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CALARCÁ PARA LEER

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CALARCÁ VISTA POR UN VECINO

Calarcá para leerPor Francisco Cifuentes

Un vecino observa a los de al lado, entra y sale, merodea, tiene contacto con los habitantes contiguos a su terruño, fisgonea, comenta y teje su propia versión de lo que suele ocurrir en el patio de enseguida.

Consecuente con ello, estas páginas están escritas por alguien que ni es de Calarcá, ni ha vivido en la Villa del Cacique, pero que la tiene en sus haberes culturales y sentimentales con gran estima, por todo lo que prosigue, como disculpa personal, para ciertos deleites intelectuales, propios de esta comarca cafetera y lírica del Quindío.

Desde los estudios de la historia patria, me quedó grabada la imagen del Cacique Calarcá o Karlaká, como el máximo capitán de las huestes de nuestros nativos aguerridos Pijao, que tardíamente enfrentaron a los españoles en su último intento de resistencia al imperio peninsular, entre las selvas del Quindío y las del sur del Tolima.

Cuando levantamos la cabeza, para salir de las remembranzas históricas y las fantasías folclóricas, nos encontramos frente a la monumental y apabullante imagen de Peñas Blancas, que distingue y ubica a lo lejos al municipio de Calarcá; es decir, Calarcá es Peñas Blancas y Peñas Blancas es Calarcá, igual que la sinonimia con el Cacique. Aquí existe verdad geológica y paisajística, acompañada de la leyenda acerca del entierro del tesoro del gran cacique, igual que de espantos, duendes y curiosos caminantes y exploradores perdidos en sus grutas para siempre, para que nadie ose descifrar la verdad antiquísima del mítico dirigente, que aún se reserva frente a los intrusos y no solo frente a los españoles. Hasta aquí, es el municipio quindiano que tiene una identidad histórica y natural determinante, muy propia y trascendente: el Cacique Calarcá y Peñas Blancas.

En mi trasegar cotidiano entre el Quindío y Bogotá y viceversa, siempre me acompañan dos sensaciones: en el viaje por tierra, después de serpentear la cordillera hasta "La Línea", es la despedida del Quindío y el ingreso al Tolima, con el recuerdo de la última imagen urbana del departamento y del municipio. Cuando el viaje es en la noche, me embriaga la bella espesura de la oscuridad, poblada de un cúmulo de bombillas que le dan origen al terruño calarqueño y quindiano.

De regreso de la capital, después del tortuoso ascenso de Ibagué a "La Línea", cuando se vislumbra la Villa, es como gritar ¡Tierra!, porque en efecto, al romper la neblina, se avizora Calarcá y el resto de los municipios quindianos: la blancura de sus construcciones, el verde de su entorno y sus vericuetos o la luz titilante de la comarca que añoramos.

Pero cuando ascendemos a través de las nubes, mi sensación es de tormento, porque se me abigarran en el estómago y en el corazón dos tedios: el vértigo y la claustrofobia. Ahí, cuando a través de la ventanilla del avión dejo de observar a Calarcá, siento el azar y el infinito... pues no sé qué pasará: si llego o no a la Sabana de Bogotá. Es la última casa, es el último bombillo y no sé que más será...

Al regresar en avión, la alegría de ver a Calarcá, la he pagado mil veces con la tortura de atravesar "La Línea", en medio de sobresaltos aéreos, antes de ver el primer atisbo de luz o la primera casa, que ahí sí, ameritan mi grito: ¡tierra!

Ya en tierra, tengo unos recuerdos especiales de mis vecinos:

El famoso culebrero y yerbatero, El Negro Tovar, entre los pueblos de su ronda de peroratas y menjurjes, incluía constantemente a La Tebaida, instalándose justo al frente de mi casa en la llamada Plaza Nueva; por lo cual terminé siendo una especie de secretario infante, para ayudarle a vender cierto brebaje y untura que servía para casi todo, pero que en principio se llamaba Rayo Molar, y era para tumbar dientes sin acudir al odontólogo o al dentista tegua de la época. Este oficio y el de ayudarle a cargar las cajas de madera, supuestamente bien enzunchadas donde guardaba a Margarita y otras serpientes de demostración, lo abandoné cuando al caerse un baúl salió rozándome algo frío, que era precisamente un espécimen bíblico y mujeril, de aquellos con los cuales convivía El Negro, frente a lo cual simplemente dijo: ¡Quieta Margarita!, mientras yo salía despavorido para siempre. En el recuerdo me quedaría la retahíla de estos personajes recordados por Gabo y Jorge Villegas, los que también deben estar en la galería sicológica y lingüística de los pueblos y en el museo etnográfico de su folclor.

Aunque los músicos y los filósofos pertenecen a una estirpe similar a la de los culebreros, por aquello del arte y el artificio de la palabra, además de los recursos del pensamiento, dos amigos tengo en la cercanía de la memoria: el profesor Camilo Torres y el músico e ingeniero Eduardo Román. Ambos hacían parte de un grupo de los llamados Clubes Juveniles, con sedes en Armenia, Calarcá, Circasia, Quimbaya y La Tebaida. Con ellos y otros tantos nos reuníamos en la esquina frente a la Alcaldía municipal para disertar sobre el perfil social de la Iglesia, el papel de los jóvenes en la transformación de la sociedad, la participación de los laicos, tertuliar, cantar, tocar y flirtear con nuestras correligionarias; al calor de lo que sucedía en el Chile de Allende, los curas del grupo Golconda, la teología de la liberación de Leonardo Boff y la filosofía latinoamericana de Enrique Dussel. Había una gran dosis de fraternidad, solidaridad y el más profundo sentido humano de la amistad.

Calarcá también ha sido dolor pasajero. Allí tuvimos que trasladar desde La Tebaida a mi padre enfermo de un pie para que lo operara el famoso doctor Jaramillo. Mi progenitor, con una paciencia franciscana, accedió a la intervención que nunca lo curó, pero que me permitió ir durante un largo tiempo a visitarlo al Hospital de La Misericordia, gran monumento arquitectónico que la desidia oficial dejó caer físicamente y en el olvido, sin alcanzar a ser declarado patrimonio cultural.

Pero el dolor sin el amor no vale, por eso entre el hospital y la calle veintitrés aprovechaba para visitar una novia en la discoteca El Molino Rojo, aún sin saber nada de la historia del arte y la bohemia de París, ni haber compartido la tertulia calarqueña con los Artistas a la Calle y aquel que yo llamaría El Círculo de los Muchachos de la Serpiente.

Después del Cacique, Peñas Blancas, la política y el feminismo, ¿cómo no hablar de los orígenes de mi admiración por la cultura literaria calarqueña, antes de relatar las tenidas con mis contertulios?

El escritor y educador Jairo Baena Quintero llegó al Instituto Tebaida como Rector, inaugurando una época de gran actividad cultural, que ya traía sus gérmenes, pero que él aceleró. Cuando se inauguró la Biblioteca Municipal nos trajo desde la Villa del Cacique a Humberto Jaramillo Ángel en compañía del escritor caldense Iván Cocherín el de El Pescador de Luceros, para que en el antiguo edificio de la administración municipal, escucháramos atónitos sus crónicas y poemas. Creo que ellos tres fueron los primeros escritores vivos que conocí, para mi admiración eterna de los mismos y de esa estirpe universal. Ellos nos hablaron por primera vez de Pablo Neruda, ¡y ahí fue!

Ya con los años leería la anécdota que igualmente me confirmara el mismo virus que cambió mi vida para siempre: el escritor y filósofo calarqueño, profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia, en su bello libro titulado Por qué Escribo, con ilustraciones de Dioscórides, en la página setenta y cuatro, relata que estando niño en una venta de libros en un andén frente a la Plaza de Bolívar, adquirió el primer texto y que de ahí en adelante su vida no sería la misma y estaría dedicada a los libros. En efecto, él ha escrito sobre Nietzsche, el vitalismo, filosofía política —dirige la revista Politeia— , y en el texto aquel realiza reflexiones en el estilo aforístico sobre muchos monumentos del pensamiento occidental.

Que la cultura caracteriza a la Villa del Cacique, no da lugar a dudas; pero es quizá la venganza y compensación histórica de las musas, ya que en "La Línea", en la época de la violencia bipartidista, hubo un sacrilegio inolvidable, cuando según la anécdota política y popular, el grupo armado del bandolero liberal Chispas asesinó a todos los músicos de la Banda de Música (oiga: banda) del Conservatorio (oiga: conservatorio) de Manizales, cuando el músico principal dijo ser el director de esta, para Chispas, extraña agrupación.

Calarcá tiene dentro de su perfil histórico, político y social algo muy curioso, que nos ha permitido hilvanar algunos hechos y procesos, para intentar una explicación más sobre su personalidad, así resulte especulativa. Pero esto también vale.

Respetando los otros dirigentes sociales y políticos, que han desplegado su accionar a través de poco más de una centuria de historia local, cuatro son los que se destacan en el panorama histórico: el Cacique Calarcá en la epopeya histórica y mítica, del enfrentamiento con las huestes del imperio Español; Don Segundo Henao en la historia fundacional de la comarca y en los escarceos competitivos con la naciente Armenia, capital del Quindío, y dos mujeres dirigentes políticas de la historia moderna: Doña Lucelly García de Montoya, perteneciente al Partido Liberal Colombiano y Doña Lucella Ossman de Duque, perteneciente al Partido Conservador Colombiano.

La historia mundial, genéricamente hablando, ha pasado del matriarcado al patriarcado; mientras la historia municipal de la Bella Villa, ha transcurrido del patriarcado al matriarcado. Sendos personajes en cada uno de los tramos históricos de Calarcá, cohesionaron y dirigieron su sociedad a su manera y así dejaron su impronta histórica, contribuyendo a la identidad de la municipalidad.

El Cacique Calarcá y Don Segundo Henao, no dejaron ni la imagen, ni el sello de su compañía femenina; por lo cual la personalidad calarqueña estaría primigeniamente en la búsqueda histórica de esa identidad. Este vacío histórico y de liderazgo, viene a ser llenado por las dos matronas citadas, en el campo local, departamental, nacional e internacional: La Negra Lucelly, como algunos le decían cariñosamente, fue la primera mujer gobernadora del departamento y la primera mujer perteneciente a la Dirección Nacional Liberal y empezaba a descollar en el ámbito de la diplomacia. Doña Lucella, ya lo había hecho en Rumania, siendo la primera mujer quindiana que nos representaría en el mundo diplomático europeo; curiosamente en un gobierno comunista y como conservadora de la vieja guardia.

Los dos hombres iniciales de la historia local y regional, fueron aguerridos y contundentes a la hora de definirle el rumbo histórico a estas tierras; pero de ahí en adelante no hubo un varón que recogiera con la altura necesaria esa tradición, sufriendo cierta orfandad histórica esta sociedad. Este vacío ha sido llenado por estas mujeres durante más de medio siglo de historia política, administrativa y social.

Aquel dicho tradicional y folclórico que dice que en Calarcá quien bebe agua del río Santo Domingo en la margen izquierda resulta poeta y quien lo hace en la margen derecha resulta gay, posee su sentido recóndito y especial. ¿O es que el folclor, la toponimia y la paremiología acaso no tienen relación consciente e inconsciente con la historia real y el perfil antropológico de las sociedades? En el trasfondo de la historia y de la consciencia están estas determinaciones y estas presencias, como lo insinuarían Sigmund Freud, Carlos Gustavo Jung, Frazer y Mircea Eliade.

Mientras la historia contemporánea, la administración, la política y la presencia nacional quedaron en manos del feminismo, la poesía, el cuento, la crónica, el humor, la caricatura, la pintura, la música y el teatro han quedado en manos de los hombres fundamentalmente, exceptuando, otra vez, la presencia femenina internacional en las letras con El Valle de los Cocuyos, de Olga Cecilia Díaz.

Así ha devenido Calarcá en el municipio quindiano y del eje cafetero con mayor actividad y presencia nacional en el concierto de las Bellas Artes, en su número y calidad; trascendiendo por estas musas, aquellas damas, el Reinado Nacional del Café (feminidad, lúdica, paisaje y economía), la presencia imponente de la Cordillera Central, "La Línea" y Peñas Blancas (otra vez lo femenino) que a lo lejos identifican la Villa, ojalá para siempre, y el Jardín Botánico y su Mariposario que dan colorido y vuelo a esta localidad tan especial.