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JOSÉ NODIER

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BAJO EL CIELO SUCIO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos

Conocí a Carlos Alberto cuando en el país ocurría la incubación de la debacle ética de esta época. En el tiempo del Estatuto de Seguridad, que era la mampara institucional para recortar libertades ciudadanas. Cuando la ilegalidad rampante, casquivana y de uñas largas, tenía las medidas perfectas, su justa proporción, como lo decía el propio Presidente de la República, Julio César Turbay Ayala.

Carlos Alberto ha sido siempre una suerte de iniciado, un hombre lúcido y alegre, que señala un camino. A temprana edad escribía literatura, memorizaba los poemas de Baudilio Montoya, y convertía los días en una suerte de empalizada del optimista, desde donde mirábamos los sueños discurrir. Como Mutis en el poema Amén, él dice aún: "que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos".

Era el tiempo en Calarcá de los grandes educadores en el Colegio Jorge Robledo o al menos de quienes entendían su tarea como una misión humanística, una exploración y transformación por medio de la palabra y el ejemplo de la condición humana.

Bernardo Ruiz, Gonzalo Gutiérrez, Alberto Sepúlveda, Víctor García, y una generación emergente de docentes como Ómar Valencia, Luis Eduardo Gómez, Urbano Zapata, Eydelman Martínez, Édison Cabal, Gloria Inés Martínez, Élmer Marín, entre otros, quienes nos llevaron de la mano hacia territorios de certezas, sí, y de incertidumbres guiadas, que es la manera como un maestro prepara a sus discípulos para desbrozar el camino en la oscuridad. Jóvenes, casi ciegos de pasión, fuimos conducidos por manos serenas y sabias.

Conocimos, entonces, a Álvaro Nieto, quien fundó en la Universidad del Quindío la revista Termita, y quien pudo concitar a su alrededor a nuevos poetas como Martha Lucía Usaquén, Elías Mejía, Fabio Hugo Ortiz, Guillermo Gavilán, y a prosistas y pintores como Orlando Montoya y Luis Fernando Patiño. Al poco tiempo, Carlos Alberto creó la revista Hermes, que si bien duró poco en circulación remarcó en él una vocación por las letras, por las ilusiones compartidas y ratificó su entrañable afecto por Calarcá, por las calles nuestras de cada día, como lo escribió.

Podría escribir horas enteras sobre las realizaciones de Carlos Alberto Villegas Uribe, sobre sus estudios de maestría o su famosa tesis sobre la risa, presentada en la Universidad Complutense de Madrid o sobre sus teorías literarias, perfeccionadas en la Universidad del Paso en Texas, y no alcanzaría a perfilar a este hombre excepcional. (Honrado hasta los tuétanos, así en paréntesis, porque la ética en este país está enjaulada).

El mayor logro de Carlos Alberto es su lealtad al concepto y a la práctica de la amistad. Entiende él que los amigos son esa elección que hacemos, fruto de la libertad, y que nutrirlos de cerca o a la distancia, con afecto y palabras, es la mejor manera de acompañarnos, de poder enfrentar una realidad que nos atosiga, nos aísla y nos procura desolaciones a granel.

Entiende él que la vida nos lanza de cuerpo entero contra el piso frío y que, no obstante el dolor o la soledad, se hace necesario que nos reincorporemos y continuemos de a poco una ruta de esperanza.

Comprende Carlos Alberto, desde su cúmulo de logros y amores vividos, que la risa de un amigo, bajo este cielo sucio, es un relámpago de placer y luminosidad, suficiente para procurarnos felicidad.

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