientos, dan rienda suelta a sus sentimientos más instintivos respecto a quienes los redujeron a prisión. La cárcel, casona construida por ellos mismos para castigar a maleantes e infractores, está separada del pueblo, enclavada en un barranco parecido a escarpada meseta. Tiene una sola entrada, por tanto, quien se acerca es visto por los encargados del penal. Se sienten víctimas de su propio invento.

Cada cual, a su llegada, pregunta a los otros que tampoco entienden por qué están detenidos. Esto parece grave.

  • Órdenes de arriba – responden.
  • ¿Alguno de ustedes habló con Catarino el abogado? –
  • Está al tanto del asunto y esta misma tarde sale para Salento a pedir que revoquen tan alocadas medidas y además, nos digan cuál es la razón para detenernos. –
  • Todos lo sabemos. Burila nos quiere sacar o cobrar un dineral por cada predio. Vine acá porque estuve leyendo invitación promesera de reclamar tierra por mejoras, pero ahora veo que son mentiras. –
  • No señor, Román María Valencia tuvo la idea de poblar esta región, fundar un pueblo y sembrar estas montañas. Nadie es culpable. Vinimos aquí a hacer futuro en terrenos de nadie. Él nos invitó, aceptamos por voluntad propia. Desconocía, como nosotros, la propiedad privada de esta región y menos aún que Burila perteneciera a potentados. –
  • Mientras esperamos una solución jurídica a esta cuestión, pensemos qué puede pasar, incluso salir sentenciados a muerte. –
  • No importa morir, importa mantener la tierra que hemos trabajado durante tantos años para nuestros hijos. No pongan cara de tanta tragedia. Ya verán que todo se resuelve favorablemente. –
  • Ya que eres tan optimista Juanchito, cuéntanos ¿quién eres?, es buena idea saber de todos. Empiece usted, otros después de él, así pasamos el tiempo y nos conocemos. –
  • Me llamo Juan de Jesús Herrera Buitrago. Me declaro rionegrino-santuariano. Respiré por primera vez en agosto de 1861, nací trabajando y ahora cumplo cincuenta y dos años. Cuando llegué a suelo quindiano tenía 18 años, veinticinco cuando fundamos a Calarcá. Me casé en 1894, tengo cinco hijos. Me nombraron agrimensor porque he caminado este Quindío de arriba abajo y de pe a pa, sé cuánto mide cada parcela y aseguro no equivocarme cuando de medir una finca se trata; más tarde, me nombraron director de la primera escuela del pueblo y del entorno. Un maestro tiene que saber mucho. –
  • ¿Qué sabes vos? –
  • Leer y escribir, además sé muchas cosas, entre otras, dichos y máximas. –
  • Díganos uno a ver si es verdad. –
  • Qué les parece este: Una camisa sin cuello, sin mangas ni delantera, no necesita jabón ni tampoco lavandera. Tengo varios predios ganados a fuerza de sudor y trabajo sin descanso. Crecí huyendo con mi padre de la guerra, quien por ser liberal de los radicales, no tuvo paz ni pudo asentar sus huesos en ninguna parte. Mi historia es simple, desplazado de mi Antioquia natal, tengo aquí mi querencia y haré cuanto sea menester, incluso pelear, por esta tierra que amo como a mí mismo. –
  • ¡Bravo, Juancho, así se habla!, todos tenemos la idea de no doblegarnos ante nadie. ¿Quién sigue?... –
  • ¡Sssh!, se oyen voces y caballos. ¡Algo está pasando afuera! –

De pronto, la puerta salta en pedazos, los aldabones no resisten la fuerza de seis caballos halando.

  • ¡Salgan rápido!, venimos a sacarlos de esta porquería de cárcel, nos declaramos contra las determinaciones del gobierno sobre esta región. ¡Suban a los caballos y otros al anca, nos vamos ya! –
  • ¿Quiénes son ustedes? –
  • Me llamo Zabulón Noreña y con ochenta hombres venimos a liberarlos. Ustedes son colonos como nosotros y estamos listos para defender lo nuestro.

Ciento diez hombres son la primera fuerza organizada, no armada, para pelear por el Quindío en caso de perder los pleitos emprendidos por Catarino Cardona contra Burila.

Consignas de resistencia, claves para comunicarse y sitios de reunión, en caso necesario, son estudiadas y memorizadas. Calarcá tiene defensores por razón en estrados y por fuerza en predios donde ahora se respira aire rebelde y temores de guerra de aquella que no vivimos, pero debemos afrontar porque nadie podrá quitarnos lo que ganamos con nuestro esfuerzo diario en medio siglo de padecimientos, dejando lágrimas, sudor y no pocos muertos en la brega. Amamos esta tierra y por ella estamos dispuestos a dejar hasta la última gota de sangre.

La historia termina. Leyes de una nación adolescente favorecen a los hombres que trabajan las tierras de aquella Calarcá de veinte casas y doscientas treinta y ocho fincas. Pasamos a municipio iniciando el pasado siglo. Esos días de gesta histórica sin igual, resplandecen sobre nuestra cordillera tutelar. Los abuelos están sobre esas nubes cuidando celosos el patrimonio que sembraron con sus vidas porque la existencia requería altas dosis de fuerza física y templanza, ánimo y valor. Ellos nos legaron un paraíso para que nosotros, sus hijos, heredáramos cosechas de amor y una región incomparable para vivir.