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CALARCÁ, DOS ALCALDES

Calarcá para leerPor Humberto Jaramillo Ángel

Alcaldes, en casi cien años de haber sido fundada Calarcá, ¡ha tenido infinidad! ¡Tantos! Y tan malos. Por fortuna no duran, en ejercicio de sus funciones, en ciudades o pueblos, mucho los alcaldes. Un año, cuando más. Y es demasiado. Claro que en esta plácida villa hubo mandatarios que duraron catorce, cinco, tres y dos años en sus funciones oficiales. Sus nombres, sin embargo, no los recuerda nadie. ¡Y con razón!

De dos de tales alcaldes existen, relacionados con sus labores, curiosos episodios locales y familiares, recuerdos que bien vale la pena dejar, en breves palabras, constancia de ellos. Pero, no es que cuanto hicieron tenga sustancia, en cantidad, como para llenar, con ella, varias páginas o escribir varios capítulos de historia calarqueña.

Uno de ellos se llamó Fernando Villegas. Vivía en Armenia cuando fue nombrado, desde Manizales, alcalde de Calarcá. Alcalde, por supuesto, conservador. Y borracho. Y de un genio, un mal carácter, de todos los diablos juntos. Estaba hecho como de candela. Echaba chispas. Parecía, de pronto, un viejo león enjaulado. O un tigre con hambre. ¡Qué peligroso cancerbero aquel!

Villegas en su calidad de alcalde, fue autoritario. Bravo. Impositivo. Sectario. Colérico y con una invariable necesidad de agredir, mandar, hacerse obedecer, dar órdenes drásticas, secas. Amenazar a la gente y no permitir, a ninguna hora, en cantinas y cafetines, a quienes gustaba jugar billar, tomar licores o hablar en voz alta. Él mismo se encargaba, a menudo, de llevar borrachos, tahúres y trasnochadores, a la cárcel.

Nadie se resistía. El que se la hacía, tarde o temprano se la pagaba. A misa, los domingos, por duro mandato suyo, había que ir. Creyérase o no se creyera en dogmas cristianos. Don Fernando era el alcalde. Y había que acatar sus órdenes. Órdenes suyas eran leyes. ¡Y qué leyes!

No duró mucho tiempo, Villegas, en la alcaldía. Los liberales, y algunos conservadores, más libres que los entecos liberales de entonces, fueron, en comisión, a Manizales y lo hicieron mochar. Este insólito suceso casi le cuesta la vida a Villegas. ¡Murió sin que se hubiera operado, en él, el menor cambio en su peligrosa condición humana!

El otro alcalde fue don Miguel Garrido. Era alto. Seco. Elegante. Sereno. De rostro firme y grave. De nariz fuerte. Grande la boca. Hidalgo en su fino porte de primera autoridad municipal. Reposado en todos sus actos. De los Garridos de Anserma, Caldas. Don Miguel era poeta.

Escribió versos, sonetos, don Miguel. Sonetos dedicados a los héroes de la independencia. A Cervantes. Colón. Don Quijote. Sancho. A los frailes Luis de León y Luis de Granada. Y, ante todo, versos a ciertas figuras femeninas de la Biblia. Era, en esto último, un místico. Y un romántico. Era, mejor, más que un místico, un religioso. De no haber sido civil sino hermano cristiano, o lego capuchino, hubiera alcanzado, sin duda, la santidad.

Don Fernando Villegas, un borracho. Don Miguel Garrido, un poeta. ¡Algo es algo, tratándose de dos viejos alcaldes de pueblo!