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GUILLERMO VANEGAS, UN MUCHACHO DE ANTES

Calarcá para leerPor Libaniel Marulanda

La imagen de nuestro personaje, tocando la guitarra,
es una foto pegada en el álbum de saudades calarqueñas.

De estar con nosotros ahora serían 66 sus años, cumplidos el veintiuno de octubre de este 2009. A sus cien kilos seguiría añadiendo, dentro de los bolsillos laterales del saco, y fiel a su costumbre, una pera, un capodastro, dos o tres juegos de cuerdas de repuesto, bolsitas de maní, pedazos de panela para lubricar su voz, la infaltable uña de carey, un cordón semejante a un escapulario para sostener la guitarra, una libreta con el directorio de clientes, un paraguas de bolsillo y monedas, muchas monedas, con la aparente e ingenua frescura tan suya, como si fuera aún el muchacho de la escuela Santander o el adolescente del colegio Robledo.

Como suele suceder cuando un artista nace, surgen de inmediato, y por docenas, las personas que aseguran haberlo hecho, aunque estamos a siglos de saber si el artista nace o se hace. Con Guillermo pasó eso: mi abuelo, dueño de una calarqueña y desmedida imaginación, a manera de ejemplo, aseguró por varias décadas haberle enseñado las posiciones en el tiple, luego de que lo viera en la casa vecina, a través de una cerca de guadua, taponando un tiple de clavijas de palo. ¿Sería por esa razón que Guillermo le colgó a mi abuelo, Pablo Emilio Marulanda, el apodo de Pluma de Oso?

Solo bastaron tres años para que este hijo de un tiplero metido a ebanista, don Pedro Luis, y de doña Encarnación, a punto de terminar su bachillerato en el colegio Robledo, ya fuera el guitarrista más cotizado en el ámbito de la música bailable y romántica del Quindío, dentro de un esquema que emergió con la década prodigiosa: los años sesenta.

Los años sesenta, con el obvio e inexorable retraso, trajeron para caldenses y calarqueños el auge de los conjuntos musicales. Un grupo fundado en Medellín, los Teen Ager´s fue el primero en imponer una formación de tipo orquestal, decretarle el entierro de tercera a las llamadas murgas y, de paso, romperle la espina dorsal a las verdaderas orquestas. La fórmula era simple: un saxofón, una guitarra eléctrica, un contrabajo  —luego reemplazado por un bajo eléctrico— un solovox, batería completa y otros instrumentos de percusión considerados secundarios. Este ensamble, con la ayuda de los primeros amplificadores para música en vivo, permitió reemplazar las grandes y costosas orquestas.

Guillermo, de quien nunca pude saber con exactitud si se graduó o se quedó en mitad del bachillerato, saltó del tiple de clavijas de palo a la guitarra eléctrica, sin transición, de idéntica manera como saltó de la Freskola al aguardiente. Sus primeros compañeros de afición por la música, adolescentes entonces, quedamos tirados en el camino ante la fuerza arrolladora de la creatividad y virtudes musicales de este artista calarqueño, a quien la vida apenas le alcanzó para morderle un semestre al siglo veintiuno.

Pero, lo del salto del tiple a la guitarra eléctrica no es del todo cierto. En aquellos años, que sepamos, nadie en Calarcá tocaba guitarra a la manera de los solistas. Se intentaba ser puntero o se era marcante. Igual que ahora, asumir la melodía y la armonía al tiempo, era disciplina y talento reservado a guitarristas de alto desempeño, aquellos a quienes apenas podíamos oír en grabaciones. Guillermo fue en particular un gran músico, precisamente por eso. El recuerdo que se tiene de él, y de lo que hacía, corresponde a una verdad incuestionable: se ganó a pulso su sitio en la memoria colectiva.

Si bien los primeros grupos musicales de carácter profesional comenzaron su tránsito noctámbulo en Armenia, Guillermo Vanegas en aquellos primeros años de los sesenta siempre cuidó el cordón umbilical de su calarqueñidad, aunque, la verdad sea dicha, nació en Armenia, meses antes de que su padre cruzara el puente de La María con su esposa y su prole y se instalara con todo y garlopas en Calarcá. La casa de la familia Vanegas, estaba situada en la calle cuarenta y cinco, la variante, justo al frente de lo que es ahora, y por efecto del terremoto, un esperpento arquitectónico de metal, bautizado por el poeta Juan Manuel Roca como el puentemeatonal de Calarcá.

Creo, como muchos, que el mayor problema que tuvo que enfrentar Guillermo Vanegas, cuando incursionó en la música, fue su extraordinaria aptitud musical. Visto con el lente de la retrospección, allí donde radicaba su fortaleza, como paradoja, estaba su mayor debilidad. Porque, sin dejar aún el portalibros y las aulas, ya trabajaba en los grilles de Armenia, a tiempo que recibía el estímulo etílico de algunos de sus maestros, aprendices de brujos, de arrepentimientos tardíos, en ese colegio Robledo cosido al alma calarqueña, por aquel entonces ya colapsado merced a los torpes  —¿dolosos?— cálculos de un ingeniero a quien la picaresca quindiana, habría de llamar el Doctor arenas.

Calarcá aún tenía frescas las nostalgias de El Lago, Las Gasolinas apenas comenzaban a envejecer, Felipe cantaba de esquina en esquina: No te casés con tonta por la moneda..., Simeón Báquiro ya había jubilado en naftalina su vestido de Charrito de Plata, la carrera veinticinco era un sardinódromo, y a falta del Café Automático bogotano o La Cueva barranquillera, teníamos las fuentes de soda Bahía y El Paraíso. En un plano inferior, era inevitable reírse al mencionar a La Colina con su nombre coloquial: el Bar Culito.

Para esa época ya la prensa mencionaba a Camilo Torres, y sabíamos quién era Sartre. Simpatizábamos con los Elenos. Conocíamos a fondo el anecdotario del padre Alzate, Pategato. Nos sorprendió la vesania en el patético asesinato de don Simón Torres. Desafiando el sempiterno Estado de sitio, asustados, expectantes y entre sombras, en cualquier esquina escuchábamos a Alirio Liévano hablar del comunismo. Algunos ya presumían de experiencias con la vareta, o habían recibido el primer pinchazo del Bencetazil millonario que formulaba el negrito Pedro Nel, con solo describirle ciertas ardientes y dolorosas dificultades en la micción.

Por esos años sesenta, Guillermo Vanegas ya era un personaje para mostrar en el catálogo de esa Calarcá que danzaba en el Club Quindío, en las fiestas a beneficio de tal o cual colegio, se volcaba a las vespertinas dominicales de la Piscina Maiporé, el bailadero de La Albania o, en el peor de los casos, el Club Gravetal, rumbeadero preferido de las fámulas.

La imagen de nuestro personaje, tocando la guitarra en su espalda, gozándose a plenitud el rock and roll Ahí viene la plaga..., cantando entre solemne y nostálgico En la Playa de Baudilio y José Ramírez, desde entonces es una foto pegada en el álbum de saudades calarqueñas. De manera profunda en quienes hoy tenemos entre sesenta y ochenta años.

Pero la bohemia es la bohemia y el alcohol no da gabela. Por eso, cuando apenas había podido evadirse del temido servicio militar, Guillermo ya acusaba los síntomas del alcoholismo que entre bambucos y cumbias lo fue extraviando en su laberinto. Entonces, llegaron aquellos días en que el delirio, puntual, lo visitaba en su cama una vez lograba despertarse.

Refería que en una ocasión, años antes e invadido por la culpa y la impotencia frente al alcohol, a tiempo que maldecía su destino de guitarra y canto, tomó un vaso con sus cinco dedos apretados sobre la boca de vidrio, y con toda su fuerza lo estrelló contra la mesa. Por suerte, en aquella ocasión, uno de sus compañeros de farra era un afortunado cafetero que lo condujo al hospital. De allí salió sobrio, con su mano derecha surcada de suturas, pero en condiciones de volver a puntear su guitarra pocas semanas después.

Sin duda aquel acto, un tanto suicida, tenía la connotación de propósito irrevocable de dejar para siempre a su Calarcá, el círculo de amigos incitadores y el alcohol. Siempre el alcohol. Eran tiempos de aguardiente amarillo, de Manzanares, al que llamaba caldo de pollo, el mismo que ingería sin medida, luego de oficiar el repugnante rito de bogarse una onza de aceite de ricino con el fin de dilatar un poco el efecto.

Uno o dos años más tarde volví a tener noticias de Guillermo Vanegas. Vivía también en Bogotá. Al reencontrarlo pude comprobar que, en verdad, había abandonado el alcohol. Por lo demás, salvo su creciente apetito y cierto merecido sobrepeso, era el amigo de siempre, el comediante infatigable, armado de apuntes, parodias y chispazos de humor ante cualquier cosa. En compañía de mi madre, y un primo de reconocida voracidad etílica, arrendamos un amplio apartamento en el barrio Santa Fe, cuando aún era habitable, sin que la residencia comprometiera el cuero o el bolsillo. La arrendataria era una amiga de reciente viudez, con cierta solvencia económica como resultado de los seguros de vida de su extinto marido.

Como prueba fehaciente de la generosa capacidad literaria y la dimensión de nuestras lenguas ciudadanas, en pocas semanas ya circulaba en Calarcá la versión de que Guillermo había sustituido el trago por la convivencia con una mujer de inmensa fortuna y mayor que él.

A partir de aquel año, 1969, salvo una recaída que duró unos meses, Guillermo jamás volvió a ingerir licor. Solíamos tocar juntos a diario, mientras compartimos la vivienda. Con frecuencia participábamos en tertulias con calarqueños y quindianos. Alguna vez, el Jefe de personal de la Contraloría General de la República, manizaleño, amigo nuestro, luego de oír por horas y horas a Guillermo con sus canciones y sus solos de guitarra, ahí mismo decidió nombrarlo Revisor de documentos. Guillermo, de inmediato, fue tajante en expresar su negativa a engrosar la burocracia estatal.

Un hecho similar se presentó en las postrimerías de los años ochenta. Esta vez fue el asesinado procurador general, Carlos Mauro Hoyos. De nuevo Guillermo se opuso a sacrificar lo que era ya su inmodificable rutina, a cambio de la obtención de un sueldo y una posterior pensión.

Guillermo Vanegas dejó muchas canciones grabadas, de las cuales permanecen inalterables cerca de treinta. Compuso la música de algunas letras de mi autoría. De unos quince programas de televisión, solo queda el recuerdo, invadido de hongos, en cintas que en su época fueron transferidas del formato Betamax a VHS.

En la emisora Nuevo Mundo, de Caracol, en varias ocasiones y por períodos semanales, alternando con el dueto de Los Tolimenses, con Guillermo se grabó y difundió a escala nacional el otrora escuchado Show de Los Tolimenses. Por suerte, y gracias al tesón de Álvaro Pareja y Marta Valencia, el Centro de documentación Musical del Quindío, conserva unas aceptables grabaciones en cinta y disco compacto.

Existe un acetato de larga duración, grabado en el sello Platino, producido en 1986 en el cual grabó algunas canciones a dúo con quien fuera su compañero de fórmula vocal por muchos años: Simeón Báquiro. Sus interpretaciones como solista son impecables y asistidas por el buen gusto que lo caracterizó.

Por fortuna, y en algunos casos, Calarcá ya no es la misma. La época de la fiebre de un mal entendido afán de progreso quedó atrás, como los años sesenta que animaron la destrucción masiva de los andenes de la carrera veinticinco. De otro lado, para bien, y por lo que sea, los calarqueños ya no se matan por un trapo rojo o un trapo azul, y la carencia de un equipo de fútbol profesional es la bendición que evita un motivo más para ejercer la violencia.

Por desgracia, por desmemoria; porque a regañadientes tenemos que aceptar que nos volvimos viejos como viejas nuestras historias; por eso y porque Calarcá, como Colombia, vive y padece unas condiciones políticas, económicas y sociales que implican un retroceso de cincuenta o sesenta años, estamos condenados a que en el álbum de la memoria colectiva de nuestra cultura, hoy pauperizada, se vayan decolorando artistas como Guillermo Vanegas.

Un mal día, luego de semanas de rehusarse a visitar al odontólogo, quizá forzado por la ineficiencia de los remedios caseros, y tratando de olvidar antiguos recuerdos y terrores ante las muelas extraídas, con todo el dolor, en los años cincuenta, en el centro de higiene de la galería de Calarcá, por fin se atrevió a enfrentar al profesional de bata blanca y negros vaticinios. Fue extemporánea su consulta: el estado de su muela rebasaba lo normal. Se imponía un examen de cancerología. Fue una carrera contra el tiempo, contra sus terrores y negligencias, cuando ya la vida comenzó a escapársele kilo a kilo.

Refiere Fernando Rodríguez, bogotano él, al final convertido en el mejor y leal amigo de quien fuera su maestro y segunda voz, que un 3 de junio de 2000, finiquitando su canto vital, a manera de coda, pidió la guitarra que sus fuerzas ausentes habían relegado a un armario. Cuenta Fernando que los pacientes de la Clínica lo oyeron cantar Sur, de Homero Manzi y Pichuco Troilo: Las calles y las lunas suburbanas y tu amor en la ventana, todo ha muerto, ya lo sé.

Guillermo vivió austero y solo durante treinta años en Bogotá. Como amigos y hermanos de leche por obra y gracia de la música que nos amamantó décadas y décadas, nunca tuvimos noticia de la existencia de algún hijo suyo. Fuimos testigos, cómplices y confidentes de algunas de sus aventuras. En sus frecuentes regresiones humorísticas al Calarcá de sus nostalgias, su hogar con los siete hermanos, a Bataclán, a la barra Veneno, solía desenterrar a una muchacha a quien todos llamaban La ratona, con quien confesó haber botado la cachucha, un rito que tenía más de temor adolescente que de erotismo. No fue Guillermo mujeriego. Como tantos músicos, escondió su timidez tras su instrumento. Hizo de su guitarra un escudo contra las penas íntimas, incurables, hondas y lejanas.

Siempre soñó con volver a Calarcá. Y lo hizo, por unas horas, el tiempo suficiente para asistir al entierro de doña Encarnación, su mamá, en el año 79. Pero, igual que el Gardel que retorna con la frente marchita, siempre sintió pánico: tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida. Y en su pasado, doloroso, cercano, estaba la presencia recurrente, provocadora, letal, de los amigos y el alcohol. Siempre el alcohol. Por eso, en dos ocasiones incumplió el contrato en que se obligaba a tocar en Calarcá, durante las fiestas de junio. En una de ellas fue preciso que el grupo vinculara a un cantante argentino de la noche a la mañana, y reenganchara a uno de los mejores ejecutantes de guitarra eléctrica. Tal era su capacidad, que se requirieron dos músicos para reemplazarlo, a medias, porque su voz era única, plena e irrepetible.

En lo personal, aunque los tiempos cambiaron y la pobreza nos carcoma, como músico que no he podido dejar de ser, a manera de herencia me dejó Guillermo la capacidad de reírme de mis propias miserias a través de una canción. Muchas de sus frases, dichos, apuntes y chispazos, desde siempre hacen parte de nuestro léxico coloquial. Es algo que trascendió a nuestros hijos y a quienes lo conocieron. Con seguridad alcanzarán a legarse a nuestros nietos.

Y, desde luego, Guillermo nos dejó a todos el reiterado recuerdo de noches y más noches signadas de bohemia, bolero, bambuco, tango, ilusiones y sinsabores.