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CALARCÁ PARA LEER

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REVISITAR UN SUEÑO

Calarcá para leer (El libro)Por Juan Manuel Roca

Lo que algunos llaman la tierra de mis mayores es a veces una parcela de tierra desconocida. Para mí, por fortuna, desde el lado materno, no ocurrió de esa manera: conocí esa parcela del mundo y del Quindío en la que siempre, para mí, es mediodía.

Mi madre fue niña en Calarcá, mis tíos Vidales también lo fueron, así que la primera vez que yo llegué a ese bello lugar que olía en todas sus calles como si un ángel hubiera regado agua del paraíso, no me sentí llegando sino volviendo.

En varios períodos de mi andariega infancia viví, breves pero fecundas estancias entre las altas paredes de clorofila que bordean las carreteras del Quindío, aspirando semillas de una parcela secreta y rumorosa del edén. Los pequeños incendios de los granos del café eran como brasas en el paisaje.

Muchos años más tarde leería una teoría de Kandinsky que afirma que el rojo sobre el verde canta y supe de qué estaba hablando el pintor. El rojo del café seguía cantando en los ojos de la memoria.

Mis abuelos Roberto Vidales, austero maestro de escuela y Rosaura Jaramillo, hacendosa y dicharachera, vivían en la hacienda Río Azul, un lugar que solo conozco en una parcela imaginaria, pero que sé anclado en una montaña mágica de Calarcá.

Por años, cuando tenía vacaciones escolares me iba a pasear a este paraje mágico del Quindío. Y si no viajaba, de todas maneras paseaba por ese paisaje mental que siempre habría de acompañarme. Cuando el bus me dejaba en Calarcá, mi tía Silvia paraba sus labores en su almacén Eureka, dejaba de forrar botones y de fiarles a las gentes de la plaza de mercado y me llevaba al edificio de nuestra dulce pariente Licenia, en el marco de la Plaza principal, que entonces era más arbórea. Y más bella.

Llegar a Calarcá era pasar las horas jugando tenis de mesa en el Club Quindío, asomarse al balcón a ver si el azar llevaba por esas calles a Lucy Cano, bella como El cantar de los cantares, escuchar historias fantásticas de Las Gasolinas, dos rubias pintarrajedas y desviroladas que caminaban el pueblo de sol a luna, jugar fútbol en el estadio Las Palomas, ir al cine, trasnochar en el parque con Henry Aristizábal tras varios termos de café hablando de cuanta cosa ocurría en nuestro mundo, participar de las pequeñas guerras con granos de café armados de unas pequeñas caucheras que llamábamos maiceras. Y, sobre todo, ir a la finca de Licenia a leer en medio del silencio de los cafetales.

En su cafetal leí por primera vez Madame Bovary y aprendí la magia de que un libro nos puede llevar, aún en medio de las sombras de los guamos y de los naranjos, a una aldea francesa.

Luego habría de leer los poemas de mi tío Luis dedicados a Calarcá, su descripción del limonero del patio de la infancia que se la pasaba pintando de verde, o de amarillo, sus esferas de olor.

Cada vez que puedo vuelvo a Calarcá. Veo la sombra niña de mi madre, la caja de botones de Silvia, las mismas colegialas que no han envejecido saliendo de la iglesia. Y me entran unas ganas irrefrenables de correr tras el balón en la cancha de Las Palomas.

Entonces le digo al entrañable Elías Mejía que vayamos a tocar a la ventana de Lucy Cano, que debe estar esperándome desde hace cuarenta años, cuando nos despedimos y cerró suavemente el postigo por el que intento revisitar un sueño.

No importa, qué va a importar, me digo, que Lucy desde hace años haya decidido jugar a esconderse del mundo y de sí misma para siempre.