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CALARCÁ PARA LEER

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CALARCÁ, DÉJÀ-VU

Calarcá para leerPor Jordi Pérez Boix

¿Conocen ustedes esa sensación que se tiene en ocasiones de que eso ya lo han vivido o que ya estuvieron aquí antes? Eso es un déjà-vu, viene del francés y en una traducción algo libre podría leerse como esto ya lo he visto antes.

Cuando hace más o menos nueve años llegué por primera vez a esta tierra, venía con el espíritu curioso del europeo que llega por primera vez al trópico. El calor, la humedad y un olor a vegetación intenso y dulzón que lo llena todo.

Pero esto sucedía solo en el aeropuerto. Fui trasladado de inmediato a un hotel situado en una zona más fresca, más fresca por más alta, y durante unos días fui llevado por mi trabajo de un lado para otro. Finalmente fui rescatado de esta vorágine de novedades, y, casualidad o no, fue un calarqueño el que me devolvió a la realidad, mostrándome no solo la lista de visitas programadas, sino la vida, las gentes, las casas, los cultivos... y eso tan sencillo que a veces parece imposible, me hizo comenzar a comprender dónde estaba, qué hacía aquí y con quién me la estaba jugando.

Debo señalar, a título meramente informativo, que procedo de Alcoi. Una pequeña ciudad industrial, situada entre montañas donde las gentes trabajan duro, estudian pese a las dificultades —los españoles no siempre fuimos los fatuos europeos de ahora mismo— y se sienten muy orgullosos de ser alcoyanos. Pasé una buena parte de mi infancia en una finca de ladera, donde abundaban los cultivos y aprendí dos cosas importantes: a amar la tierra y hablar mi lengua.

Cada día al levantarme, tenía frente a mí el espectáculo de la cordillera, La Sierra de Mariola, con sus escasas manchas de bosque y sus grandes rocas grises y doradas, hendidas en la mitad por un barranco pétreo, abierto, según dice la leyenda por la espada milagrosa de San Jorge, para favorecer la victoria de las tropas cristianas.

El primer día que llegué a Calarcá, subiendo la cuesta desde el río Quindío y el carro de mi acompañante, ya amigo, enfiló la calle hasta la galería, fue el preciso momento de esa revelación.

Evidentemente nunca había estado allí, nunca había visto los multicolores jeeps, en pleno proceso de carga, con los mercados para los habitantes de las veredas. Ni las casas de ventanas y puertas pintadas, ni a la gente apresurada o entretenida en sus quehaceres y sus ocios. Pero la sensación, el déjà-vu, tomó rápidamente consistencia en mi cabeza: ¡yo ya estuve aquí! Pudiera ser que en otra vida. No es que crea en la metempsicosis, pero uno nunca sabe.

Había algo de familiar en esos comercios en los que siempre hay un poco de todo, que no son buenos ni malos, sino adaptados a lo que las personas necesitan de forma inmediata. En los corros de personas en la plaza, que no se sabe qué negocios se traen entre manos o si simplemente están compartiendo los chismes del día; en las filas de los bancos, hasta en los fotógrafos callejeros con caballo de cartón y la chiva empujada a la que se suben los niños.

Tuvo que pasar mucho tiempo, tuve que conocer a muchos calarqueños, trabajar con ellos, aprender y enseñar cosas. Pasar veladas inolvidables cerca del ron y las palabras en las fincas esparcidas entre tanto verde, visitar estudios de pintores y artesanos y recorrer muchos caminos para que finalmente comprendiera.

No era tanto un misterio tántrico, el que me había producido aquel reconocimiento. Lo cierto era que Calarcá tenía mucho que ver con el Alcoi de mi infancia. Más que en la forma, en la corteza exterior, las coincidencias estaban en el sustrato, en los sentimientos, las ambiciones y las formas de pensar de las gentes.

Tenemos aquí los grandes patriarcas, los colonizadores del hacha, y allí las veinte familias antiguas, cuyos apellidos se cruzan una y otra vez. Tenemos el amor por la cultura, por la música y las letras. Tenemos en común ese carácter de las ciudades intermedias que nunca fueron capitales ni recibieron prebendas de dineros públicos, pero que siempre tuvieron su importancia, al menos en el corazón orgulloso de sus habitantes.

Han pasado los años y esa primera impresión se ha ido llenando de contenidos, de anécdotas y experiencias que han venido a corroborar ese paralelismo: Calarcá es una especie de Alcoi. O quizá mejor, Alcoi es una especie de Calarcá.

El calarqueño siempre anuncia su origen, se encuentre en Armenia o en Nueva York. El calarqueño siempre tiene reservado un rinconcito de su corazón para recordar su ciudad, para hacer rito de su comida, su bebida, su música y sus costumbres. Como los alcoyanos, que estamos aún orgullosos de los paños finos que ya no producimos, los calarqueños están orgullosos de su café, pero aún más que de su café, de su forma de entender el trabajo en las fincas. Una forma de inconformismo intelectual, de esa costumbre tan civilizada de combinar la agricultura y la educación, para no parecer nunca montañeros de machete, sino pintores, poetas, abogados, ingenieros, médicos, economistas, y claro, empresarios cafeteros, que llevan por todas partes sus ojos iluminados por el verde de la cordillera y la nostalgia de un tesoro oculto bajo la mole de Peñas Blancas.

Por lo demás, no nos parecemos en nada. Mi tierra es tierra de olivo y cereal, de tierra dura y climas extremos. No tenemos café, sino ese aperitivo llamado Café Licor, un preparado seco y alcohólico, que desata la mente y la palabra, quién sabe si elaborado alguna vez con café calarqueño.

En alguna ocasión, de regreso a mi pueblo, he tenido oportunidad de sentarme bajo los arcos de la plaza de San Francisco, y saborear con amigos una botella de ese aperitivo, mirando hacia las cercanas montañas. De nuevo, el déjà-vu aparece junto al sabor pungente del café. Y ahora es Alcoi el que me hace sentir nostalgia de otra ciudad lejana, verde y familiar, tomando un tinto con amigos, en cualquiera de los cafés de su Parque Bolívar.