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AVISTAMIENTO DE LA ESPERANZA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Enmascare o justifique el prurito de Uribe Vélez por mentir o transgredir la ley

Ya podemos empezar a sacar conclusiones, después de este largo periplo de los candidatos a la Presidencia de la República.

Una primera conclusión tiene que ver con la influencia de los extremos ideológicos en el campo electoral. En la elección de Andrés Pastrana inauguramos el aporte de las Farc, como guerrilla y expresión armada de la izquierda, para definir quién podía ser nuestro presidente.

Luego llegó Álvaro Uribe Vélez, elegido por ese mismo condicionamiento. Sus gobiernos y su poderosa presencia en la escena política determinó en buena parte, desde la derecha, cómo se movía y se mueve la contienda electoral: a favor o en contra suya.

Es llamativo que casi medio país votante, sin rubor alguno, justifique el prurito de Uribe Vélez por mentir o transgredir la ley. No podemos olvidar que muchos de sus colaboradores ya fueron condenados por la justicia y él mismo está involucrado en investigaciones de paramilitarismo. Uribe Vélez, lo sabemos, vive inmerso en la caverna espiritual de una parte de la nación que no puede desatarse de su proclividad al crimen o a la anomalía.

Esa votación de la derecha –donde están aglomerados las iglesias y los fanáticos religiosos– dice bien qué país aún somos y explica con suficiencia un talante oculto que apenas, en público y vergonzantes, revelamos los colombianos: somos más conservadores de lo que pensábamos y seguimos atados, por gusto, a la subcultura de la ilegalidad.

Otra conclusión fundamental en estas elecciones se vincula con la influencia de los medios masivos de comunicación, y su militancia interesada en las causas políticas de facciones determinadas, ignorando de un tajo que la información, ojalá objetiva, es un derecho ciudadano.

Hemos visto cómo muchos periodistas se convirtieron en cajas de resonancia de campañas políticas y cómo algunos, con cierta sevicia, propagaron mentiras o sirvieron de megáfono de imprecisiones y calumnias inefables.

Periodistas de grandes medios de comunicación como Luis Carlos Vélez, Darío Arizmendi, Vicky Dávila, Hassan Nassar, y otros tantos, convirtieron sus cabinas de radio en una sala de agitación electorera. Mucha credibilidad perdió la profesión del periodista en esta campaña política.

Sergio Fajardo, sin duda alguna, no era el candidato confiable que requería el país: desertó de su responsabilidad política. Con el avistamiento de su ombligo y de las ballenas jorobadas de su egomanía, se ahogó en el mar de babas que algunos temíamos. Ese hombre honorable y tranquilo no tiene carácter para afrontar el mar embravecido de tanta infamia e ilegalidad rampantes.

Lo llamado por Petro como ciudadanías libres pudo configurar un proyecto liberal, modernizador, aupado por la ilusión de muchos jóvenes de Colombia. Alrededor del discurso progresista de un candidato lúcido y valiente, se comenzó a aglutinar una sociedad deliberante en un país cerrado y trancado por dentro. Cerrado por la godarria general y trancado por las armas de la ultraderecha y de las guerrillas comunistas.

Importarán mucho los resultados electorales, obvio –el exitismo de los uribistas o la algarabía de los petroskys–, pero todos recordaremos al final el espectáculo de millones de muchachas y muchachos que, de cara a la lluvia, pudieron soñar después de sesenta años de violencia con un país mejor: un país educado y legal.

Ya saqué las conclusiones. Ahora me corresponde salir a votar por el futuro de mi hijo.

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