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CALARCÁ PARA LEER

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LA SANGRE AZUL DE DON JUAN PABLO

Calarcá para leerPor John Jaramillo Ramírez

El empobrecimiento de las tierras antioqueñas, las múltiples guerras que azotaron nuestro país a todo lo largo y ancho del siglo XIX, cuando en los pueblos de Antioquia, al solo hecho de oír redoblar un tambor y vibrar un clarín se sabía que era la proclama de una nueva campaña bélica y había que correr a esconder los hijos mayores en los zarzos para evitar que los reclutaran en las levas forzosas, a poner a salvo las pocas bestias y reses antes de que las decomisaran para los ejércitos que se estaban formando, a conseguir dinero como fuera para pagar las contribuciones obligatorias y el saber que si eran derrotados vendrían nuevos compartos y muchas veces la expropiación del pequeño pegujal, que remataban por centavos los vencedores, fueron la causa de que muchos liberales antioqueños decidieran abandonar sus breñas nativas y buscar nuevos horizontes en las feraces tierras del Quindío, continuando con esa epopeya de titanes iniciada desde los albores del siglo XIX y que se llamó la colonización antioqueña.

Habiendo evitado ser reclutado en la guerra de 1876, una guerra que en Antioquia fue preconizada desde los púlpitos como santa, donde los soldados marcharon hacia el campo de batalla armados de palos y escapularios; una guerra que tuvo su propio profeta, un albino de La Ceja, Luis Ángel Villegas, a quien apodaban Mi Dios y que vestido de túnica nazarena y sandalias, con su pálida y larga cabellera peinada en bucles por las beatas conservadoras más recalcitrantes, llegaba a todos los pueblos a inflamar el espíritu bélico y a dirigir las preces a Santa Elena, rogándole la victoria en una novena de su invención que decía en los gozos:

Dadnos el triunfo completo
De la Cruz del Redentor;

Habiéndole sacado el cuerpo a la revolución clerical de 1879 y a las guerras del 85 y del 94, pero agobiado por contribuciones forzosas que habían reducido a nada su modesto capital, decide venir a sentar sus reales en Calarcá don Juan Pablo Arango Gutiérrez, nacido en La Ceja del Tambo el 11 de mayo de 1856 y bautizado con los nombres de Juan Pablo Mamerto.

Don Juan Pablo se había radicado en La Unión, donde contrajo matrimonio con Eduarda Londoño González, parienta del Coronel Rafael Londoño Marulanda, combatiente con las huestes liberales en Los Chancos y La Humareda, del Coronel Miguel Londoño Marulanda, muerto en la batalla de Cascajo al lado del Presidente de Antioquia, Pascual Bravo Echeverri, del cual era Jefe de Estado Mayor, frente a los ejércitos conservadores que comandaba su tío el General Cosme Marulanda González; de Gregorio Gutiérrez González, el cantor de Aures y del maíz, y de Juan de Dios Aranzazu González, dueño de la famosa concesión que llevaba su apellido y presidente de Colombia durante un breve período.

Una madrugada, a mediados de 1899, cuando la niebla se enredaba en los raquíticos árboles de la plaza de La Unión y las campanas llamaban a la feligresía a la misa de cinco, con los baúles y hatillos que contenían todas sus pertenencias bien asegurados sobre las mulas que por el viejo camino del Arma habrían de conducirlos hasta el Quindío, parten don Juan Pablo y misiá Eduardita en compañía de su prole.

Era aquel un viejo grandote y malencarado, mandón y atrabiliario, aguardientero y buscapleitos, tanto que alguna vez don Julián Trujillo, en el puente de Balboa, le asestó tremendo navajazo y que adornaba la vinagrera de su cara con unos bigotes a lo Bismarck que resaltaban sobre su piel bastante morena. —La tinta del Gutiérrez que decían las abuelas—.

Ella, pequeñita, blanquísima, tenía la apariencia y la fragilidad de las muñecas de porcelana que vendía doña María Josefa Pardo en su almacén de Medellín.

Siete fueron sus hijos. Dos hombres, Ricardo y Jesús, y cinco mujeres: Elena, que se quedó soltera, una de las primeras modistas de alta costura que hubo en Calarcá —si se puede llamar alta costura el coser en máquina Singer de manubrio y con hilo de carreta blanco o negro, pues los tubinos de colores no existían—, dueña de una gigantesca colección de novenas, donde aparecían rezos a todos los santos que figuran en el santoral católico y a muchos más que ni siquiera conocían en el cielo, las que guardaba en tres tarros cuadrados inmensos, esos donde venían las galletas de soda de la Nacional Biscuit Co., que todas las parturientas consumían en su dieta y que por aquello de los genes del Londoño, mantenía en la punta de la lengua un pipo para lanzárselo al primero que se atravesara; Florentina, casada en 1906 con Juan Bautista Jaramillo Jaramillo y quien por aquel entonces, después de haber emigrado desde Abejorral a Pereira, andaba en compañía de su hermano José y sus padres, Juan Crisóstomo Jaramillo Uribe y Florentina Jaramillo Restrepo abriendo y montando las tierras que hoy conocemos como La Albania; Emilia, quien en 1909 contrajo matrimonio con José Antonio Jaramillo Gutiérrez, un jayanazo que descuajaba montañas en la cordillera central, dotado de tal fuerza que no tenía inconveniente en acomodar dos árboles derribados bajo sus axilas para arrastrarlos y que un día de mercado en Pijao, resolvió descerrajarse un tiro en el cuarto de un hotelucho; Carmen, que muchos años después de haber doblado el Cabo de la Buena Esperanza y cuando todo el mundo ya la había declarado solterona, San Antonio de Padua le hizo el milagro, encontrando el amor en los brazos de un viudo, Jesús Antonio Maya Hurtado, y por último, Laura, dueña de los ojos verdes más bellos y luminosos que hicieron suspirar a muchos calarqueños, que se sintieron derrotados cuando Jesús Jaramillo Castaño logró llevarla hasta el altar.

También en la segunda mitad del siglo XIX llegó hasta Marmato procedente de Inglaterra y atraído por la fama de sus minas de oro, mister William Norris. Allí ejerció como médico empírico, atendió su botica, se convirtió en don Guillermo Norris y se casó con Adelina Orta, una mulata de cuerpo cimbreante. Cualquier día empacó su botica, lió sus bártulos y con su mujer y sus seis hijos vino a anidar bajo el alero calarqueño, donde se destacó por su cultura, don de gentes, bonhomía y elegancia. No muy alto, con la clásica blancura sonrosada de los ingleses, lucía con prestancia una bien cuidada barba a la Boulanger —bulanyé decían aquellas viejas adorables que fumaban calillas de Ambalema con la candela para adentro— y que hoy llamamos chivera. Ataviado con trajes de auténtico paño inglés, desplegada sobre su chaleco fastuosa leontina adornada con chicharrones de oro que le habían regalado sus pacientes agradecidos de Marmato, leontina que sostenía el reloj de molleja Ferrocarril de Antioquia en caja de oro; gafas de montura dorada y apoyado en un bastón de carey con puño de marfil, cruzaba don Guillermo por las calles del villorrio como un auténtico Petronio.

Por aquellas calendas ya había llegado a ese Calarcá grato y provinciano, procedente de Cartago donde había amasado un buen capital, el turco Felipe Iza, quien abrió su almacén de telas en el marco de la plaza y adquirió en Barcelona una finca, la que bautizó como Playa Rica, encargando de su administración a don Juan Pablo, quien cada ocho días y a lomos de su caballo Rocinante, venía a darle vuelta a la familia y a tomarse sus aguardientes en la tertulia que se formaba en el café Colombina, donde los señores rajaban del gobierno de turno, arreglaban el país, despotricaban del alcalde, el cura, el maestro y el personero y comentaban las últimas novedades parroquiales.

En una de ellas, don Guillermo, para describir el aspecto físico de alguien, manifestó: Y es mucho más negrito que don Juan Pablo. Al oírlo este, se levantó como un energúmeno, aventó lejos el taburete de vaqueta, derramó los aguardientes que estaban sobre la mesa y poseído de mil demonios le replicó:

Vea, don Guillermo. Yo soy descendiente de toda la blanquería antioqueña y tengo forma de comprobárselo. Usted será muy extranjero y muy distinguido, pero sus hijos no, porque si a su suegra le levantan las naguas, le van a encontrar en la nalga la marca de sus antiguos dueños.

Como alma que lleva el diablo, llegó hasta su casa —esquina de la Carrera 27 con Calle 41 en la nomenclatura calarqueña actual—, abrió la cómoda y de un cofre donde Eduardita guardaba las cartas de amor que le había escrito el viejo desde La Ceja en su ya lejano noviazgo, la escritura de la casa y las trece moneditas de oro que habían sido sus arras matrimoniales, las mismas que años más tarde, en 1932, entregaran sus hijas para la defensa nacional en el conflicto con el Perú, extrajo unos papeles que corrió a llevar a la Tipografía Calarcá.

A la semana siguiente les repartía a los parroquianos del Colombina, a los del Neva y el Granada, y a todas las personas conocidas, un folleto titulado Genealogía paterna y materna de don Silverio Arango Uribe, natural y vecino de La Ceja del Tambo, donde daba a la luz pública la investigación que en 1898 había hecho Esmaragdo Mejía, uno de los primeros genealogistas de Antioquia.

Allí se comprobaba que don Silverio y su esposa, Ulpiana Gutiérrez Martínez, padres de don Juan Pablo, eran descendientes de Antonio Valdés de Arango, Martín de Uribe Echavarría, Alonso López de Restrepo, Cristóbal Echeverri Echagüe, Juan Vélez de Rivero, Juan Andrés Botero Bernaví, Ignacio Mejía de Tobar, Félix Ángel de Prado, Diego Álvarez del Pino, Miguel Gutiérrez de Lara, Francisco Martínez y Gutiérrez de la Campa y muchos más, todos cristianos viejos y por cuyas venas no corría ni una gota de sangre morisca o judaica, lo que constituía el timbre de orgullo de mi bisabuelo Juan Pablo, quien, pese a lo atezado de su pellejo, no se dejaba negriar de nadie, así don Guillermo fuera muy británico y presumiera ser descendiente de Sir Henry Norris, el embajador inglés ante la corte francesa de Catalina de Médicis.