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LA MAGIA Y EL AMOR EN LA CONSERVACIÓN DE LA VIDA

Calarcá para leerPor Alberto Gómez Mejía

Si me pidieran una palabra que compendiara todo lo que el Jardín Botánico del Quindío y su Mariposario representan, escogería magia. La magia en el sentido de encanto, hechizo o atractivo con que una cosa deleita y suspende, conforme a la bella definición del Diccionario de la Lengua. ¿Pueden ustedes imaginar una magia mayor que la de ver un pequeño gusanito, totalmente vegetariano, que devora hojas y hojas de su planta nutricia y que, de un momento a otro, se encierra en una celda que él mismo construye, para salir, al paso de los días, convertido en una mariposa de colores espectaculares, que vuela feliz por los aires? ¿Y que ese misterio, la magia de cómo lo hace, cómo lo empezó a hacer hace muchos millones de años en la historia de la evolución, mucho antes que apareciéramos los hombres, nadie lo sabe, nadie lo ha descifrado y que a nadie se lo han contado?

Hay magia también cuando uno ve esa pequeña mariposita libando el néctar de las flores. Sí, porque la flor tiene un pequeño receptáculo donde guarda dulces, no para ella, sino para las mariposas. Es un regalo de amor que las flores le dan a las mariposas. ¿A cambio de qué?, se preguntarán. A cambio de embadurnarlas de polen para que lo lleven a las otras flores y de esa manera se perpetúe la especie vegetal. La magia, el milagro de la vida así comienza. Las plantas con flores sobreviven en este planeta gracias a los polinizadores. Así empiezan a entenderse las relaciones de amor que existen entre las plantas y los animales. Que es una manera de decir también que la conservación ecológica tiene que ver con la flora y con la fauna y con muchas otras cosas.

¿Y cómo les parece la magia de los hongos que se adhieren a las raíces para facilitarles el proceso de incorporación de nutrientes del suelo? Eso es magia, desde luego. Tales hongos, que se llaman micorrizas, tienen también relaciones de amor con las raíces de los árboles, de los arbustos y de las hierbas. Trabajan en silencio, bajo tierra, invisibles a los ojos humanos, pero contribuyendo a perpetuar la vida. Si la planta pierde sus micorrizas no se desarrollará igual. Ella, en contraprestación amorosa, le permite al hongo vivir de su materia. También están enamorados.

Pero mencionamos el suelo, donde se sustenta toda la magia de la creación. Porque los suelos también viven. Los suelos se forman con la materia orgánica y con la pudrición de las piedras. ¿La pudrición de las piedras? Estamos hablando de magia, de la historia increíble de materiales que provienen del magma hirviente de las profundidades de la tierra y que van aflorando, porque también este planeta está vivo, permaneciendo y cambiando al mismo tiempo. Esas rocas, que es magma enfriado, ayudan a formar los suelos y hacen parte así del engranaje total de la vida. Por eso incluimos la docencia sobre la historia natural del planeta y de estas montañas portentosas en las que se asentó una diversidad biológica verdaderamente asombrosa, así como la relación entre los suelos y los seres vivos.

¿Y qué tal la magia del agua? Ya un escritor inglés, había dicho que el agua se mueve porque está encantada. ¡Claro que está encantada! En esta vertiente de los Andes del Quindío, como nos gusta llamar a nuestra tierra, llueve más que en las laderas del oriente. Y esa lluvia hace que la diversidad biológica sea mayor. El agua hace que la vida se multiplique. Sin agua no tendríamos vida. ¿Qué tiene el agua que hace todo esto? ¿Quieren más magia?

Entenderán ahora por qué todo lo que hacemos es enseñar a amar la vida. A amar las manifestaciones de la vida. A amar la magia de la vida. A tratar de descifrar todos estos misterios. A contarlos a los niños, para que nunca pierdan su capacidad de asombrarse. Si un hombre ama la vida, si un hombre ama, tendremos en él, esperanza. Todos sabemos cuánta magia y cuánto misterio hay en el amor. Nunca entenderemos sus designios inescrutables. Nos aproximamos, muy humildes, a la fascinación de la vida, de su diversidad asombrosa, de sus procesos que casi rayan en la fantasía, pero que son reales.

De aquí nace precisamente la fuerza interior de estar vivos, de sentirnos vivos, de saber que somos útiles para que la vida continúe, para que las relaciones de amor de la naturaleza no se detengan, no se envilezcan y no se destruyan. Entenderán también por qué todos quienes hemos estado vinculados a este sueño, tenemos dosis enormes de locura y de amor.

Si me volvieran a preguntar por una palabra que compendiara el Jardín Botánico del Quindío y el Mariposario, escogería: amor.

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