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JOSÉ NODIER

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ACUERDO SOBRE LO FUNDAMENTAL

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La Constitución de 1991 será desguazada ante nuestros ojos

Las distintas naciones, habitantes de este territorio, han cambiado mucho en los pasados cincuenta años. Hemos sufrido –más que vivido– un cambio notable: de una nación campesina, en exclusiva, creamos ciudades enormes.

De un país confesional, ligado a las prioridades católicas, pudimos dar libertad a la diversificación cristiana y legitimar el laicismo, a partir de la Constitución de 1991.

De un pueblo de una baja escolaridad, logramos por la insistencia de líderes como Luis Carlos Galán que la formación básica primaria y secundaria, fuera gratuita y que más gente asistiera a las instituciones educativas.

La modernización de Colombia, de cara a la globalización, ha sido efectiva y parcial, aunque no seamos una nación moderna. Me explico: tener cajeros automáticos, telefonía móvil e Internet masivo no es condición para que nuestras conciencias estén abiertas al universo.

A la par que cambiábamos, la inequidad y la corrupción han avanzado dramáticamente. Somos una sociedad, como lo entiende la teoría de los mercados aplicada, que espera hacer de la abundancia de la mesa de unos pocos un gran festín, con la peregrina idea de que las sobras, las migajas, caigan desde el nivel superior a los estratos de abajo.

La inequidad ha profundizado la angustia de vastos segmentos de la población y los privilegios de unos pocos. Los políticos, por ejemplo, configurados como pequeñas pero efectivas máquinas de poder, manejan las decisiones de millones de colombianos, quienes ahora ya no se sienten representados por esos dispositivos de abordaje al erario público.

Partidos políticos como el Centro Democrático, Cambio Radical, La U, el Liberal o el Conservador, aliados entre sí, nos han expropiado la esperanza y nos han quitado la posibilidad de tener educación universal y gratuita y salud de calidad.

Los banqueros, también, poco a poco se apoderaron de los medios de comunicación, de millones de hectáreas de tierra, de decenas de fondos públicos y, en especial, lograron enquistar en la modorra de nuestro Estado un sartal de privilegios que redunda en billonarias utilidades.

¿Acaso soy comunista porque lo veo, lo escribo y lo digo así?

No. Solo soy un colombiano, un poco liberal, quien advierte, a pesar de los cambios ya ocurridos, que con los resultados de las pasadas elecciones, otra vez, caminamos con los ojos abiertos hacia el abismo.

Los resultados del pasado 27 de mayo dicen mucho lo que somos hoy. De una parte, expresa bien esa Colombia profunda y marginal –como lo dijo De la Calle– que con casi 10 millones de votos se convierte en una mayoría impotente para cambiar al país.

Una amalgama de ilusiones, imposibilitada para darse a sí misma una voz que espante los intereses del pasado. Una hija mayor de edad, nacida en 1991, que por su incompetencia para trabajar en equipo, no podrá detener el despedazamiento de lo avanzado en derechos ciudadanos. Ni siquiera pudimos, como lo pidió un candidato, hacer un acuerdo sobre lo fundamental, palabras retomadas de Álvaro Gómez Hurtado.

La Constitución de 1991 será desguazada ante nuestros ojos, y seremos impotentes para impedirlo. Daremos, claro, un salto hacia atrás, hacia las concepciones ultraconservadoras y retrógradas de 1886.

Las minorías políticas de Colombia, constituidas por un sector de colombianos –algunos conscientes, otros indiferentes, muchos engañados– dieron un paso clave hacia la Casa de Nariño.

¿Entregaremos la Constitución de 1991 en bandeja de plata? Queda poco tiempo para reaccionar.

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