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CALARCÁ PARA LEER

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DE LA NATACIÓN Y OTRAS RUMBAS

Calarcá para leerPor Carlos Enrique Rincón T.

Yo le dije a Tulita que me iba a quedar sin el cupo en la escuela, pues sabía, a pesar de mi corta edad, que allí las matrículas se convertían en una verdadera rapiña. Eso de estudiar en La Girardot, donde don Josafat Jaramillo, era un orgullo; de ahí la alta demanda de los cupos. Pero de nada sirvieron mis voces de alarma, la vacación había salido a pedir de boca y merecía su respectivo prolonguis. Eso es lo mismo en cualquier escuela, dijo Doña Tulia y capítulo cerrado. Sentí un extraño vacío y frustración al pensar que el primer mundo social construido por mí, con mi imaginación y mis incipientes relaciones públicas, se volvía trizas sin que a nadie le importara.

Haciendo el inventario de esta primera pérdida, se acababan la cambambería con Iván Forero mi compañero y protector a la hora de las peleas, Simeón Báquiro y sus rancheras en las izadas de bandera, Prado con sus españolerías y la marcha triunfal de Aída que sonaba para entrar a clase. Terminaba el malestar que sentía al tener que ir al canalón hediondo donde se le devolvía a la tierra todo lo comido y que mal llamaban sanitario. Tampoco oiría más el grito de Ómar López imitando a Tarzán cuando salíamos a recreo, ni volvería a ver al compañero mono, de ojos azules, finos modales y voz delgada, que con el tiempo supe que se sometió a una delicada operación para alcanzar su sueño de ser mujer. Todo iba a perderlo, como se han perdido causas justas en mi país, sin una explicación que satisfaga.

Una vez regresamos de vacaciones fui matriculado en la escuela Giraldo, verdadera novedad para mí, no solo por el entorno social donde se encontraba, sino por todo lo que fui descubriendo y que pronto me hizo sentir el exquisito placer del cual hablan con desparpajo los Tom Sawyer del mundo. Inolvidables las clases con el profesor Juan Pablo Hincapié, llenas de sabiduría y gran benevolencia. Fue a él, a quien le aprendí los primeros trucos para la oratoria. Un buen discurso debe costarnos algunas horas de desvelo, decía, y señalaba con no disimulado orgullo, un bulluco de papeles que solía llevar en el bolsillo interno del saco. Una cosa era Don Juan Pablo el profesor y otra el hombre experto en discursos y baile. Lo otro nuevo, pero igualmente sorprendente de La Giraldo, eran los apodos que solían portar buen número de muchachos. Vanegas, Chunchuya; Camacho, Pato; Vásquez, flaco; Nelli, corroncho; Napoleón, guerrillo; todo un listado que con el transcurso del tiempo, encontró su justo acomodo en las páginas de la delincuencia o del ostracismo.

En esta escuela aprendí a volarme de clase para ir a nadar en las, todavía, límpidas aguas de la quebrada El Pescador, sector de Bataclán; entre otras cosas mi primer asomo de independencia. La curiosidad se me había despertado con la figura de aquel hombre rana de la armada, que vi en los caramelos que acompañan las chocolatinas del avioncito. Imitarlo era quizás algo descabellado, pero la idea se había posesionado de mi alma; y como todo muchacho que se respete debía vivir esa aventura sub-acuática a cualquier precio y de manera personal.

Las consultas fueron la antesala de las zambullidas. Por un lado estaban las narraciones de la abuela María Luisa, cargadas de mitos y leyendas provenientes de las tierras del Tolima grande, aprendidas de sus mayores y que ella, a manera de estreno, solía presentar todas las tardes a las seis, rodeada de la familia Rincón Torres. A medida que avanzaba con sus historias, los duendes y fantasmas parecían colarse por cuanta sombra se proyectaba en las paredes de la cocina. El Mohán, la Mohana y la Madre de agua, eran los personajes que inicialmente parecían conspirar contra mis planes de natación en las aguas mansas del Pescador. El Mohán porque fumando tabaco a la orilla de las quebradas, esperaba pacientemente las muchachas bonitas, que iban solas a bañarse o a lavar ropa y se las robaba. Cuando le pregunté a la abuela para qué hacía semejante cosa, ella respondió mirando hacia los lados, con voz baja, tono profundo y misterioso: para que sean sus mujeres en lo profundo de las aguas. El otro personaje de estas narraciones de cocina a las seis de la tarde era la Mohana, cuya belleza y desnudez, servían para deslumbrar y encantar a cuanto hombre se arriesgara a visitar los solitarios parajes donde existieran fuentes de agua. Se los lleva a las hoyas más profundas, decía la abuela, y nunca más se vuelve a saber de ellos. Como quien dice, en esta tampoco se podía confiar.

Luego vinieron los expertos en nado. Ellos tenían toda la cartilla sobre la manera como se debía realizar la metida al agua: primero la persignada, luego la desacalorada, después la forma de tomar y botar el aire, mover manos y pies, conocer los estilos —perro, conejo, por debajo, braceo con cabeceo, boca arriba— eso sí, abriendo siempre los ojos. ¿Y mis maestros?, dos verdaderos prospectos que luego de sus primeras fechorías en el pueblo y con el acicate de la viveza paisa, pronto definieron su profesión como carteristas, graduados en las calles de Bogotá, expertos en meterle la mano al bolsillo de los transeúntes, y con el bien ganado título de guantes de seda. Claro que para la época de la escuela, su arrojo ya se ponía en evidencia cuando le robaban el fiambre a los compañeros y se lo comían, impávidos y desvergonzados en medio de morisquetas, carantoñas, carcajadas y carrerones.

Pensándolo bien, la afición a tirar nado me ha llevado a tener experiencias que hoy repetiría por el gusto de comprobar que no fueron un sueño. Muestra de ellas son las horas que pasé en la piscina particular de Don Humberto Jaramillo ÁngelHumberto Jaramillo Ángel, profesor y escritor, al cual veía cruzar con un halo de misterio frente a nuestra casa, con su bastón y su sobretodo al regresar del trabajo. Cada vez que nos dejaba en su solariega residencia de la cuarenta y uno con veintinueve esquina, rodeados de anaqueles repletos de libros, sentíamos que éramos depositarios de la confianza del vecino. Estar solos y en medio de tantos libros, era una verdadera tentación para quien tuviera asomos de indelicadeza o fuera aficionado a la lectura. Allí el poeta sorprendía a sus invitadas de la semana, con un ritual que incluía magistrales demostraciones de natación, ayudado por las aletas negras, marca Croydon, que había comprado en el almacén Ping Pong en Armenia. Si la natación es un deporte que da salud, a don Humberto le brotaba por los poros. Era vigoroso, erguido, con el semblante presto a la sonrisa y el brazo galante y firme para conducir la dama a sus terrenos luego de una convincente demostración de alberca.

Más adelante fueron los piscinazos en Maiporé, sector de los tanques, donde a la par de los clavados y las reiteradas inmersiones, fui abriéndome camino en el intrincado mundo del baile. Buena parte del éxito se lo debo a un gremio tan digno y respetable como el de las muchachas del servicio. Allí llegaban ellas, de todos los barrios de Armenia y Calarcá, pintoreteadas, con sus aretes grandes, con su sonrisa de triunfo, con sus vistosos trajes; entaconadas y deseosas de castigar baldosa, claro está, con el séquito de parejos que emergía de las heladas aguas del estanque y al ritmo de Los Auténticos Bahía, la sensación musical del momento, donde su cantante, El Mono Cubillos, se robaba el show imitando a Gustavo Quintero y José Guillén Nossa con los otros músicos del grupo, rompían el corazón de las guisas. Miraditas vienen, miraditas van y listo. Ya tenía la pareja con la cual ratificar mis progresos en el baile, eso sí, sin alejarme mucho de la mesa porque acechaban los canaletos o gotereros que sin pararse en pelos se bebían la cerveza ajena en menos que canta un gallo. Se comenta que varios de estos pescaditos nadadores terminaron enmozados con algunas de esas bellas mujeres; con relaciones que se conservan aún, como prueba de la fecundidad que trajeron al municipio las tardes de Gravetal, que era como también se les denominaba a las vespertinas del domingo en Maiporé.

Mientras nadaba, transcurrían los tiempos del MRL, del teatro Quindío —el pulguero— y su maquinista care-bomba, de las amanecidas en Versalles para los exámenes finales, del profesor Alberto Sepúlveda PatetacoAlberto Sepúlveda, de Carmelo Reyes nuestro crédito ciclista, de Lucelly García de MontoyaLucelly García de Montoya y sus albores políticos, del Club Quindío y sus fiestas de la cosecha, de las droguerías Colonial y Blanca, de Don David Valencia y sus yerbas, del capón en el restaurante de Benilda Villa, de la estudiantina Jerónimo Velasco, de los técnicos de radio Querubín Niño, Floro Roa y Fernando Londoño —padre, de Gordana y sus muchachas—, de Pinilla, Chicha Fuerte, Lechona y Burro Viejo, de Martiniano y otros ricachones, de Peluza y su Infierno a go-go, del árbitro Tayeyo, de El Emisor por la voz de Calarcá, del perifoneo de Álvaro Ángel Toro, CamelloÁlvaro Ángel Toro, de Radio Sideral, la emisora pirata donde Umberto Senegal estrenó su nombre literario, en un saludo a todo el continente, del juego de banquitas a las cinco de la tarde en el estadio Las Palomas con un balón de pitón, de las tardes en las fuentes Tamacá, La Bahía y El Paraíso, de Don Rafael Pinto y el club Matusalén, del coqueteo con las coperas del Reno Bar, del Granada o del Quijote. Pero como ya lo dije, todo empezó con las clases de natación, en calzoncillos o en pelota; en las límpidas aguas de la quebrada El Pescador sector de Bataclán.