Cargando...
Logotipo calarca.net

CALARCÁ PARA LEER

Logotipo calarca.net
Buscar dentro de calarca.net usando:
EN CALARCA APRENDÍ LOS VALORES DE LA VIDA

Calarcá para leerPor María Elena López Jordán

Ahora cuando he decidido escribir sobre mi pueblo, y puedo verlo en retrospectiva a través de la realidad de los recuerdos, me lanzo a apostar por la hipótesis que ser de provincia, es creer en la vida, el país y el mundo. Ello nos da la posibilidad de acercarnos más amorosamente a la bondad, la tolerancia, la responsabilidad, la solidaridad y el compromiso, porque cuando las cosas se quedan en la mente y en el corazón, llegan a la práctica de manera lógica y consecuente. Los valores tienen como fin último mejorar la calidad de nuestra existencia. Ellos ayudan a acondicionar la vida de las personas y hacer el planeta más habitable para todos. Su aplicación nos hace más humanos y mejores personas. Puedo decir que hoy, cuando buscamos afanosamente salidas que nos ayuden a dirimir la crisis manifiesta en la sociedad contemporánea, la vida provinciana es una reserva ética que nos da claves esenciales en la búsqueda de un mundo mejor.

A nadie se le escapa en la actualidad, la gran dificultad que tiene la gente para tolerar la diferencia, la incapacidad de las personas para ser solidarias, la falta de compromiso que existe a todos los niveles de la sociedad y la indiferencia total ante el dolor de los demás. Por eso a cada paso pienso que en la provincia las vivencias del día a día, constituyen un efectivo método de desarrollo moral, a través del cual los valores se aprenden de manera natural con el ejemplo, el testimonio y la práctica cotidiana. Es una realidad que aprendemos con más facilidad cuando vemos a otros actuar de una manera positiva.

La paz es cuestión del diario vivir, de la permanente búsqueda de la convivencia ciudadana que se construye desde el afecto de sentir que se pertenece a un lugar, grupo social o familia. En mi caso, ha sido una forma de estar en Calarcá sin estar en ella. Es un estado de ánimo, una condición personal que, además, me ha hecho sentir orgullosa de mi origen como uno de los elementos esenciales de mi ser. Quiere decir que Calarcá para mí ha sido la marca de fábrica que me infunde el impulso necesario para lograr el dinamismo de la vida y la alegría de vivirla. Cada vez ha sido un acto de orgullo que incide en lo personal y en lo profesional, pensar en mi amado lugar donde están prisioneros los recuerdos de mis primeros años. Es como llevar a diario esa imagen que me infunde otra mirada de la realidad.

En Calarcá, con el hábitat de provincia, tuve la oportunidad de aprender la línea ética que me dio los principios que han guiado mi vida, y que hoy intento trasmitir a mis hijos, e inspiran también mi quehacer profesional como psicóloga. Las nociones del bien y del mal, de lo positivo y lo negativo, de las libertades y las responsabilidades, de lo correcto e incorrecto, de lo adecuado e inadecuado, se forman en los primeros años de la vida. Esos fueron los que yo pasé apaciblemente en Calarcá, en medio del afecto de la familia, los amigos y los vecinos, a la luz de un acuerdo tácito con respecto a lo que se consideraba válido o no válido, legítimo o ilegítimo y bajo la premisa de que esta es una tierra de gente buena que sueña con el futuro, y por eso trabaja con impulso pensando en construir un mundo mejor.

No poseemos las virtudes morales por naturaleza. Aprendemos a hacer las cosas al llevarlas a cabo, y en la Calarcá de mi memoria había un escenario natural para que esto ocurriera. Entonces estaban directamente involucrados en la vida cotidiana la solidaridad, la generosidad, la aceptación del otro y el empuje para trabajar y salir adelante con el despliegue de nuestras capacidades intelectuales y sociales. Ser un buen ciudadano, un buen vecino o un buen amigo para nosotros ha sido algo que hay que demostrar con acciones concretas.

Se necesita una aldea para educar un solo niño, dice un refrán africano. Es necesario reconocer que en Calarcá, muchos actores sociales han realizado el papel de educadores morales, mostraban un norte y se convertían en contenedores efectivos del comportamiento individual y social. En mis tiempos ayudaban a educar el rector del colegio, el párroco de la iglesia, el policía de la esquina y la vecina que asomada a la ventana informaba a los padres sobre el comportamiento tanto de los adolescentes como de las parejas de novios.

La gente en el pueblo hablaba y discutía en la plaza, en las reuniones familiares o en encuentros casuales, sobre asuntos éticos como la importancia de servir a los demás, de desprendernos de lo propio para darlo a otras personas menos favorecidas, de dar tiempo, dedicación y afecto a alguien que ha sido víctima de abandono o pérdida. Así a través de la palabra se forma y se fija una idea de los valores que debemos llevar con nosotros. En esos días, la gente en el diario vivir utilizaba permanentemente dichos sobre el soporte moral de la vida, que eran toda una fuente de sabiduría popular con un inmenso poder de convicción. Se decía que mientras haya vida hay esperanza, haz el bien y no mires a quién, al que madruga Dios le ayuda, no hay mal que por bien no venga, etc.

Cuando se dice que algo tiene valor se está afirmando que es bueno, digno de aprecio y estimación. Para actuar moralmente debemos sentirlo como lo deseable y por tanto nos agrada, y no es sólo una imposición de la ley o la norma. Recuerdo con admiración que los ciudadanos calarqueños sentían gusto de ser cívicos, honrados y colaboradores, y en eso nos hemos convertido en ejemplos para Colombia. Siempre se ha dicho que el ejemplo enseña y arrastra. Por eso es necesario afirmar que de lejos, el civismo era la expresión más palpable del valor del compromiso. Existía una relación estrecha con su ciudad, y eso hacía que sus ciudadanos la defendieran, la promovieran, la embellecieran y la cuidaran como si fuera parte de su propia casa. El parque como lugar de reunión, era un bien común que todos queríamos porque ahí la vida se hacia más amable. Se practicaba un espíritu de grupo que validaba el hecho de hacerlo entre todos, y que, sin duda, unía y formaba las personas y se constituía en la clave de lo que Calarcá nos ha dado. La colaboración y el deseo de participar en actividades culinarias, deportivas, en los desfiles y las procesiones, generaban un agradable sentimiento de colectividad y cohesión social.

Exaltar y promover actitudes positivas está relacionado con niveles más altos de desarrollo moral. Por eso tengo los más vivos recuerdos de cómo los valores eran reconocidos públicamente con condecoraciones, distinciones al mérito y en suma al amor por la ciudad. Los ciudadanos querían a Calarcá con un amor espontáneo y dadivoso. Tener identidad como calarqueño era cuestión de orgullo, de un sentimiento sin arrogancia que hacía que no fuera lo mismo ser de Armenia o de otra parte que de Calarcá.

Los valores culturales son la mejor expresión de lo que somos, vivimos y sentimos. Yo viví un tiempo en el que la cultura era parte del lenguaje de los jóvenes. Tengo muy claro que leíamos poesía en la puerta de la casa, quien declamaba adquiría un estatus de popularidad envidiable y cantar y componer canciones eran virtudes que hacían admirable al que las tuviera. El hecho de escribir una novela, tomar fotografías o pintar eran bienes culturales apreciados a los que muchos podíamos acceder. Eso ocurría incluso con los reinados de belleza que engrandecían a la candidata o las candidatas y reunían a todos en torno a ellas como símbolos de la propia identidad. Todos estos elementos fueron el aporte de nuestra ciudad a nuestra formación, y con ellos hemos crecido y vivido como la base con la cual nos hemos enfrentado al conocimiento.

Actualmente, cuando grandes esfuerzos se dirigen desde la escuela para proporcionar una educación basada en valores, recuerdo cómo el respeto por la autoridad, la concepción de la norma y el sentido filosófico de estos fueron vividos día a día en el Instituto Calarcá, en el que la izada de bandera, las amonestaciones públicas, el llamado colectivo al buen comportamiento, la formación estricta en filas y en silencio, eran poderosos mecanismos de estimulación y desarrollo en aspectos que debían darnos la forma de vivir y manejar las diferentes circunstancias reales. Llevar el uniforme impecable y con el largo adecuado hacían de cada alumna una persona perteneciente a esta comunidad de la cual se era representante, y a quien le adjudicaban la responsabilidad individual de hacerlo con dignidad. Aún más, hoy después de muchos años de estudio, trabajo y ejercicio profesional constante, debo decir que estos aspectos han sido la base de mi creencia en la formación de la persona como individuo dentro del contexto social.

Los valores son afectivamente sensaciones sencillas y no solo sofisticadas estructuras axiológicas. Por eso, en el pueblo la gente se sorprendía con hechos simples que ayudaban a construir vínculos profundos y duraderos entre las personas. Recuerdo que teníamos una capacidad inagotable para disfrutar de cada momento, apreciar la vida y atesorar instantes mágicos y únicos. Eso era compartir en el parque el último chisme, entrar a la fuente de soda, caminar en corrillo en una procesión, pasear de arriba abajo por la veinticinco, escuchar las campanas de la iglesia cada cuarto de hora para indicar el rumbo de la vida de la gente, ir a la galería o encontrarse en la mitad de la cuadra con alguien. Pero siempre estaba allí la noción de responsabilidad y compromiso, que todos tenemos como seres sociales y sociables.

Hoy me admiro de cómo existía una moral colectiva alrededor del optimismo y la alegría de vivir. Era la capacidad esperanzadora para creer genuinamente que todo podía ser mejor. Una simpatía natural por el otro que se traducía en confianza y habilidad para pensar positivamente en los demás y para practicar un sentido bastante misericordioso de la justicia, que era la posibilidad de redención social cuando se había fracasado, cometido un error o incluso transgredido una norma. El beneficio de la duda, aunque a veces en sentido contrario para el beneficiario, era una herramienta tácita con la que democráticamente se podía contar. También era útil para tramitar los conflictos por la vía del diálogo porque sabíamos que todos se merecían tratos más civilizados y pacíficos. La relación entre amigos era socialmente muy importante y apreciada, y esta se extendía incluso al rango de conocidos o al menos coterráneos. Es uno de los hechos que se convierten en nuestra identidad, y que hacen, por ejemplo, que el encuentro de dos paisanos en cualquier parte del mundo, sea el encuentro de dos hermanos.

La resiliencia, el valor contemporáneo para designar la capacidad de construir en la adversidad, parecía ser una práctica normal porque frente a las crisis, los calarqueños hemos sacado los mejores recursos para seguir adelante y no quedarnos llorando sobre la leche derramada. Esto podría atribuirse a lo que investigaciones recientes sobre el comportamiento confirman, y es el poder curativo de las redes de apoyo social. Quiere decir que acciones positivas como la solidaridad del grupo o sociedad que circunda al individuo, constituyen formas genuinas de paliativo para la persona. Esto, lo que ha ocurrido concretamente en las tragedias sociales que hemos debido vivir. En particular, tengo la vivencia de que los duelos se hacían más cortos porque se contaba con amigos, vecinos y conocidos que lograban que las penas fueran menos duras. Las personas se reponían con el apoyo emocional, afectivo y efectivo, porque era real y no virtual, de quienes se condolían de su suerte. El otro era realmente un legítimo otro que se constituía, como expresa bellamente Fernando Maturana, en un compañero del sufrimiento.

El trabajo ha sido una de las pertenencias más preciadas. En Calarcá todos los oficios tenían una dignidad que era reconocida socialmente, el electricista, el carnicero, el ayudante, el dentista y el doctor eran valiosos para toda la comunidad que asumía sin distingo de clase, edad o género, tener igual necesidad de sus servicios. Los valores son una decisión, un acto valeroso que requiere esfuerzo, desprendimiento, generosidad, entendimiento y sensibilidad. Considero que para nosotros como calarqueños es muy positivo poder brindarle a Colombia este ejemplo como un verdadero camino de paz y de reconciliación. Desde hace mucho tengo conciencia de que nuestra historia es también un camino para muchos. Más cuando se trata de reivindicar los valores de la provincia porque como dice el escritor colombiano Alonso Aristizábal en su novela "Y si a usted en el sueño le dieran una rosa": El inmediato futuro del mundo es la vuelta a la provincia.