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CALARCÁ PARA LEER

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ANTES DE QUE SE VUELVA HIELO LA PALABRA

Calarcá para leerPor Esperanza Jaramillo García

MI TESTIMONIO

Son las cinco de la tarde de un día lluvioso de junio, estoy en Puerto Claro, mi casa, que mira un valle de verdes entrelazados. Clorofila esparcida en luz de colores. No alcanzo a ver el río, pero sé dónde corre su canto. Lo pintan en el cielo, al atardecer, con encajes blancos las garzas. Estoy en el tiempo apacible de cultivar rosas y deleitarme con el vuelo palpitante de los colibríes. Mientras ordeno mis ideas, Cicerón, mi perro labrador, me observa, sabe que navegaré mar adentro y esta barca se hará agua de astros y de peces.

Debo llenar estas páginas con recuerdos, escribirlas con el lápiz azul de la nostalgia; debo hablar de Calarcá y de las vivencias que parecen fugarse por los costados del tiempo.

Corría el año de 1960 cuando mi familia se trasladó a Calarcá. Era yo una niña, dejaba a Manizales, mi ciudad natal, la casa de los abuelos, las mañanas plateadas por un sol de invierno. La urdimbre que tejía mi universo. Ignoraba dónde quedaba esa población. La mudanza, todo cuanto significaba el cambio me parecía una aventura extraordinaria.

Hoy, entre la niebla, recojo recuerdos, como pañuelos de seda la brisa y me veo viajando en un tren de Pereira a Armenia, medio que era más cómodo, puesto que en aquel entonces la carretera entre estas dos ciudades no estaba pavimentada. Yo vestía un traje de puntos y traía una cartera roja apretada al pecho. Aún tengo presente el alborozo de los vendedores, el olor a carbón y los latidos cansados de la locomotora.

Llegué a Calarcá un día de agosto, de pleno verano; el viento hacía una fiesta de guayacanes amarillos y rosados en el parque. El pueblo era armónico con sus viviendas de colores y sus artesonados embelleciendo las puertas y las ventanas. Había un aroma dulce en el ambiente. Durante muchos años vivimos en una casa cerca a la iglesia de San José, convertida en la actualidad, en el Hotel Casa Grande. Una vivienda que sollozaba en las noches, que guardaba en sus maderas el canto de pájaros dormidos. Cómo no hablar del templo principal, era hermoso, con inmensas columnas y un púlpito que parecía deslizarse con suavidad hasta permitirle al sacerdote quedar ubicado en la mitad de la feligresía. Las lámparas de murano tenían trozos de estrellas incrustadas en sus cristales.

En Manizales estudiaba en el Colegio Montesory, uno de los mejores de la ciudad. Un bus pintado de rojo y blanco me recogía en las mañanas. Me trataban con especial consideración porque cada año, mi abuela Blanca lsaza y mi madre, me matriculaban recordándole a la rectora que me había dado meningitis cuando era bebé y que por lo tanto no podían esperar de mí un rendimiento sobresaliente, ni mucho menos ser muy estrictos. Siempre he creído que de no haber cambiado de domicilio, mi destino hubiera sido, algo así, como de retardada mental, vestida con una bata blanca y deshojando la vida sin saberlo; existiendo como la ostra en la oscuridad de su laberinto. A pesar de que esta recomendación la hacían en voz baja, siempre la escuché y obtuve provecho de la situación.

En Calarcá ingresé al colegio San José, nunca había estudiado con monjas, ese ambiente conventual me llenó de tristeza y me rehusé a regresar. Me matricularon entonces en la escuela Uribe, un lugar lleno de geranios y novios, de pisos relucientes que cuidábamos con esmero. La alegría eran buganvillas anaranjadas que se enredaban en las columnas en su pretensión de tocar el cielo. Allí aprendí a amar mi patria. Mientras hacíamos fila en aquel inmenso patio de tierra y una oleada de polvo envolvía las dos de la tarde, cantábamos las tonadas campesinas que me hicieron aferrar a esta tierra. Mis maestras fueron Carlotica Gutiérrez y doña Belén Beltrán, quienes muchos años después les enseñarían a leer a mis hijos. Allí conocí también a dos amigas entrañables que me han acompañado a lo largo de la vida: Elizabeth Herrera Iza y Olga Lucía Jordán. Cursé el bachillerato en el Instituto Calarcá, en las instalaciones antiguas; los años se fugaron dóciles como el humo de las hogueras y de pronto llegué a la adolescencia. Las primeras inquietudes sobre el amor surgieron en esa época. Las niñas, a esa edad, éramos muy ingenuas; dar un paseo por la Calle Real para intercambiar miradas con los estudiantes del colegio Robledo, constituía la mayor osadía. Los fines de semana íbamos a la fuente de soda El Paraíso, de igual manera al antiguo Club Quindío, a cuyos bailes teníamos que acudir en compañía de nuestras madres y bajo su mirada escrutadora transcurría toda la velada.

Me destaqué en mis años escolares por mi predilección por el español y la literatura, participé siempre en los recitales y hacía, por encargo de mis compañeras, acrósticos y cartas de amor que sellaron algunos romances por largo tiempo. Terminado el bachillerato regresé a Manizales, a la casa de los abuelos, fui a la universidad. Cuatro años más tarde me ubiqué nuevamente en Calarcá, me casé, vivimos en el barrio El Cacique, allí nacieron mis dos hijos Juan José y Felipe Andrés. Durante siete años fui catedrática de la Universidad del Quindío, enseñaba inglés.

En 1979 el gobernador Mario Gómez Ramírez me nombró alcaldesa, mi espíritu cívico me había llevado a participar en muchas actividades en beneficio de la comunidad. Me pareció que me ofrecía la oportunidad de servir; sin embargo contrario a mi actitud desprevenida, mi nombre suscitó una gran controversia política. Fui víctima de insultos y desaires por parte de muchas personas que tenían intereses partidistas, de tal manera que decidí declinar dicha distinción. Recibí también el apoyo de muchos amigos, quienes llenaron mi casa de flores. Tomé la decisión de escribir una carta pública para agradecer los gestos de solidaridad. Un periodista que se había declarado enemigo acérrimo, a quien escasamente le conocía el nombre, manifestó en un noticiero que esa misiva la había escrito mi padre. Me dolió el hecho de que me considerara incapaz de expresar mis sentimientos en forma correcta. Me dije entonces: si cree el mencionado señor, que no soy capaz de escribir una carta, voy a producir un libro. Fue así como en unos meses surgió mi primera obra titulada Caminos de la Vida y publicada por la gobernación del departamento. Muchas veces me he preguntado ¿qué hubiera ocurrido de no haber surgido ese comentario malévolo? ¿Cuándo hubiera escrito mi primer libro?

Encontré en las letras un sendero claro y preciso, que ha rescatado mi alma en momentos difíciles y me colma de energía y optimismo. La escritura me hace ver a mí misma como un surco arado por la vida, ya no hay heridas, solo gratitud. Hoy tengo la certeza de que esta lucha infatigable, esta guerra interior al trasluz de la poesía es lumbre.

En ese mismo año fui nombrada como la primera directora de la Casa de la Cultura de Calarcá, una obra concebida y realizada por Lucelly García de Montoya. Permanecí allí por espacio de un año, trabajé con vehemencia y tuve la satisfacción de haber traído a los grupos artísticos más importantes del país.

En razón a esa otra característica de mi personalidad, como líder y gestora de proyectos, encontré plena realización en el sector financiero, permanecí en esta actividad desde 1980 hasta el 2004. En 1980 el Dr. Mario Calderón Rivera, presidente del Banco Central Hipotecario, me invitó para que abriera la oficina en Calarcá. La nueva entidad alcanzó gran prosperidad, cinco años más tarde fue elevada a la categoría de sucursal contando con la autonomía necesaria para la aprobación de solicitudes de crédito por montos importantes, sin tener que acudir a otras instancias.

En virtud de que se acercaba el centenario de la ciudad le solicité al Dr. Calderón la construcción de la sede bancaria como un regalo para conmemorar dicha celebración. De acuerdo con su visión, como rector de la política de desarrollo urbano del país, autorizó la restauración o construcción de una casa que respetara los criterios propios de la arquitectura de la colonización antioqueña. El proyecto fue rechazado durante varios años por el alcalde y el Concejo de la época, quienes medían el progreso por bloques de concreto y deseaban emular con Armenia. La sede fue una realidad en 1988. Debo decirlo con humildad, pero gracias a la visión del Dr. Calderón, fui la primera persona en el Quindío que asumió la defensa de nuestro patrimonio arquitectónico, habiendo sido objeto de agravios y anónimos; muy pocos ciudadanos me acompañaron en ese tiempo. Hasta entonces los ejemplos de dicha arquitectura eran menospreciados. Para apoyar dicha labor el Banco inició una investigación sobre el legado arquitectónico de la colonización antioqueña y publicó cinco libros en gran formato con investigaciones realizadas por el arquitecto Néstor Tobón Botero y fotografías de Olga Lucía Jordán. La casa del Banco Central Hipotecario que estuvo abandonada durante muchos años y en cuyas instalaciones está ubicada hoy la alcaldía de la ciudad, fue diseñada por arquitectos de la institución y su supervisión local estuvo a cargo del arquitecto Enrique Barros Vélez. La sede fue dotada con obras de arte alusivas a nuestro devenir y con un archivo histórico de Calarcá cien años. El proyecto tuvo relevancia nacional en el diario El Tiempo y en las revistas de urbanismo. Así mismo, realizamos foros en las universidades locales y se imprimió un afiche alegórico. Fue una obra pensada desde la poesía. En 1988 fui autorizada para darle apertura a una agencia en Caicedonia, Valle, la cual obtuvo gran éxito y fortaleció a la empresa matriz de Calarcá. El Banco Central Hipotecario le obsequió a ambos municipios —Calarcá y Caicedonia— el Plan de Desarrollo Urbano.

Una mañana de 1990, mientras sentía caer el agua al espejo desde el cual se erguían tres guaduas en bronce, en el lugar destinado para la atención del público, tuve la certeza de haber concluido mi labor. Había llegado el momento de partir y acepté la invitación para gerenciar el Banco Industrial Colombiano en Armenia. En 1991 fui trasladada a Bogotá, trabajé después para Bancafé, tuve a mi cargo oficinas muy importantes y durante los últimos nueve años de mi gestión me desempeñé como Gerente de Cuenta de la Banca Empresarial. Mi actividad me dio la oportunidad de educar a mis hijos, de servir y de aprender. Obtuve muchos premios y distinciones a nivel nacional.

Durante esos años de arduo trabajo fui escritora de fin de semana, pero siempre estuvo viva la llama. El Banco Central Hipotecario me publicó mi segundo libro titulado Testimonio de la Ilusión y la Asociación de Empleados de Bancafé hizo posible la edición de la novela El Brazalete de las Ausencias y los Sueños. Tengo para publicar un poemario titulado Abecedario del Viento.

LA POESÍA: UN APRENDIZAJE DEL CORAZÓN

Estas reflexiones en torno a mis vivencias y a Calarcá, me hacen comprender hoy más que nunca que la poesía es para vivirla, para aplicarla, para comunicar lo incomunicable. Es una urgencia imperiosa del corazón. Está en todas partes, es como la luz y el aire. Surge de la necesidad de nombrar la belleza y el dolor. Nos permite recoger las emociones que van quedando en los resquicios de la vida. Logra decir cuánto mantiene en sigilo nuestra existencia.

Cuentan que en la primera versión del Festival Internacional de Teatro estuvo en Manizales, en 1968, Pablo Neruda, a quien el escritor José Naranjo le preguntó: ¿Cree usted que la poesía del mundo hispánico pueda regresar en los años finales de este siglo (XX) a las formas métricas tradicionales? Neruda le contestó: Volverá y cambiará de nuevo... Poesía: si no vas y vuelves, si no te extravías y vuelves al camino y vuelves a extraviarte, ¡te mueres!

El arte es como la vida, un proceso de cambio, de regreso, de audacia. Es una búsqueda permanente, incesante, que nunca se satisface.

Parecería inoficiosa la poesía en estos tiempos de guerra y miseria. Pero, me pregunto: ¿Qué sería de los espíritus sensibles sin tener la palabra para refugiarse, sin tener ese visillo que permite adivinar el paso devastador del tiempo y de la iniquidad?

Hay poesía en todos los actos simples de la vida. En un vaso que el agua dibuja, en una nube de incienso que perfuma el aire... La poesía es y queda, se la lleva la lluvia, vuelve con el viento. Se apaga en las noches oscuras y regresa al alba de la casa. Dice de la supervivencia del hombre en un mundo despiadado. No muere porque busca el eco de otra alma. Reescribe aquello que la memoria va dejando como en una dulce nebulosa.

Mario Benedetti dice en un hermoso poema: Cantamos porque llueve sobre el surco/ y somos militantes de la vida/ y porque no podemos ni queremos/ dejar que la canción se haga ceniza.

Con el paso de los años depuramos lo vano y lo superfluo y atesoramos el valor de lo mínimo. Encontramos la belleza en lo esencial; de la misma manera en el quehacer poético aprendemos a reflejar nuestra alma con las palabras justas, a desprendernos de los adjetivos y las metáforas inútiles. Intuimos que esta manifestación artística debe ser sutil, no se explica, se sugiere porque su destino es inmensurable.

El tiempo continuará su travesía bajo el mismo cielo, con sus hallazgos y sus desamparos, pero la palabra descifrada en un verso dará cuenta de una existencia en el amor y en el desamor, en el sufrimiento y en el gozo. Un día esa palabra, quizás, será desechada, pero alguien la recogerá, valdrá entonces la pena haberla soñado.

La poesía es imagen, es revelación de la psiquis. El poema no dice aquello que es, sino aquello que podría ser. Hoy recuerdo un bello pensamiento oriental: Tú eres mujer, tú eres hombre, tú eres muchacho y también doncella, tú eres el pájaro azul oscuro y el verde de ojos rojos, tú eres las estaciones y los mares... Tú eres lo otro.

La poesía puede ser también lo otro o todo. Gracias a las imágenes, el pensamiento oriental resulta comprensible.

El arte es una forma de decir gracias, de reconocerse mínimo frente a lo sobrenatural e inexplicable. De leer con el corazón la cotidianidad. De decir como Borges: Doy gracias por el fuego/ que nadie puede mirar sin un asombro antiguo.

LA CIUDAD: ALGO MÁS QUE UNA VENTANA AL INFINITO

La ciudad en su conjunto debe ser una ventana abierta a la poesía. Pensada no solo en términos arquitectónicos, sino espirituales. De allí la importancia de la labor que desarrolla en la actualidad el odontólogo Jorge Humberto Guevara Narváez, quien trata de rescatar la imagen del pueblo cálido que muchos conocimos y que hoy añoramos. Es como si se abriera una puerta antes de que llegue el olvido y se vuelvan hielo la memoria y la palabra.

Es preciso volver a nuestros orígenes, a nuestras fuentes para recuperar la historia. La ciudad no surge como un hecho aislado, ajeno a sus habitantes. Es el reflejo de la espiritualidad de sus moradores, de su manera de interpretar el mundo, es su sello. De allí la responsabilidad de los gobernantes, de quienes definen las políticas de desarrollo urbano. Para planear el desarrollo es preciso medir la vocación del pueblo, su economía, sus vías de acceso y otra serie de factores que definen su futuro como gran ciudad, intermedia o pequeña, pero amable. Importante siempre cualquiera que sea su alcance, pero auténtica en la medida en que sepa conservar sus valores.

El ser humano es esencialmente espiritual y temporal, como tal experimenta la urgencia de entrar en contacto con la naturaleza, así sea de manera visual. El lenguaje surge de esa necesidad de nombrar el entorno y de entender las islas que llevamos por dentro. De tocar la luna con la palabra, de denominar los objetos sencillos. De decir: tierra, casa...

El hombre en su calidad amorosa expresa estados del alma, reconoce el fuego como timonel de la subsistencia y como inspiración. Se reconoce vivo en la verdad, en la emoción de encontrar sentido. Capaz de crear, de gozar del arte. De evidenciar que hay sueños y caminos y lugares que cuentan nuestra historia de espejos sucesivos. Se sorprende cuando descubre que su imaginación es anterior a la memoria y que es energía derramada en halos violeta que trasciende su yo y su ahora.

Ese ser psíquico buscó cobijo, desde tiempos inmemoriales, era preciso resguardarse de las tormentas, pero estar allí frente al milagro. Tener una sombra íntima y revelar su unicidad y su autenticidad. Saber que en el tejado de su hogar comienza el cielo y que su casa es la concha tibia que lo protege y canta su mar.

Los pobladores de esta región que, en su arduo peregrinaje tuvieron por techumbre los árboles y las estrellas, construyeron sus casas en torno a un patio y las rodearon de ventanas para que la naturaleza las invadiera con sus ojos verdes, para recordar sus raíces y dejar que el sol pintara todas las paredes y tendiera los manteles.

Las ventanas se abren para que la luz se mire en los muros y abrigue las maderas. Tienen pequeños bosques en sus células y rumor de riachuelos y colmenas; nos acercan a nuestros vínculos sagrados con la tierra. Desde sus marcos alegres la morada se convierte en un turpial que reclama la libertad y sueña.

Algunos de nosotros, desde la penumbra recordamos que tuvimos una casa de maderas aromadas con ventanas que se abrían a las seis de la mañana. Una casa para contemplar la cinta violeta de las montañas y olvidar los temores.

CALARCÁ

Un pueblo
habita en un recodo
de mi infancia.

Tenía una plaza
sombreada de gualandayes
y un aroma a melaza
y a café.

Las casas
parecían recortadas
sobre el paisaje.

Los trinos
se refugiaban
en el alféizar de las puertas
para despertar a los vecinos.

Lo conocí
un día de agosto.

El verano
era una falda de volantes
y una cinta solferina
de albricias.

En una escuela
con patio de tierra
y columnas de geranios
aprendí a amar
estas montañas.

Los soles de agosto
ya se fugaron
en claroscuro
por las rendijas
de esta añoranza
dolorosa
y plácida.