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EL GRAND TOUR DE DON EDUARDO NORRIS

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Hay autores que creen ver en el llamado Grand Tour de los siglos XVII y XVIII un precedente del turismo moderno. Ahí comenzaron las gentes a viajar por motivos diferentes al comercio o a las migraciones.

El Grand Tour, era un viaje especialmente prolongado con vagas intenciones educativas, que solían hacer los jóvenes aristócratas destinados por sus familias a ejercer altas tareas de gobierno o de poder. Si la moda parece iniciarse en el Reino Unido, también se cita la costumbre en otras naciones, como por ejemplo el viaje que realizó Felipe II, casi en secreto, antes de hacerse cargo del mayor imperio de su tiempo, por Francia e Italia.

El viaje discurría por países como Francia, Italia hasta Jerusalén. Entendían las familias que esta experiencia, además de conectar al joven con el mundo clásico y el arte, podía completar el proceso formativo. Se trataba, en efecto, de viajes de largo recorrido que duraban dos o tres años. Se hacían con séquito de sirvientes y a las órdenes de un tutor, que solía ser el encargado de la parte formativa y del control del joven, para que no se perdiera en los peligros de las grandes ciudades donde además del arte, acechaba la perdición y el vicio. Pero el tutor no dejaba de ser un sirviente, sabio en ocasiones, que era frecuentemente avasallado por la actitud y vitalidad de sus jóvenes pupilos.

Por ello, la eficacia del viaje como método educativo era dudosa. En 1776, Adam Smith, padre de la economía moderna, decía en su famoso libro Sobre la riqueza de las naciones:

En Inglaterra y en otros países se ha ido introduciendo cada día más la costumbre de hacer viajar a los jóvenes por naciones extranjeras, luego que salen de la escuela pública, sin obligarles a que busquen alguna universidad de reputación. Se dice allí vulgarmente que la juventud vuelve de este modo a su patria con instrucción completa. Un joven que sale de su patria a los diecisiete o dieciocho años de edad, volviendo a ella a los veintiuno o veintidós, lo que podrá traer será tres o cuatro años más de edad, pero de aprovechamiento ninguno. Lo que generalmente suele adquirir en el transcurso de sus viajes es el conocimiento de uno o dos idiomas extraños, y aun estos con mucha imperfección, pues regularmente ni puede hablarlos, ni escribirlos con propiedad. En cuanto a lo demás, vuelve a la casa de sus padres más presuntuoso, sin método en sus principios, más disipado de costumbres y más incapaz de una aplicación seria al estudio y a la negociación civil, todo lo cual, acaso, lo hubiera conseguido no saliendo de su casa en aquella edad. Con viajar tan joven, con malgastar en la disipación más frívola los años más preciosos de su vida, a distancia del cuidado, de la corrección y del ejemplo de sus padres y familiares, lejos de confirmarse y radicarse en su corazón todos aquellos buenos hábitos a cuya formación se dirigieron los tempranos esfuerzos hechos en su primera educación juvenil, no pueden menos que desvanecerse y borrarse, o a lo menos debilitarse en gran manera. Nada ha contribuido más al absurdo de semejante costumbre que el descrédito en que por su culpa han incurrido la mayoría de las universidades y escuelas públicas de aquellas naciones, queriendo mejor algunos padres exponer a sus hijos a riesgos tan conocidos, que verles perder lastimosamente, a su vista, el tiempo que deberían emplear en una educación tan cristiana como útil para el objeto a que piensa cada uno destinarles respectivamente solo el resto de su vida.

Estima el historiador Gibbon que a fines del siglo XVIII podía haber en Europa unos cuarenta mil ingleses practicando el Grand Tour educativo, sin contar los que estuvieran haciéndose por otros motivos, un volumen que hoy es insignificante, pero que en aquellos tiempos pudo parecer francamente reseñable.

La moda del Grand Tour se fue extendiendo a la naciente burguesía acomodada y ya en el siglo XIX, abiertos los caminos hacia Grecia y hacia Egipto, no se podía pensar en una educación completa que no incluyera un largo viaje, para conocer las maravillas del mundo antiguo y las nacientes ciudades enriquecidas por la primera revolución industrial. El romanticismo, añadió al conocimiento clásico, un amor morboso por las ruinas, los paisajes melancólicos y la bohemia, entendida como un cierto nivel de desorden vital y moral.

Pronto se unieron a esta moda, las burguesías de las independizadas naciones americanas. Un cierto aire de nostalgia y la sensación de que las recién formadas naciones aun no habían tenido tiempo para formar una cultura valiosa, llevaban a jóvenes y no tan jóvenes a emprender un viaje al que se añadía la travesía marítima del Atlántico.

Pero al comenzar el siglo XX, el turismo ya se había generalizado, al menos en Europa. Los viajes, aunque no puedan considerarse masivos, eran cosa corriente para las clases medias del viejo continente. No hacia falta realizar un gran viaje iniciático para conocer Roma, o París, o los Alpes. Las guerras llevaron también a muchos jóvenes muy lejos de su casa y los empleos en las colonias trasladaron a muchas familias lejos de sus lugares de origen.

Únicamente las clases pudientes americanas, tanto del norte como del sur, seguían aisladas. Así que fueron estas clases las que mantuvieron viva la tradición del Grand Tour, que se convirtió en una demostración de éxito social y económico. A los americanos ricos que solían realizar el viaje en familia o ya en la edad madura, se unieron los artistas, poetas, pintores y rebeldes diversos que tenían en un mítico París la meta de exilios, de oportunidades, de relacionarse con un mundo intelectual inasequible en Minnesota, Guadalajara o la Sabana de Bogotá.

Estos viajes literarios se generalizaron en Latinoamérica con el extraordinario auge del movimiento modernista que literalmente llenó de poetas de lengua española a ciudades como París, Madrid, Roma y hasta Nueva York y Londres. Intelectuales que arrastran junto a la lengua todas las contradicciones de la realidad latinoamericana un siglo después de la independencia.

Es en este contexto en el que Eduardo Norris, calarqueño, propietario agrícola, político, comerciante y poeta, decide realizar su Grand Tour. El viaje es, evidentemente una muestra del turismo de la primera mitad del siglo XX, con sus viajes en tren y por mar, sus grandes hoteles, y las inevitables visitas a museos y monumentos, Pero es también un viaje para conectar con los grandes mitos intelectuales: la tierra de Víctor Hugo, las democracias, los totalitarismos emergentes, la madre patria y los colombianos exilados voluntaria o forzadamente.

El Grand Tour de Norris y su familia dura algo más de medio año. Recorre nueve países y hace de Francia su punto de llegada y partida y de París el centro de su estancia y sus desplazamientos.

Es seguro que el Norris que partió de Calarcá, para tomar el tren en Armenia, acompañado de toda su familia, no es el mismo que deja su diario en Carúpano, dejándonos sin conocer el final de su viaje desde Venezuela hasta la ciudad del cacique casi recién fundada en 1929, donde existían las inquietudes, las conexiones y la voluntad de una universalidad necesaria y nostálgica.

El viaje de Eduardo Norris incluye todos los tópicos: París, la capital del mundo, la ciudad luz, la ciudad de los artistas, los poetas y los exilados. España, la madre patria, una visita que comienza por Barcelona, solo unos días antes de la inauguración de la exposición universal de 1929 y que incluye Madrid, Granada y Sevilla. Italia, con sus ruinas clásicas y la ascensión del fascismo representado por un magno desfile que Norris contempla durante su estancia en Roma. Londres y Berlín como grandes capitales europeas y Suiza, en aquel momento el principal destino turístico del mundo y sin duda el centro de la medicina más moderna con la que Norris tenía relación a través de su negocio de botica.

Los temas también son clásicos: museos, teatros, grandes avenidas y parques y alguna visita al comercio. Norris tiene siempre presente su condición de poeta y escritor y dedica mucho tiempo a conectar con sus admirados literatos encabezados por el recordado Víctor Hugo, en aquel momento aun muy presente en la vida cultural francesa, aunque fuera en calidad de tótem de referencia.

Víctor Hugo reúne casi todos los tópicos de la vida de Eduardo Norris: la literatura, aunque humildemente Norris no se compara con el maestro, la política, su papel de líder cívico y de representante político, como el liberal Norris, y su interés por las ciencias ocultas.

Es curioso que Norris visita numerosos cementerios, famosos y no tan famosos y que por pura casualidad (si es que existe la casualidad) se encuentra en el barco que le lleva de Buenaventura a Panamá con el Padre Heredia, amigo del gran Houdini y como él, enemigo directo del espiritismo y que recorría el continente sudamericano dando conferencias contra médiums y brujos. Hay algo de morboso en ese recorrido de tumbas y monumentos funerarios, que, de alguna manera tendrían su culminación en el diseño final de su propio entierro años después en Calarcá, vestido de estricta etiqueta inglesa y acompañado por prácticamente la totalidad de la población.

Otra constante del viaje es su preocupación política. Una preocupación práctica, ligada a la comparación entre los avances de los países europeos en comparación con su patria, para la que Norris desearía un mayor desarrollo y justicia social.

En su última estancia en España, coincidiendo con el día 20 de julio, Norris hace un pesimista análisis de la situación de Colombia y en la línea de los reformistas, entona un ¡pobre patria mía!

Mientras tanto en sus recorridos se extasía ante las grandes obras públicas, el brillo y organización de las ciudades, de los transportes y de las instituciones internacionales, como su visita a la Sociedad de Naciones en Ginebra.

El regreso es melancólico. Casi normaliza nuevos apuntes desde su salida de Nantes hacia América. Finalmente, y de forma abrupta, Norris termina su diario de viaje en la costera ciudad venezolana de Carúpano.

¿Qué sucedió después? Una biografía documentada de Eduardo Norris, sería necesaria para poder comprender la intención inicial que llevó al ilustre calarqueño a emprender su Grand Tour y evaluar los resultados educativos y vitales que esos ocho meses tuvieron en la vida de Norris y de su ciudad.

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