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CALARCÁ PARA LEER

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CARTA DEL VIAJERO

Calarcá para leerPor Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo

Fue por la vida diferente a todos...
Nadie dijo como él, cantos tan hondos

Querido poeta Baudilio Montoya.

Escribo estas líneas para reconocerlo y no pasar, por la huella de sus palabras, con olvidos y silencios. Solo hasta hoy, me atrevo a descubrirlo con otra mirada. La fatalidad de nuestras provincias es que solo reconocemos lo foráneo, validamos las modas impuestas por los centros de poder intelectual. Escudriñando papeles y notas, descubro que en el año de 1906, tres años después de su nacimiento en Rionegro Antioquia, su familia emigró hacia la comarca quindiana, en busca de tierras y futuro. Dieciséis días duró aquel periplo, entre trochas y selvas. Luego, a golpe de hacha y machete, usted participó de la evolución de un caserío perdido al pie de la cordillera central, que don Segundo Henao, nuestro primer escritor oficial, y otros fundadores llamaron: Calarcá. Allí trascurrieron sus años, en medio de olores campesinos; viendo las montañas dibujadas por neblinas mañaneras, sintiendo el rugir de los ríos que bajaban de los páramos y labrando el campo con manos de viento y tierra.

A más de cien años de su nacimiento, a treinta y nueve desde que su presencia dejó de latir entre flores de batatilla y caminos de tierra, trato, desde mi visión de lector posmoderno, de entender y valorar sus huellas más íntimas. Si me acerco a sus libros publicados, encuentro, por parte de críticos y prologuistas, adjetivos y etiquetas; que de manera simplista tratan de definirlo como: Bardo popular, genuino sentimental, poeta telúrico. Hoy se diría que su poesía no tiene la misma vigencia, porque han cambiado las circunstancias que le dieron origen; que cierto regionalismo es enemigo de la poesía. Otros han pensado que usted es de esos escritores que han exagerado entre nosotros el influjo del paisaje; pero no, desde mi visión de escritor joven y sin traicionar la herencia literaria de nuestro contexto, pienso, que si alguna vez un autor de mi región estaba destinado a trascender o inmortalizarse con la poesía, es usted. Hoy, luego de homenajes, reconocimientos coyunturales y emotivos, valoro su vida y su obra. Ningún poeta de nuestro departamento quindiano ha sido tan admirado, conocido y leído como usted. Es necesaria una nueva mirada a su producción literaria. En una región que apenas se construye, valido que usted nunca renunció a su esencia de hombre sencillo y transparente.

En una modernidad incesante, donde lo efímero y lo veloz es parte de nuestra cotidianidad, en un mundo que no se detiene en lo simple y lo natural, debemos validar su poesía. Quizás necesitamos de palabras cercanas a nuestra idiosincrasia; de imágenes emotivas que nos permitan detenernos, un poco, en las cosas leves de la vida. Usted con su poesía nos demostró que en la palabra sencilla, pueden hablar los sentimientos más profundos y efímeros del hombre elemental. Por sus versos descubrimos que las vivencias sencillas y simples también pueden ser poesía. Con sus palabras nos enseñó que ser poeta no es asunto de iluminados o intelectuales que necesitan de ampulosos lenguajes; que para ser escritor basta, muchas veces, despojarnos de tantos artificios.

Si existe un motivo para valorarlo en el siglo XXI, como ser humano y artista, es el hecho de conjugar muy bien lo ético y lo estético. El gran dilema humano ha sido conjugar la vida y la obra; ambas deben ser ecuánimes con la vivencia diaria. Un artista sin un corazón que testimonie el dolor y la injusticia humana, está condenado a ser silenciado. Como quindiano valoro su pródiga labor de maestro de escuela. Aún hoy, se escuchan elogiosos testimonios sobre cómo compartía su saber y sensibilidad con los alumnos y vecinos de la vereda La Bella en Calarcá. Tiene razón Adel López Gómez, ese gran cuentista y escritor nuestro, cuando lo definía: Poeta a quien todas las gentes en las calles reconocen, saludan, quieren y lo admiran.

Le elogio, en su poesía, que jamás se dejó obnubilar por la moda de los poetas Greco-Quimbayas; de aquellos intelectuales que afloraron en nuestra comarca del Gran Caldas, imitando los modelos y los lenguajes de un modernismo deformante. Bardos que trasladaron a nuestras comarcas, lugares exóticos y modas intelectuales foráneas, donde apenas se empezaba a descuajar la montaña. Usted, junto con Rafael Arango Villegas, Adel López Gómez, Aquilino Villegas, Luis Carlos González, Euclides Jaramillo Arango y otros hijos de Risaralda y Antioquia, se empeñaron en construir una literatura que diera cuenta de nuestra verdadera realidad. Herederos de Tomás Carrasquilla, crearon una conciencia de valorar nuestras costumbres, idiosincrasias campesinas y pueblos en formación.

Si tenemos una deuda con su labor de educador y hombre de letras, es la de hacer pública su obra social y literaria. Nos falta reconocer aquellos poemas donde personajes, paisajes y lugares de nuestra región aún siguen conviviendo con nosotros.

Hoy, cuando diversas personas del Quindío tenemos una conciencia más clara sobre nuestras herencias y valoramos los patrimonios materiales y espirituales que hemos construido, es necesario empezar a estudiar y crear una cultura y una conciencia de estudio sobre nuestros valores más destacados.

Quizás en su tiempo, el mundo no apabullaba con su desarrollo tecnológico y los hombres tenían una vida más simple y sencilla. Quizás el viento se paseaba más tranquilo por guaduales y páramos. Usted entendió que para ser poeta solo bastaba ser sincero con la palabra; donde el verso fuera sentido por el hombre sencillo.

Volviendo a sus imágenes me he descubierto entre caminos veredales, rozando el viento con mi cara, escuchando una canción de hojas en el verano, abrigando una mirada de campesina tímida, un golpe claro de hachas en los montes, un olor a fogón de leña, un sabor de fruta dulce. Si quisiéramos volver hacia atrás, para fortalecer nuestro porvenir, es necesario revisitar los símbolos que han guiado nuestros ethos más profundos.

Quizás una pausa en nuestras rutinas y leer su obra nos abra la posibilidad de ser otros, de nutrir nuestras herencias académicas y personales con nuevas visiones de sentido y contenido.

Bienvenidos entonces los poemas que han nacido de un hombre que vivió y soñó en poesía.

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