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LAS CALLES NUESTRAS DE CADA DÍA

Calarcá para leerPor Carlos Alberto Villegas Uribe

En su Poética del espacio, Gaston Bachelard nos invita a aprender a morar en nosotros mismos. Para Bachelard, el ejercicio del topoanálisis, que considera fenomenología pura, consiste en la visita a esas imágenes sencillas que de alguna manera nos devuelven al espacio feliz de nuestro ser profundo. Por tal razón la mayoría de sus topoanálisis circulan en torno a la casa y sus espacios.

La casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz. La casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos. Sin ella, el hombre sería un ser disperso. Lo sostiene a través de las tormentas del cielo y de las tormentas de la vida, es cuerpo y alma. Es el primer mundo del ser humano. El ser es de inmediato un valor. La vida empieza bien, empieza encerrada, protegida, toda tibia en el regazo de una casa. 1

Incluso cuando analiza el cajón, los cofres, los armarios, los rincones, las miniaturas, las inmensidades íntimas y otras redondeces, las imágenes están allí como arquetipo de nuestra casa personal. Él encuentra en cada uno de los objetos una explicación profunda de nuestra psicología, de nuestra historia filogenética que nos brinda sentido como especie.

El presente ensayo sobre narrativas mediáticas transpola las bondades del topoanálisis bachelardiano para extender su juego simbólico profundo a las calles, escenario cultural y social de comunicación humana donde nos construimos como sujetos gracias al otro como referente.

En este ensayo de imaginación activa, mis múltiples yo construidos, queremos apostarle a la posibilidad de revisitar nuestras calles como una forma de brindarle especificidad a una historia personal y colectiva e instaurar una metodología para recuperar, en los tiempos de la no ciudad 2, las narrativas vitales que nos afirman como sujetos. Una historia que tiene situaciones y nombres propios. Un ejercicio para contrarrestar, en esta época vertiginosa, las fisuras crecientes en la subjetividad gregaria que nos caracteriza como especie. Una reflexión y un juego de la memoria para volver a poner en valor humano, como lo sugiere Bachelard, los espacios de posesión, los espacios defendidos contra fuerzas adversas del olvido; espacios amados por todo aquello que nos brindaron en la tarea de construirnos como personas.

A los espacios cuya protección que puede ser positiva se adhieren también valores imaginados, y dichos valores son muy pronto valores dominantes. Porque un espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es vivido. Y es vivido, no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación. 3

Por ello, iniciaremos por problematizar la calle como un espacio en vías de extinción debido a la pérdida progresiva de peso específico por parte del ciudadano de principios de milenio, que la habita más desde las realidades diseñadas por los medios que como escenarios de intersubjetividades.

En el mundo contemporáneo, según Jesús Martín Barbero, las calles dejaron de ser punto de encuentro para convertirse en avenidas donde fluye la información, circuitos de circulación que nos encierran cada vez más en guetos particulares, cinturones de asfalto que profundizan las fisuras de la modernidad en procesos acelerados de descentramiento y desencuentros. 4

A esta situación se suma la negación de la memoria, de la historia personal o la conversión de la misma en una narrativa banal por los mecanismos tecnodiscursivos de los medios, tan solo para incrementar ratings, como en los recientes formatos televisivos denominados reality. Una memoria instrumentalizada por los medios para alimentar consumidores y relegada para la formación de ciudadanos a través de procesos en formación de cultura política democrática.

Como lo afirma la argentina Eva da Porta, magíster en educación y comunicación:

Los medios generan sus propias memorias al instalar en la esfera de lo público y lo actual relatos del pasado fuertemente condicionados por sus rasgos tecnodiscursivos. Estos dispositivos de memoria son antes que nada empresas privadas que se rigen por una lógica de funcionamiento comercial y que, más allá de la pretendida estrategia de objetividad que parece guiarlas, es posible identificar, sin demasiada sutileza, con determinados lineamientos político-ideológicos. Los medios como espacio de memoria, como archivos de lo social prefiguran los imaginarios de lo memorable no solo por la selección temática que hacen de los acontecimientos que merecen ser recordados, sino también por el modo en que esas memorias son narradas y por las lógicas de interés que las regulan. Al respecto A. Mattelart señala: Con el desarrollo del ciberespacio global se plantea la cuestión de la modelización del conocimiento por una sociedad hegemónica, con el riesgo de realización de un recorte selectivo con respecto a su propia memoria colectiva. (Mattelart, A.1999: 120). En tal sentido, el autor plantea la tensión que produce en el espacio público la instauración de la empresa privada y de la lógica de mercado como un actor preponderante que define las reglas generales de gestión de los asuntos públicos. Esas reglas son básicamente enunciativas y retóricas, definen quiénes pueden hablar, en qué espacios y tiempos y de qué modo pueden hacerlo acerca de los asuntos de orden público. 5

De acuerdo con Barbero, la paradoja entre la inmaterialidad comunicativa y la realidad, hace evidente sin embargo que nuestro mundo está a punto de naufragar bajo el peso y el espesor de los desechos acumulados de toda naturaleza. 6

No obstante, afirmamos nosotros, la tecnología llegó para quedarse como una extensión irreversible de nuestros sentidos, de nuestra nueva y aún no asimilada condición de tecno-especie. Somos seres mediados. Los acumulados representacionales de la ciencia y sus infinitas aplicaciones al mundo del homo sapiens, nos han convertido en un nuevo ser, en una nueva especie incapaz ahora de sobrevivir colectivamente sin los beneficios de sus máquinas, de su cultura.

Pero a pesar de esta certeza, para muchos ineludible, debemos encontrar otras formas de relación con nuestro propio desarrollo, que nos permita equilibrar las avasallantes demandas de la racionalidad tecnológica, de sus ritmos exponenciales, de sus lenguajes excluyentes.

Como lo señala el autor del libro De los medios a las mediaciones, una de las obras paradigmáticas de las ciencias sociales en Latinoamérica en la década de los noventas:

De hecho, lo que está sucediendo es que la propia presión tecnológica está suscitando la necesidad de encontrar y desarrollar otras racionalidades, otros ritmos de vida y de relaciones, tanto con los objetos como con las personas, en las que la recuperación de la densidad física y el espesor sensorial son el valor primordial. 7

Y esa es la aspiración de este ejercicio de pensamiento imaginativo: posibilitar otras rutas, otros sentidos del encuentro con nuestra interioridad para revalorizar la memoria, la intersubjetividad, el peso específico de nuestra historia personal en un mundo que promueve la fragmentación, imposibilita el encuentro y niega la irreductibilidad del ser.

LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA COLECTIVA. UNA NARRATIVA VITAL CON NOMBRES PROPIOS

La historia de Las calles nuestras de cada día, esa especie en vías de extinción, perdón, ese espacio en vías de extinción, empieza un 25 de enero de 1999, cuando un terremoto sacudió al eje cafetero.

Ese día, los adoradores de la modernidad a ultranza, encontraron muchas razones —y una oportunidad singular— para derribar las casas amplias y acogedoras, levantadas en guadua y bahareque, legadas por sus ancestros como una materialización de sus anhelos. Ese día los tecnócratas indolentes acudieron a los decretos para echar por tierra monumentos históricos que los conectaba con su más remoto pasado. Por esa época, con el apoyo de arquitectos, antropólogos y gestores culturales, propusimos desde la Filial de Monumentos, capítulo Quindío un proyecto de sensibilización de la comunidad hacia la apropiación del patrimonio cultural.

Desarrollamos diversas estrategias mediáticas para poner en valor humano un paisaje arquitectónico y cultural que se desmoronaba, más por la insensibilidad de los afectados por el terremoto, que por los registros en la escala de Ritcher.

Con la dirección ejecutiva de la Directora del Museo Quimbaya, Martha Lucía Usaquén, diseñamos y pusimos en marcha propuestas lúdicas de apropiación patrimonial como un sentido profundo para reafirmar la identidad como principio de unidad y para valorar las diferencias como expresión de multiculturalidad.

Recuerdo especialmente un conversatorio realizado en el municipio de Salento, donde la comunidad puso en valor patrimonial, las Piedras del Molino, dos enormes monumentos utilitarios que contaban la inicial vocación agrícola de su territorio. Los conversatorios, ese intercambio de vivencias en torno a la historia colectiva, se convirtieron entonces en una metodología eficaz para hacer densa la memoria, para colocar los hitos que jalonaran los valores colectivos e hicieran real el patrimonio a través de las significaciones intercambiadas, concertadas, reafirmadas.

Recuerdo también el Seminario permanente sobre turismo cultural y apropiación de patrimonio. Allí, entre las teorías del multiculturalismo de Alan Touraine y las miradas híbridas de Canclini, floreció La Calle Fusa, salvada para la memoria por el anecdotario que el escritor Rodolfo Jaramillo Ángel le había legado a Calarcá, su tierra natal. 8

Hace pocos meses, Elsa Victoria Gallego, Presidenta de la Sociedad de Arquitectos del Quindío, volvió a contactarme para que preparara un conversatorio de apropiación patrimonial sobre la Calle Fusa. Sin dudarlo, acepté la propuesta y allí empezó este acto de imaginación activa que bucea en las narrativas vitales para proponer metodologías que pongan en valor el factor humano, restablezcan nexos con la memoria individual y recuperen de manera individual y colectiva hitos para la densificación de los sujetos históricos, bajo la égida del filósofo Gastón Bachelard y de la mano de la fenomenología.

Enfrentarme de nuevo a la historia de mi pueblo me brindó la conciencia de que la Calle Fusa era, en realidad, una calle heredada y sugirió la sospecha de que en nuestra trayectoria vital hemos dejado atrás muchas calles que pueden ser catalogadas y revividas bajo la mirada escrutadora de unas narrativas vitales que se objetivan en los escenarios espacio-temporales de nuestra experiencia individual.

Tenemos la seguridad, como Heráclito, que nadie camina dos veces la misma calle. Esa certeza nos enfrenta con calles innumerables que ningún Funes se atrevería a rememorar. Sin embargo, sí podríamos encontrar las notas características que nos brindaran al menos una serie de categorías de la calle —la imaginación y la razón se buscan y se necesitan— que pudieran ser acotadas, contadas, trabajadas para la memoria, para el recuerdo en nuestra construcción como sujeto, para la recuperación de la densidad física y el espesor sensorial como valores primordiales de los tiempos y espacios compartidos con los otros.

ANTES QUE LAS CALLES FUERAN, ERAN LOS CAMINOS

Pero antes de considerar las calles, una insoslayable digresión de la incorregible y poco ordenada imaginación. El camino viene a la memoria como una premonición de calle. El camino es el espacio de los pasos que intuyen y conquistan futuros. Un anhelo que planta esperanzas bajo otros cielos. Y allí donde dos anhelos se cruzan, los caminos instalan las primeras calles. Vienen entonces las fondas y las casas esquineras. Como lo cantaba el poeta quindiano, Baudilio Montoya, en esas fondas paraban de tarde con sus recuas los arrieros y muchas veces, también, por borracheras y celos, enhiestaron sus machetes Antonio Gil y Luis Cuervo, que eran dos mandacallares en aquellos lances tremendos. 9

A lado y lado de las fondas las casas se extienden con sus representaciones económicas y con sus medidas históricas, en pulgadas, en yardas, en varas, en cuadras, en fanegadas. Pronto las calles han creado escalas sociales y aparecen la plaza y el cura y el alcalde. Es decir, la inequidad se organiza. El camino es el viajero, la calle es el habitante.

Allí surgen entonces las calles físicas, pero son otras las calles que nos interesan, las calles subjetivas, reservorios de presencias que nos constituyen y nos cuentan a lo largo de nuestra historia.

Cuatro son las calles básicas de esas narrativas vitales, con sus matices y bifurcaciones, que pueden ser visitadas, revisitadas y complementadas por próximos viajeros: Las calles heredadas, las calles construidas, las calles anheladas y las calles recreadas.

LAS CALLES HEREDADAS, LEGADOS EN LA INFANCIA

Las calles heredadas. Aquellas que nos pertenecen por vínculos atávicos, pero que no comprometen nuestra piel. Calles que muchas veces se tejen en la intimidad del hogar, hiladas por la voz de nuestros abuelos o nuestros padres. O calles que llegan a nuestros sentidos por la mediación de quienes tienen despierta su conciencia ancestral, su sentido de tiempo y de espacio y su compromiso con la historia local, regional, universal desde su historia personal, particular, privada. Polos de una misma y única historia, la historia de la especie ritualizada.

Sin duda cada lector aportará un dechado de nombres y situaciones de calles heredadas, donde la infancia ensoñada tiene permanentes regresos. Yo aportaré aquí, solo como ejemplos, innecesarios quizás, algunas de mis calles heredadas.

El abuelo Pedronel me heredó la Calle de las Palomas y la Calle Real, dos espacios toponímicos que luego viví como la carrera 23 o la carrera 25, nomenclaturas apenas que no poseían ya la legendaria significación de sus nombres. Calle de las Palomas, en honor a dos mujeres de espléndida belleza, vestidas de blanco, que alegraban desde los balcones de su casa, con los cascabeleos de sus risas, el paso de los agobiados viandantes.

La Calle Real, la calle como espacio de validación social, donde los hombres del pueblo paseaban su bravura en bestias bien enjaezadas, mientras sus miradas saludaban, maliciosos o enamorados, bajo el sombrero de ala ancha que ladeaban a la justa medida de su hombría.

La Calle Fusa, herencia escrita por Rodolfo Jaramillo Ángel, que señala la construcción multiétnica de las tierras quindianas, pero también, objetiva el carácter endogámico y excluyente de una de esas razas que poblaron Calarcá en los tiempos de la caña y el tabaco.

La Calle Fusa, era el espacio designado por los fundadores del poblado para albergar a los rolos —denominación genérica de todo aquel que fuera tolimense, huilense, cundiboyacense, santandereano, es decir que no fuera paisa—.

En su libro Calarcá en Anécdotas, Rodolfo Jaramillo Ángel, señala la presencia de los rolos, como un tono contrapuntístico en la epopeya de la colonización antioqueña, y sin abandonar su sentido de pertenencia, establece en varios de sus escritos humorísticos las diferencias culturales entre las dos etnias, sus costumbres, sus alimentos, sus personajes protagónicos y antagónicos.

Un testimonio del aporte de las razas a la amalgama de una quindianidad que hoy lucha por afirmarse, por abrirse paso en la multiculturalidad colombiana.

Para el jocoso Jaramillo Ángel: La diferencia esencial entre los rolos y los paisas era que los rolos les pegaban a sus mujeres más de lo necesario.

LAS CALLES CONSTRUIDAS: PASO A NUESTROS PASOS

Las calles construidas son aquellas que nos pertenecen porque en ellas involucramos la piel y nos construimos, con el otro, como sujeto.

Un día abandonamos la protección del hogar o de la escuela y empezamos a experimentar la calle no como un concepto ajeno, sino nuestro. Entonces las cosas empiezan a cobrar identidad propia para nosotros y los espacios, referentes de paso, adquieren una presencia auténtica, definida por olores, sabores, colores y circunstancias.

Los nombres de las personas y sus historias se consolidan ante nuestros ojos, cobran vida, ritmo, proyectos propios. Aparecen el par y la gallada y los ojos que miramos y nos miran, la complicidad necesaria para inventar nuestro propio mundo y oponernos al que nos dieron, al que nos impusieron. En ellas tenemos nombres para los otros y los otros recuerdan los nuestros.

La calle entonces es roce de piel con el otro, reconocimiento, validación social de nuestros sueños y anhelos, marcha, toma de conciencia, ideología y consigna, preguntas esenciales y propuestas novedosas. No es imposible ninguno de los Nobel y ninguna razón tiene más razones que las nuestras.

Como un ejemplo significativo de ese encuentro con las calles construidas quiero traer a la memoria de los lectores el pasaje escrito por Gabriel García Márquez sobre la apropiación de Fermina Daza de la calle de sus mayores. Con su habilidad de Scherezada nuestro Nobel nos cuenta cómo la adolescente que había luchado contra la voluntad de su padre regresa de un largo viaje por la Sierra Nevada convertida en una señorita que, seguida de su nana Gala Plácida, navegaba en el desorden de la calle con un ámbito propio y un tiempo distinto. García Márquez nos señala en ese pasaje la diferencia esencial entre la calle heredada y la calle construida al enfatizar que aquella primera salida —aquel encuentro con la calle construida— fue para Fermina Daza una aventura fascinante idealizada en sus sueños de niña. Y encontrándose de alguna manera con la poética de Bachelard nos revela que su protagonista Hizo un recorrido largo y minucioso, sin rumbo pensado, con demoras, que no tenían otro motivo que el deleite sin prisa en el espíritu de las cosas. Y luego un prolijo paseo por las sensaciones que las cosas producen en los sentidos y el alma como repercusiones y resonancias. Un tour de force que nos reconcilia con los objetos callejeros y con los personajes coloridos, sus afanes, miedos, angustias y esperanzas que le dan peso específico a la calle, que la densifican y la ponen en valor humano.

Las calles se acumulan innumerables, las del pueblo, las de la ciudad, todas las calles construidas por y para nuestras conquistas. Podemos trasladarnos pero siempre habrá una calle por construir, por delinear, por hacerla cotidiana. Trayectorias y recorridos poblados de significaciones, fotos instantáneas de las neuronas que colocamos en el álbum de nuestro cerebro para revisitarlas diariamente. Calles que tienen domingos soleados y rincones para nuestras rutinas. Voces de pueblo que rompen la neblina del anonimato hasta volverse formas concretas, con todas las trayectorias vitales que tocan nuestros afectos.

Calles que se morigeran, pero que no terminan. Que solo tendrán punto final con el paso definitivo. Las calles que aún son para nosotros a pesar de las amplias avenidas.

CALLES ANHELADAS, LA PREMONICIÓN HABITADA

Por el contrario, las calles anheladas, no tienen vínculos atávicos con nosotros y no comprometen nuestra piel hasta que no las hayamos caminado. Las calles anheladas han llegado a nosotros como extensiones, como mediaciones, a través de la palabra escrita, de la imagen audiovisual, del relato oral o de textos escritos de aquellos viajeros que mitifican esas calles futuras donde algún día nuestros pasos harán su travesía narrativa.

Algunas de ellas se convertirán en calles construidas por nosotros, otras tan solo seguirán alimentando nuestros anhelos viajeros.

Pero aquellas que nos acojan recibirán el eco de nuestros pasos como turistas, —un afán de catálogos ciegos para los recintos de la vanidad—; como viajeros —un inventario de reconocimientos para una cartografía vital de la existencia—, o como constructores de realidades —extensión de nuestras calles construidas, objetivación de sueños y vuelta al hogar de nuestros imaginarios—; distintas intensidades para habitar la calle, que dejan en la memoria, a su vez, diversas apropiaciones, distintos paisajes internos.

Como nos cuenta su encuentro con las anheladas calles de Roma, el poeta colombiano, integrante de Mito, Eduardo Cote Lamus; viajero atento y lúcido trashumante de signos y de sueños:

ESTADO DE PERFECCIÓN
1.
Como volver de un viaje.
Como cerrar los ojos y llegar de nuevo a casa
después de mucho tiempo, y saber que cada paso
se asienta sobre huellas recorridas;
igual que tender los brazos como ciego
para sentir desde las yemas de los dedos la proximidad de la infancia,
y tener la certeza de que terciando hacia la izquierda
nos hallaremos en el jardín con el aljibe en medio
y descubrir que todo sigue igual,
fiel, como elefante que recuerda;
y no desconectarse cuando algo ha cambiado
o ya no existe:
así la fui yo reconociendo.
Sí, igual que regresar a nuestra casa de provincia.

Venía de esperar, de lejanía.
Algo en viaje se me había perdido:
la pobre vida audaz y la aventura,
mas llegué y reconocí la voz, el timbre exacto,
aquella certidumbre de habitar el pecho de un ángel.
Después apareció la noche y Roma fue surgiendo como una hoja.
Cuando el Foro apareció, vi los huesos rotos de su grandeza
como escritura de jueces menospreciados.
Más allá el Templo dio un salto en las columnas
para caer más noblemente.

En verdad había regresado hasta mi casa
pero estaba en una ciudad maravillosamente reconocida.
10

LAS CALLES RECREADAS, POSIBILIDAD DE LA UNIVERSALIDAD

Y para terminar esta fiesta de la evocación: Las calles recreadas. Calles sedimentadas en los tiempos y espacios de los hombres, que pasan por la voluntad creadora. Calles que fueron piel pero ahora regresan mitificadas por códigos y símbolos, calles que fueron anhelo pero que se materializan en medios y expresiones, en gestos mimetizados. En ellas el signo y la ficción se juntan para fundirlas en un nuevo objeto de nuestras andanzas: la estética del tiempo-espacio.

LA HISTORIA COMO ARTE

Ellas son para nosotros, material de transmutación personal y estético, metamorfosis y reinvención del ser, camino de trascendencia.

Calles que solo pueden ser contadas, cantadas, narradas, poetizadas, pintadas, filmadas por un sujeto, por el sujeto como cosmovisión única e irreductible, como el cuadro El Café de la Terraza de noche, pintado por Van Gogh, con sus amarillos inconfundibles y esos cielos estrellados que ya auguraban el expresionismo, pero que ante todo nos cuenta el amor del atormentado pintor por ese rinconcito de Arles, donde no es difícil imaginar a un grupo significativo de arlesianos disfrutando la palabra compartida bajo las luces acogedoras que le regalan color a la calle contigua.

O la calle que recorre con su aire de gacela, la hermosa Fermina Daza del Amor en los tiempos del cólera, seguida por la pasión incurable de Florentino Ariza; una calle anfibia que uno puede ubicar en Cartagena, sin temor a equivocarse. Calle en las que las toponimias ya construyen presencias poéticas: el Café de la Parroquia, la tienda El Alambre de Oro, el Portal de los Escribanos, pero sobre todo una disculpa del autor para recrear con su realismo mágico la barahúnda multicolor del trópico. Fenomenología pura, así nuestro Nobel no sea afecto a los tremedales de la razón.

O, como lo señalara el escritor quindiano Jaime Lopera Gutiérrez, esa calle, Eccles Street, donde Joyce dio los primeros pasos de la novela moderna y nos confundió a todos con su anticipada percepción de un mundo cambiante.

Las calles pesarosas y absurdas de Kafka o las posmodernas calles de Kundera, donde el ciudadano común construye la seguridad de su existencia con la lábil verdad de las encuestas.

Las calles parisinas que reconstruyó Julio Cortázar en Rayuela para atrapar con su red de ensoñaciones a la Maga de sus afectos.

O las calles del Buenos Aires borgesiano, laberínticas calles de cuchilleros y olvidos, donde la sombra de la eternidad se asoma a repetir su nombre. Calles todas ellas hechas de barro, sueños y espejos para el juego insondable de unas ruinas circulares donde otro dios nos sueña.

Las poco aprensibles calles cinematográficas que están supeditadas por entero a las acciones de los personajes, pero sin embargo sugieren alas y amores de butaca para nuestros imaginarios.

Calles consentidas, calles con sentido, en las que naufraga la razón pero en las que sobreviven para la memoria los detalles intensos de nuestra embriaguez imaginativa.

Calles para contar y ser contadas, para recrear, para hacer girar de nuevo las narrativas vitales de Las calles nuestras de cada día. Calles que les serán heredadas a nuestros hijos, o serán heredadas para nuestros nietos, como acervo vincular o como imaginario de sus propias calles construidas, anheladas o recreadas.



1 Bachelard, G. (1963). Poética del espacio. Fondo de Cultura Económica. México.

2 Bachelard M. AUGÉ, Los «no lugares». Espacios de anonimato. Barcelona: Gedisa, 1993, p. 81-119. Citado por Barbero, en Reconfiguraciones comunicativas de lo público, Análisis 26, 2001.

3 Bachelard, Ibid.

4 Barbero, J.M. (2001) Reconfiguraciones comunicativas de lo público, En Análisis 26.

5 Da Porta, E. (2005) Conmemoraciones mediáticas del pasado reciente. En Astrolabio, No. 2.Universidad Nacional de Córdoba. Argentina. ISSN 1668-7515.

6 Barbero. Ibid.

7 Barbero. Ibid.

8 Ángel Jaramillo, R. (1975). Calarcá en anécdotas. Editorial Quingráficas, Armenia.

9 Gobernación del Quindío. (2003) Baudilio Montoya: 100 Años. Optigraf. Armenia.

10 Universidad Externado de Colombia. (2004) Antología: Eduardo Cote Lamus.

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