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CALARCÁ PARA LEER

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CALARCÁ, EVOCACIÓN DE INFANCIA

Calarcá para leerPor Gustavo Toro

Sin duda el recuerdo más nítido que tengo de la palabra Calarcá, es aquel del indígena de la moneda de diez centavos, que la llevaba debajo. Por supuesto en esa época estaba lejos de imaginar que Calarcá era un cacique, así que nunca entendí por qué la moneda unía esa palabra con la figura del indio. Tampoco me explicaron en el colegio que existía un municipio con ese nombre y menos aún, por qué lo llevaba.

Así que la primera vez que me encontré con Calarcá, el pueblo, fue en un viaje de Bogotá a Medellín, cuando no existía la autopista que hoy une a estas dos ciudades en un recorrido de siete horas. En esa época, viajar de Bogotá a Medellín, aparte de la dosis de valentía que significaba subirse a las irresponsables flotas de entonces, que tenían permanentemente accidentes por exceso de velocidad, significaba soportar un agotador viaje de veinte horas. Uno de los municipios por los que se pasaba era por Calarcá. Eso lo supe mucho después, porque en esa época, como ahora, nada indicaba que uno hubiera llegado a ese municipio. La verdad yo lo confundía con Cajamarca, el del largo puente antes de subir La Línea. Sólo ahora sé que uno y otro están como guardianes de ese tortuoso recorrido de nuestra cordillera Central.

No tengo ningún recuerdo especial del Calarcá de entonces, aparte de que era como el inicio de las tierras de Antioquia. Ya allí se respiraba antioqueñidad, casi doce horas antes de llegar a Medellín.

Pasaron muchos años antes de que descubriera el Quindío. De este departamento conocía que Armenia era su capital, que había sido fundado por colonizadores antioqueños y que su segunda ciudad era Calarcá, aparte de que conformaba, junto con Risaralda y Caldas, el llamado Eje Cafetero.

Volví a Calarcá en 1994, como Director de Turismo, para conocer la incipiente oferta turística rural del departamento. Me enamoré entonces de sus paisajes, de sus fincas y, sobre todo, de sus gentes, digo yo, las más amables de Colombia. Posteriormente tuve oportunidad de liderar, desde el Gobierno nacional, el proceso de transformación de esa oferta rural en oferta turística. Acompañé a la primera misión de cooperación española con la cual elaboramos el Plan Estratégico de Desarrollo Turístico Rural del Eje Cafetero, que dio paso a la más importante reconversión económica de una región colombiana. Hoy el Quindío es sinónimo de turismo rural y Calarcá es uno de los municipios más posicionados y que más ha trabajado para consolidar esa imagen.

Desde entonces, he aprendido muchas cosas de Calarcá y he disfrutado, como el que más, la hospitalidad de su gente. Fui jurado del Reinado Nacional del Café y descubrí que sus fiestas son maravillosas, con calles llenas de gente amable, donde no hay una pelea, donde todo el mundo se goza los bares, la rumba callejera, las reinas. Por supuesto que desde que las disfruté la primera vez, volver a Calarcá para sus fiestas es un imperativo.

Hice un grupo de amigos que me han enseñado a gozarme la vida sin mayores pretensiones, son amables, abiertos, sencillos; representan lo mejor de nuestra gente. A través de ellos aprendí a valorar aún más la provincia colombiana y todo lo que tiene de maravillosa, de auténtica, donde no se ha perdido el valor de la solidaridad ni de la palabra empeñada, donde se trabaja con honradez para construir un país mejor. Fui acogido como uno más de la región y me siento orgulloso de que así sea.

El pueblo ha cambiado. Ya está pensando en embellecerse, en preservar su patrimonio de la colonización antioqueña; la recuperación de fachadas y la señalización de los inmuebles recuperados demuestran que sí es posible hacer cosas para mejorar la cara del municipio y para preservar los valores tradicionales. Se han generado atractivos turísticos como el Jardín Botánico con su Mariposario y cada vez existe mayor conciencia de sus alcaldes acerca de la importancia del turismo como motor de desarrollo.

Una anécdota que me divierte mucho cada vez que la recuerdo fue cuando una calarqueña señalaba, con algo de reproche, que ese era el único pueblo que frente al cementerio tenía la zona de rumba. Y se volteó un amigo y le contestó: es lo mejor que ha podido pasar, o usted ¿cuándo ha visto que un muerto llame a la policía porque no lo dejan descansar?

Ese es Calarcá, el mejor vividero de Colombia...