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CALARCÁ PARA LEER

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LAS VEREDAS Y EL POETA

Calarcá para leerPor Umberto Senegal

MONTELORO

Cada momento me sorprendo de continuar todavía aquí, en este mundo, entre tanta vida y tanta muerte, visible aún junto a cuanto se desvanece: aparentemente estable entre lo impermanente. No debería ser así. Tendría que haberme ido cualquier día, desde el instante en que nací, porque no hay día que no le pertenezca a la muerte como no hay día que no le pertenezca a la vida. Pero pasan los años y aquí estoy, mientras millares a mi lado se van antes que yo. Cada amanecer, verifico: ¿De modo que todavía estoy aquí? Es así, el milagro continúa. Ayer estuve y hoy estoy. Sobre mañana, nada puedo afirmar. Me sorprendo, y creo que el mundo también debe sorprenderse de encontrarme otra vez, embriagándome de nubes y montañas, de árboles al lado del camino.

No es hora, digo a solas y sonrío. Todo a mi lado sonríe y saluda en su eterna transitoriedad. Esa pequeña flor, al lado de la carretera, reconoce mi presencia cuando la observo con atención. ¿Sigues aquí?, repite todo cuanto hay a mi lado. Por eso me sorprendo de continuar todavía aquí. No poseo ningún mérito para que se me hubiera alargado la vida hasta hoy. No he hecho ningún pacto religioso. No he elevado ninguna solicitud a través de ninguna entidad religiosa. Estar aquí no tiene precio. No se necesita ninguna filosofía, ningún credo religioso, ninguna opinión metafísica para entenderlo: basta con vivir el ser-momentáneo de las cosas que aparecen y desaparecen mientras estamos entre ellas. Un ejemplo concreto: ¿De dónde vino esa mariposa? ¿Por dónde desaparecerá? ¿Cuál es el camino que siguen todas las cosas, del vacío al vacío, pasando por la existencia, donde ambos vacíos se tocan y danza la vida y existe el ser humano?

El sentimiento poético y la actitud mística se alimentan de la consciencia que tengamos de dicha trayectoria. Es hermoso visualizarlo todo en trayectoria de la nada a la nada, del vacío al vacío. Un haikú es la huella poética y literaria de ese viaje. En la poesía china de la dinastía Tang, podemos encontrar igual manifestación de transitoriedad. Y en los cuartetos de Omar Khayyám. Las cosas salen de la transparencia, viajan en la transparencia y se desvanecen en la transparencia, mientras uno sigue ahí, sorprendido de estar todavía aquí. Si la imagen de la transparencia no es grata para alguien, entonces se puede pensar en la imagen de la oscuridad. Las cosas saliendo de la oscuridad, viajando en la oscuridad y desapareciendo en la oscuridad. La vida, la consciencia, es un momento de luz y de claridad.

Amanece también para mí, con mi muerte retozando en cualquier lugar, donde menos espero encontrarla. Amanece. Y aunque nadie ni nada reclama mi presencia, ni soy imprescindible para el curso de la existencia, cuando observo con atención el flujo de la vida a través de mis sentidos, descubro en todas las cosas un cómplice sentimiento de unidad conmigo. El reconocimiento interior de haber amanecido hoy aquí, es oración y es canto, es meditación y es satori. Es posible que algo o alguien me ame desde algún lugar del universo y la existencia. Por eso me sorprendo de continuar todavía aquí. Nada me impedirá recibir el divino regalo y disfrutarlo con todas sus implicaciones.

Todo lo del camino
que en el camino encuentro,
¡es el camino!

SANTODOMINGO ALTO

¿Qué importancia tiene el hecho de aparecer en los libros de historia? En la historia del pueblo, de la región, del país o del mundo. En este momento, caminando por esta vereda calarqueña, eres una página que se escribe en los anales del universo. Aunque no lo veas. Eres letra viva en los archivos de la humanidad. Eres un capítulo de la eternidad que se escribe en este camino, rodeado de pequeños árboles, con la montaña a tu lado. No pienses en años. Has la cuenta en días. Solo en días, del tiempo y la forma como se te pierde tan fácil la vida. Has la cuenta en horas y descubrirás cómo pasa fugaz tu vida, el corto tiempo que te pusieron en este mundo, en este placentero lugar llamado Calarcá. No te dieron centurias para vivir. Solo tienes instantes, momentos que no puedes postergar y que no debías cambiar por la vana memoria del pasado o la inútil pretensión del futuro.

Un perro blanco en el camino. Alguien grita en la finca cercana. Representamos un guión. ¿Dónde está el autor? Quien escribe los guiones para la vida de cada ser humano, ¿tiene tiempo para leerlos? ¿Escribe solo para su solaz, o para que sus personajes se identifiquen con ellos? ¿De dónde extrae los argumentos para cada uno? Ese cósmico escritor de dramas y de comedias, de farsas y sainetes, ¿se repite o es siempre nuevo? ¿Sufre con el sufrimiento y las tragedias de sus personajes? ¿Puede amar a sus personajes?

Hoja cantora
sobre el árbol seco:
avecilla.

LA PALOMA

Un campero cargado de racimos de plátano verde pasa por tu lado. Alguien que conoce al poeta lo saluda: ¡adiós, profesor! Del choque entre Dios y el vacío, nacen la poesía, la filosofía, la música, las matemáticas y la religión. Dios absorbe a la nada y esta, a su manera, absorbe a Dios. Esa flor pequeña, amarilla, absorbe a Dios. Y Dios es el insecto que camina por el tallo de la flor. Toda manifestación de lo divino que el hombre atente hacer o reproducir, lleva implícita de alguna manera la nada. Todo intento de poesía es temor al vacío. Toda cuestión filosófica es el puente que se tiende entre esa flor amarilla y el sentimiento de mortalidad que pesa sobre el ser humano desde su nacimiento.

Para enfrentar la nada sirve más esa mariposa que vuela en torno al naranjo florecido, que la filosofía de Heráclito, de Plotino, Spinoza, Kant o Wittgenstein. Por eso el poeta camina por este lugar. Nada busca. Nada pretende. Solo importa el color verde en los guaduales. Enfrentar la nada con la palabra y la poesía, es encontrarme con Dios, con algo de Dios, en algún lugar del tiempo y del camino, en algún lugar de las cosas. Encontrarse con Él en la pequeña flor amarilla, en el fugaz saludo de la persona que no identificamos o en el brillo intenso de los plátanos verdes.

¡Aha, la pureza
del rocío sobre el estiércol
de caballo!

CHAGUALÁ

La carretera tenía charcos de agua en muchos tramos. Todos los árboles estaban húmedos. Algunos goteaban todavía, por el reciente aguacero. No había nada que no fuera extensión material de la poesía. El hecho mismo de la vida, era poesía por aquel camino hacia la montaña. El primer error que puede cometer el poeta, es creerse su poesía. El segundo, escribir la poesía en la cual creyó. Convertir en palabras sus emociones. Limitar con el verso algún instante de lucidez y de alerta percepción. El tercero de los errores, y el más grave de todos, es cuando intenta hacerle creer su poesía a otras personas, a posibles lectores de sus observaciones del mundo. Sin embargo, cuando el poeta encuentra a una sola persona que lo escuche, que crea su poema, que desde algún verso también él descubra la presencia milagrosa del mundo que lo rodea, entonces los errores se transforman en verdades. Esos charcos de agua son océanos. Y la gota que cae de una rama, es agua que canta y celebra no solo tu vida, sino la vida en su totalidad.

El sentimiento y la actitud de reverencia ante lo simple y cotidiano, es el estado de inocencia que permite al poeta descubrir lo maravilloso que palpita en cuanto lo rodea y que, en apariencia, permanece oculto. Nada está escondido. Nada es esotérico. Los secretos de la vida, de la existencia y del mundo, la poesía del paisaje, el alma de la naturaleza, están siempre expuestos a los sentidos del ser humano, a la imaginación y a su intuición. El poema está escrito, aún antes de que lo percibamos, en el mundo que nos rodea, en la cotidianidad, en todo aquello que nos parece obvio, ya conocido, común. Está escrito, poema dinámico, energías en continuo entrecruzamiento, con signos diferentes a las letras, con sonidos diferentes a los de la palabra.

Pronunciar el nombre de una fruta, de un árbol, de alguna quebrada que fluye silenciosa por entre los matorrales, es encontrar la poesía. Y encontrar la poesía a partir de la materialidad de las cosas, de la piel del paisaje, es olvidarnos de que en tal encuentro con las cosas y la poética materialidad del mundo nosotros somos los importantes porque somos poetas o porque somos personas. Un auténtico poeta jamás es superior a su poesía. La poesía no puede ser superior a la vida porque vida y poesía son iguales en la unidad que se establece en la percepción del poeta. La vida es lo único importante. Nada hay más allá de la vida. Dos gallinas atraviesan el camino y se esconden bajo los pequeños árboles de café. El frío de la mañana es vivificante. El poeta no tiene prisa. No va para ningún lado aunque camina hacia algún lugar. La vida toma conciencia de sí misma a través del poeta que observa una flor, que observa a las gallinas o elude los charcos a lo largo de la carretera.

Cada hoja, éxtasis.
Cada trino, éxtasis.
¿Cómo puedo caminar?

AGUACATAL

Por este camino, se acrecienta la certeza que el poeta tiene de estar cada vez más lejos de los asuntos de los hombres, de sus intereses económicos, políticos, sociales, religiosos o literarios. Los escucha, los ve, convive con ellos, en apariencia mantiene iguales preocupaciones que todos ellos, pero nada de eso es así. En la realidad de sus días, nada es así. Él no pertenece al campo de acción de los asuntos de sus amigos, de la gente con quien a diario comparte. Su corazón está lejos, distante a nivel interior, de los intereses que mueven a toda esa gente. El poeta, cuando se rodea de árboles, cuando camina por estas veredas rindiéndole culto a la manifestación material de Dios —el paisaje, la naturaleza en todas sus expresiones— no tiene tiempo interior para los afanes de la gente. No entiende los afanes de esa gente que desperdicia el día y desperdicia el paisaje, muriéndose segundo tras segundo y ajenos a la presencia de la vida ahí, en el paisaje que no quieren ver, que no tienen tiempo para vivirlo.

Los intereses propios de mi sociedad y mi tiempo, me dejan indiferente. Pero nada puede decírsele a los hombres. Lo acertado es apartarse y dejarlos vivir sus sueños. Danza de zombis que no puedes interrumpir. Ellos piensan en su futuro, piensan en su pasado, en el de sus familias, en el del mundo y se pierden el presente. Con tanto paisaje a mi lado, no tengo tiempo para los seres humanos. El paisaje, es cada día más importante dentro del desarrollo espiritual y estético del poeta. Un árbol es un Salmo. Un pájaro es una oración. El atardecer es un mantram que el poeta no necesita vocalizar. Nada puede ofrecerle la sociedad al poeta que descubre las revelaciones de los caminos por la montaña. Nada tiene el poeta para ofrecerle a su sociedad, a la gente de su pueblo. Amanece anochece y cada día que llega es nuevo. Cada día que se va es nuevo. El poeta prefiere los caminos y el silencio de las montañas, la música por las montañas, antes que la verbalización, el infatigable palabrerío de la gente. ¿Tiene acaso algún tipo de culpabilidad, porque prefiere escuchar los ríos antes que los discursos de los hombres? El poeta cree en las montañas y en el paisaje, más sencillos y limpios que los hombres cuando hablan, piensan o actúan. La flor, la piedra y el poeta, buscan el mismo vacío. Saben de ese vacío donde florece el espíritu, donde la vida no tiene tiempo ni se ajusta a dogmas, normas o leyes.

La noche tiene
lugar para estrellas
y luciérnagas.

BOHEMIA

Tantas manos para transformar el mundo y tan pocas miradas para contemplarlo, dice Julien Gracq. Y Julien no ha recorrido los caminos que conducen a Bohemia. Los caminos que salen de Bohemia. El camino hacia la ciudad de Armenia. No es necesario describir ni nombrar las variedades de flores. Allí están, haciendo parte del poeta que contempla el mundo. Un poeta de India, Osho, afirma en su libro El sutra del corazón: Cuando veas un río y no hay río, solo riando. Por cualquiera de las veredas calarqueñas o quindianas, surge en el caminante que no lleva prisa, una nueva visión del mundo. En ese momento, el mundo y el universo están aquí, en un lugar llamado Bohemia. Brota de las cosas que observamos, un nuevo sentimiento que nos hace partícipes del mundo. Dejamos de ser simples observadores. Eso le ocurre al poeta, mientras atardece y el confía en que la noche llegue antes de aproximarse a la ciudad. Un árbol cargado de brillantes aguacates y varias aves saltando en sus ramas. ¿Para qué nombrar las aves? Tampoco el aguacate necesita nombre: allí están sus frutos y con esto le basta a la mirada. Cuando el poeta ve una montaña y no hay montaña, entonces solo montañando. Y el mundo es otro, aunque la montaña continúe verde como los aguacates. Cuando el poeta ve un gallinazo y no hay gallinazo, entonces solo gallinaceando. Y el mundo es otro, aunque el color del gallinazo siga siendo negro.

Cuando el poeta ve una roca y no hay roca, entonces solo rocando. Y el mundo, en aquella vereda, es otro en la solidez y en el silencio de la roca. Cuando el poeta se encuentra una rosa y no hay rosa, entonces solo rosando. Cuando ve una nube y no hay nube, entonces solo nubando. Y el mundo, como siempre en los recorridos por estos caminos, es otro al amanecer o al atardecer. Los caminos dejan de ser caminos para convertirse en milagros. La roca revela historias de mundos ocultos bajo el musgo. Siempre habita allí el milagro, la magia, la vibrante existencia aunque los ojos no lo perciban, el alma lo niegue o los sentidos no tengan tiempo para contemplarlo. Las creencias, los miedos, los prejuicios, cualquier filosofía que limite a la consciencia, deforman el paisaje, lo borran de la presencia del hombre. Hay que renunciar a los sustantivos y a los pronombres y dejar que vibre el verbo.

Varios trabajadores del campo pasan sin saludarnos. Dos de ellos fuman y otro carga un pequeño radio que escucha a exagerado volumen. Para ellos no existe el paisaje. Para ellos la vida no tiene la forma del ave o de la flor. Tienen prisa por llegar al pueblo. Hay que darle carne al verbo para que la montaña, estos caminos, una pequeña flor o el robusto aguacate recuperen su divinidad.

Esta brizna de yerba
y mi destino, iguales bajo
el sol del mediodía.

GATO NEGRO

Cantidad de personas parecen estar hechas a prueba de vida. Los fabrica por millares el estado o la religión. Casi siempre son el producto de sus familias, con los correspondientes toques finales que dan las escuelas, los colegios y las universidades. Herméticamente construidos a prueba de vida y de paisaje. Nada tiene más pródigo Calarcá que sus paisajes, su entorno próximo o lejano. Ahí están las montañas y las cordilleras. Los municipios con climas diferentes, la neblina, las palmas, el viento. Los sedosos guaduales. Desde el camino se ve la ciudad. La vida no llega hasta esos millares de personas que tienen prisa y ambiciones. Que quieren ser alguien en su pueblo. Han creado barreras para que la vida no los moleste. Parece peligrosa e incontrolable.

Se han creado una existencia cerrada para ellos mismos, práctica y útil en apariencia pero frustrante, nauseabunda, carente de sensibilidad y creatividad. En los recientes lustros, los propietarios de fincas, han talado los árboles y convertido la fértil tierra en monótonos potreros. Muchos potreros por todas las veredas. Algunos árboles, agonizantes en medio de los intereses económicos de los propietarios. Cuanto más se cierran en sus aparentes salvavidas, menos vivos están. Aumentan sus cuentas bancarias, pero están menos vivos. Aumenta su poder económico en el pueblo, en el departamento, pero están menos vivos. No tienen tiempo para la vida que los llama a diario, en vano. Tarjetas de crédito, negocios, ambición por poseer los terrenos del vecino. La vida les pasa por el frente de sus sentidos, toca a ellos con la intensidad de los aromas o de los colores, con la fuerza de las formas de las frutas, con la cadencia de múltiples, infinitos sonidos y estas personas no se dan cuenta qué es la vida, su vida, la única vida que tienen y día tras día se les agota, la que los llama y en vano los acaricia.

La vida les regala sus dones y no los reciben. Si no valoran una noche tachonada de estrellas, mucho menos observan la brizna de yerba o aspiran el perfume del eucalipto. Muchos eucaliptos al borde del camino. El poeta recoge algunas hojas secas y las desmenuza en sus manos para sentir con mayor intensidad el aroma que expelen. La vida llama con toda su plenitud, pero están sordos. Se ensordecen con cuanto escuchan de sus ambiciones, sus resentimientos, sus prejuicios y sus temores. Se encierran y se trancan por dentro con alguna filosofía, con algún tipo de sectarismo. Desde cuando nacieron, son pobre gente a prueba de vida. Sus padres fueron gente igual. El pueblo es gente igual. Así ha sido por siempre y no quieren cambiarlo. Siguen muertos sobre sus escritorios, en sus oficinas, entre sus automóviles, bajo sus títulos. Ordenando, intrigando, manipulando, corriendo enceguecidos, atropellando, marginando. Se atropellan entre ellos mismos.

Tienen blindaje contra la vida. Tienen gruesos blindajes contra la brisa, contra el atardecer, contra la lluvia o el ladrido del perro. La vida les sucede mientras están ocupados haciendo muchas cosas. Están asegurados contra la vida.

A veces, descubro
a las cosas mirándome
en silencio.

LA CRISTALINA

El poeta se bañó en un pequeño riachuelo. Una quebrada de aguas limpias y piedras blancas. Se bañó desnudo gracias a lo recóndito del lugar, rodeado de yarumos. Se puede encontrar a Dios, a realizar lo trascendente mediante la presencia del árbol: estos yarumos. Viendo al árbol, puedes verlo a Él. Lo absoluto está ahí a tu lado, solo que adoptando la forma de un árbol. Puede presentarse un pequeño impedimento: en el árbol, ver un árbol, y nada más. Entonces, con seguridad, vas a perder de vista a Dios y al mismo árbol con su presencia real y milagrosa. Lo mismo sucede con las aves que cantan en los árboles cercanos. En ellas, Dios se te vuelve más sencillo o más complejo para presenciarlo. Si ves al ave nada más, pierdes el sentido de lo divino. Si escuchas su canto nada más, pierdes de vista lo divino, lo total. Pero si en el árbol, en las aves y en sus cantos ves a Dios, sencillo en su manifestación, natural en tales formas, lógico para la capacidad de percepción de tus sentidos, entonces Dios se te manifestará en el árbol, en las aves, en el río, en el agua helada, en las libélulas que tocan leves el agua del arroyo. Observa por encima de ellos: las nubes, el cielo quindiano, cromático como pocos, mandarina como pocos en algunos atardeceres mandarina. Y si es durante la noche, el poeta observa la luna llena y las estrellas a su lado. Es Dios saludando y dando siempre la bienvenida a su existencia. Nuestra existencia. El gozo de Dios parece ser la manifestación material del mundo, la energía del mundo. Es su transfiguración. Su descenso a lo sensorial. Nos extiende sus brazos desde cuanto nos rodea. Es sencillo contemplarlo si no perdemos de vista a Dios en el árbol y al árbol en Dios.

Que no te ocurra como a la niña que preguntó a su gato:

  • Gatito, gatito, ¿dónde estuviste? Este le respondió:
  • Niñita, niñita, fui a Londres a ver la reina.
  • Gatito, gatito, ¿qué viste allí? Y la respuesta del felino fue desconcertante para la curiosa niña:
  • ¡vi un ratón bajo su silla!

Resignada voz
de una guadua que alguien
corta a lo lejos.

LA SONADORA

No desperdicies, alma mía, este momento de eternidad. No lo desperdicies, cuerpo mío. Olvida los vanos discursos del hombre con sus complejas ideas y asiste, silenciosa, al color de las hojas. Asiste al salto del grillo, cuerpo mío, con la intensidad que asistes a la caricia o al beso, a la desnudez de la mujer que tienes a tu lado. Asiste, alma mía, al movimiento de las avecillas que saltan sobre las piedras húmedas del camino. Asiste al racimo de plátanos que se sostiene en una delgada guadua amarilla. No desperdicies, cuerpo mío, la eterna y pasajera placidez del vacío que en ti se acrecienta con alegre melancolía cuando descubres el gris de las nubes y el azul oscuro de las montañas.

Recuerda, alma mía, que te fue concedido el milagro de tener un poco de materia a tu disposición por un tiempo del cual no sabes cuándo se terminará tu parte. Recuerda, alma, que si la poesía tiene algún sentido, este radica en que fue creada para señalarte y recordarte siempre tu divinidad. No la busques en las religiones. Encuéntrala en ti mismo, ahora, mientras caminas al lado de los guayacanes florecidos. ¿Hay poesía mayor que esas flores amarillas junto a los árboles? Observa a las flores caer, mientras caen también los minutos y las horas que tenías reservadas para hoy. No permitas, alma mía, que te seduzcan las palabras de los hombres que por temor al vacío llenan sus momentos con explicaciones y fórmulas de todo tipo. No desperdicies, alma mía, el paisaje.

Otro día.
Siempre el mismo
nuevo amanecer.

EL PENSIL

Quien se maravilla de algo, toma conciencia de algo maravilloso, escribió M. C. Escher. Es sencillo convertir el mundo cotidiano y en apariencia monótono, en algo maravilloso. De la lógica a la fantasía, al milagro, solo está de por medio una mirada con asombro. Basta con tomar conciencia del instante, ahí donde nos encontremos. Es nacer de nuevo ahí, por donde caminamos y unirse al fuerte viento que sopla por entre los platanales. Sin especulaciones metafísicas o religiosas. Sin buscar algo más allá de cuanto ya está aquí, a nuestro lado, manifestación sensorial de lo absoluto. Es maravillarnos de cuanto nos rodea. Que los sentidos no lo consideren común por el hecho de verlo a diario. Es fundamental arrojar una nueva mirada al mundo, a la vereda y al camino, a cada una de esas fincas que encontramos con personas que saludan cordiales, que levantan su brazo para indicarnos el camino, el sendero por el cual preguntamos.

Es necesario fascinarnos con lo sencillo. Dejar que el corazón se asombre y reverencie todo aquello. Este es el auténtico templo, sin sacerdotes, sin guías religiosos que condicionen tu sensibilidad. El poeta es el oficiante de ritos y ceremoniales que nacen del instante, que son el instante mismo lleno de poesía y de respuestas a interrogantes nunca formulados. Desde este estado de percepción, todo se transforma delante del poeta, quien no fuerza nada. Nada espera. Nada pretende diferente a caminar maravillándose con el milagro calarqueño de los caminos veredales. Hay un punto particular de la respiración del poeta, allí donde finaliza la inspiración y donde finaliza la expiración, entre ambos finales, en el cual se abren ventanas hacia otras perspectivas del mundo. Un fenómeno conocido, real, estudiado por numerosas escuelas místicas y dado a conocer por muchos maestros de espiritualidad.

La realidad se vuelve irreal y la irrealidad se vuelve real. Eclosionan otros matices de la percepción, justo en el matiz ordinario de las cosas diarias y objetivas. Ese azul del cielo, se convertirá en otros azules de otros cielos sin cambiar cuanto estás viendo. Tenemos el derecho de escoger lo bello y lo grato en todo cuanto el mundo nos ofrece. La soledad de este camino siempre ha estado ahí, para el hombre que quiera verla y experimentarla.

Sobre la verde
colina, bajo el cielo
el árbol seco.