|
Por: Óscar Zapata Gutiérrez
(zapataosc@gmail.com)
El solo hecho de disponer de cualquier medio para escribir, encararlo frente a una página en blanco y
comenzar a calentar, como preámbulo, sin tema específico, dispara embriones para trabajos inesperados con
los que no se contaba ni se soñó. Escribir se convierte en juego, el azar interviene, sentimiento y
carácter, unción o disposición imponen el ritmo del texto. El tono se define para el mensaje que involucra
un tema como en un trozo musical o una composición que trasmite sentimientos ocultos, mensajes, asombros
que han de ser compartidos con el lector. Se salta por entre el fraseo hacia afuera como sucede al salir
de un aposento y se gana la calle de la provincia, de la aldea o de la gran ciudad. Si se
va a la deriva las opciones se multiplican conforme al recorrido. En este caso, se va a merced
del vaivén de los sucesos sin libreto. Un lugar lúgubre precede al riguroso u ordenado que
podrá estimular nuevas búsquedas. La alegría o el bullicio le dan giros al tema, los sucesos
callejeros inéditos aceleran el pulso mientras otros eventos invitan a pensar y repensar.
Esto de sentarse en actitud de escribir es como meter la mano en la Caja de Pandora o en un cuarto oscuro o
abrir un grifo del que brotan líquidos desconocidos o abrir puertas y ventanas que dan margen a las
evocaciones o a las añoranzas. La página en blanco tiene la virtud del sometido: Actitud pasiva, entrega
incondicional, inercia frente al poeta que la colma con versos y metáforas o frente al artista que la
llena con trazos y bocetos o frente al escritor que la llena con propuestas de las que surge el texto
definitivo del cuento, de la novela, de la opinión.
Jamás se sabrá, no lo sé todavía sobre lo que iría a escribir cuando comencé a pergeñar esta página
derivada de la actitud de haber dispuesto un bolígrafo y apuntar sobre una página en blanco y encontrar
un final y un tema como este. |