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ANTECEDENTES DE LA FAMILIA CALARQUEÑA

Calarcá para leerPor Uriel Salazar Ceballos

Cuando estas tierras del Cacique que pertenecieron al Gran Cauca pasaron a ser parte del Sur del Viejo Caldas, para convertirse luego en el actual Quindío, siempre conformando una zona eminentemente rural, poblada en un 70% por campesinos, una de las características sobresalientes de las familias fue la proliferación de hijos, los cuales se encargaban cada año, hasta completar en promedio la docena, probando de esta manera la varonía de los hombres y su capacidad para abastecer una prole que no podía limitarse o evitarse por medios artificiales, así como la sumisión de las mujeres, ya que así lo rezaba el mandamiento de la iglesia.

Contando con casonas construidas para albergarlos a todos, por razones morales, padres, madres, hijos e hijas disfrutaban de espacios separados en dos sectores: el de las mujeres y el de los hombres, con sus repectivos catres, la alcoba de los papás al centro, como previniendo incestos en una época de la historia de la cultura cuando el tema del sexo era vetado en toda reunión, por adulta que fuera, porque había obligación de respetar la inocencia de los menores y el pudor de las mujeres, habiendo sido esa la razón para que los baños quedaran alejados de las habitaciones, ya que entrar o salir de ellos a la vista de los demás se consideraba impúdico, factor al que se agregaba el no contar con alcantarillado, sino con letrinas que obligaban a construir estos recintos íntimos lejos de la vivienda.

El esquema patriarcal y machista ubicaba al hombre en el surco y a la mujer en los quehaceres domésticos, espacios y oficios para los cuales los hijos y las hijas nacían predestinados, llegando a valorarse como buen partido el joven labriego de manos encallecidas y la mujer hacendosa y casera.

Si ese era el destino para el que se nacía, la educación no pasaba de ser la básica que se impartía en escuelas rurales, es decir, la que los hombres necesitaban para aprender a leer, escribir y las cuatro operaciones, mientras que a las mujeres se les agregaba el bordado, la culinaria, el tejido y el remendado, porque lo demás, sobraba en el campo.

Las casas rodeadas por corredores enchambranados, soportes clavados en los pilares para exhibir las matas de violeta o de geranio, los pisos de madera coloreados con anilina, colgaduras en las puertas y cenefas tejidas en las ventanas, eras sembradas de jardines y patios en tierra que se barrían con escobas de ramas, constituían el marco idílico donde transcurría la vida de los primeros campesinos y campesinas calarqueños, todo ello animado por las visitas de las famlias vecinas que llegaban con instrumentos musicales a dar serenata y a tomar la merienda después de las seis de la tarde

Alumbrado con velas y después con lámparas de gasolina; alisado de la ropa con plancha de calentar sobre el carbón y, luego, con capacidad para almacenarlo bien enrojecido, hasta cuando apareció la plancha de combustible.

El rito de la lectura de novelas por fascículos después de las cinco de la tarde en ejemplares que se obtenían en los centros poblados como parte del mercado semanal, fueron desplazados por el radio gigante de pilas que llegó a las fincas un día junto con el talego de la parva y el de encomiendas como el hilo, las agujas, los jabones, las cremas y algún remedio casero.

Estrenada fija en Semana Santa, la Fiesta de la Virgen del Carmen y la Navidad, formaban parte de las costumbres campesinas, hasta cuando los muchachos y las muchachas empezaban a parar bolas y a decidir su destino, eso sí, contando con la autorización de los padres en materia política, religiosa, moral y laboral, porque el matrimonio no era entre personas, sino entre familias.

La fiesta que era amenizada con música de cuerda costeada por los padres de la novia, se realizaba en la víspera, ya que los prometidos contraían nupcias a las 5 o 6 de la mañana del día siguiente, para alcanzar a abordar el tren o el autoferro que salía de Armenia antes de las 8 rumbo a Cali, Pereira o Manizales.

Como se creía ciegamente que cada hijo llegaba con el pan debajo del brazo y que si no lo traía, la tierra lo ofrecía generosa, la descendencia, por abundante que fuera, no pesaba, porque mientras la mujeres ahorraban los costos de varias empleadas domésticas, los hombres trabajaban por la comida y la ropa, razón por la cual el trabajo no pagado o mal pagado fue costumbre de familia que se injertó en la sociedad y sirvió como antecedente favorable al capitalismo salvaje.

Así fue la vida de las campesinas y campesinos calarqueños, hasta cuando la pasión y el dolor distanciaron la sangre de la sangre y los ojos se volvieron relámpagos y calvarios humildes las palabras.

Llegados los rigores de la violencia partidista, esos campesinos impreparados para vivir en la ciudad fueron desplazados y empezaron a formar los cinturones de pobreza alrededor de las poblaciones establecidas, fenómeno que en menos de treinta años hizo que el 70% de la población rural pasara a habitar en los pueblos y que el campo fuera abandonado a su suerte.

Por razón o por exigencia de las circunstancias, como consecuencia obvia, los hijos empezaron a disminuir, salvo los casos en los que, primando la ley de la selva, todavía puede más el instinto y la fe ciega, que el futuro digno de los hijos.

Así, las casas viejas de doce habitaciones fueron reemplazadas por casitas o apartamentos de interés social, donde no puede entrar el sol porque no cabe y la familia de uno o dos hijos es repensada, porque los recursos no alcanzan para tantos.

Ya en los pueblos y ciudades, los campesinos de antes asumieron su nuevo rol de citadinos, sustituyendo el surco por las aulas de clase en colegios y universidades, haciendo de esta manera cada vez más escasa la mano de obra rural.

Las añoradas noches de luna en el campo, el trinar de los pájaros, el bramar de las reses, el ulular del viento, el croar de las ranas, el maullar de los felinos, el ladrar de los perros y todas las onomatopeyas quedaron atrás, ya que hasta el sonido mecánico de los arietes se cambió por el ruido de los motores con los que se dinamizan todas las actividades.

Lejos quedaron los yarumos y los guamos, el café arábigo y los sombríos, porque así como en el Quindío quedan pocos quindianos, las variedades del grano y la sustitución de cultivos tradicionales por pastos y frutales, cambiaron el paisaje de esta tierra de paz que tuvo espigas y música y luceros en el rancho.

La misma violencia generó la huida de muchos calarqueños y calarqueñas hacia otras regiones del país y del mundo en busca de nuevas oportunidades, fenómeno que como era de suponerse, trajo como consecuencia el regreso paulatino de estos descendientes del Cacique a revivir viejos tiempos en las calles de siempre.

Para enfrentar las consecuencias de la crisis cafetera y, alelados ante el espejismo del turismo, los habitantes de este Corazón Verde de la Patria no alcanzan a imaginar los efectos depredadores de las olas de visitantes que encuentran en los hoteles rurales y urbanos, así como en los hostales y casas campestres, esos espacios anhelados en las urbes, donde la tranquilidad y el silencio se imponen como signo de nuevos tiempos en los que la vuelta al campo simboliza la regresión al estado del buen salvaje.

Tal y como ha sucedido en otras ciudades colombianas, en Calarcá quedan pocos calarqueños, fenómeno que se acentuó con la tragedia de 1999 cuando numerosas personas llegaron en busca de una oportunidad, fecha a partir de la cual insisten en hacer vida como advenedizos o desplazados por la más constante de las formas de violencia, como es la permanente necesidad.

Al cumplir 123 años de historia, entre logros y versos, conquistas y derrotas, hombres y mujeres de resonancia que alternan con personas simples, trascurre la vida en esta Cuna de poetas.