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CALARCÁ PARA LEER

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CALARCÁ DE RECUERDOS

Calarcá para leerPor Beatriz Eugenia Gallego G.

Calarcá con la ilusión de convertirse en ciudad, ha querido cambiar su parque, sus viviendas, sus calles, su entorno; pero en mi mente vive la Calarcá de los años ochenta, donde las familias de cualquier nivel social aún vivían en casas de bahareque revocadas con boñiga de caballo, o en el mejor de los casos con cemento. Viviendas de amplios corredores, techos de teja, cielorrasos carcomidos por el comején, pisos de madera encerados a mano, brillantes como espejos, a punta de medias veladas, que servían a los niños como deslizadores. Hacíamos de este oficio una diversión. El patio era un solar de tierra inmenso, todo un parque de juegos construido a pulso, con columpios, burros de guadua, casitas de madera, cancha de fútbol, de baloncesto. Lo mejor de todo, no necesitábamos dinero, éramos jóvenes creativos, libres, con una actitud positiva ante la vida, jóvenes que nos conformábamos con tenis croydon y zapatillas grulla compradas en el almacén de los Ariza.

Toda la ciudad me habla de mi adolescencia recorrida al igual que todas las jovencitas por la concurrida carrera 25 o Calle Real. Era un desfile que se iniciaba en el hospital La Misericordia, en la calle 43, y terminaba en la iglesia de Cristo Rey. El hospital se convirtió por fuerza de las nuevas leyes en un centro de salud casi condenado a desaparecer. Yo vivía a media cuadra con el fantasma de la muerte muy cerca, enterándome de los accidentes y muertos de cada día. Salía de mi casa hacia la cancha de baloncesto, en un costado del hospital. Era mi refugio en los momentos que deseaba estar sola; allí al lado de la cancha estaba el anfiteatro llamado por todos la pieza del olvido, lugar que infligía un miedo que helaba los huesos, pero que generaba la curiosidad de la adolescente. La muerte siempre ha sido para mí sinónimo de tristeza y olvido, quizás porque a aquel anfiteatro solo llevaban los muertos que no tenían dolientes. Ese pequeño cuarto oscuro con una plancha de cemento en el centro, frío, lúgubre... Casi como un autómata me dirigía a aquella puerta verde oscura y me las ingeniaba para observar por una hendija como un voyerista. No era, claro, una escena que estimulara mi sexualidad, sino que me situaba en la más triste de las realidades. O quizás, pienso ahora, lo mejor que le puede suceder a todo ser humano es el descanso eterno. Alguna vez leí un pasaje bíblico que nunca olvido: "habla ahora que estás vivo, porque cuando estés en el sepulcro ya nadie te escuchará." La capilla del hospital donde asistía a misa se derrumbó con el terremoto; jamás fue reconstruida. Digamos que fue una muerte súbita, no tan lenta como la del hospital.

Vuelvo al desfile de la carrera 25, el que se hacía más interesante cuando se llegaba a las primeras tabernas: Rancho Viejo y Leña Verde en los bajos del Club Quindío. Pero nada era más tensionante que pasar por La Colina —¿bar, cafetería?, nunca lo he podido descifrar— donde se paraban todos los jóvenes de Calarcá: estudiantes, desempleados, comerciantes. La Colina aún existe, pero muchos de aquellos jóvenes han muerto, unos por enfermedad, otros en accidentes o asesinados y los demás tuvieron que viajar a otras ciudades o países a buscar mejor futuro. Eran mis amigos. Cuando observo el establecimiento desde el balcón de mi apartamento, aparecen todos ellos. Pienso que sus espíritus están ahí para coquetearme como antes; pero no, ahora solo hay viejos morbosos que se ubican allí para piropear jovencitas y chismosear, actividad que se suele atribuir a las mujeres, aunque en los hombres no es extraña.

El Parque de Bolívar era como el de todo pueblo, lleno de árboles, el Libertador en el centro, la baldosa de colores; permanecía habitado por ancianos, por lo que obtuvo el rótulo del parque de los pájaros caídos. Ahora lo remodelaron dándole a Calarcá un aspecto de ciudad que no entienden algunos ciudadanos dedicados a criticar. No cabe duda, seguimos siendo pueblerinos; hay varios bolardos destruidos, los granos de café resquebrajados por el paso de vehículos pesados y los mismos pájaros caídos sentados en los escaños. Nada cambia. O mejor, todo da un aparente giro, pero de 360 grados. Quedamos en lo mismo: elecciones, malas administraciones, desempleo.

Continuando 25 abajo estaban otros sitios conocidos: El Paraíso, El Tonel, Tayrona, Valentino y Xanadú, de Guillermo González, la mejor discoteca de esos tiempos, donde ocurrían toda clase de escándalos nocturnos que en compañía de mi prima Gloria Botero observábamos y disfrutábamos desde la ventana de la casa de mi tía abuela Lolita, ubicada al frente.

El recorrido no era solo de los vivos, también de los muertos. El carro fúnebre iba lentamente por la Calle Real obligando a apagar la música de todos los sitios de diversión, mientras las parejas salían de sus devaneos a observar el paso del cortejo y hasta alguna lágrima rodaba por sus rostros. Hoy, es el mismo desfile por la misma vía, pero estos sitios ya no existen. Ahora hay un caos total: vendedores ambulantes, espacio público ocupado por artesanos, cacharrerías con música estridente, indigentes, desplazados, rifas de mercados, carros y mil chucherías más. En medio de este manicomio desfila el carro fúnebre. A nadie le importa quién es el muerto; ni, si murió de muerte natural, lo asesinaron o se suicidó. Nos volvimos insensibles; será porque todos llevamos una cruz y una lápida pegadas a la espalda, listas para ponerlas en uso en cualquier momento.

Vivo en Calarcá. La observo día a día. Hice parte de sus fiestas y sus reinados. Ceñí la corona de las entidades cívicas en 1980, título que me permitió participar en el concurso de señorita Calarcá ese mismo año. Cómo olvidar los desfiles que organizaban los hijos de Lucelly García de Montoya, Carlos Augusto —Paúto— y María Luz —Malusa—. Ellos en compañía de Jorge Hernán Caro, convertían la Casa de la Cultura en todo un escenario de belleza y moda.

Calarcá es parte de mi sombra, de mi otro yo, basta alejarme para querer volver.