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JOSÉ NODIER

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AMARGURAS DEL CAFÉ

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"¿Por qué los caficultores manifiestan esa sospecha?"

Los gremios económicos del Quindío, que son damnificados por las maniobras torticeras de algunas administraciones públicas, piden al gobierno departamental "transparencia" en los procesos de contratación. Esos gremios, con razón, reclaman honestidad y ética pública de quienes nos gobiernan. Suponen ellos, y todos, que las cosas cambiarán en nuestra tierra.

Me llama la atención de su pronunciamiento la justicia de su pedido y, a la vez, su doble moral. Lo digo porque sus reclamos, que son reales, ellos mismos los deberían hacer a algunos de sus asociados, de manera individual o empresarial. No existiría la corrupción pública sin la privada. Esa relación es recíproca: no puede aspirar el empresariado que haya honradez en la administración pública si ellos mismos como ciudadanos no la ejercen, eso está claro.

Se les debería recordar a algunos de ellos la trajinada pero ignorada redondilla de Sor Juana Inés de la Cruz: "¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga, o el que paga por pecar?"

Interrogo sobre un caso claroscuro que los gremios deberían responder, para solo citar una entidad. ¿Qué es lo que pasó o pasa en el Comité Departamental de Cafeteros y en su anterior dirección ejecutiva, que en todos lados se pone en tela de juicio la actuación de ese organismo?

No se entiende que el ex director de esa entidad, representante de nuestro gremio más importante, se vaya de su cargo, con sigilo, sin respuestas a múltiples inquietudes.

Sabemos bien que ese gremio administra recursos parafiscales que, en el fondo, son presupuestos públicos; en tiempos de cafeteros notables como Arturo Palacio, Alberto Montoya Fayad y el extrañado Óscar Jaramillo García esos dineros fueron destinados a la operación de un servicio de extensión y asistencia técnica, admirado en todo el país.

En la gestión de ese ex director, de Guillermo Zuluaga Álvarez, en la práctica, ese servicio fue desmontado sin mitigar sus consecuencias sociales y productivas. Los cafeteros, por esa medida, quedaron a la deriva en sus parcelas.

Los almacenes de producción, en otrora reguladores de precios del mercado, ahora son empresas comerciales, con lo que perdieron su misión primordial, como mampara de los campesinos.

No puede callar la Junta de ese Comité de Cafeteros, mirar para otro lado, como si nada hubiera ocurrido; y no deben los gremios lavarse las manos, con maña, mirando la viga en el ojo ajeno y vociferando lo que muchos de ellos no hacen; se requieren explicaciones, así como las piden del sector público.

Los caficultores de Calarcá expresan, por ejemplo, indignación por la venta, por un avalúo cuestionable, de su entrañable y emblemático Edificio del Café. ¿Por qué los caficultores manifiestan esa sospecha? A todos les duele que su patrimonio común sea entregado sin reato alguno.

Sé bien que esa Junta directiva está integrada en buena parte por ciudadanos pulcros y trabajadores, pero no pueden ellos tapar los estropicios de la pasada gestión como si los asociados no merecieran una mínima explicación.

La ética pública, ideal de la administración, compete también a los empresarios y a la sociedad civil. No podemos sostener una doble moral: la coherencia y el sentido común, como lo dice Sor Juana Inés, así lo exigen.

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