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CALARCÁ EN LA IMAGINACIÓN HISTÓRICA DE JARAMILLO ÁNGEL

Calarcá para leerPor Carlos Alberto Castrillón

En el Quindío, desde su existencia como parte de una región más vasta (el Gran Caldas) hasta su constitución como entidad político-administrativa, la historia ha sido escrita desde una perspectiva que trata de conservar la mistificación de hechos, personajes, circunstancias históricas y el tono épico. Este tipo de historia, que se escribe desde los centros de poder cultural, ha impedido el reconocimiento de los diversos factores que influyen en la conformación de la cultura regional, limitándose a la reproducción de tópicos tales como la gesta colonizadora, la altura de miras de quienes la agenciaron, la supremacía de la influencia antioqueña y el desarrollo pacífico de la colonización.

Algunos estudiosos han demostrado, desde las investigaciones académicas, la imposibilidad de sostener tales tópicos. Por ejemplo, se ha demostrado que la colonización del Quindío fue motivada por poderosos factores económicos, que la influencia caucana y cundiboyacense fue importante, que los procesos de población se produjeron no sin conflicto y que todo ello es causa de la distribución desigual de la posesión de la tierra, a partir de la cual se generaron las fuerzas de poder en un esquema semifeudal que aún subsiste1. Ortiz señala al respecto que el "movimiento migratorio ni ha nacido por azar, ni ha sido un puro brote romántico o aventurero al que puede reducirse mistificándolo, ni es el puro fruto de una raza especial o de una especial 'sicología' [...] sino que ante todo ha resultado de condiciones muy concretas y de contradicciones sociales resultantes del proceso histórico-social nacional y regional" (1985: 33).

Al margen de ese proceso de sustentación de una cultura monovalente, surgió la crónica como testimonio de una realidad rica y compleja. Los cronistas, muy de la mano de la literatura y con variadas dosis de ficción, fueron construyendo una historia paralela que da cuenta de las realidades más cotidianas y perecederas. Acercarse a esas crónicas, muy abundantes en el Quindío, es entrar en contacto con procesos que trascienden los registros históricos y nos sitúan en el reverso de la historia más difundida.

En consecuencia, es posible pensar que, a pesar de cierta ingenuidad que es común al género, la crónica de costumbres es una buena herramienta para releer la historia regional desde una perspectiva más rica en matices, menos heroica y como punto de discusión sobre la cultura en la cual se inserta.

La ciudad de Calarcá, en sus orígenes fundacionales y su desarrollo, ha sido tema de varios libros de crónicas y misceláneas que contribuyen a la reconstrucción de su historia desde la perspectiva de lo anecdótico, lo personal y lo circunstancial. Todos ellos se sitúan al margen de la historia como ciencia social y se proponen, en consecuencia, revelar un mosaico bastante heterogéneo de la vida local como producto de visiones aisladas y asistemáticas que pertenecen a "la historiografía episódica o apologética" cuya narrativa carece de "un eje analítico" con fundamentos científicos (Molina, 2003).

Desde La Miscelánea de Segundo Henao (1921) y Calarcá en la mano de Eduardo Isaza y Arango (1930), hasta Calarcá en anécdotas de Rodolfo Jaramillo Ángel (1976) y Viaje a la aldea de Humberto Jaramillo Ángel (1983), a los que se suman incontables crónicas, anecdotarios personales y cuadros de costumbres, la historia de la ciudad puede recorrerse en torno a sus personajes más significativos, sus mitos más consolidados y sus habitantes anónimos2.

Aunque los autores parecen dialogar poco entre sí para la construcción de una propuesta colectiva, entre todos estos libros sobresalen los escritos por los hermanos Rodolfo y Humberto Jaramillo Ángel, por el carácter literario, la claridad del propósito y la unidad de contenido. Creemos que una relectura atenta de estos textos sobre la historia de Calarcá, que recogen la imaginación histórica con variados grados de ficcionalización, contribuye de modo directo a la recontextualización de los saberes que dan sustento a la cultura regional.

1. CRÓNICA E IMAGINACIÓN HISTÓRICA

Durante mucho tiempo, y en especial en el periodo de gran auge de la novela hispanoamericana moderna, géneros como el testimonio y la crónica literaria permanecieron desatendidos por la crítica y tuvieron dificultades para ser aceptados dentro del conjunto de la literatura canónica. Una de las razones para esta subvaloración es que el testimonio y la crónica, como todos los textos marginales, por su sola presencia cuestionan tanto las fronteras entre lo literario y lo no literario como las fronteras internas entre los géneros. Al respecto, Sarfati-Arnaud destaca cómo el testimonio "obliga al ámbito literario a redefinir los mecanismos por los cuales se establecen [las] fronteras [de lo literario]" (1991: 1).

La crónica puede definirse como una forma de los géneros periodísticos, muy cercana a los procedimientos de la narrativa literaria; es el discurso testimonial de un sujeto o recogido por un sujeto que recrea la realidad. La crónica, en consecuencia, está muy ligada a la historia (el tiempo de Kronos, tiempo lineal) y a la literatura (el tiempo de Kairos, tiempo eterno)3. En toda cultura, los primeros cronistas pretenden dar testimonio de los hechos que forjan la identidad, con contenidos variables de fabulación. Por lo general, se trata de relatos cortos, unitarios y de estilo ágil en los que se expresan los anhelos humanos y las preocupaciones colectivas. Son estas características las que acercan la crónica a la literatura.

René Jara señala que en estas formas narrativas "los límites entre lo público y lo privado desaparecen, la intimidad pertenece a todos" (Cit. Saporta, 1991: 97). Pero no se trata de una concepción centrípeta de la familia o de lo cotidiano, sino de su proyección como un microcosmos de la problemática y los intereses sociales. La crónica tiende a ser un enfoque individual en el que la subjetividad campea, en especial en las crónicas más elaboradas, con mucho humor y detalle. Por esta razón, los temas suelen circunscribirse a lo cotidiano, anecdótico y familiar, donde es fácil que el lector se reconozca; igualmente, el tono costumbrista de la crónica aporta una sensibilidad especial que contribuye a su valor y a su reconocimiento como versión de la historia.

La función de la crónica como documento histórico es indiscutible. A pesar de que el cronista interpreta la realidad, pues no es un simple amanuense, la crónica sigue teniendo valor como propuesta de visión de mundo y como verdad interpretada. A medio camino entre la pretensión de verdad y la subjetividad de la interpretación, la crónica utiliza la imaginación como herramienta por un propósito emotivo, como lo explica Pupo-Walker para el caso de los cronistas de Indias: "Sabemos con toda certeza que la fabulación no era necesaria para recoger los datos y noticias requeridos por la Corona española, pero sí fue necesaria la invención cuando se quiso narrar el soplo emotivo y las idealizaciones que determinaron el curso mismo de los hechos" (1984: 90)4.

En toda mirada a la historia hay una interpretación y una subjetividad puesta en conflicto con la verdad; se "cuestiona constantemente la posibilidad de ganar una visión unificada y permanente del mundo" (Souza, 1988: 59); se busca una historicidad revolucionaria, es decir, la unicidad transhistórica más allá de la circunstancia concreta de una acción particular. Los narradores y cronistas revaloran lo intrahistórico: la visión de la historia en el nivel de lo humano, la forma como "cada acontecimiento puede disolverse en un sinfín de momentos psíquicos individuales" (Sklodowska, 1990: 159).

En la novela y en la crónica se cuestiona el concepto de Historia como la relación de un conjunto de hechos relevantes que tienden a un progreso continuo, o por lo menos a un cambio efectivo. Es la historia personal, cribada por la subjetividad lúcida y contradictoria, cercada de intuiciones y momentos alucinantes, la que interesa al autor, más que la grandeza que le sobreviene al personaje por su inclusión circunstancial en los momentos históricos. El autor suele suplir con magia e imaginación lo eternamente inexplicable de la historia.

Se abre paso a la polifonía del pasado visto en y desde el presente, el juego de perspectivas que permite la conjugación de visiones y la confusión consciente de ese juego en la recreación. El presente gravita sobre el pasado, le da peso y sentido, lo muestra en su irrisión y en sus llagas palpitantes. La imaginación histórica llena los vacíos del pasado para comprenderlo y humanizarlo. Lo propio y lo ajeno se funden en el intento de superponer varios textos (i. e. varias visiones de mundo) y tiempos históricos para producir una propuesta de descrédito de la Historia y de desencanto por sus procesos (Castrillón, 1998b: 75). En la novela hispanoamericana esto se manifiesta en la lucha por "la primacía de la imaginación deconstructiva para encarar el despotismo de la imaginación constructiva y mitificadora" (Kadir, 1984: 302); las novelas que se proponen replantear la historia se enriquecen con un rasgo adicional, compartido con las crónicas que nos ocupan: el reto de la literatura a los mitos de la historiografía.

2. CALARCÁ EN ANÉCDOTAS

Rodolfo Jaramillo Ángel (1912-1980) fue uno de los escritores más polifacéticos de Calarcá: cuentos, novelas, poesía, ensayos y crónicas componen el conjunto de su obra, que no ha sido objeto de un estudio sistemático. Como cronista, Rodolfo Jaramillo Ángel publicó tres libros: La alfombra mágica (1956), La octava salida (1957), Calarcá en anécdotas (1976) e incontables crónicas en medios regionales y nacionales.

La alfombra mágica contiene crónicas literarias y de costumbres escritas con estilo poético. Entre ellas destacan Armenia, en la que narra la historia tantas veces contada del convite para construir el puente sobre el río Quindío y la posterior represalia de los armenios ante el incumplimiento de los calarqueños, y Dulzaina encantada, bella evocación sobre la anciana que toca su instrumento para sí misma, del todo enajenada y ausente del mundo. Ambas historias tienen correlatos en crónicas posteriores del autor y marcan la tendencia general de su obra: la anécdota pintoresca y la evocación nostálgica.

Bastante similar al anterior, La octava salida es un curioso libro en el que Rodolfo Jaramillo Ángel recopila no sólo algunos textos suyos sino también las opiniones de escritores latinoamericanos y colombianos sobre él. Es una especie de carta de presentación en formato de libro en el que a cada texto autógrafo corresponde uno alógrafo lleno de elogios y laudes a Jaramillo Ángel.

Pero es en Calarcá en anécdotas donde Rodolfo Jaramillo Ángel logra demostrar su capacidad como cronista. El autor, con visión irónica en su función de narrador, con mucho humor y haciendo énfasis en lo picaresco ("veracidad doblada de mordacidad e ironía"), logra mostrarnos una realidad en sus conflictos de consolidación, en la que lo personal supera las condiciones históricas y prevalecen las pasiones en contextos muy cotidianos; es una historia personalizada, con nombres propios y datos que, en la mayoría de los casos, pueden confrontarse5.

El anónimo solapista define el sentido de este anecdotario: "La importancia de este libro radica en su autenticidad. Los personajes que por él desfilan lo hacen con sus nombres propios, sus vicios, sus virtudes, sus 'rarezas', sus bellaquerías y su desenfado". Y agrega: "Los fundadores de la ciudad, quienes rigieron sus destinos materiales y espirituales, los bobos y los ladrones junto a los hombres de pro en un marco de costumbres libre de adulteraciones". Sobre estos criterios, así bien definidos, se estructura el libro.

Esto se refleja en el estilo, claro y fluido, pero aún muy cercano a la retórica tradicional de la "gesta colonizadora" y la reproducción de sus tópicos: "La feracidad de la Hoya Quindiana", los colonos armados de "hacha y machete" y, en general, la visión que reproduce el imaginario conocido. La autenticidad, preocupación constante del autor, recibe varias formulaciones que promueven en el lector la idea de que está leyendo una historia verdadera. La primera "anécdota", sobre la fundación, está avalada por un testimonio del hijo de Luis Tabares, uno de los fundadores; y para todas ellas el autor afirma estar "en capacidad de garantizar su autenticidad". Sin embargo, el autor es consciente de las dificultades que implica su metodología, sobre todo si se tiene en cuenta el carácter insólito de muchas de sus historias; para una particularmente inverosímil anota: "El nombre del ciudadano que tan cándidamente cayó en las garras de Pedro Juan Jaramillo, no lo logré averiguar, pero la anécdota es rigurosamente cierta". Del mismo modo, el autor puede despreciar los datos cuando no están a la mano porque lo anima un propósito que, en su opinión, permite toda clase de licencias si no se falta a la verdad; si la fecha de un suceso se ha perdido, el valor del suceso para la historia local permite que se siga contando aunque la oralidad lo transforme: "Las fechas exactas no vienen al caso. No son necesarias ni fundamentales. Relato anécdotas, no escribo historia. Pero en este anecdotario, créase o no, está contendida, resumida, la historia de la ciudad a través de las actuaciones de sus moradores pertenecientes a todos los estratos sociales" (P. 184).

En general, pesa mucho aquello de lo que se fue testigo o se ha recogido de oídas, y aunque muchas historias parecen improbables, el autor no cede en los alegatos de autenticidad. A esto se agrega el deseo de no juzgar las actitudes y conductas de los personajes; mucha comprensión y poco juicio son presupuestos implícitos que Jaramillo Ángel respeta, al punto de hacer reír con el crimen, el engaño y la infamia.

La presencia de lo popular y el humor es rasgo característico del anecdotario. Lo primero tiene que ver con los personajes, el desarrollo de la cotidianidad y los sucesos y lugares significativos. Los primeros delitos, los locos y bobos del pueblo, las prostitutas, la bohemia, las festividades populares, los oficios, la religiosidad, los sitios de esparcimiento, etc., muestran una aldea en sorprendente dinamismo cultural. Las costumbres hogareñas y los mecanismos de interacción social permiten adentrarse en una historia vivida y sentida desde adentro. Al imaginario popular pertenecen las apariciones del Diablo, las brujas del pueblo, los espantos de la oscuridad, los ruidos nocturnos y los actos legendarios.

El humor está en el formato mismo de la anécdota, muy bien ambientada y rematada con cuidadosa selección del material, que el autor relaciona con la picaresca española, de la que aprovecha varios procedimientos narrativos. La titulación contribuye con enunciaciones pintorescas: "No le pegue al Alcalde", "No llore mijito", "Se quedaron metidos", "Para eso es mi marido".

Muy significativa en Calarcá en anécdotas es la presencia de tres rivalidades que entraron en conflicto desde la fundación. Con variados grados de confrontación, esas rivalidades enriquecen y configuran la cultura local, primero como hechos, luego como historias y finalmente reducidas a anécdotas.

La primera de ellas se refiere a la "leyenda negra" del conflicto entre los calarqueños y los armenios, derivado, según la anécdota, del incumplimiento de los primeros a una invitación de los segundos para la construcción de un puente sobre el río Quindío6. En boca de Segundo Henao, el fundador, los armenios "no son otra cosa que una partida de hijueputas" (P. 11). Los sentimientos encontrados se diluyen en el destino común de ambos pueblos, pero con episodios que afectan el desarrollo de "esta villa querida por los calarqueños y aborrecida por los 'cuyabros', vale decir, por los armenios" (P. 207). Uno de esos episodios fue el acto vandálico de los armenios contra los calarqueños que querían celebrar el centenario de la muerte de Antonio Ricaurte (1914): "Un numeroso grupo de armenios, montados en briosos corceles, se hizo presente en la plaza y arremetió contra el rancho con tal brío y denuedo que media hora después no quedaba un solo palo en su puesto de ese san Mateo local". Esta agresión no tuvo represalias, a lo que comenta Catarino Cardona: "A nosotros los calarqueños no nos han perjudicado en nada los señores de Armenia. Las perjudicadas en este caso fueron las madres de esos malparidos" (P. 74).

La segunda rivalidad, derivada de la Guerra de los Mil Días, compromete a liberales y conservadores. Los fundadores fueron de espíritu liberal y anticlerical, como se evidencia en La Miscelánea de Segundo Henao7. Al mismo Henao se le atribuye no quitarse el sombrero ante el Himno Nacional porque "fue compuesto por Núñez y ese fue un traidor [...] un desvergonzado voltiarepas" (P. 26). A partir de allí desfilan por el libro los "liberales de tuerca y tornillo", siempre mayoritarios, y los conservadores "azul de Prusia".

La tercera tiene que ver con la inmigración "oriental" (Tolima, Cundinamarca, Boyacá, Santander), que generó conflictos culturales que se prolongaron hasta la hibridación definitiva (Lopera, 2005: 206). La mayoría de orientales o "rolos" se asentaron en el sector o calle de "Fusa" y sus costumbres chocaron con las de los antioqueños o "maiceros". Aunque Jaramillo Ángel considera productiva "la invasión rola", insiste en las diferencias entre ambos grupos (P. 34). Isaza y Arango anota que en 1887, por la inmigración "se veían pues ya bailes y parrandas, que las más de las veces degeneraban en camorras y guachafitas" (1930: 32); Jaramillo Ángel habla de las "trifulcas de marca mayor que dejaban buen saldo de heridos y contusos y casi nunca un muerto" en la calle de "Fusa" (P. 69). El origen anecdótico del conflicto es atribuido por Jaramillo Ángel a una expresión de Juan de Jesús Herrera, quien promovía la fundación de Calarcá en el sector de "La Bella" para quedar lejos de "los rolos" que huelen "a chivo" (P. 14). Según Jaramillo Ángel, las tensiones se prolongaron por 40 años y tenían que ver con las formas de cotidianidad diferenciadas entre los grupos. En la calle de "Fusa", por ejemplo, se bebía chicha y los hombres les pegaban a sus mujeres; los antioqueños sentían "innata repugnancia por la chicha" y "un antioqueño que se respete y estime" no le pega a su mujer. Los títulos de algunas anécdotas referidas a los "rolos" son bien dicientes: "Tumbando rolos", "Si se bañaran", "Para eso es mi marido", "Oler a chivo". Las palabras del sacerdote Ismael Valencia resumen las tensiones así: "El único pecado que se le puede imputar a Dios es el haber hecho a esos hijueperras rolos" (P. 37).

A medida que avanzan las anécdotas las diferencias disminuyen y se asumen por ambos grupos las costumbres que, entremezcladas, llegarían a conformar la cultura local.

3. VIAJE A LA ALDEA

Viaje a la aldea es el único libro de crónicas de Humberto Jaramillo Ángel (1908-1996), uno de los escritores más reconocidos del Gran Caldas, aunque se anunció otro, Estampas del ayer, que no se conoce8.

Como cuentista, Humberto Jaramillo Ángel comparte con otros narradores de su época el deseo de ahondar en los conflictos de la interioridad humana y apartarse del costumbrismo descriptivo y del realismo especular. Esa actitud y su desarrollo en cuentos de atmósfera agónica, con personajes desgarrados en "ambientes citadinos y brumosos, que hablan del ser moderno angustiado por la mera existencia" (Reyes, 2007), se manifiesta en una narrativa de la interioridad y del conflicto que anida en el alma que toma conciencia de sí misma en contextos de transformación y crisis: lo urbano que empuja a una sociedad anclada en el pasado; el desasosiego, la pesadumbre, la soledad, el dolor innominado y el odio que crece sin cesar, en un mundo que se solaza en la árida cotidianidad y renuncia a la trascendencia, son los componentes comunes de los personajes de Jaramillo Ángel, desprovistos del consuelo que podrían brindar el humor y el erotismo. En sus cinco libros de cuentos, Jaramillo Ángel entrelaza los relatos por fragmentos de historias, por la actitud de odio general y por tópicos reiterados. La visión del narrador, con preferencia en primera persona, cambia poco; no narra con fluidez sino que da vueltas en torno de las obsesiones; a veces aparece más sosegado el espíritu en cuentos que son islas dentro de la pesadumbre, pero vuelve el hombre solitario, abandonado de afectos, suicida sin motivo, obnubilado por el misterio, hastiado de la vida comarcana.

Muy cercanas a esa estética son las crónicas. Con el subtítulo Por los caminos del recuerdo. La vida del Calarcá aldeano en crónicas, Jaramillo Ángel nos propone un recorrido por "imágenes del ayer, la historia, los hechos y las gentes" (P. 9). Aunque no obedecen a ningún orden o método, ni están fechadas, el deseo de autenticidad las presenta como ciertas: "Como un capítulo de la real historia de Calarcá, tiene [...] el mérito de haber sido escrito por quien, como yo, ni miente, ni calumnia. Dice siempre —y cueste lo que cueste— la verdad. La pura verdad histórica" (P. 16). Esa "verdad histórica", que se reitera a lo largo del libro, se sustenta en recuerdos personales, pues "no en vano he vivido largos y fecundos años y en mi memoria perduran, vivas, infinidad de imágenes procedentes del tiempo cuando yo tenía cuatro años [...] Y mi memoria no me defrauda. Ni yo defraudo a quienes lean estas notas" (P. 163); por lo tanto, "no he dicho una sola mentira. Ni he inventado leyendas" (P. 146).

Sobresale, desde el principio, el yo hipertrofiado que caracteriza a Jaramillo Ángel; es la mirada personal la que une todas las crónicas como una sola declaración de soberbia y altivez. El humor no existe, lo popular queda ahogado por el juicio permanente y la incapacidad para comprender las pasiones humanas; el estilo es típicamente literario, con abundantes referencias a los autores que influyeron en su obra y, finalmente, todo el entorno se diluye para que quede sólo la voz del autor como protagonista único. Sobre Jaramillo Ángel, Adel López Gómez afirma: "Jaramillo Ángel en Calarcá está siempre en guardia, maldiciente, como si le poseyera el rencoroso sentimiento de frustración de no haber abandonado nunca el pueblo natal. De ser allí, a pesar de todo, una especie de forastero o de incomprendido" (López, 1989: 44). De eso, precisamente, se tratan las crónicas: una reacción contra el medio comarcano, una constante beligerancia y lucha subjetiva contra toda expresión que difiera de la suya.

Por eso cuando el autor dice que sus crónicas son un homenaje "a mi ardiente, altiva, orgullosa, soberbia y libre ciudad nativa" (P. 10), es como si hablara de sí mismo. Lo personal dialoga poco con lo comunitario, al punto de dedicar varias crónicas a su vida, enmascarado en el seudónimo o el anónimo. En "Segovia, maestro de escuela", por ejemplo, reconocemos a Juan Ramón Segovia, seudónimo preferido de Jaramillo Ángel, el escritor, también "rebelde, altivo, orgulloso, soberbio", fino erudito que domina "el sutil Arte de la diatriba, el panfleto y la breve glosa de puro sabor lírico", y que se enorgullece de ser maestro de escuela porque "Vargas Vila y Porfirio Barba Jacob, para no citar otros genios, también fueron maestros en escuelas rurales" (P. 42). En otra se describe como "un hombre joven, de cabellos rubios, ojos azules, nariz un poco griega, alta frente y soberbios ademanes" (P. 39); o aprovecha para descargar sus resentimientos, como cuando habla de "Rosario, la vieja y agria tía que con más obstinación llegó a profesarme, sin motivo, la más cruda de las antipatías" (P. 50). Del mismo modo se nos informa: "Fuimos, Camilo Herrera y yo, él en su calidad de parquero y yo de íntimo amigo de los árboles, quienes sembramos, en el Parque Bolívar, el hermoso gualanday que se levanta, verde y fuerte, frente al Banco Cafetero. ¡Él hizo el hoyo y yo lo sembré…! Que conste, esto último, para la real historia de Calarcá" (P. 120).

Igualmente, los sucesos y personajes aparecen bajo el juicio implacable del autor. Los sacerdotes y alcaldes salen bastante perjudicados: "El cura Naranjo, más que para sacerdote para lo que debiera haber estudiado debiera haber sido para sargento, teniente, coronel o mayor del ejército [...] O para capitán de guerrillas" (P. 25), y lo acusa de haber organizado el movimiento contra los liberales calarqueños, denominado Juventud Católica. Para otros "no vale la pena el acto de manchar estas páginas hablando de su oscuro tránsito por la parroquia" (P. 182). Fernando Villegas, alcalde conservador y borracho, "estaba hecho como de candela. Echaba chispas. Parecía, de pronto, un viejo león enjaulado. O un tigre con hambre. ¡Qué peligroso cancerbero aquel!", de "peligrosa condición humana", para quien van los peores adjetivos (P. 29). Por contraste, la rivalidad entre "rolos" y antioqueños es narrada de modo anecdótico como algo explicable por diferencias culturales.

Destaca en las crónicas de Jaramillo Ángel el estilo y el conjunto de referencias literarias a través de las cuales se mira la realidad de la comarca. Algunos ejemplos son bastante dicientes del filtro cultural bajo el cual la realidad queda opacada por la erudición. El cura Sacramento Jiménez vivió y murió como Hilarión, "uno de los padres del desierto de que nos habla, en un libro suyo, Enrique Gómez Carrillo" (P. 15); otro parecía "un anacoreta. Un cenobiarca. Un hermoso trapense. Un padre del desierto o un cartujo habitante, por ejemplo, del Monte Subacio. Un compañero, en la Capadocia, de San Sabas, el luminoso recoleto" (P. 152). Con donaire nos explica que "al igual que la hija de Clemente Silva, en La Vorágine, Alicia no sólo dio el brazo a torcer sino que otra parte de su sensual anatomía fue, con cierto atrevimiento, explorada" (P. 62). Los mineros se parecen a los de Salgari, Chejov y Efe Gómez; las mujeres de edad son como la madre de Dulcinea, las jóvenes como las de Proust o las de las imágenes griegas; otra practicaba, con un "apuesto imbécil", "el deporte que hizo desgraciada a Madame Bovary". Al describir la ciudad en una bella estampa, "Del Calarcá antiguo", la belleza de la aldea se traslada por viejas páginas para terminar siendo "un poético pueblo de los vistos y cantados, en purísimo estilo, en España, por Azorín", y cuyos caminos se pierden como en "una estampa lírica de Gabriel Miró" (P. 60).

Una obsesión particular por el crimen, el odio, el suicidio y la infamia liga de modo directo estas crónicas con los cuentos del autor. Por citar un caso, el odio acérrimo en "La muerte de Bartolo" es idéntico, en ambiente y argumento, al de cuentos como "Odio a ese hombre", de 1940. Igual ocurre con el desfile de suicidas, "cuyo trágico fin obedeció, sin duda, al hastío, el cansancio y la amarga tristeza de vivir" (P. 166). Estas reflexiones aparecen también, de modo casi literal, en la narrativa de Jaramillo Ángel (Castrillón, 2007).

4. CALARCÁ, LA CIUDAD IMAGINADA

En Calarcá en la mano, que es el producto del trabajo de la Oficina de Estadística de la ciudad, regentada por el autor, Isaza transcribe un memorial que los primeros habitantes dirigieron al Ministro de Hacienda de la época (1888): "Sin más elementos que la salud y la fuerza; sin más capital que el hacha, y sin más apoyo que el de Dios, hace ya más de veinte años que hemos ido entrando diseminadamente a formar hogar en estos bosques, con la risueña esperanza de fundar propiedad para nuestros descendientes" (Isaza, 1930: 37). Define, además, a los fundadores como hombres de "sana moral y patriarcales costumbres [...] ayunos de retóricas y nobles de corazón y de alma".

Este es el entorno discursivo que todos los cronistas de la región han asumido y al cual los hermanos Jaramillo Ángel no son ajenos Como buenos cronistas, ambos están preocupados por informarnos de lo primero: la primera capilla, el primer hotel, la primera casa de lenocinio y los personajes que asumieron los oficios básicos: panadero, zapatero, fabricante de chicha o de velas de sebo.

Para Rodolfo, la ciudad era apenas un villorrio de gentes buenas, sencillas y sanas; para Humberto, Calarcá era una aldea "callada, oscura, poblada de gentes buenas", "pacíficas como las sencillas gentes de los hermosos cuentos rusos de León Tolstoi" a la cual profesa "un indeclinable amor"; varias de sus crónicas son bellas evocaciones de las gentes y el paisaje de "aquella bobalicona época aldeana" en la que transcurrió "mi amarga niñez". Si Rodolfo se acerca más a la ficción histórica por el carácter personal y popular de sus anécdotas, Humberto trata de dar una imagen de la vida intelectual, los libros que circulaban, los primeros hombres cultos y los escritores, muchos de los cuales fueron, como él, maestros de escuela (P. 73), y proporciona una larga lista de los escritores y personajes ilustres que visitaron una ciudad "casi agraria y casi intelectual".

Si Rodolfo rompe los límites entre lo público y lo privado, Humberto se mantiene al margen de la intimidad para no afectar el honor de los demás; hablando de un suicida, no da el nombre "porque así me lo pidió un hermano suyo". Donde Humberto, para anotar que no existía el papel higiénico, informa que "las hojas de higuerilla, a menudo, se utilizaban para salvo sea el menester", Rodolfo no duda en utilizar el lenguaje directo, sin eufemismos.

El enfoque sobre lo comunitario o lo personal es un rasgo que diferencia claramente a los dos cronistas. Cuando Rodolfo relata la historia de Pedro Mejía, médico y brujo que realizaba curaciones milagrosas, el énfasis está en el significado social de su labor; para Humberto el recuerdo del médico está marcado porque "me curó la primera enfermedad secreta, que en mi borrascosa existencia donjuanil adquirí". Pero cuando se trata de aprovechar una buena historia para un cuento que se acerca a lo literario, Humberto llena los espacios de la memoria con recursos propios para una trama completa, como en el crimen de Dolores Garra, que Rodolfo cuenta fragmentariamente porque "ya no lo recuerdo". Al narrar sucesos de alto impacto en la historia local, ambos cronistas lo hacen con pasión, como en el caso de la quema de Tenencias de tabaco en asonada popular, un ejemplo de "valerosa y pública vindicta" que marcó la decadencia de esa industria9.

Las diferencias son comprensibles si recordamos este certero apunte de Adel López Gómez, quien conoció bien a los dos hermanos: "Aún más pegado a la tierra que su propio hermano porque su unión telúrica, más literaria en Humberto, se cumplía en Rodolfo sin intermediarios, en la exacta y física verdad del hombre sobre el surco, en el contacto cotidiano del labrador con el labrantío y la consecuencia epidérmica del 'sudor de la frente'" (López, 1997: 239)

5. CONCLUSIÓN

La literatura no es ajena a la cultura, a los imaginarios, a los saberes, al tiempo, al espacio local y particular de los pueblos que se expresan en su discurso. Los sentimientos y contextos regionales han sido expresados por novelistas, cuentistas, historiadores y cronistas. La relación literatura-historia es más relevante en los estudios actuales, cuando la interpretación lineal de la historia ha empezado a ser complementada por la historia fragmentaria en la que todos pueden ejercer el derecho a interpretar la realidad. Esta concepción local o regional es posible en cuanto que la historia se vive en sociedades concretas, sin importar su escala o magnitud.

Diseñar un modelo de relectura de la historia regional a partir de las crónicas literarias escritas en el Quindío permite explorar la relación historia-literatura a partir de un género híbrido que, en una región de tan corta historia, se presenta como menos apegado a la historia tradicional que al mito e implica siempre una visión particular del contexto de una sociedad en formación. Los géneros "menores", como la crónica en este caso, se constituyen así en formas más receptivas a nuevas visiones.

"La crónica de familia —con sus luces y silencios—, la reseña de la vida pueblerina —con sus personajes, jerarquías y episodios íntimos— o la comprensión del pasado nacional como discurso de identidad, comparten una misma ansiedad social: identificarse con un pasado" (Ibarra, 2007). De ese modo, la crónica alimenta la memoria colectiva y produce un texto complementario de la historia.



1 Véanse los análisis de Lopera (2005: 171ss), las interpretaciones sociohistóricas de Ortiz (1985) y Grisales (1986, 1989) y los apuntes históricos de Valencia (1985). Lopera afirma que la visión mitológica puede entenderse en el Quindío como "una extensión de la poesía o como diferente interpretación de los materiales históricos" (2005: 120).

2 Como prueba de que en el Quindío los relatos tipo "miscelánea" son los preferidos por los historiadores empíricos de inspiración popular, Ariosto Cardona presentó la más reciente: Historia de Calarcá. Relatos (2006), un texto híbrido que recurre a diversas fuentes, reproduce imaginarios comunes y mezcla todo tipo de discursos.

3 Una amplia explicación del concepto de tiempo vinculado a las distintas formas narrativas se encuentra en Ricoeur (1995, 1987).

4 Para una amplia discusión del concepto de "imaginación histórica", las complejas relaciones entre historia y ficción, el relato histórico y sus características lingüísticas y el problema del significado de la historia como relato de lo más cercano a las acciones humanas, en el que los textos que nos interesan adquieren mayor valor, véase White (1992) y su cuestionamiento al carácter objetivo del relato histórico.

5 Muchos de los personajes y sucesos de estas anécdotas aparecen referenciados en Olaya (2005: 22ss), que recopila aspectos interesantes de los primeros años de vida municipal, y Lopera (2005: 164ss), que estudia con criterios históricos el proceso de colonización, fundación y desarrollo de Calarcá.

6 Sobre las verdaderas razones, sociales y económicas, del famoso pleito, véase Lopera (2005: 171ss)

7 Léase, por ejemplo, su relato del fusilamiento del coronel Echeverría en Armenia (1902), donde demuestra su anticlericalismo radical (Henao, 1921: 20-23).

8 Varios trabajos se han publicado sobre la obra de Humberto Jaramillo Ángel, entre ellos: Botero y Muñoz (2003), Castrillón (2004 y 2007), García (2002), Reyes (2007).

9 Isaza refiere "las trágicas escenas de sangre y de dolor que nos tocó presenciar en no lejanas épocas, cuando el pueblo humillado y ultrajado, sacudió el yugo de las draconianas y elásticas disposiciones que regularon esa materia" (1930: 59). Lopera informa que "el 20 de marzo de 1920 se produce en Armenia la primera revuelta de los quindianos contra el monopolio del tabaco: una manifestación destruye el resguardo e incendia los expedientes de presuntos contrabandistas de la rama" (2005: 189).

BIBLIOGRAFÍA

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