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MIS DÍAS DE GLORIA EN CALARCÁ

Calarcá para leerPor José Nodier Solórzano Castaño

Los escritores mediocres
comeríamos carne humana
por el privilegio de un espejo.

Los seres humanos creemos que todo objeto de nuestro amor es excepcional. Y lo es, no porque lo sea de verdad sino por la tendencia que tenemos a pensar que nuestra mirada agrega un halo especial a las personas, a los lugares y a las cosas solo porque concitan nuestra atención. ¡Qué vanidad!

Cuando nací —que no es la fecha del 11 de abril de 1963, como dice mi cédula de ciudadanía de Calarcá—, es decir desde el 5 de junio de 1966 cuando inauguro las imágenes y los aromas de mi memoria, a los tres años y dos meses del parto de mi madre, justo en la fecha de la muerte de ella, entendí varias claves de la vida a la vez.

La primera: que el queso rancio huele a demonio desvelado.

Mi abuela, que esa mañana servía tazones de café en la cocina, le decía a uno de mis tíos paternos que ese queso traído por él desde Anzoátegui, Tolima, ya no podía ser ofrecido a los acompañantes en el velorio porque olía a sobaco de diablo trasnochado.

La abuela —de los López Ospina, de San Félix y Salamina, heredera de la ortodoxia visigoda de los primeros colonizadores de Antioquia— servía tazones de café caliente a mis tíos venidos de distintas partes del país, porque mi mamá, que habitaba en la carrera 25 con calle 30, a un lado de Las Partidas, había fallecido la noche anterior en el hospital de La Misericordia, en una casona de cielos rasos de madera tallada, en una habitación del ala de atención materna, que tenía una ventana hacia la calle 44.

La segunda idea que comprendí ese día fue que los niños y los adultos, por cuenta de una imprecisa nostalgia, de la prospección de su angustia por la soledad que se avecina, deben llorar cuando sus padres mueren.

La tercera premisa, y que mi abuela en medio de su rosario católico así lo pregonaba, era que el espíritu de mi madre María Silvia Castaño vagaba por entre los muebles y que era necesario, así lo imponía mi abuela, depositar unos vasos de agua debajo de su ataúd, de tal forma que el ánima pudiera calmar la sed. Y así parecía suceder, porque pasadas algunas horas, cuando ya los deudos evidenciaban la fatiga de sus ojos trajinados por el dolor que proviene del recuerdo, había que renovar el agua de los vasos, que se evaporaba al ritmo de las letanías de las rezanderas.

Otra idea que tengo desde ese día, y por ello la luminosidad natural de Calarcá me fustiga a ramalazo limpio cada vez que reparo en su color, es que la luz de mi pueblo es opaca, medio grisácea, y que ni siquiera en tiempos de verano cambia en sus pliegues cenizos.

De esa época es mi certeza de que no hay nada más pavoroso, que más conmoción cause en el estómago de un ser humano, que la visión del cuerpo de una madre fallecida, y que de ello lo que más miedo genera es el olor a muerto de la muerta.

Cuando me levantaron por la cintura para mirarla en su ataúd, mi tío Gustavo así lo hizo, vi su rostro ajeno y sentí, al mismo tiempo que el olor a azucena, que era una lástima que ahora que conocía a mi madre, justo en ese momento, ella se fuera a acompañar a dios en el cielo, toda vez que había sido llamada a su diestra para contemplar su rostro y ello, para un mortal, era el clímax de la felicidad.

Pero me pierdo en la historia original que quería contar sobre Calarcá, pueblo de políticos corruptos, de mujeres bonitas, provincia de seudoaristócratas, pueblo godo donde los maricas, los niños y las mariposas son los únicos seres vivos libres de la egolatría del calarqueño tradicional. Ah, y pueblo de poetas: punto aparte.

Sin embargo, amo a mi pueblo como a mí mismo, y su luz, que a veces se apaga para darle color a mi vida, me acompaña aún si estoy lejos de su jurisdicción. Y lo digo, no porque en verdad la luz de Calarcá sea así de triste; no, lo cuento porque mi naturaleza, proclive al escepticismo y al pesimismo, me induce a ver el entorno a través de la opacidad de mis emociones.

Recuerdo, entonces, que en mi primera visión de Calarcá, aparecieron Las Partidas.

Ese día de junio, cuando me empiné y puse mis manos sobre el alféizar de la ventana para ver pasar el entierro de mi madre, transcurría esa procesión de peregrinos que se hacía a pie por la carrera 25, doblaba en la esquina de la calle 30, pasaba por la iglesia Cristo Rey y se encaminaba por la avenida Colón, rumbo al cementerio, en el sur. A la derecha de Las Partidas, la ruta de la angustia para mí.

No obstante que la procesión se alejó por la 30 —en la esquina donde vivían los Ramírez, en el triángulo de los Escárraga— con mi abuela Marina López Ospina al frente del desfile, envuelta la cabeza en su pañolón negro, y con mi abuelo Manuel Salvador Castaño, compungido al lado de don Delio y don Tito Torres, yo quedé con mis ojos puestos en la bifurcación de Las Partidas.

Años después me preguntaría: ¿Dónde quedaba el centro de la bifurcación, allí en donde se encontraban y se enlazaban la carrera 25 y la calle 30? ¿Si un ramal de Las Partidas llevaba al cementerio, el de la derecha, el otro ramal, el de la izquierda, qué significaba, era un símbolo de vida y alegría? ¿En Las Partidas estaban significados el bien y el mal, la izquierda y la derecha? ¿A dónde llevaría la línea imaginaria del centro, la que bajaba por Puerto Rico, pasaba por la vereda de La Paloma y ascendía a Peñas Blancas, rumbo al pasado precolombino de la mitología del Cacique Calarcá?

A partir de ese día empecé a intuir esas preguntas, porque la imagen de Las Partidas, evocada desde la casa de mi abuelo que estaba ubicada al lado de la de los Herrera, perturbaría los hechos de mi vida futura.

Cuando cumplí siete años y apenas identificaba las letras, fui conducido por mi padre, Rosemberg Solórzano, rumbo a Las Partidas, giramos a la derecha y nos fuimos en línea recta a Caicedonia, Valle del Cauca, en donde viví los peores años de mi vida, pues no obstante la cercanía a mi pueblo, allí pasé una especie de destierro romano.

Transcurrieron cuatro años, entre Caicedonia, la vereda San Gerardo, los piojos de mi prima Jackeline y mi anhelo de volver a Las Partidas, a la casa de mis abuelos maternos, en donde vivían mis hermanos.

Ya contaba once años de vida cuando pasé por Las Partidas, camino al barrio San José —con escala en la vereda La Paloma, más arriba de La Rochela— en donde conocí el significado de la felicidad.

Y lo cuento porque en el barrio San José hice mis primeros amigos y, también, porque allí supe de la existencia del sexo, de mi sexo, y porque la fantasía se me reveló en las calles del barrio en el cuerpo de Gloria Auxilio, una mujer hermosa que andaba sobre tacones en puntilla, en donde sembraba sus piernas descomunales, cuya imagen de esos años añoro en las noches, ahora que duermo solo a mis cuarenta y cuatro años.

Confieso que cuando voy a acostarme rezo un padrenuestro, me persigno como si tomara un antídoto y pienso casi siempre en alguna mujer, en sus manos, en sus ojos o en su culo, la pienso como si ella fuera mi guía por el mundo de los sueños. Ángel guardián que me protege por los senderos de la inconciencia.

Ya les contaré más de Gloria Auxilio.

En el barrio San José conocí la historia de La Rodillona. Nosotros jugábamos futbolito en las noches, en la calle de Fusa, al frente de la casa de los Sabogal, de Chepe Ruíz, de los abuelos de Carlos, Leonardo y Fredy Peña, enseguida de la tienda de Ramón. Para mejores señas, a una cuadra de la tienda de don Víctor, donde hoy queda el negocio de Tacocha. Jugábamos futbolito hasta las once de la noche, porque a esa hora nos llamaban a acostarnos y nosotros obedecíamos a regañadientes, toda vez que la leyenda rezaba que a partir de las doce, en el techo de la capilla del colegio San José, se sentaba una mujer de piernas largas, cuyos pies llegaban hasta el andén, y que enloquecía a los hombres, en particular a los borrachos.

Muchas noches pasamos con mi hermano Norberto, pendientes de que La Rodillona enloqueciera a mi padre, sobre todo los viernes que para él era el día de farra. No vimos lo que esperábamos, en cambio sí observamos cuando, tambaleándose, después de pasar por enfrente de la capilla del colegio San José, él tocaba en la casa de una vecina, menos rodillona que la señora de la leyenda, y sí enloquecía pero de pasión porque ella, doña Matilde, que era una mujer blanca, de ojos verdes, lo hacía entrar en el reino de sus sábanas de mujer casada, con marido en otra parte.

Luego mi papá, pasado el susto de La Rodillona, llegaba a nuestra casa, en donde lo esperaba su mujer, una hija de los Montoya, la madrastra nuestra, madre de mis pesadillas recurrentes, quien con sus alegatos lo volvía a enloquecer pero de rabia.

Volví a perderme en este relato. ¿De qué hablaba? Ya. De Las Partidas, pero dejé pendiente el tema del sexo y de Gloria Auxilio.

En el final de la calle de Fusa, en la casa de los Montoya, al frente del que fuera el Instituto Calarcá —piscina de sueños para un niño acuático como yo, de hormonas líquidas y precoces— en la calle 37 con carrera 20, empecé mi vida sexual, virtual ella, infestada por las fantasías más bellas y dolorosas en la ingle.

Nosotros habitábamos un primer piso, y en el segundo vivían otras dos adolescentes, mayores que nosotros, quienes solo nos llamaban y utilizaban para los mandados a la tienda de Ramón.

Nancy y Beatriz. La primera, morena de nalgas firmes y grandes como dos balones de baloncesto, y la segunda, rubia, de piernas delgadas. Ellas eran sobrinas de la madrastra de turno y, por tanto, cargaban patente de corso para despreciar a los entenados de la tía. No obstante su maldad de niñas hermosas e inaccesibles, nunca dejé de admirar la templanza de sus calzones, ya fueran puestos en las piernas rollizas y delgadas, de una o de la otra, o ya fueran colgados en los alambres del patio.

Alguna vez, con mi hermano, cuando no estábamos debajo de las escaleras fisgoneando por las rendijas, jugamos a los encapuchados con esas prendas íntimas, siempre con el deseo de capturar algún olor que fuera acicate para nuestra febril imaginación. Ahora pienso, solo ahora, que esas prendas solo olían a detergente, a Biosol o a Rey, que era el jabón de barra que usaban las señoras en esa época. Desde ese tiempo tengo desarrollado mi olfato en relación con los animales de género femenino: sé cuando se me acerca una leona, una gata, una loba o una zorra.

Viví enamorado de Nancy, de sus nalgas, que por grandes eran inquietantes y por inmóviles fueron las inspiradoras de mis primeros pajazos.

En mi pueblo, como en los pueblos de las más variadas civilizaciones, los pajazos son tan comunes como el pan, como el sentimiento de la envidia, y como el caminar por la carrera 25. Aunque caminar se pueda hacer a plena luz del día, y los pajazos, por clandestinos, solo se puedan hacer en la noche, escondidos en el baño, bajo la ducha o, cómo no, con una media que le sirva de pasamontañas a El Príncipe, al pene, como si fuera un rubicundo subversivo de medianoche.

Nancy casi provoca mi desnutrición o mi locura. Yo la veía pasar hacia el Instituto Calarcá, o le miraba los cucos por debajo de las escaleras de madera en la casa de los Montoya, y eso provocaba el hechizo de mi mano sobre El Príncipe, pues yo quería ahorcarlo, hacerlo entonar con la tesitura de Magnolia la suave canción de los lecheros.

Pero mire usted lo que le pasa a los escritores aficionados como yo: quería escribir sobre Gloria Auxilio, la mujer que conocí en las calles del barrio San José, y terminé contando mis visiones de Nancy.

Gloría Auxilio vivía más abajo de la casa de los Montoya, y su mamá, una señora de pelo blanco, era, con Yanguas, zapatero y vecino de Melva Rincón, de las pocas comunistas en varios kilómetros a la redonda.

¿Cómo era Gloria Auxilio? ¿Y por qué su recuerdo me hace temblar en mis noches solitarias?

Ya les digo. Las señoras de la cuadra, dignas esposas de nuestros padres, doña Herminia, doña Cecilia, doña Matilde, y todas esas cacatúas que vivían al final de la calle Fusa, decían barbaridades de ella y la comparaban con una tal ñata Tulia de Armenia, y yo, que sí la conocía, sabía que Gloria Auxilio solo se parecía a ella misma, a su rostro blanco de ojos claros, a sus brazos apretados, y a esas piernas largas y gruesas, que siempre iban forradas en unas medias negras, de malla, que la hacían parecer una mujer francesa, así decían mis amigos mayores, los Peña, que por su condición de vecinos suyos conocían a las mujeres del 20 de Julio, que era el barrio de las putas en mi pueblo.

El Príncipe, que por aquella época era un imberbe que no había sido coronado, no podía ver a Gloria Auxilio. Saltaba de la felicidad y pretendía salir de su recámara con solo verla pasar a comprar el pan donde Ramón. Quería escapar de los dominios del reino de su padre, de tal forma que otra vez, como pasara con Nancy, las noches se convertían en escenario temporal de las más bellas fantasías. Con una diferencia, Gloria Auxilio era una mujer mayor y ello, su condición de mujer joven pero en camino a la adultez, la hacía más deseable.

Desde ese tiempo yo inauguré sin reticencias y sin complejo mi complejo de Edipo, que aún hoy gozo como la mayor delicia de mi vida.

Un siquiatra amigo mío dice que la temprana muerte de mi mamá me lanzó al mundo a buscar su imagen, a verla en muchas mujeres mayores, pero yo, que soy más pedestre y por tanto más realista, digo que El Príncipe, mi pene, tiene sus razones de Estado, inconfesables para el público de la galería pero razones valiosas en los límites de sus territorios.

Tengo un recuerdo con Gloria Auxilio, que lo voy a contar. Cuando murió la abuela de los Bonilla —mis amigos de enseguida de María Eugenia, la virgen de la cuadra, que por ser joven y virgen a mí no me atraía— sus amigos del barrio fuimos a acompañarlos a la misa en la iglesia San José, en la plaza de Bolívar.

Desde el barrio, marchamos compungidos por nuestros amigos, hasta el templo: íbamos a acompañar los restos mortales de esa abuela, en su tránsito hacia el paraíso —aunque muchas abuelas de ese tiempo fueron al infierno, por moralistas y crueles—, y yo, a dos metros detrás de ella, olía la fragancia de Gloria Auxilio, la terrenal mujer de mi cuadra, quien caminaba con un manto negro envuelto en la cabeza.

El Príncipe, acongojado pero activo, lloraba de emoción por la sagrada imagen de esa cadera ancha y llena que se contoneaba al ritmo de los cargadores del ataúd. En mi caso, por encima y por debajo de convenciones sociales, yo siempre he respetado los sentimientos de El Príncipe. ¿Qué otra misión tenemos los padres en esta vida de tristezas y angustias?

En la iglesia, me senté a dos bancas de mi ídolo femenino.

El padre López —un tipo maluco que era el párroco del templo San José, tan maluco como el padre Morales, quien fuera un jefe conservador en el corregimiento de La Virginia, un promotor de desquites y venganzas— oficiaba la misa del entierro de la abuela de los Bonilla. Yo no le quitaba los ojos de encima a Gloria Auxilio, y El Príncipe, apaciguado por el olor a incienso y por la mirada quieta de las imágenes de los santos, guardaba un respeto muy parecido a la devoción. Yo le decía, con palabras en murmullo, que mantuviera compostura y, en especial, que agachara la cabeza contrito ante las figuras de las vírgenes expuestas en la iglesia.

Gloria Auxilio, compungida, rezaba en silencio. Después de verla allí, acongojada pero deseable e inocente a la vez, amo la oralidad silenciosa de las mujeres, de aquellas que no han perdido de sus labios el rastro y la ingenuidad de una lingüística que existe desde la misma creación del género femenino. La percepción de esa oralidad, por ejemplo, enloquece a El Príncipe, quien sufre de convulsiones místicas y náuseas con solo ver la boca de las damas en devota oración.

Cuando la procesión salió del templo, luego del agua bendita que fue rociada como despedida a los restos de la abuela, yo me hice al lado de Gloria Auxilio, y empecé a caminar por la 24 arriba hasta la 40, en donde doblamos a la izquierda. Pasamos por enfrente del Café Neva, doblamos de nuevo a la izquierda, y nos enrutamos por la carrera 25, hacia Las Partidas. Al pasar por enfrente del Café Granada, debajo del hotel Toscana, el administrador del café bajó el volumen de la música del cantante Julio Jaramillo y las coperas, mujeres obesas que fungían de meseras en el negocio, salieron a la puerta para persignarse frente al féretro en señal inequívoca de respeto ante la ineluctabilidad de la muerte.

La caminata del entierro era lenta, y justo cuando pasamos por la carrera 25 con 38, en la esquina de la Fuente de Soda El Paraíso, Gloria Auxilio, por primera vez en su vida y en la mía me volteó a mirar, me repasó de arriba abajo y, como si fuera una concesión de su gracia, me sonrió y me saludó con mi nombre, dijo buenas tardes José, y mi sangre, que estaba apaciguada por la oración, se revolvió turgente y activa, subió a mis mejillas, bajó por mis brazos, dobló en mi cadera y calentó el rostro de El Príncipe.

De nuevo, aun los inconvenientes de esa posición, agaché la cabeza y le supliqué que hiciera lo mismo, pero este, rebelde que es El Príncipe desde sus años mozos, no quiso dar esa muestra de humildad franciscana y, por el contrario, protestó airado en sus dominios, con lo cual dio una señal inequívoca de respeto por la noción y práctica de la indeclinabilidad.

Gloria Auxilio me sonrió. Y cuando pasamos por la heladería Donald, en los bajos de la casa de Jorge Humberto Guevara, en la carrera 25 con calle 36, yo había decidido que me casaría con ella, y que tendríamos cinco hijos. Estaba feliz con mi decisión, la que, también lo pensé, comunicaría a mi prometida al final de un lapso de seis años.

Nuestra caminata por la carrera 25, bajo la opaca luz de una tarde de junio 26, antes de la fiesta aniversaria de la fundación de Calarcá, recorrió esa vía principal, con una Gloria Auxilio que mascullaba oraciones y que, poco a poco, cuando pasamos enfrente de la casa de doña Pura, se rezagaba del grupo delantero con la intención de abandonarnos. Yo lo supuse así, y mientras los demás se unían a la letanía de un nuevo rosario, yo empecé a caminar aún más despacio, y justo cuando cruzamos la calle 32, cerca de la casa de doña Brígida Rojas de Carmona, yo había decidido que si Gloria Auxilio salía de la procesión, yo también lo haría. Y así ocurrió.

Seguí a Gloria Auxilio, mi prometida, desde Las Partidas, cuando abandonó la procesión del entierro y se enrutó por la carrera 24. En la calle 33, giró a la derecha y se internó en el barrio 20 de Julio. Yo la acompañé, desde lejos, y la vi entrar en una casa muy cerca del Comando de la Policía, en donde oficiaba de anfitriona doña Eloísa, conocida como La Mocha. Me acerqué y miré el portalón de hierro, pintado de gris en sus láminas. Por una rendija se escuchaban los acordes de una canción del Caballero Gaucho.

Eran las cinco y media de la tarde y la noche, que es tan oscura en mi pueblo, tomó por asalto mis pensamientos: Gloria Auxilio, como lo decían las lenguas viperinas del barrio, tenía una doble vida, y no respetaba mi amor. De inmediato, sin hablar con ella —la verdad es que nunca lo protocolicé— deshice nuestro compromiso, y pensé que más tarde anunciaría mi decisión a través de una boleta que yo le escribiría, y así lo hice:

  • Gloria Auxilio:
    Ya no puedo más. Durante los últimos meses, cuando juego fútbol en la calle con los Bonilla y los Peña, la veo pasar a usted y mil dudas me dañan el partido. Ellos dicen, sobre todo los Peña, que usted trabaja con doña Eloísa, muy cerca de la casa de Don Sofonías, en donde muchos hombres entran a tomar aguardiente amarillo, a fumar Pielroja y a besarlas a ustedes, que son mujeres de vida fácil. Yo no lo creía, hasta hoy que lo vi con mis propios ojos.
  • Quiero contarle que nunca quise ennoviarme con otra mujer porque siempre la recordé a usted. Nancy, Beatriz, Esperanza, Alba, muchas mujeres hubieran aceptado mis besos, pero yo siempre la respeté a usted como respeto al equipo del barrio, Huracán, donde juego con Motas, con Supermán, Pichirilo, los Ruíz, Chepe y Héctor, y con quienes me dicen que usted es una casquisuelta. La encontré a usted con las manos en la masa y, por ello, doy por terminado nuestro amor.
  • Su admirador secreto.

Mi desolación fue total, y me hizo olvidar que debía firmar la boleta de adiós y, en especial, que ella debía enterarse que habíamos sido novios y que ya había terminado la relación.

Después de ese día mi tristeza no tuvo límite, y pensé que nunca volvería a enamorarme, aunque El Príncipe pensara diferente con cada mujer bonita que veía pasar por enfrente.

Años después, cuando regresé de Bogotá de trabajar como Asesor de Comunicaciones de algunos alcaldes de esa ciudad, caminé por mi antiguo barrio, me tomé muchos aguardientes donde Tacocha, y pregunté por Gloria Auxilio.

Ella, que trabajaba en esa casa del barrio Veinte de Julio, había hecho historia en mi pueblo. Había sido amante de un distribuidor de loterías y juegos de azar de Armenia, quien, en contraprestación, además de estrambóticas joyas, le regalaba los jueves un billete de la lotería del Quindío. Pasados algunos años, en el tiempo en que yo estaba ennoviado con Julita, la mujer más bella de La Soledad, el Park Way y varios planetas aledaños, Gloria Auxilio se sacó el premio mayor de esa lotería.

Después del sismo de enero de 1999, volví a caminar por mi barrio —que fue destruido por la naturaleza y, en especial, por la negligencia oficial— y pude volver a ver a Gloria Auxilio. Ella es una mujer mayor, gorda que, como yo, vive de recuerdos, y disfruta de la luz grisácea de Calarcá.

Gloria Auxilio, como yo, estoy seguro, ha pasado sus mejores días en Calarcá. Yo, igual que ella, he pasado mis peores días fuera de Calarcá. Y El Príncipe, mi más grande amigo y aliado, ha vivido sus más intensos orgasmos dentro de Calarcá.

Texto dedicado a
José Manuel, izquierda y centro de Las Partidas.