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CALARCÁ 2009, NOSTALGIA Y PRESENTE

Calarcá para leerPor Elías Mejía

Decir yo nací en Calarcá, no es decir gran cosa. Nacer en este o en otro lugar: ¡qué más da! Se nace cuando es necesario y donde es preciso, y punto. Cuando el proceso de gestación no da para más. Lo raro, lo especial y talvez lo importante de haber nacido en tal o cual lugar, es el apego a unas casas, a unas costumbres, a unas personas, a unos paisajes, sentido después de ese hecho irrelevante de nacer, que tanto valoramos.

Cuando ya estamos instalados en este mundo, sobreviene, pues, una especie de cariño por el entorno donde vemos por primera vez la luz, combinado con el deseo irrefrenable de que el lugar donde se da esa contingencia no cambie; quisiéramos poder amarlo siempre como lo vimos primero; amarlo igual, en comodidad, sin hacer el más mínimo esfuerzo para adaptarnos a la transformación inevitable que impone el paso del tiempo. Es algo similar al anhelo que sentimos de que la novia de la juventud, sujeta a nuestra voluntad, jamás decida usar maquillaje; es como el ansia de que esa novia se conserve fresca por siempre, con sus cálidas pieles de raso, ajena a la moda que impone el mundo y enmascara la personalidad.

Uno comienza a sentir allí la calidez y la comodidad del nido. Un amor uterino y primario. Semejante a la relación de los patos con su lago. A la de las aves con su pajarera. A la de las hormigas con su galería subterránea.

Y, claro, pese a todas nuestras imaginadas posibilidades de estabilidad del entorno, la realidad nos golpea reiterando por enésima vez que los cambios son inmanentes a la existencia. Resultado de esa condición, si estamos de buenas, alcanzamos a entender que los romanticismos son frágiles y falaces, lo cual tampoco es decir gran cosa.

Hablemos, sin embargo, de ese cariño y de una actualidad donde para algunos solo hay recuerdos, no pocas frustraciones y un atraso producto de la implacable rutina o de la insensatez impuesta por ciertos parroquianos.

Nací en el campo. A dos kilómetros del centro del pueblo. Allí transcurrió por completo mi niñez desde la lactancia hasta el comienzo de mis estudios de primaria, con esporádicas salidas al centro, como decían las tres mujeres con quienes tuve la fortuna de compartir en casa esos años: la madre, la abuela y la bisabuela. Así, como suena: salidas al centro. Una aparente contradicción, cuando lo que en realidad se hace es ir al centro, entrar al centro.

Un paraíso fue mi modesta vivienda y su patio trasero sembrado de naranjos, nísperos y guayabitos del Perú en el contorno de la alberca de los gansos. Ya no existe el gran potrero enfrente de la casa, en la finca El Balcón —que hubiera deseado perpetuo—, por cuyas sinuosidades descendí muchas veces a un bosquecillo, siguiendo la trocha que bordeaba el hilo de agua que brotaba del nacimiento que llamábamos El Pozo, a donde llegaba, triscando, a pescar diminutos peces de colores con los niños de las seis casas cercanas a la mía.

El campo donde nací y viví mi niñez fue una bienaventuranza de árboles para trepar haciendo maravillas de volatinero, y de barrancos para excavar túneles y cavernas. Fue un paraíso donde varios propietarios de caballos sin pradera los dejaban sueltos para que pastaran los hierbajos de las cunetas, pero que los chicos embridábamos con la correa del pantalón para montarlos todo el día sin darles tregua para ir a yantar. Fue paraíso también de soledad; pasé infinidad de momentos en presencia apenas de mi compañera la arena, sobre la que trazaba dificilísimas rutas donde hacía rugir los motores de mis labios, mientras los camiones de juguete movían cargas de peso insospechado. Ahora, en lugar del potrero y el bosquecillo y los árboles y el manantial y el pozo, hay casas de interés social y mi niñez se ha ido con ellos. Ha cambiado mi novia, pero su nuevo maquillaje no es el más ajustado a mis dulces recuerdos.

Me veo, durante el día, un sinfín de veces rodando empujado por los vientos de agosto sobre la grama silvestre, abrazado a mi perro en los momentos más felices de mi vida. El silencio, el viento y la noche, me devuelven a la infancia. Pero, también los relámpagos que en las tinieblas se recortan con mayor intensidad en la lejanía; me arrullan como ayer los goterones de la lluvia y su cantinela de frío sobre los tejados; y aún disfruto, cuando tengo oportunidad de observarlo, el batir de las hojas de los árboles en las borrascas, tan propias de los meses de abril y mayo por esta tierra quindiana.

Luego del vivir bucólico de mi niñez, vino el kínder en el pueblo. Salir del campo al centro de Calarcá fue de cierta manera traumático. Mi bautismo ciudadano. Mi aprender a cruzar la calle plena de autos. Rostros demasiado ajenos a mi costumbre. El encuentro con la multitud, digamos, me molestaba. Las miradas que en el hogar campestre solo provenían de mi familia cercana, comprensivas y tutelares, de mi perro acezante y juguetón o de las aves en estado de alerta, prestas a la huída, fijas en mí para detectar posibles movimientos agresivos, eran diferentes a las de los pobladores del casco urbano. Estas me parecían escrutadoras, acusadoras, amenazantes, burlonas. El pajarillo asustado era yo. León, mi buen León, el amigo crítico, tierno y sincero pese a tener un carácter altivo, dice que me recuerda, ya de unos trece o catorce años, parado en la esquina junto a su casa, ruborizado de la vergüenza porque estaba estrenando vestido, con seguridad un día de diciembre después de haber recibido los regalos; azorado, batiendo en mis manos un llavero, sintiéndome acosado por la mirada del ojo crítico que parecía decirme no estar de acuerdo con el color, con la moda, con el modo de llevar puesto mi recién comprado atuendo. Campesino que fui. Que soy. Aún siento esos rubores en algunas situaciones de mi vida.

Sin embargo, de la estadía en ese kínder debo agradecer que se dio algo muy importante en las relaciones de género, porque era mixto y la compañía en las bancas del salón podía en muchos casos ser la de una chica y no la de un chico. Algo que, a quienes estudiábamos en el colegio Santa Teresita, nos hizo comprender un tanto, desde esa temprana edad, la compleja personalidad femenina, suavizando el machismo cerrero propio de los estudiantes de los otros colegios solo de varones. En el Colegio Santa Teresita fuimos educados en medio de la severidad y de la pulcritud, mientras entendíamos esa relación entre consonantes y vocales que produce los sonidos del habla y la fascinadora posibilidad de la escritura. Aunque un tanto rígidas de carácter, las profesoras eran una prolongación de las madres con sus lecciones y sus reprimendas.

El año del kínder fue la época del gran incendio de las esquinas de la carrera 25 con calle 39, donde estaba el legendario Café Blanco y Rojo, única construcción de tres pisos que existía en el parque. La mañana posterior al incendio llegamos al colegio y nos devolvieron para la casa neutralizando así un supuesto peligro. Recuerdo las pilas de restos humeantes que observé mientras pasaba a esperar el bus, y el olor a chamusquina de las maderas. Siempre lamenté no haber visto arder las casas y los almacenes esa noche. Para eso fue desventajoso vivir en el campo, alejado, como se dice, del teatro de los acontecimientos. El fuego y su hipnosis, llamaradas de muchos metros: ¡qué más pedirle a la realidad para avivar la imaginación de un niño!

En Calarcá cursé todos mis estudios de primaria y secundaria, salvo el quinto de bachillerato, que lo cursé en el colegio San Bernardo, del corregimiento de Barcelona. Esa construcción fue destruida por el terremoto de enero de 1999.

He pasado cincuenta y dos años de mi vida en Calarcá; en sus calles, aprendí inocentes vicios mientras pasaba con lentitud el tiempo de provincia; disfruté del mundo apreciando sus maravillas en la gran pantalla de sus dos salas de cine, las mismas que hoy no existen como tales sino como cascarones vacíos del huevo del séptimo arte, donde enriquecimos nuestra cultura general mientras aprendíamos a gustar de las puestas en escena de películas tan famosas como Romeo y Julieta, La fierecilla domada, Los diez mandamientos, El Satiricón; salas donde rompimos la virginidad de los años infantiles viendo Portero de noche de Liliana Cavanni, El Decamerón de Passolini, y las actuaciones espléndidas de los bellos del Hollywood de los años sesenta que se besaban con ardor desfalleciente y ojos cerrados; he pasado parte de esos cincuenta y dos años en los bares de una Calarcá bebedora, bohemia y cogitabunda; filosofé en mi adolescencia en su parque de Bolívar. Jugué azarosas lides en sus garitos en medio de rebuscadores y pelafustanes, y visité de joven los escasos y burdos burdeles que había a la entrada del pueblo, al llegar de Armenia. La Loca Irma fue anfitriona de mi barra de ingenuos amigos, que mientras buscaban conocer por primera vez a una mujer desnuda obtenían de paso una enfermedad venérea.

Bebí con esos amigos en las fuentes de soda durante fines de semana bulliciosos y pendencieros, celebrando amores y amistades. Tirando paso, ebrio de dicha, o aturdido por el humo y la música, por los perfumes y los coqueteos y los desplantes de las muchachas. En Calarcá vivieron mis primeras novias, casi niñas, casi castas, pero ardientes e incomparables besadoras. Di mis primeros pasos de baile bailando bolero en una sola baldosa en casa de Hernando Monroy, el sepulturero, y de Pastora Vega, su esposa, quien me prestó para que leyera las primeras novelas que influyeron en mí para que me gustara para siempre la literatura. De sus manos leí Los misterios de París, de Eugene Sue; El médico de las locas, de Xavier de Montepin y otras dos o tres novelas de autores franceses, que a los trece años me impactaron tanto como para hacerme viajar a París a mis veintidós, y de paso a Europa, donde viví cerca de tres.

Luego de mis bailes caseros e inocentes, vino a Calarcá Henry Trillos, un marinero cansado de navegar, que abrió, si mal no recuerdo, la primera discoteca: Capriccio. En Capriccio bailé fox, bolero mambo, cumbia, merengue amartelado con las adolescentes de mis apetencias mientras me temblequeaban las rodillas y trataba de contener el aliento agitado por la emoción de su cercanía, o apretado a la concupiscencia de mujeres mayores que dejaban al marido en casa para salir a buscar caricias furtivas.

Me bauticé en sus aguas; me confirmé en sus aires. Me eduqué en sus aulas. Me confronté en sus pensares y me sigo confrontando con sus hábitos. Viví irrepetibles y maravillosas caminatas nocturnas con mis amigos fumadores de hierba. Exaltados por el humo del cáñamo indio no dejaba de sorprendernos la presencia de las constelaciones; nos parecía mentira que la Vía Láctea fuera esa nubecilla blanquecina de aparente cercanía. Podíamos identificar a Orión, a la Osa Mayor. Nos admiraba la incomparable luminosidad del planeta Venus. Muchas veces estuvimos a la espera del paso de una estrella fugaz para pedir el cumplimiento de nuestros deseos. Inmersos en la noche y la bohemia alcanzamos a verle un borde a la filosofía. Nos sentíamos tan diminutos e importantes como el átomo.

Temprano despertó en mí la costumbre de entrar a los Cafés. Allí, las llamadas coperas vestían estrechas faldas que marcaban con alevosía sus tremendas caderas inalcanzables para nosotros, los pelaos. Sus bocas pintarrajeadas y sus caras y sobacos y sus partes íntimas despedían olores que recuerdo de perfume barato, pero que me hacían soñar muchas veces con los favores que nunca quisieron compartir conmigo por falta de billete y de métodos para seducirlas. Ellas, elevadas en tacón puntilla a la altura de las diosas.

Calarcá es un pueblo de billaristas y de apostadores. En la actualidad, alrededor de la plaza de Bolívar hay tres Cafés con veinticuatro mesas de billar incorporadas a su amueblado, amén de una agencia de apuestas de chance, un casino de bingo y varias maquinitas tragamonedas. Dicen, los que pretenden saber de ese asunto en provincia, que quienes no hayan aprendido a jugar billar durante el bachillerato, jamás lo aprenderán a jugar en su vida. No es verdad. El billar es un deporte magnífico y exigente que precisa de mucho más que faltar a clases para aprenderlo de verdad. Requiere de otro tipo de estudio, muy personal y dedicado, que puede efectuarse a cualquier edad, pero con la condición sine qua non de que haya una mesa cerca para poner en práctica la teoría. Miles son las publicaciones de teoría del billar. El billar requiere de creatividad y tranquilidad; requiere de pulso firme y posición elegante al tacar; requiere de audacia, destreza y naturalidad en el balanceo del brazo que ejecuta la carambola. Requiere de imperturbabilidad, seriedad y concentración, es decir, de una personalidad especial en quienes lo practican.

En los billares se nivelan de momento los diferentes estratos que conforman nuestra sociedad. En ellos juega el coronel con el taxista, el carnicero con el lustrabotas, el odontólogo con el cacharrero, el millonario con el zarrapastroso, el poeta con el analfabeto. De esas partidas efectuadas entre ellos han surgido amistades indisolubles, dignas de encomio y de ejemplo, mientras los demás parroquianos, la boca abierta al calor como lagartos, deambulan por la plaza de Bolívar oteando el horizonte de la esquina en busca de un chisme, de una zorrita o de una comisión por ventas. Esos parroquianos, por lo regular, en torno a los aficionados al billar, han generado una crítica acerba, especialidad muy calarqueña que florece por doquier y que contiene muchas veces grandes dosis de talento y de humor negro. Pero ese es otro cuento. También la pobre Calarcá de orgullo fatuo es mi ciudad, es aún mi nido, mi amor primerizo y uterino, mi galería subterránea.

He visto cómo han evolucionado las mesas desde las afamadas Champion para jugar la modalidad libre, hasta las refinadas mesas de precisión Jimar y Sam, donde se juega la modalidad tres bandas. Los jugadores de antes eran un tanto rufianescos, debido a que eran sobre todo apostadores. Bien se sabe que ser apostador implica tratar de obtener la victoria a toda costa, aun recurriendo a las más sutiles trapacerías. Entre los jugadores de hoy, muchos también han evolucionado: ya leen teoría, participan en torneos y aspiran por lo menos a obtener algún día un campeonato nacional o, como mínimo, a efectuar una serie de carambolas superior a las registradas en los campeonatos mundiales. Estos nuevos jugadores practican el billar por el placer de jugar la carambola ideal, con la toma de bola, el efecto, el limado, la corrida, el retro, el penetrado o el massé necesarios, mediante la aplicación de algún sistema de juego de los creados por los grandes maestros de talla internacional; pero, sobre todo, jugándose el momento contra el cálculo exacto: son unos perfeccionistas, inmersos en la más depurada estética sin saberlo.

Es tal vez el billar el único campo en el cual existen aspiraciones más allá de la frontera municipal. De resto, no he escuchado a nadie que diga tener deseos de ser campeón de nada. Nadie ha dicho que se propondrá ser campeón de esgrima, digamos; de automovilismo, de equitación. Aunque debemos mencionar a un atleta que ha participado en la maratón de San Silvestre, en Brasil, ocupando un honroso sexto lugar. Y al ciclismo. Hemos tenido a varios ciclistas regulares y solo a uno bueno que ha pedaleado, incluso en Europa, en equipos de importante tradición competitiva. En el momento de escribir estas páginas me entero por la prensa de que la dama Sérika Gulumá fue seleccionada para representar a Colombia en los campeonatos panamericanos para menores. En literatura, ni hablar: por tácita aceptación de lo que somos en este campo, nadie ha dicho todavía, ni en broma, que se propondrá ser premio Nobel, premio Cervantes, premio Rómulo Gallegos, o cualquiera otro de tan codiciados laureles que desde aquí nos conformamos con mencionar.

Pero quiero detenerme un poco más en los Cafés, espacios donde se dan una evolución y un estancamiento simultáneos. El Café, microcosmos donde se refleja la ciudad. Lugar donde progresa el individuo en su juego de billar, pero donde el entorno casi siempre lo engulle para luego regurgitarlo convertido de nuevo en un guiñapo; estancado muchas veces en los bajos sentimientos que propone la música de la vindicta, que invita a buscarle consuelo en la bebida y en el crimen al mal milenario de la pena de amor.

En realidad, aparte de la humareda producida por el mundo Marlboro que ataca sin tregua los bronquios, lo único malo de los Cafés es la música. Podemos constatar, si entramos a cualquiera de ellos, que en la actualidad en los de Calarcá suenan las mismas desangeladas canciones de hace cincuenta y más años. Ni siquiera suena un bambuco moderno del cancionero nacional. Es como si el tiempo se hubiera detenido. Tango. Tango. Tango. Ranchera. Ranchera. Ni siquiera un tango moderno: pobre Piazzolla. Aunque, ahora, hay que convenir en que se ha agregado a la discografía colombiana, y por ende a la calarqueña, el veneno melancólico de la música del despecho. Salimos de Guatemala para caer en Guatepior. Como si aún no hubiese sido revaluado en el mundo moderno el comportamiento de las parejas del pasado; como si la individualidad y el reconocimiento de la voluntad del otro no se hubiesen replanteado en pro del respeto mutuo y la libertad, hombres merecedores de mejor tratamiento y mejor destino, al escucharla, se imaginan vencidos por las mujeres que los han dejado y confunden el distanciamiento con la traición, con esa ofensa imperdonable entre guerreros. El amor suicida o asesino de quien ha sido abandonado por la pareja, bajo esos parámetros arcaicos, es perpetuado por canciones que invitan a la dipsomanía, al odio o al crimen. Vemos, entonces, al borracho con la melena revuelta, la corbata floja y suelta y con rencor al mirar, maldiciendo en general su destino, mascullando posibles desquites: y si vuelvo a nacer yo los vuelvo a matar. Ofrezco disculpas si las canciones citadas no tienen cincuenta años de escritas como dije antes, pero ese es más o menos el corte de lo que se escucha en los Cafés. Yo escucho lo mismo desde niño en todas las esquinas, incluso afuera de ellos, porque la música se filtra por las puertas a la calle. Ni el viandante escapa a esa cuchilla que cercena la alegría. Esa música distrae de su concentración, por lo demás, al jugador de billar, al único que se halla tratando de progresar en su juego y no de recordar sus fracasos amatorios pasados, o los fracasos de cualquier otra índole que tanto han servido para inspirar la composición de otras letras de similar talante nocivo.

La muerte, el dolor, el abandono, presentes en las desoladas letras que escucha mi pueblo a diario en y desde los Cafés, hacen de gran parte de la población de Calarcá una sociedad enferma y derrotada, sin ánimo de progreso. Estamos sometidos al maltrato de los mensajes negativos. En esas canciones de toda la vida las camas son de piedra, las amantes son furcias, el amigo es traidor, nadie te visita en el hospital; estoy muerto, soy malo, estoy solo, soy macho, nací para perder, yo sé perder yo sé perder yo sé perder. Y beba.

Lo que pasa en este caso con la música puede ser tomado como paradigma para comenzar a elaborar una semiótica, un cuadro de síntomas que nos ayude a interpretar el subdesarrollo en el cual vivimos. El pensamiento se ha enquistado. No hay avance a nivel intelectual. Se ha cercenado la creatividad, o por lo menos no marcha acorde con el paso del tiempo. En la mente de la mayoría de los calarqueños, como consecuencia de ese estancamiento, campea la mediocridad. Y, por supuesto, no me excluyo de tan pobre comportamiento. No es nuestra culpa si creemos que el mundo es así como nos lo pintan unos avispados y retardatarios comerciantes, amos y señores de la música y de los Cafés, pues así nos lo repiten todos los días, a toda hora. Hemos terminado aprendiendo esa lección. Por eso nos comportamos de la manera más rutinaria y anodina, sin pensar que le estamos sacando el bulto a la vanguardia, al desarrollo humano. No tenemos parámetros para exigir calidad ni exigirnos que los haya.

Cuando alguien me pregunta por Calarcá, respondo, como en una broma amarga, que Calarcá es uno de los mejores morideros que existen en muchos kilómetros a la redonda. Y es verdad. No se vive: se muere. Se descansa. Descansar, es la muerte de la actividad; quien desee descansar, venga a Calarcá a rodearse de gente amable pero elemental. Deje al mundo allá. Al alcance de la mano de los que vivan y deseen progresar. Pero vendrá a descansar en medio del ruido de una música mezquina o pasada de moda, que nada tiene qué ver con la armonía y los hábitos saludables para el espíritu.

Dejo en claro que esto es una visión, un pesimismo, quizá una exageración personal. Otros calarqueños verán a su pueblo diferente, incluso como una ciudad. Yo no. Para mí sigue siendo, en su comportamiento, una aldea que está a punto de ser pueblo. Ejemplo de ello son los peatones que pasean, durante los días de mercado, por la mitad de la vía como si atrás viniese una mula de la colonización siguiendo los pasos del arriero, y no los buses que llegan de Armenia o los autos de los turistas conducidos a la topa tolondra.

Por fortuna la vida me dio, además de la cuna de este maravilloso moridero prendido a los paisajes de mi cordillera Central, la oportunidad de ir todos los días al campo. Es un retorno del cual no me fatigo. Así vuelvo a sentir, como en la niñez, una invitación a la libertad. Ahora no ruedo por tierra abrazado al perro juguetón ni trepo a los árboles de mango, ni salgo a pescar con mis amigos, sino que aspiro profundo el aire purificado por la vegetación, y me dejo tranquilizar por las endorfinas que produce el siseo del viento en el follaje de los guaduales. Salgo del centro hacia el campo, sin importarme la hora del día o de la noche, por sobre un tapete de flores amarillas desprendidas desde lo alto de los guayacanes. Cuando voy en las mañanas, soy recibido por la algarabía de los loros y otros desconfiados y móviles pájaros. Yo los observo admirado, con suma atención y complacencia, pues parece que a toda hora estrenan colores. Si voy en las tardes, a lo lejos, sobre occidente, un sol rojo despliega su espectáculo de crepúsculos. En las noches, espaciados resplandores de relámpagos que hacen pensar en el rugir de una tormenta sobre el Pacífico, le dan una transparencia lóbrega pero tranquila a mis amadas sombras silentes.