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JOSÉ NODIER

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AMORES POSIBLES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La metáfora del amor como fuego que se consume a sí mismo

Decía Octavio Paz, el poeta mexicano, que en nuestra sociedad el amor es un imposible. Y se remitía a André Breton, al libro "El Loco amor" para decir que dos grandes obstáculos hacen difícil el poder amar a otro ser humano: la interdicción social y la idea cristiana del pecado. Reiteraba Paz que, por la dificultad de elegir bien, la experiencia del amor es casi inaccesible.

Miren el cementerio diario de relaciones rotas, de divorcios, de satisfacciones fingidas y de agresiones intrafamiliares. Pensamos en nosotros mismos, ejercitamos nuestro profundo egocentrismo en el contexto de un rompecabezas de individualidades con el objeto de escoger la imagen de mujer o de pareja que nos dicta la cultura machista, la tradición, los medios o las redes sociales.

Olvidamos con frecuencia que el amor se construye con un ser diferente, autónomo, a veces impredecible, que nos seduce por su distinción y no tanto por la similitud con nuestras apetencias. Repelemos la diferencia porque es más cómodo vivir bajo el rasero de la uniformidad. La conveniencia material nos seduce.

El conocimiento imperfecto, como sentenciaba Thomas Mann en la novela "Muerte en Venecia", procura el deseo, vuelve apasionante la relación de los seres humanos, cuando nos ocupamos de explorar los entresijos vitales del otro.

Como entomólogos, que miran con el microscopio del asombro, deberíamos ocuparnos en vislumbrar los recovecos de las emociones de quien altera, con su aroma o con el relato de sus sueños, los adormilados sentidos en nuestra cotidianidad. Como en "Ana Karenina" de Tolstoi: la metáfora del amor como fuego que se consume a sí mismo.

Es deslumbrante la historia de amor que acaba de terminar en Barranquilla, como si fuera la ficción de Florentino Ariza en "El Amor en los tiempos del cólera". Un amor así se quiere para la vida, claro, pero se apela a la destrucción de la experiencia de reciprocidad porque nadie nos educa para amar, como lo dice Paz, cuando habla también de que nadie nos enseña a morir.

Víctor Herrera De la Espriella murió el 17 de febrero, a los 106 años. Vivió 76 años con su esposa Ángela Iranzo Salas, una cubana enamorada que murió seis horas después del fallecimiento de Víctor.

Dicen sus hijos que Ángela, por cuenta de sus 96 años y por las condiciones de su hospitalización en la habitación 804, a un paso de la de su amado, la 803, nunca supo que él estaba enfermo. Cuando el murió, de inmediato los ojos de ella, su vida, se apagaron como si en su corazón tuviera la certeza del final de su amor.

No es una historia corriente. Nos hemos enamorado tanto de la imagen del amor y no de su esencia, que solo queremos selfies de alegrías efímeras y cariños provisionales. Pensamos en nuestras nostalgias y dejamos que la vida pase por el lado sin el fuego de la entrega. Al final solo quedamos con los álbumes del evento que pasó, como si la imagen fuera el sucedáneo del beso húmedo o de la palabra conversada.

Pensamos tanto en nosotros mismos que olvidamos inventar con nuestra mirada la especificidad del otro. Estamos enamorados de lo que somos: seres humanos encerrados en burbujas de datos, egos e imágenes, conectados al cordón umbilical de la frivolidad.

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