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 AMORES QUE MATAN

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"La misma receta que hizo invivibles las grandes ciudades del mundo"

Acabo de recibir en mi apartamento una carta de la señora alcaldesa Luz Piedad Valencia. La titula: Armenia te quiero, y defiende, como es previsible, su idea de cobrar una contribución de valorización.

Increpa a la señora gobernadora, sin mencionarla, como si el hecho de inhibirse de llamarla por su nombre paliara su agresividad verbal contra ella. Declara que quiere a su ciudad, pero ese amor, a mi modo de ver, es de esos que matan.

La disputa de la gobernadora y alcaldesa es tan dañina y patética, que somos el hazmerreir en los círculos políticos del país. Se sabe que ellas no se pueden ver y que poco les importa el daño que le hacen a la región. El obispo les ha llamado la atención en sus homilías, también los afantasmados gremios del Quindío, y todos nos aterramos por la pugnacidad de ambas señoras. Nos asombra tanta lealtad para odiarse.

El problema de fondo de la discusión de las señoras tiene dos caras. De una parte, el personal que evidencia la ambición de disputar la batalla madre por el poder político del Quindío, cuyo significado es que Armenia —sus electores, presupuesto y capacidad de endeudamiento— es un botín que ambas requieren para validar su futuro político. Ellas, por más que lo digan por los micrófonos que alquilan o por las cartas que escriben, no quieren a Armenia: se quieren a ellas mismas.

La otra cara de esa moneda, la invisible, es la que debería interesarle al ciudadano común y corriente, al que tiene hijos y piensa, como muchos ingenuos o avivatos, no sé, que Armenia es un edén.

La agenda invisible de esta discusión es que la misma ciudad, su destino, no está presente, y que el verdadero debate está en saber por qué la gobernadora y la alcaldesa insisten en perpetuar un modelo de crecimiento físico que privilegia el cemento y el automóvil, como si ambas estuvieran de acuerdo en llevarnos del cogote al matadero del desarrollismo.

La discusión está en si esas obras producen un cambio en la planeación e infraestructura de una ciudad que ha copiado, como lo hicieron también en Oriente, las pústulas de un modelo urbanístico de aglomeración estimulado por el capitalismo salvaje. En nuestro caso, no tenemos vías peatonales; no existen ciclovías permanentes y menos transportes elevados —teleféricos por nuestras cañadas— y el sistema de transporte colectivo contamina el aire y agrede con insania la audición.

Miramos, con el plan de obras, el espejo perverso del progreso occidental. Los seres humanos, en Ciudad de México, Estambul, Bogotá o Moscú, son rehenes inmóviles de sus vías perimetrales, de sus grandes puentes y de sus autopistas. Empalizadas grises y pétreas, como las describe J.G. Ballard en La Isla de Cemento, donde narra una ordalía para Robert Maitland en un triángulo baldío de Londres.

El debate es otro; las mandatarias lo eluden porque en el fondo sus visiones de desarrollo son iguales. A ambas les gusta, más que nuestra felicidad, el exitismo y la competitividad. La misma receta que hizo invivibles las grandes ciudades del mundo. Bienvenidos al paraíso.

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