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CANTO A CALARCÁ

Por Rodolfo Jaramillo Ángel

En el mármol viril de mis estrofas
que al fuego de amor se tornan rojas
como gotas de sangre congeladas,
yo te canto, ciudad de mis mayores,
hecha carne de magia en tus alcores
y hecha nido de paz en tus llanadas.

Naciste de la selva milenaria
entre el grito del hacha y la plegaria
arrancada del alma por la fe;
te besaron cascadas rumorosas,
te arrullaron las auras milagrosas
y el canto de pasión del Dios-te-dé.

Un cacique potente y legendario
—que la historia tildó de sanguinario—
su nombre esclarecido te legó;
un cacique que supo con su maza
vengar el infortunio de su raza
que el ibérico nunca sojuzgó.

Apenas despertada a los afanes
del diario acontecer, como titanes
a la lucha tus hijos se lanzaron:
hubo estruendos de robles abatidos
cayendo sobre campos bendecidos
que la pica y la azada desfloraron.

Así surgiste tú: maravillosa,
gallarda, altiva, fiel y esplendorosa
abierta a la conquista del mañana,
sintiendo que en tu vientre fecundado
un Dios omnipotente había sembrado
un fuerte núcleo de la raza humana.

Heredera gentil de la antioqueña
raza que lucha, que trabaja y sueña
al pie del Ara que vigila Dios,
tu músculo de acero laborando
paso a paso ha venido conquistando
los frescos lauros que te ciñen hoy.

Reventando fecunda en la sencilla
parcela amojonada, la semilla
es pregón de futuras abundancias,
y el humo del hogar que azul se eleva
es como un himno que tu nombre lleva
flotando en el espacio y las distancias.

Eres tierra de paz: la lucha brava
no ha sido galardón ni ha sido traba
que se oponga a tu empeño de grandeza:
te inclinas reverente en los altares
donde adoras los dioses tutelares
y la virtud a florecer empieza.

Eres templo de amor: de las colinas
al descender las aguas cantarinas
donde esconden sus oros las estrellas,
van diciendo tonadas pasionales
a los anchos y umbrosos cafetales
que han pretendido contemplarse en ellas.

Tu sabes del dolor: por los caminos
has visto el desfilar de peregrinos
que integran del sufrir la caravana,
y llena de recóndita dulzura
haz curado sus llagas con ternura,
con fe y con caridad como una hermana.

Tu sabes del placer: dulce y festiva
rememoras gentil la primitiva
fiesta del pan y las cosechas nuevas;
las vendimias te llenan de canciones
y un rimero de santas emociones
a los hogares sacrosantos llevas.

No hay diques para ti: nada contiene
tu marcha hacia la meta que conviene
a tu afán de cultura y de progreso;
son tus hijos quijotes de la idea,
tú les sirves de tierna Dulcinea
de mecenas gentil, de Augusto Creso.

Tú das inspiración: de tus paisajes,
tus fuentes, tus caminos, tus celajes,
se desprenden sentidas emociones.
En tu seno palpita la dulzura
y es allí donde bebo con ternura
el inmenso caudal de mis canciones.

Calarcá, Tierra Máter que te lanzas
a la conquista del futuro llena
—como un antiguo gladiador— de arrestos,
en tus lares fecundos yo he nacido,
a tu eglógica sombra yo he sufrido
y en ella quiero reposar mis huesos.