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CALARCÁ PARA LEER

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FUGAZ MEMORIA SIN RETORNO

Calarcá para leer (El libro)Por Orlando Montoya Gómez

...había también por Semana Santa procesiones imponentes, con la participación de todos respetando los estratos: primero el cura y sus acólitos elevando una misteriosa cantilena, seguidos por las bamboleantes estatuas de infinito dolor magnificado en las túnicas que cubrían los cuerpos de alambre y cartón piedra, como pesados párrafos de unas escrituras traídas allende las Europas. Extranjeras estatuas que no infundían nada, lastradas por los notables con paso inseguro y fervor pasajero; luego las damas de sociedad seleccionadas con juicios de la más estricta moral, con sus recatados trajes, las mantillas españolas, portando en sus manos un cirio, premonición de la llama que encendían en las mejillas Valentino, Carlos Gardel y otros santos impugnados por el señor obispo. Era la semana mayor una oportunidad para exhibir el estilo sastre, los zapatos y la cartera de idéntico color y material —cueros legítimos, no se había inventado la ecología aún—, el sombrero con flores de tela, las medias veladas y surcadas por esa vena sensual que se torcía sin consideración, lo que nunca le pasaba a las folies bergères... y a algunas putas aferradas a la elegancia de un pasado que empezaba a invadir. Y los guantes, el discreto maquillaje —no fuera a parecer la niña, en el peor de los casos la señora, una de esas que no deja entrar el padre a misa si antes no renuncia a los escotes— y los señores —mirando de soslayo los escotes— con su traje de paño, el riguroso terno, la corbata italiana, zapatos borzalino y sombrero barbissio, y atrás, integrada en la oración el resto de la comunidad, el pueblopueblo en pantalón de dril, y sus mujeres ataviadas de tela galleta humillada por los satines, las muselinas y los groes de las señoras que se abanicaban la nariz al toparse a una de inferior clase, perfumada con flores de Niza.

Pero ya estaba comenzando algo que es mejor no meneallo todavía para que la historia no se nos entinte de color rojo... aunque el azul tuvo que ver por igual en el asunto.

Tenía proyectos Adonías como los tenía la muerte en la humanidad de don Carlos Giraldo, pero habrían de pasar muchos rollos. La competencia con el Teatro Municipal era directa. El Teatro Quindío estaba relegado a un segundo plano sin mermarle con ello sus jugosas ganancias, es decir, un segundo lugar social, la gente fina al Municipal, el campesino y el analfabeta al Quindío. En la plaza La mosca de cabeza blanca, Vincent Price, Orson Welles; Tony Curtis cortejando a Gina mientras Burt Lancaster vigilaba desde El Trapecio. En el Quindío El águila negra, Sara García enterneciendo a una plebe sin abuelas, Pedro Armendáriz escondiendo La Perla de los escorpiones calvinistas. Desde los palcos aristócratas del Municipal los hijos de Arturo, de Belisario, de Gabriel, transfigurados por la hendida barbilla de Kirk Douglas, por el muy varonil Rock Hudson. En el Quindío Ando volando bajo; haciendo coro con la Faraona y echándole vivas al partido liberal cuando Luis Aguilar disparaba sus perniciosas pistolas de utilería; expresiones estas de la gleba que obligaron a don Carlos Giraldo a un retiro paulatino, encargando a Adonías la totalidad de las funciones, pues quién si no él para mantener con vida el teatro en esos años cuarentas tan distintos a como era ayer; con el negro Gaitán hablando de incendios y esa corte de leguleyos filipichines humillando sus abrigos, ignorando que si triunfan las tesis de Gaitán van a tener que comer de su propia mierda por más liberales que sean, y el otro, bien peinada orquídea en un jardín de libreas ineptas, todos bajo la mirada jardinera de Berta, ya verán lo que les va a pasar si insisten en el juego de la democracia disfrazados de majestad, posando como meninas junto a cabos de la policía y otros canes incluidos. Ya llegará quien le ponga el tatequieto al Indio ese madurado en Italia, y en el mejor de los casos pasa sus últimos años jugando tejo desde una silla de ruedas. Así pensaba don Carlos Giraldo abandonándose al insecto de acordes afilados llamado tinitus, así la mayoría de los ciudadanos conservadores, hombres de bien, amantes de la paz y respetuosos del derecho ajeno, que de un momento a otro viéronse inmersos en la discordia simbolizada en dos colores: el rojo y el azul, acertijo cromático causante de tanta sangre bajo el cielo en llamas. El cotidiano era la reivindicación de las libertades, las iluminadas oraciones de Gaitán, la defensa de una propiedad alcanzada con honestidad y la exigencia de aquellos que alcanzaron una honestidad con sacrificio y sin privilegios de ninguna clase; el derecho de nacer, alimentando todos los días, a la una pe eme la abulia de un pueblo que comenzaba a perder su identidad, preso ya en la laberíntica red de Hollywood.

En Calarcá como en el resto de la patria se daban las condiciones para los primeros ensayos del horror, pero las noticias de la capital llegaban con retraso y la sociedad continuaba oyendo tangos, improvisando discusiones políticas y sentencias filosóficas, repitiendo relativas verdades de Laureano, de Santos, de Ospina, de Echandía, de Gaitán. Raizales, parientes casi todos entre sí trocando el buenos días por el cachiporro hijueputa, inmundo collarejo. El pueblo familiar convertido en torre de Babel pequeñita, esquife perdido en la tormenta que apenas anunciaba los tambores de Chispas, Sangrenegra, Desquite... todos juntos en la misma cloaca universal.

El caudillo tenía patasarriba al régimen, Jorge Eliécer Gaitán se consolidaba tribuno por excelencia y no obstante ser considerado por algunos como mezquino o pomposo, todos a una admitían su fuerza y el arrollador empuje que imprimía a las clases populares. Su voz era un trueno, su dicción perfecta, sus palabras calibradas con el exacto tinte lírico en el momento adecuado y daba cierta garantía a sus seguidores de que no defendía crímenes, ni justificaba masacres, ni se regodeaba en el elogio político o estético; hacía uso de su hora suprema y tenía para sí como lema aquel adagio chino que reza: Hay tres cosas que no pueden volver atrás: la palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida. En el cenit de su gloria ignoraba las urdimbres de una poderosa trama preparando su sacrificio, y con él, haciendo de la geografía colombiana un cementerio y a los hombres mismos cementerios de sus muertos. Acaso Gaitán desconocía el alcance de su palabra y lo utópico de sus intenciones igualitarias, y el pueblo sin saber si su anhelo provenía de un afán liberador o del resentimiento punitivo.

Mientras, del formidable pecho de Gaitán brotaba arrebatada la palabra Igualdad, los conservadores de Calarcá recitaban en el Café Londres aquella cuarteta memorizada por la abuela de Fernando Savater:

¡Igualdad! Oigo gritar
Al jorobado Torroba.
¿Quiere verse sin joroba
o nos quiere jorobar?

Los conservadores de Calarcá no se diferenciaron en nada de los liberales, excepto por las especulaciones que los viejos sostenían al caer la tarde; por lo demás, independiente de aquel pasatiempo dialéctico, compartían la vida comarcal en paz y sentíanse miembros de una misma familia; el trabajo para lograr el sustento diario y así poder educar a sus hijos era la única honorable razón. Pero esa cría de bachilleres hubo de viajar a Bogotá, asistir a las universidades y traer en época de vacaciones la rebusca de ideas modernas con las cuales confundirían la sensibilidad de sus mayores. Esa estirpe de ciudadanos fundadores de pueblos y descuajadores de montañas no dimensionaba la magnitud de los tiempos presentes, la guerra que se avecinaba. Todo seguía casi lo mismo, gracias a Dios: la retreta en el parque los domingos a las once de la mañana, y antes, el paseo de los galanes por la Calle Real, todo patillas y piropos a las niñas en edad de merecer, como decía mi abuela memoriosa también; las señoras asomadas al mediodía del domingo, reclinadas en los balcones de las casas de bahareque; en la sala el pick up con una sutil acupuntura provocando el pasillo, la guabina, el bolero; en la alcoba la niña mirándose al espejo que también era cómoda, escaparate, armario, closet, ahora convertido en caleta; la colgadura transparente separando los cuartos, la gente limpia, amplia, comunicada sin tantos antifaces de zorro. Las recién desposadas visitando a su madre, bordando en punto de cruz, o tejiendo en crochet las colchas de un lecho respetado; la tía solterona indicando a la sobrina el bordado Richelieu y suspirando cuando dice la niña... Tía, enséñeme cómo se teje un punto de sombra, y ella, pinchándose el índice al recordar el punto de sombra. Ese único e insuficiente amor quién sabe dónde rodando en los lupanares de Barranquilla, ese que escasamente alcanzó a rozar los pezones ansiosos bajo la blusa, ese cobarde que antes de convertirse en un esposo con las católicas licencias como los demás optó por marcharse a buscar nunca supo qué, dejándome intacta, aburridamente intacta, convirtiéndome por culpa de esa caricia sin permiso en un punto negro y perdido en medio de la sombra.

Antes de las tres de la tarde fueron rumores fúnebres. Gaitán ha muerto, se decía en voz baja en los círculos conservadores y con ira vindicatoria en los corrillos liberales, abriendo un lamentable abismo, viendo por vez primera las voluntades y los destinos correr sendas distintas, derrumbados los proyectos comunitarios. Y a las tres de la tarde, es verdad: Gaitán ha sido asesinado, los Celedonios evocan su nombre desde los micrófonos de la emisora, imitan su voz, todos y cada uno acusan sin mediar la reflexión, no hay tiempo para investigaciones, arde Bogotá. Roa Sierra ha sido arrastrado por las muchedumbres bogotanas como un guiñapo ritual; Calarcá como el resto de Colombia se ve separado súbitamente y comienza el imperio del miedo, ese pánico oscuro y obsesivo que se complica no solamente por su morbosa imaginación, que llega a veces al alucinamiento, sino también por su inextinguible y menospreciada conciencia del bien.

Disminuyen las entradas a cine especialmente en la noche, los parroquianos prefieren permanecer en sus casas, aparecen los primeros descabezados en las zanjas, Teófilo Rojas, —alias Chispas— frecuenta la zona de tolerancia enamorando prostitutas y mostrando el revólver; el campo conviértese en ese peligroso lugar en donde los pollos se pasean crudos, se instaura el boleteo. Don Carlos Giraldo manda llamar a Adonías.

  • ¿Qué se le ofrece don Carlos?—, pregunta Adonías mirando al patrón que mira tras la ventana aquel instante de una luna dentro de un amasijo de nubes.
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  • Es hora de la nocturna, don Carlos—, dice Adonías en voz queda como no queriendo despertarlo.
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  • Sí, ya lo sé, maldita sea, es hora de la nocturna, ¿cree que no me doy cuenta?— Grita don Carlos dejando caer la persiana.
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  • Entonces me voy a calentar el proyector, ya hay gente haciendo cola.—
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  • ¡Que esperen!,— vocifera don Carlos, lamentándolo y atenuando el tono de su voz, agrega,
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  • Le vendo la mitad del teatro Quindío, Adonías.— Y este lo mira, lo puede creer pero no cae en la malla de la emotividad,
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  • El cine está dejando de ser un buen negocio, don Carlos, he tenido que apersonarme de todo y me parece más conveniente, dado que el dinero recogido hace un año lo invertí en otras cosas, sería más funcional, digo, si nos asociamos y libro esa mitad con mi trabajo, hablamos mañana del asunto, me voy a atender el negocio, se le ve un tanto demacrado, don Carlos;— concluye Adonías dando media vuelta e ignorando a don Carlos Giraldo quien sin remedio se dispone a escuchar el noticiero y su larga lista de difuntos campesinos.

Es de sobra conocido el luctuoso capítulo del nueve de abril, el Bogotazo y la cadena calamitosa eslabonando al país entero en un llanto general. Por eso remarcar el asunto sería llover sobre mojado, sin embargo es bueno hacer memoria respecto a una época que martirizó en particular nuestra región. El asesinato de Gaitán fue el detonante para muchas pasiones —de las malas— ocultas en la naturaleza humana, se crearon dos bandos enemigos, liberales y conservadores enfrentados, el rumor del saqueo obligando al entierro de joyas y títulos de propiedad, forrando los baúles en costales y metiéndolos bajo tierra a la espera de un hipotético mejor tiempo. Una contienda sin más fin que la muerte, una especie de xenofobia en la que los otrora amados conciudadanos volvíanse objeto de odio demencial por el mero hecho de gustar de tal o cual color. Solo existía la previsión cierta de la muerte, solo esa certidumbre como destino propio y comenzaron a volverse tristemente célebres los jefes bandoleros que por una u otra razón sustentaban la barbarie con la simpatía ciudadana, mercedes inconfesas de los ayer rectos fundadores de pueblos que veían ahora en Chispas, Sangrenegra, Desquite, El Cóndor, Paterrana y otros muchos de ingrata recordación, a los abanderados de la venganza. Y es así, sobrevivientes, que aunque no lo queramos contar, difícil olvidar la época de la Violencia partidista. Los cadáveres se enumeraban por docenas, no había día sin masacre, pueblos separados por escasos kilómetros eran irreconciliables, se mataba sin discriminación y depuradas y novedosas técnicas, corte de franela, corte de corbata, corte de mico, decapitados a machete, quemados los ranchos con sus familias dentro, la paz no era lo contrario de la guerra, era lo contrario de la vida misma. Llegaban los bandoleros y en una orgía de sangre ejecutaban a hombres, mujeres y niños; las cuadrillas liberales haciendo gala de un estúpido ateísmo, los conservadores cortando cabezas mientras invocaban a María Auxiliadora, delimitando territorios azules o rojos, antes verdes. En las tribunas, los profesionales del sofisma graduados de cotorras, incentivando el fuego. Los finqueros recibiendo la boleta aterradora, vendiendo la finca a las volandas y a menosprecio antes de que les hicieran el corte de tabaco. Mejor no recordarlo para no escandalizar a los infantes.

Estaba incoándose un lapso aciago, familias enteras de cadáveres, cuerpos mutilados bajando de las laderas de Buenavista, Córdoba, Pijao, primero a lomo de mula, luego arrumados como fardos en los camperos Wyllis que llegaban con trágico pitar de bocinas a Calarcá, al hospital de La Misericordia, justo a la pieza del olvido —llamada después anfiteatro en consideración con los ausentes—, en donde aguardaba una multitud de corazón alerta, inermes al azar de encontrar un pariente entre los muertos. El plañir de las mujeres al descubrir en los despojos a un hijo, a un hermano, al marido; y la tranquilidad de otros regresando a sus casas y todos en fin volviendo a la vida tan egoísta, mientras los muertos quedaban en la pieza del olvido acompañados de otros muertos y a la espera de los estudiantes de anatomía del Colegio Robledo que dirigidos por el Doctor Duque Llano se sobraban de materia prima. El miedo campeaba prepotente en las pezuñas de Tumbapuertas, El piojo, Gasolina. Liberales y conservadores igual asesinados solo por llamarse Luis Parra o Anatolio Agudelo y dizque garantes de una ideología cuya acepción desconocían. La Violencia apenas mostraba sus caninos y una vez más la paradoja, era la muerte la que hacía la vida amable y los calarqueños frecuentaban el Café Bacardí, el Blanco y Rojo; volvió a ponerse de moda el rosario en familia, pues así el padre fuese liberal, la madre era quien ordenaba esos menesteres del espíritu. Todos a rezar y a pedir a Dios misericordia. Ya después del rosario, pueden irse, cada uno a donde quiera, el marido al Café Gloria a despotricar contra los godos, la adolescente a coquetear desde el balcón, los niños a jugar a los guapos en el patio y las mujeres mayores a seguir rezando los mil jesuses, la novena a las ánimas del purgatorio... antes de medianoche y antes de la radionovela de sigilos libreteados que concitaba a los adultos desvelados por el miedo.

Ese zozobrante municipio vivía un tiempo más bien parecido a un error de cálculo en el ábaco de lo creado. Adonías ayudaba a mantener el precario equilibrio secundado por Humprey Bogart y su interminable cigarrillo, por Buster Keaton adelantando el surrealismo. Adonías conocido de filiación conservadora sin practicarla, continuaba aferrado al cine, departiendo con Jaime Jaramillo Gaviria, Ómar Barahona, Bernardo Mejía, Nelson Rosemberg Mora y otros muchachos en quienes apuntaba el bozo y el músculo firme autorizaba a enamorar. Porque la vida se impone, la muerte siempre es fingida, en la sala oscura del teatro aparecía ese mágico rayo y danzando entre volutas de humo de Pielroja, Fred Astaire tan ajeno a nuestra desangrada parroquia.

La plena oscuridad se percibía en los campos al caer la noche. Se encendían las velas para alumbrar la merienda y de paso implorar a Jesús Crucificado, sin embargo, allí la oscuridad era también la mirada velada por el llanto que permitía con dedos ciegos estrechar dedos de otros menos ciegos por ser más viejos, o bien, caminar solidarios al lado del padre en el recuerdo y en la nostalgia de un pasado difuso. En cambio la presencia de La Enlutada se manifestaba en todas partes. La muerte que no es oscuridad ni luz, la abolida memoria para siempre, ausencia total, donde todo lo que ha sido ya no es ni será, sino que es como si nunca hubiese sido. La violencia se hizo costumbre. En tanto se desarrollaba el país, en los campos quedaron quienes carecían de recursos económicos para trasladarse a las ciudades, que a su vez enfrentaban una migración de campesinos desconcertados, aquellos que a cambio de sobrevivir optaron por emigrar abandonando los sembrados y asumiendo nuevas profesiones, nunca asimiladas, enrutando el futuro de sus hijos por otras vertientes, creando así una alcurnia descendiente de campesinos desarraigados.

Los cafetales sobrevivieron por ser el café arábigo tan recio, ¡ay memoria!, sombreado de guamos y otras especies en donde anidaban variedades aladas. Los caminos tenían en sus márgenes completando los cercos de propiedades abandonadas, árboles de naranja, mandarinos, aguacates esperando las manos del romero, nísperos frecuentados por mirlas y murciélagos; churimas y grosellas. También se topaba el caminante con calvarios pretendiendo perpetuar la memoria de un sacrificado entre violetas. Todo en un relente de azahares y el dulzón aroma de las guayabas. Aquel Edén que no habían podido ahogar en sangre resistía, pero ya lo veremos, el hombre nunca ceja en sus torpes esfuerzos por mejorar a la naturaleza, no todos, algunos, como se dijo, aferrándose al surco, esperando incursiones bandoleras, cavando túneles para escapar de la balacera. Una atormentada masa que sostuvo la supervivencia de la sociedad desagradecida. Ese pueblo que revestía características de ciudad, quizá distinta a como la soñaron don Jesús Buitrago, don Román María Valencia, don Segundo Henao. Ahora en estos años cincuenta en disputas administrativas y botines burocráticos tan distante de esa Calarcá de principios de siglo cuando don Pedro Pablo Valencia fue nombrado alcalde y se quedó en el puesto más de doce años muriendo en ejercicio de sus funciones, no por demasiado ejercicio sino de viejo.

Era esta una generación susceptible del cambio, testigos de la mutación social, entrando sin tiempo para el asombro en el devenir de un lugarejo. Muchas boticas, ya no solo La Colonial, de Roberto Gómez, dos teatros bien dotados, servicios funerarios con caballos percherones traídos de Chile y un carruaje de misteriosa gala. Contaba Calarcá con dos clubes sociales, agencias dedicadas al alquiler de bicicletas, salones a donde concurrían los niños a leer por cinco centavos los cuentos de Supermán, el Llanero Solitario, Tarzán, y por quince centavos llevar a sus casas las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, las de Corín Tellado para la hermana que se afligía en las noches antes de esconderlas debajo de la almohada mientras papá hacía lo propio con Vargas Vila. Tenía automóviles que daban a sus propietarios —como ahora— una categoría en el andamiaje mutual; el mismo que organizaba los famosos bazares con destinaciones pías. Y una casta femenina imitando a las bogotanas en la lucha por el rescate de sus derechos civiles, desahogándose de tanto corsé, deseando correr el mundo al lado de sus hombres ya de pantalón largo. Ellas sintiendo quinceañeras la sensual caricia de las medias de nylon, por primera vez usando el tacón carreta, preparando el cimbrear de sus intocados cuerpos a la llegada del tacón puntilla que las graduaría de hembras listas para el inútil combate de los sexos. Orgullosas de la prima desvirginada que redondeaba el éter con su cintura de avispa, ellas y ellos estableciendo manganillas sentimentales en El Paraíso, tomando cresto y las más lanzadas una costeñita. Organizando repichingas para el amacise de sensitivos pactos en el embrujo de María Luisa Landín, de Hugo Romani, de Fabio Echeverry, de Daniel Santos que descubrió la evasión del bolero antes de inaugurar la marihuana. Tenía suficientes escuelas primarias, colegios de bachillerato pero no mixtos. Las monjas Vicentinas con sus cornetas como gigantes mariposas de alas almidonadas sobre sus cabezas, implantando una moral cristiana en el Colegio San José a las niñas de mejores familias, y en el Instituto Calarcá las epidérmicas colegialas recibiendo la educación oficial, entusiasmando el aire con sus uniformes proletarios, medias tobilleras y desenfado, prodigando sonrisas a los galanes que, desde una mesa repleta de botellas, afirmaban su independencia de efebos con derecho de amanecida. Y un parque Bolívar protegido por árboles frondosos y el piso adoquinado que pisaban las parejas musitándose promesas, él tomando el codo de ella, intentando juegos de inocente morbo en navidad: beso robado, pajita en boca, estatua... para poder mirarse unos segundos de agitación inmóvil, robar el beso con el benedícite del espíritu navideño.

Tenía Calarcá la tienda de la esquina con un tendero amigo que controlaba el crédito en un cuaderno de escolar, tenía un hospital de estupenda arquitectura, tenía una lapa agiotista adherida al organismo comunitario y tenía un barrio de putas en fiesta permanente, integrado a la sociedad y sin embargo con una cotidianidad distinta y propia. Experiencia imborrable en la memoria del Gordo Julián Hincapié, —en la de todos con seguridad—, cuando aquella primera vez en medio de la juerga y Toda una vida me estaría contigo no me importa en qué forma ni dónde ni cómo pero junto a ti, una puerta se abrió, un brazo ávido rápidamente lo agarró y lo introdujo en la oscuridad. La portezuela a la altura de un hombre de estatura normal, quedó abierta a la luna y no tuvo gran dificultad en aprovechar sus manos para magrear a la hetaira, percibiendo dentro de la única pieza de que se componía la casa enseres irrisorios: un jarro, una cuerda tendida de una pared a otra de la que colgaban algunos trapos, una cuna vacía, un catre sobre el cual descargó la cortesana sus abundantes nalgas. Y él —sin duda todos— se asustó, cavilando si no sería ella una continuación de sus fantasías, pero se sorprendió de dónde podía haber sacado el modelo, puesto que nunca hasta entonces había tenido cerca una mujer desnuda... y de ñapa era linda en medio de la semioscuridad, destacándose los ojos negros, bronceada la piel por despreciados pigmentos, el rostro dulce aunque picado ligeramente de viruela, famélica la mirada, si bien castigada por un freno oculto, ansiosas las manos tocándolo por todas partes, las ropas arrojadas sin remordimiento, las monedas saliendo del bolsillo y cayendo al suelo con un tintineo de abalorios, y ella, Papacito, aliento mío, quién te ha traído en esta noche hasta mí, descerrajándole con una larga lengua los labios, guiándolo dentro de ella, sorbiéndolo en la ardiente caverna a través de una nube de regocijada desazón.

Ella tenía los ojos más negros que nunca había visto. Dos piedras líquidas y tenebrosas, ojos que se veían pasar en un instante de un simulado letargo a la fulminante rapiña que asalta la comida. Así la vio el Gordo, seguramente todos, cuando vimos la primera vez.

Pasajeras amantes que tanto ayudaron a los jóvenes inexpertos y excitados de antaño: Carmelita en El Neva, Chava anticipando bajo el escarnio público una educación sexual ahora bendita, mujeres diestras en la caricia, llamadas, mamita, en la intimidad y en los corrillos bautizadas con hipocresía viril la Cuero de Sapo, La Peluda, La Negra Teléfono, La Silla Eléctrica. Conservando ellos la distancia social sin confesar que cada fin de semana rendíanse gustosamente a los paroxismos de la voluptuosidad. El barrio de las putas llamado oficialmente zona de tolerancia, en donde cada casa era una cantina y las mujeres desde pequeñas estaban maduras para el amor. Respetuosas todas de su estrato, agachando la cabeza discretas al toparse en la calle a su amante furtivo.

La zona de tolerancia fue para Calarcá, e imaginamos que para casi todos los pueblos de la época, un apéndice integral, y las mujeres que habitaban aquel sector constituyeron una especie de gheto. No obstante cruzarse con las damas en la Calle Real, se establecía la desavenencia palpable en el desprecio de las unas y la poca importancia con que lo recibían las otras. Pero unidas por una cultura musical y poética, el mismo Ortiz Tirado y Charly Figueroa y Toña la Negra, idénticos Baudilio Montoya y Julio Flórez con la araña aquí y allá tejiendo las redes de la pasión. Los amantes ejercitando en el burdel la voluntad de Príapo y en el Club, en el Parque, en la sala señorial diciendo a sus novias: ¿Quieres que hablemos? Está bien, empieza... pero, aquel lugar de fiesta continua, quizá por ser destinado a las urgencias del amor estaba repleto de peligros. Las peleas de machos enardecidos por el Cambalache de Santos Discépolo terminaban con una puñalada o un botellazo asestado por ellas. Y luego, y luego y luego, es tan largo contar la vida.