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ORIGEN, GLORIA Y DECADENCIA DE CALARCÁ

Calarcá para leerPor José Yesid Sabogal Vásquez.

Los nostálgicos, por qué negarlo, nos indagamos tanto sobre los factores que hicieron figurar a Calarcá en la agenda cultural nacional como por las causas que condujeron a su destorcida. Ya quedan muchos actores y testigos presenciales de los gloriosos años de Calarcá. Tal vez tampoco seamos tantos como se quisiera, los que por la literatura histórica o por tradición oral sabemos algo de ese pasado virtuoso. Y, seguramente, apenas será un puñado de lúcidos jóvenes calarqueños los que logran percibir que la suerte colectiva se extravió y que a pesar del declive vertiginoso, la caída no parece tener fondo. En todo caso, las nuevas generaciones merecen de las precedentes, pistas que les permitan entender el presente y, por qué no, elementos que las incite a concebir y fundar un nuevo proyecto común.

Pues bien, simplemente como hipótesis, propongo una aproximación explicativa sobre el ascenso y la decadencia cultural de Calarcá. Esta aproximación resulta de abordar la historia local desde una óptica sociológica amplia, entendiendo la configuración histórica de lo local dentro de la realidad regional y, a ambas, plenamente insertas en el contexto nacional.

El Origen

Sólidos y múltiples factores hicieron que desde el momento de inaugurar el periodo republicano, Antioquia se erigiera en el más dinámico y próspero eje económico del país. Como prosperidad y expansión van de la mano, los antioqueños empujaron sus fronteras agrícolas con más fuerza que cualquiera otra región. También por razones específicas la avanzada colonizadora preponderó hacia el Sur, trascendiendo rápidamente los límites con el Gran Cauca y más tarde con el Tolima. La gesta Antioqueña o La segunda conquista de El Dorado, como se le ha llamado a la colonización del Viejo Caldas, ha sido comparada por analistas internacionales con la conquista del Oeste en América del norte, solo que a la antioqueña se le ha pintado de manera idílica: campesinos descalzos y enruanados que establecieron una sociedad igualitaria de pequeños propietarios en un continente dominado por el tradicional latifundismo latino, —Parsons, Hagen y McGreevy—. Esta visión fascinante ha sido desvirtuada también por académicos que han demostrado que los comerciantes-terratenientes de Antioquia, del Valle del Cauca y del actual Caldas fueron los grandes beneficiarios, con la ventaja adicional de pasar a la historia como grandes promotores de la colonización mediante la venta de tierras a los colonos, apartándose así del latifundista medieval.

Ahora bien, el fortuito encuentro con el cultivo del café, justo cuando la marcha en su etapa final poblaba el Quindío –tal vez la mejor zona del mundo para su cultivo (K. Christie, 27)– determinó el éxito del proceso colonizador. Colonización y café fueron la base para la consolidación del comercio antioqueño y este, a su vez, fue el motor para convertir a Medellín, a principios del siglo XIX, en el primer centro industrial de Colombia. Las sinergias entre comercio e industria –de la que habría que destacar a la Federación Nacional de Cafeteros– se encargarían de garantizar que la impronta antioqueña se destacara en adelante en todos los procesos de ocupación del territorio colombiano.

La colonización del Quindío, a diferencia de Caldas y un poco menos de Risaralda, fue más iniciativa de familias modestas que de las buenas familias antioqueñas —muy orgullosas de su pasado hidalgo— que se instalaron en Manizales —La semilla trasplantada—. Y Calarcá fue un producto singular puesto que aquí se asentaron –en mayor número que en cualquiera otra localidad del Viejo Caldas– colonos, agricultores y comerciantes provenientes de los santanderes, del Tolima Grande, y sobre todo del altiplano cundiboyacense.

Los rolos –término peyorativo de los antioqueños para referirse a quienes procedían de esas zonas– por su fuerte identidad, establecieron su territorialidad: el barrio Fusa, incluida su propia plaza de mercado, lo que indicaba una voluntad explícita de distanciarse de la identidad dominante, a la que no se pretendía asimilar ni de la que se deseaba ser asimilado. La demarcación territorial voluntaria conlleva, además, la resolución de establecer un sentimiento de pertenencia con el territorio demarcado y con su entorno, lo contrario de un gueto. Quien dice demarcación territorial, dice control social y territorial, y quien dice control dice rivalidad, disputa.

La Gloria

El marcado componente muisca, la ancestral vocación agrícola, el carácter introvertido del cundiboyacense colisionaron con la vocación comercial, el preponderante componente español y el extrovertido espíritu antioqueño. Las cosas no llegaron a la violencia étnica porque colonos todos, se necesitaban para enfrentar al enemigo común: las odiosas concesionarias de tierras Burila y Villegas obtenidas bajo la Corona española y que luego, bajo la República, de manera fraudulenta y con anuencia del Estado corrían a su antojo los límites de sus enormes territorios. (D. Fajardo, 1998)

El pacto tácito frente a los concesionarios, reforzado por la prosperidad de la economía cafetera, impuso la pluralidad, la convivencia, valores fuerza de la tolerancia y la universalidad que a su vez son cimientos de la creatividad colectiva. El caso no es banal en un continente y en un país en los que las tensiones raciales seculares han sido latentes.

Y, precisamente, para pasar de la convivencia al mestizaje, fue a la creatividad a la que acudió un alcalde que en un acto de genialidad política canceló la plaza de mercado de los rolos e impuso que toda la comunidad acudiera al mercado central —actual Plaza de Bolívar—, con el cálculo estratégico de unir parejas de nativos —antioqueños— y de advenedizos —los no antioqueños—. Dinamizada por la interacción entre estas dos culturas, Calarcá alcanzó a vivir una efímera pero dorada adolescencia. El eco de este ruido creativo desbordó los límites del Viejo Caldas y a Calarcá acudieron, atraídos por los viernes culturales, personajes de la vida nacional.

La destorcida

No se puede desconocer que los antagonismos, más socioeconómicos que culturales, rezagaron el proyecto común de municipio y que a la superación de este atraso tampoco habría de contribuir el marco regional del transitorio Viejo Caldas, que nunca constituyó una causa común y que apenas duró el tiempo que requirieron las élites políticas subregionales para hacerse cada una a su propia circunscripción electoral, sin más perspectiva. Así, como la comarca de un cacique liberal y de otro conservador, nació el departamento del Quindío.

Pero las causas mayores que marchitaron la floreciente adolescencia de Calarcá fueron otras, de carácter nacional, que desde luego han afectado a todo el país pero que en Calarcá truncaron definitivamente la posibilidad de retomar la aureola creativa que logró ganarse y que todavía buscamos tan desesperada como inútilmente.

La primera de estas causas, sin duda, fue la intolerancia ideológica y el sectarismo político inducido desde los centros políticos nacionales por las oligarquías de los dos partidos y que se acentuó al finalizar la hegemonía conservadora. Para conjurar a su interno odio partidista, la Federación Nacional de Cafeteros insertó en sus estatutos el sectarismo anti-bipartidista. De esta manera el enemigo común externo —las concesiones terratenientes— se trocó por el enemigo interno ubicado en el partido contrario. La intolerancia política, que caló bien hondo en el alma de los pobladores de todo el Viejo Caldas, llevó a que esta zona del país pusiera nada menos que uno de cada cuatro muertos que dejó la violencia en Colombia.

La segunda, es aún más compleja y más contundente. Se trata, por una parte, de la consolidación de la identidad antioqueña como la identidad regional más fuerte del país y, en consecuencia, la suplantación por parte de esta, de una identidad nacional aún precaria. Por otra parte, se trata del surgimiento de la subcultura paisa que desvirtuó el antioqueñismo y que desde la segunda mitad del siglo XX tiene sumido a todo el país en la más profunda crisis de valores.

En cuanto a lo primero, baste recordar que si la del Viejo Caldas –la primera, la más contundente, la más prodigiosa– fue la colonización por antonomasia del proceso histórico colombiano, ella no fue la única. A finales del milenio los especialistas señalaban que la extensión antioqueña hacia el norte —departamentos de Córdoba, Cesar, Bolívar, etc.—, se inscribía en la quinta ola colonizadora antioqueña. Hoy, con la expansión hacia el Pacífico, tendríamos que referirnos a la sexta ola colonizadora. La eficacia de esta expansión territorial y económica se expresa en la superposición de la identidad antioqueña sobre el mapa pluriétnico y multicultural de Colombia. Los íconos son claros: la bandeja paisa, Juan Valdez... El efecto de esta antioqueñización de Colombia ha tenido efectos particulares en todo el Eje Cafetero, especialmente en el Quindío, el departamento menos antioqueño y obviamente en Calarcá el municipio más diverso en su origen, de la región. La homogenización cultural, como se sabe, tiende a apaciguar y a limitar el imaginario individual y colectivo.

La subcultura paisa, –efecto y causa de las violencias–, nació del desplazamiento forzado y masivo de población campesina hacia centros urbanos precarios. En ese proceso, del cual La Violencia fue la Caja de Pandora, los valores antioqueños fueron extrapolados y trastocados en su propia cuna. La urbanización a ultranza empezó a desbordar físicamente a Medellín a mediados del siglo y poco después, la dura marginalidad suburbana masiva puso contra la pared la moralidad de las élites típicamente andinas, esto es, jerárquicas, autoritarias, ultracatólicas y racistas. La tradicional vocación económica neoliberal –que conlleva por defecto la concentración de la riqueza y de los medios de producción–, ya para entonces había reducido las posibilidades reales de hacerse a una vida digna por medio del esfuerzo individual honesto.

El discurso continuó pregonando, sin embargo, los parámetros de esa raza idílica esparcida por todo el país cuyos individuos dotados de una imaginación superior nunca se varan, cuya habilidad única les permite enfrentar con un pragmatismo —estilo gringo— toda adversidad. La evocación repetitiva del pasado glorioso forjó el mito, el mito forzó la realidad y esta embistió lo que quedaba de una legalidad sin Estado. Como de la mano mágica del culebrero brotó el milagro: otra vez fue posible para cualquier paisano acumular riqueza y esta vez en más cantidad, más rápido y más fácil. Por las mismas rutas utilizadas para el contrabando del café –que en 1976 llegó a ser superior a las exportaciones legales– empezaron a salir la cocaína y a entrar las armas. El resto de la zaga se sufre hoy institucionalizada, del Atrato al Orinoco, pasando por el Quindío y de Riohacha hasta Leticia, pasando por Calarcá, porque el país es orgullosamente paisa.