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Por: Óscar Zapata Gutiérrez
(zapataosc@gmail.com)
Admitir que uno nace en el momento preciso, en el medio preciso, con los padres precisos
en un nicho desde el que uno parte en un loco recorrido hacia el final, lejos de ser una aventurada
especulación, es una solemne verdad. Se va por entre caminos determinados por un medio que,
como los senderos recorridos por otros, determina rechazos, proclividades, deseos y actitudes
con las cuales se van haciendo las maletas del viaje. El lastre lo cargamos desde el nacimiento
y con él hasta la muerte aligerando o acumulando bienes o pasiones. Soy alguien que, todavía,
desea ser, desea tener, desea hacer y en esa búsqueda lo paso hasta llegar a la tierra de la
entrega, a la renunciación, al éxtasis de la liviana compostura del anciano. Lo supe en el
momento oportuno, hoy, cuando libre de cargas, ligero de equipaje, voy con la procedencia de
la simple actitud derivada del eterno presente. Jugar como recurso de vida, como estrategia
de paso.
Voy al Casino en una actitud entre contrita y compulsiva con la misma pasión de otros tiempos
en los cuales asistía a los oficios religiosos dominicales del templo ancestral. El Casino
se convirtió, de la noche a la mañana, en una visita terapéutica, en una formidable alternativa
de comunicación, en una pícara debilidad. Entro, a diario, con la discreta actitud de quien
sospecha que será censurado por quienes no entienden lo que encierra una visita a tan insólito
lugar. Horas enteras en medio de murmullos, de mezcla de sonidos, de luces, de figuras en las
pantallas de las máquinas sentenciando resultados, de rostros expresando emociones, de dramas
inéditos o repetitivos en un lenguaje universal.
La totalidad del universo y la parafernalia que lo conforma, guardadas las proporciones,
alberga una población en la cual alternan jóvenes recién llegados a la mayoría de edad, ancianos
venerables, profesionales de todas las carreras, damas de sociedad, estudiantes de las más
variadas disciplinas, empleados de todos los sectores y oficios amén de los integrantes del
personal encargado de la administración, los profesionales de los sectores de los juegos de
cartas, los de ruleta, los electrónicos, los de atención logística y servicio de bar. Todo
mezclado, como en la deliciosa cotidianidad.
Pasarla bien es una constante categórica, un denominador común, un propósito de quienes recurrimos
con la constancia que, reflejada en nuestra voluntaria presencia en el lugar, nos permite disponer
del sorpresivo "palancazo" o de la "guaca" o de la dulce sonrisa de alguien
que nos redime con la eficacia de la mejor medicina que encontramos en la complicidad, en la
tolerancia, o en lo solidario que concita un lugar de encuentro cotidiano. Esta congregación
es tan divertida que uno termina poseído por la misma pasión del místico vicioso en sus prácticas
extremas o a merced de la fruición apasionada del lector compulsivo en un libro inédito del
cual sólo se conocen segmentos en la literatura de clásicos universales.
Fraternidad o logia, congregación o lugar de encuentro, paraíso o entretenimiento, estado
de gracia o pasión desenfrenada, la vida de casino es el lugar de las delicias, de los sentidos
siempre alerta en donde alternan las aspiraciones por ligar una escalera real, un póker, un
pleno, un progresivo con el sueño de don Quijote realizado, o la felicidad, más cerca que lejos,
y llevamos tan adentro y no la vemos. |