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LA DESESPERACIÓN COMO FILOSOFÍA

Calarcá para leerPor Noel Estrada Roldán

Con ambición Wagneriana, llamando a los héroes y a los poetas para que ejemplifiquen sus ideas, asentadas sus teorías sobre la muerte, con la nada como porvenir y con los límites no como un manadero de belleza, sino como un pecado, la filosofía de Heidegger se yergue en nuestro tiempo como la construcción más poderosa y representativa del pesimismo moderno. Subyugadora de trágico elan, férreamente, organizada en sistema y con la contradicción como eje de sus arrebatos metafísicos, esta doctrina aparece como uno de los ejemplos más fascinantes de la locura de nuestros días. Lo que en Wagner era rapto, con la muerte en el centro de los éxtasis de amor, lo que en Nietzsche era jactancia negadora, intuiciones poéticas de la soberbia humana, más alta que los astros, en Heidegger es una estructura filosófica terrible y magna donde el hombre sin Dios y sin esperanza solo tiene conciencia de estar arrojado en un mundo que le es extraño y marchar, como su único fin esencial y auténtico hacia una nada disuelta en la muerte absoluta. ¿Cómo se ha podido hablar con objetivo desinterés de este libro y aún tener vigencia y curso en el pensamiento filosófico de nuestros días sin suscitar una condenación inexorable sobre esas teorías donde se yergue como ideal humano la más sombría desesperación? Un lenguaje sibilino y una traducción española cuya falta de imaginación detienen en el umbral de sus páginas a muchos estudiosos, han impedido afortunadamente su divulgación. La flexibilidad del idioma alemán para crear las palabras que se ajusten al sesgo del pensamiento la ha utilizado Heidegger para formar una nomenclatura cuyas precisiones conceptuales le permiten unir en un vocablo referencias ontológicas diversas. Cada palabra es una verdadera selva de conexiones verbales. Y frente a la seducción poemática de las teorías Nietzschanas, las de Heidegger con su brutal corrosión de todas las trascendencias y anhelos de belleza y de espiritualismo, quedan encerradas en la dificultad de su comprensión. Porque hay que proclamar que desde que existe el pensamiento humano sobre la tierra, es esta la doctrina más específicamente, más consustanciada con todas las posibilidades de aniquilamiento. Estamos en el mundo, según Heidegger, como en el seno de todas las fuerzas destructoras de nuestra personalidad, y como nuestra existencia no es eterna no hay tampoco verdades eternas, esas son elucubraciones que deben figurar entre los restos de la teología cristiana.

Pero donde Heidegger extiende un panorama de aniquilamiento total es en su teoría sobre la muerte. No es la muerte para Heidegger ni un tránsito, ni un accidente inmerecido y ni siquiera el melancólico Hades de los griegos. Sino la finalidad esencial de todo viviente que lleva dentro de sí como una almendra su fenecimiento. El hombre está hecho de la substancia de la muerte. Y es esta muerte distinta en cada criatura, el signo de su autenticidad. Ya Rilke había concebido su teoría de la muerte propia.

Vivimos encerrados en nuestro cadáver. Todo el Universo es contemplado por Heidegger sub especie mortis. No es su nihilismo, ni siquiera el de los nihilistas rusos, como una destructora rebeldía sino el reconocimiento de la nada universal. Cabría ante este panorama de una desolación sin esperanza, propugnar una inacción que a la manera oriental proclamara la impotencia de todo esfuerzo.

No hay en todas estas teorías ni una sombra de amor, ni un juego de compasión ni un acercamiento hacia los demás hombres. Uno de sus postulados es el de la absoluta soledad de las vidas, más tangenciales entre sí que las piedras arrastradas por un río, por ese río de la muerte, que en lugar de henchir de piadosa comprensión ante el final unánime remete a cada criatura en su destino insolidario. No hay ni un acento de bondad en estas páginas sombrías y estoicas como el Laocoonte de las sierpes constreñidoras y asesinas. Falta en toda esta construcción metafísica, arraigada en la desesperación, la presencia de Dios. Esta ausencia lleva consigo no ya la indiferencia del ateo con un descreimiento intrascendente a lo Voltaire, sino una sumersión en la convicción de que El hombre es un Dios caído que se acuerda de los cielos. De aquí el arranque de una creación de la cual se han abolido el proceso de la Redención y todas las posibilidades de felicidad. Esta filosofía donde todas las aberraciones de la desesperación se sancionan con impiadosa y mortal lógica, solo hay un punto asequible a nuestra simpatía y es la conciencia de que la muerte es la aceptación del puesto del hombre en el Cosmos como en la Antropología Filosófica. Con sus concomitancias con el existencialismo ateo de Sartre, entre El Ser y el Tiempo y el Ser y la Nada, queda del terrible balance de que si la muerte convierte la vida en Destino como lo quería Malraux, la muerte humana es la del roedor aplastado por los escombros del absurdo existencial, sin otra salida que la de la Soteriología conceptual.

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