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CALARCÁ PARA LEER

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CALARCÁ DE AYER Y HOY

Calarcá para leerPor Álvaro Hincapié Palacio

Las calles tenían nombres sencillos y sonoros:

Real, Las Palomas, Pueblo Nuevo, Tilmaquín, Versalles, Alto del Beque.

La vida de la aldea transcurría entre el trabajo del arriero, la dulce fatiga del hogar, la tertulia del café y el arrullo de tiples montañeros y cascadas cristalinas del Santo Domingo, Naranjal y El Pescador.

Las casonas de bahareque y guadua, con sus balcones repletos de geranios y claveles y sus patios aromados de jazmines, azaleas y naranjos, enmarcaban la Plaza de Ricaurte y se extendían al oriente por la Calle de Fusa hasta el Parque de los Mártires, donde cada semana la Banda Municipal interpretaba bambucos, pasillos y valses, en la Retreta de los miércoles.

Así era el Calarcá de los años veinte. Ya Gonzalo Uribe Mejía, Jaime Buitrago, Agripina Restrepo, Luis Vidales y Baudilio Montoya hacían sus primeras publicaciones en el periódico El Faro; en el Café Aventino se reunían en alegres charlas los notables del joven municipio: Benjamín Palacio, su primer Alcalde, Luis Tabares, primer Comisario, Belisario Ospina, primer Juez, Pompilio Palacio Arango primer Notario y Alejandro Jaramillo su primer Tesorero, y el poblado iba adquiriendo ese carácter independiente, rebelde, poético y fiestero, herencia del gran Cacique Calarcá y resultado de la mezcla de antioqueños con las corrientes migratorias del Valle del Cauca, Tolima y Cundinamarca.

Corre el tiempo: viene una época en que Calarcá recorre la cumbre y el abismo. Grandes jornadas cívicas, hechos políticos, prosperidad y crisis.

Es 1989, al llegar la ciudad a sus 103 años de fundación, perdidos en el recuerdo de los viejos calarqueños, quedan hechos y personajes, de una historia que supera las mejores páginas del realismo mágico de la nueva literatura latinoamericana.

Hoy Calarcá, con sus 50.000 habitantes es una ciudad pujante, progresista, de gentes cultas y amables, orgullosas de su pasado campesino, de sus poetas, escritores y artistas, de sus casas de bahareque, de sus tradiciones familiares, de sus montañas y ríos, de su Palma de Cera, de sus fiestas y la belleza de sus mujeres, de su acento paisa y de sus atardeceres, los más bellos de Colombia.

Sus parques, escenarios deportivos, templos, centros culturales y recreacionales, restaurantes, vida nocturna, hoteles, excelente servicio de transporte, siete bancos, buenos servicios públicos, excursiones a sitios de leyendas indígenas, visitas a las haciendas cafeteras y en junio de cada año la alegría del Reinado Nacional del Café, hacen de Calarcá una ciudad diferente, inolvidable y sensual, con ese encanto ideal para visitar, para querer y para vivir, porque como decimos los calarqueños:

Quien viene se amaña, quien se amaña regresa y quien regresa, se queda.