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PRINCIPIO Y DESPERTAR DEL PERIODISMO CALARQUEÑO

Calarcá para leerPor Alirio Sabogal Valencia

Es difícil establecer a qué hora y en cuál año del Señor comenzó a escribirse la historia notarial de Calarcá. No la que redactan los escribanos sino aquella que sacan en limpio, suscriben y publican los periodistas, de lo cual dan fe. Me corresponde, entonces, en sujeción a lo dicho, difundir lo que sé; esto es, divulgar mis personales suposiciones y recurrir a palmarios ingredientes del estilo periodístico en la propia alborada de la fundación del municipio, dentro de lo que podríamos resumir como el germen del periodismo calarqueño.

Es obvio que los más primarios textos con sabor y olor a noticia fueron manuscritos de la Junta de pobladores, entusiastas y cautelosos, o apuntes, y actas para sustentar posturas del cabildo; de igual manera lo fueron las memorias borroneadas por algún cronista mezclado dentro de los colonos; y no pocos memoriales, durante aquellos días iniciales del periodismo calarqueño, aparecieron redactados al calor de secretas reuniones de reparación y objeciones —como los de Catarino Cardona en contra de la compañía Burila, la cual intentó adueñarse del territorio donde era fundada la también llamada Villa del Cacique—.

Peticiones y decisiones quizá elevaron y abultaron la serie de escritos que moldeaban la historia, pero también la práctica del periodismo colonial en dirección a la independencia de la población. Escrituras y archivos ocupaban anaqueles de la administración local y se acumulaban a la espera de ojos atentos que investigarían la formación política, social y cultural de la naciente ciudad, mediante voluminosos archivos listos para desempolvar la verdad de sus anales. Aunque varias décadas después los enemigos de la razón y la verdad acecharían la realidad conservada en oficinas públicas, como cuando en los años cincuenta cuantiosos tomos de registros, archivos, cartapacios, cuadernos, fueron quemados en una estación de gasolina del barrio Versalles por determinación de un alcalde militarista que así obedecía la orden de un militar gobernador de Caldas, quien a su vez cumplía en tal sentido la directriz presidencial del dictador Gustavo Rojas Pinilla.

El periodismo abrió sus alas y echó a volar en Calarcá a partir de 1903, cuando comenzó a funcionar la primera oficina telegráfica encargada a Ismael Zapata. Sonaron los despachos del hilo conductor y las comunicaciones cruzaron fronteras. La Imprenta Calarcá, 18 años después, publica el primer libro de que se tenga alguna información concreta: en papel periódico fue dado a la luz pública La Miscelánea, de Segundo Henao, por antonomasia el fundador de la nueva avanzadilla administrativa, quien daba entonces a conocer su literaria vena de cronista.

Las imprentas comenzaron a intervenir como botafuegos y diversos órganos al servicio de la información, aparecieron ante la mirada expectante y las ansias de comunicación entre los pobladores: El Dínamo, que ostentaba una movilidad inexistente pero buscaba su propia tendencia a aceitar la máquina de las referencias y relatos municipales; Judex, simpático e insólito. Para asombro de humoristas y periodistas de radio en la actualidad —reporteros al servicio del desarrollo de la modernidad que todavía recorre a Colombia—, un medio escrito de aquella Calarcá naciente fue bautizado Luciérnaga. Y también existió el partidismo instigado desde el papel periódico: El Vigía, de tendencia liberal; y los órganos que mostraban la cara nada maquillada oficial de tales auroras: Calarcá, y Gaceta Municipal; la opinión conservadora estaba delineada en El Avión; y ya el magisterio promovía la apertura de asuntos pedagógicos desde La Escuela.

El periodismo escrito puso en mí su sello inicial a través de la Revista Calarcá, dirigida por el profesor de la escuela Atanasio Girardot —no había ninguna referencia en los años cincuenta a centros docentes— don Tobías Trejos, víctima noctívaga de una bala perdida en el sitio La Granja; fue la publicación que me atrajo hacia las notas sobre la cultura de la inmadura Calarcá, como un imán que jamás me ha concedido, desde esa época, la más mínima ocasión de desasirme de ella, ora en escenarios municipales, ora nacionales o extranjeros, para desplegar las cinceladuras de mi mente hacia objetos o lugares diferentes o distantes de ella.

La radio también causaba su efecto de atracción sobre los niños de esa misma década: Emisora Cultural, denominación de aquella frecuencia, contaba con el alcance apropiado a su potencialidad: seis o siete manzanas a la redonda; pero la minoría en audiencia era suficiente para que en la pequeña población fuera conocido su naciente prestigio y sus limitadas horas al aire.

El ejercicio de la actividad radiodifusora, pues, comenzó con semejante primitiva estación. Sus espacios al aire exhibían una inocente similitud con las transmisiones que inventaban operarios apasionados por el micrófono desde la Ciudad de hierro que, de cuando en cuando, instalaba sus juegos mecánicos —y sus palomitas de maíz, llamadas por la época simplemente crispetas— en lotes adecuados para ello: Para complacer a las iniciales F.S. de parte de las iniciales R.M., la canción que lleva por título Adversidad. De este modo, los padres homenajeaban a sus hijos y estos estimulaban el oído de sus padres, dentro del mayor respeto y decoro, mientras en la Ciudad de hierro la música grabada en acetatos de 78 revoluciones por minuto, a punto de romperse, estimulaban amores de diferentes matices y tintines.

Pero la Emisora Cultural, además de su especialización en notas sociales, era un baluarte fundamental para los progresos de la doctrina y la práctica religiosa católica. Sus transmisiones se cumplían casi siempre desde el atrio del templo San José, en cubrimientos dominicales por lo general dedicados a resaltar nombres y hechos ya familiares a los calarqueños, y al sustancial acontecimiento de su vinculación a memorables mandatos de la fe, como la primera comunión, o el simple testimonio de un cumpleaños.

Entre tanto, medios impresos ganaban credibilidad y afecto en la ciudad: Numen, con su carga literaria; El Juzgón, cada fin de semana convocando al buen humor; Espejismo, periodismo cultural excelente; Eco Robledista, con la frescura de jóvenes inspirados en la administración de la mejor información estudiantil, pues figuraba como vocero autorizado del colegio Jorge Robledo; El Contemporáneo, esforzada lucha opuesta a la simple figuración, enorme por la búsqueda intensa de la literatura y la cultura locales; El Cirirí y La Bomba, diversidad e información, con tinturas de ligera gracia, en épocas recientes.

Apenas comenzando la década de los sesenta Calarcá fue estremecida por la faena riesgosa e irrepetible de una mujer ataviada de una personalidad bravía y alucinada, decidida a innovar la aletargada existencia de los calarqueños con un proyecto tan imponente como refulgente: La Voz de Calarcá.

Aguijoneada por las ideas del plan que unida a ella embellecía su alter ego, la poetiza Carmelina Soto Valencia, Cecilia Latorre Mejía insufla savia de la mejor radio a la emisora que, a las pocas semanas de su fundación, figura como la más moderna casa radial de la hoya del Quindío, por su clara, original y seductora clasificación musical, cultural, noticiosa y deportiva, cuya armonía con deseos y esperanzas de radioyentes resulta ser no solo la mejor experiencia al aire para los quindianos de aquellos años sino también la más vívida identificación con una radioemisora sin rimbombantes aspiraciones. Ella, la nueva estación radial de Calarcá, es solo radio al servicio del civismo, del pueblo, de tantas ilusiones aplazadas por los siglos de los siglos, amén. Radio, nada más que radio, y de la humana, la propagada al servicio del interés público, la comprometida con la ciudad.

En su cabina de locución se dieron su toque de notoriedad glorias de la radiodifusión colombiana, y desde allí fueron cumplidas genuinas hazañas en provecho de la solidaridad, la convivencia y el bienestar de la región.

Un día RCN puso punto final a la fiesta: compró la emisora y los radioyentes calarqueños pasaron a silenciosa vida, porque comenzó para todos nosotros una forma de existencia menos patrimonial y separada de la participación democrática desde los medios que deben defender la libertad de expresión. Así como el mundo comenzaba a pasearse por los vericuetos de la apertura económica, y después varones y mujeres trasegaban a través de los equívocos senderos de la globalización, Calarcá en términos de medios de comunicación quedó uniformada, unificada, centralizada: La Voz de Calarcá —tal cual una historia de amor en cadencias de bolero— es hoy apenas una evocación; como si jamás hubiese existido, nombrada como Antena 2.

Vino luego don Enrique Ramírez, gigante de las transmisiones radiales en Colombia, y en sociedad con CARACOL fundó Radio Reloj, pero ello fue más dulce quimera que la totalidad de los medios escritos y radiados fundados y desaparecidos en el fragor de las mismas batallas periodísticas.

En realidad, a veces creo que todo aquello lo soñé en mi infancia: en aquel tiempo a través de un largo tubo galvanizado de siete metros de largo que cubría desde la habitación donde funcionaba la radiola —así se designaba a la sazón estos equipos— de nuestra casa en la calle 32 hasta el final del patio, hacía locución para mis oyentes de la vecindad, quienes me pedían discos de Los Cuatro Amigos, Lucho Gatica, Miguel Aceves Mejía, Garzón y Collazos, Dueto de Antaño, Alba del Castillo y tantos más ejecutores e intérpretes. Fundo en instantes de nostalgia que esa presencia diáfana de los medios masivos de comunicación en mi vida solo alcanzó a constituir en mi niñez un cuento, acaso una evocación o una singular construcción mental, porque de lo que sí estoy convencido —y está en mi memoria tan fresco como este amanecer de junio— es del nombre que, antes de echar al aire canal radial alguno en nuestra ciudad, orgulloso le puse a mi emisora: La Voz de Calarcá.