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CALARCÁ PARA LEER

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PRÓLOGO

Calarcá para leer (El libro)Por Álvaro López Cortés
alvarolopezcortes@hotmail.com

Apreciado lector:

En el transcurso de mi vida, ha sido la literatura una de mis mejores compañías; quizá aquella que mayores satisfacciones y enseñanzas ha aportado para mi dicha personal, por cuanto me ha acercado desde diferentes ángulos al mundo, haciéndolo cada vez más comprensible mientras desovilla poco a poco, en cada libro, en cada frase, la madeja inagotable del comportamiento humano.

La lectura de grandes maestros de este arte universal, entre ellos los rusos, de modo especial Dostoievski —Fiódor Mijáilovich Dostoyevski—, fue a lo largo de mi adolescencia motivo de especial atención. Un viaje respetuoso al fondo de lo que alguien llamó novelas psico-patológicas por la atmósfera de manicomio en que se desenvuelven, (...) en medio de un profundo sentido de la realidad, personificado en la introspección de quienes han sido obligados por las inclemencias de la vida a ser como son, que me impresionaba cada vez más, al punto que, hoy, esos episodios vibran todavía en mi cerebro, con la misma fuerza de los hechos capitales que marcan el sendero en las almas sensibles.

Recuerdo, con suprema admiración, la obra de ese Dostoievski que sobrellevó la epilepsia y experimentó una condena a pena de muerte por fusilamiento, indultada a última hora cuando ya estaba amarrado al poste de ejecución; que vivió la rudeza de la prisión bajo la fría e inhumana temperatura de Siberia. Infiero que, de otra manera, habiendo tenido otra suerte, el ruso no habría escogido como temas favoritos esos cuadros realistas de la miseria que inspiran en cada lector la más profunda piedad; (...) el destino de hombres que han caído tan bajo, por las circunstancias de la vida, que ni siquiera poseen el concepto de la posibilidad de salirse de su posición.

Han pasado décadas desde cuando leí Crimen y Castigo, y aún pienso en Raskolnikov, el infortunado personaje presa del remordimiento y la vergüenza, que, dado el profundo amor que profesa a su madre y a su hermana —extremadamente pobres como él—, y como resultado de su obsesión por encontrar dinero para terminar sus estudios y mantener a sus seres queridos, concibe la idea de matar a una vieja usurera que él conoce y perpetra ese crimen.

Otro de los autores que iniciaron mi apreciación del mundo a partir de la literatura fue Oscar Wilde. En un esporádico viaje a París que efectué a mediados de los años ochenta, fui caminando desde la catedral de Notre Dame hasta el cementerio Père-Lachaise a buscar su tumba. No sé cuán distantes quedan entre sí estos dos puntos emblemáticos de la Ciudad Luz, ni recuerdo el grado de fatiga que me produjo la caminata. Pero, eso sí, conservo el pedazo de papel en que escribí los versos que le sirven de epitafio.

Al recordar a ese profundo ironista, no me resisto a la tentación de traer a esta página esas conmovedoras palabras suyas, inscritas en la escultura de Jacob Epstein que adorna con discreta magnificencia su última morada:

Y extrañas lágrimas llenarán por él

el jarro de la piedad ya roto antaño.

Porque quienes le lloren serán los parias

y los parias eternamente lloran.

Solo pretendo, con este compendio de escritos que tengo el honor de editar y presentar —autorizado generosamente por quienes participan en él—, hacer homenaje a los escritores del mundo en cabeza de mis coterráneos; damas y caballeros calarqueños, raizales o por adopción, que desde siempre han tenido, como característica de su personalidad, el mismo afecto que yo he profesado por el conocimiento proveniente de la literatura. Con el respeto merecido, les he invitado a dejar constancia para futuras generaciones de que, a comienzos del siglo XXI, eran ellos quienes construían un repaso literario, filosófico y crítico de su propia región.