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DOS "LIBRES", LIBRES

Óscar Zapata Qutiérrez (q.e.p.d)

Por Óscar Zapata Gutiérrez (q.e.p.d.)

Apegos de hermética procedencia, arraigos y sumisiones, relacionan personas con lugares de los cuales hacen parte infaltable. Especies de muebles o seres en el decorado espontáneo del domicilio del cual, sin darnos cuenta, tenemos un arraigo definitivo.

Nos extrañan o extrañamos, cuando las circunstancias hacen evidente una ausencia temporal o definitiva. Estamos ahí o nos perpetuamos en la memoria colectiva, albergados en el entorno de la reminiscencia, de la anécdota, de la historia o la parábola.

La semana pasada se fueron unos, el mes pasado, otros y muchos el año anterior a este en donde hacemos un balance con carga emocional, desde la afectiva hasta la intolerante. Desde el desdeño desmesurado hasta lo perverso y tendencioso.

"No hay muerto malo", dicen los condescendientes, aún hacia los sujetos de reproche o de morbosa censura, por parte de los intemperantes. Nosotros tenemos una humana identidad con el congénere y una óptica de indulgente percepción del prójimo.

Alejandro partió como vivió. Llegaba y salía en medio de la bruma de un día invernal o llegaba, tarde en la noche, o a cualquier hora con su aureola de magno y el estigma de un prudente misterio como eje conductor ignorado por quienes lo teníamos cerca e ignorábamos sus historias o periplos con la verdadera complicidad de amigos lejanos al reproche o de la simpatía de hermanos exentos de censura.

De aquí, se fue con vida la verdadera última vez sin dejar de contrastar con las supuestas búsquedas del ajetreado Don Quijote o con las aquilatadas faenas de Sancho, de por sí, habilitado para regir en la Barataria con la socarronería de quien, como su jefe, va despejando señales para llegar a la princesa del Toboso.

Su esposa legítima lo repatrió al terruño y sus dos hijas o mejor dicho sus sueños le alimentaron un mundo mejor para equilibrar los desafueros.

Llegó en un voluminoso cofre funerario con un no soñado atavío de recoleto o de redomado Franciscano. Verlo ahí nos impulso imágenes comunes en el colectivo. Ahí estaba el militante de mil actitudes, el protagonista y gestor cultural, el actor de documentales de cine, el transeúnte infatigable por tierras y caminos extraños, el silencioso soñador, el amigo exaltado por seres exclusivos y excepcionales y su definitiva fulguración de héroe o de personaje de condiciones únicas e irrepetibles...

Hoy, se fue HÉCTOR GÓMEZ, alias "Libres", ícono de los habitantes de la calle. Personaje definitivo en un pequeño libro sobre mini ficciones, el mismo lo fue, y con su emblemática semblanza de carne y hueso, figuró en el entorno de un parque con habitantes nocturnos y diurnos en su diario trasegar por su vida de libre. Única condición voceada con un grito audible o inaudible de la gritada libertad paradigmática o real. Nada de cordura en su devenir, nada para destacar en esas páginas escritas con su vida a las añadidas con marcadores de tinta sobre retales de cartón con mensajes en una nítida caligrafía planteando sus dudas, su altanería y ante todo su elementalidad, la del NN que llegó a esta comarca y hasta el Héctor Gómez dictaminado nominalmente en su documento de identidad. Asceta, temperante, prolijo, iracundo. Su repertorio de gritos incluía voces, tal vez mántricas, ignoradas o no entendidas por los mortales o cuerdos. Lo dotaban con la energía del desahogo con una vibración diferente a la de la esencia habitada como ser humano.