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JOSÉ NODIER

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BANDAZOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Habría que mirar la realidad de esa institución, que nos llena de orgullo y pesar"

Sabemos, aunque se olvide a veces, la importancia de la música. Ella nos calma, nos irrita o nos hace sentir parte de una dimensión sagrada. La felicidad existe cuando una canción nos interpreta o suena un himno en territorio extranjero o cuando una mujer nos dice que le gusta la letra de Siempre Juntos, de Herencia de Timbiqui, y vemos sus ojos al fulgor de una nostalgia o de nuestras dulces pasiones. La música es banda sonora de los pasos por la vida.

En la bella novela El Violonchelista de Sarajevo, de Steven Galloway, un músico restaña la esperanza de los ciudadanos al tocar un adagio de Tomaso Albinoni en el sitio donde cayó un obús, en medio de una multitud que compraba pan. Veintidós personas mueren, y el violonchelista durante el mismo número de días desafía, con su interpretación, a los francotiradores de las montañas. Cuando suena el adagio la muerte queda paralizada, y un poco de ilusión prende en los campos visuales de la gente, como un homenaje a las víctimas.

Digo lo anterior porque en el Quindío la música es flor de nuestros campos y ríos. Y de tiempo atrás, muchos, estimamos a la Banda departamental del Quindío, hoy transformada en una asociación de músicos profesionales, como un patrimonio cultural.

Nos duele por lo mismo, aunque para otros sea irrelevante, su suerte, esa especie de camino equivocado de sus acciones, de sus omisiones, pero también de las amenazas que circundan su continuidad y sobrevivencia.

Ahora murmuran algunos, con maledicencia interesada, que la administración departamental o la Secretaría de Cultura quiere acabar con la banda. No creo esa especie envenenada, el gobernador y el mismo Secretario de Cultura son conscientes, deben serlo, del valor patrimonial de ese colectivo.

Habría que mirar la realidad de esa institución, que nos llena de orgullo y pesar. Orgullo, porque músicos notables han tocado en esa banda que, sin embargo, no tiene la categoría de un formato sinfónico, toda vez que las cuerdas frotadas, las mismas que sonaban como un bálsamo en la imaginación de Galloway, no aparecen en la agrupación, y tampoco en los desarrollos educativos en nuestro departamento.

La asociación de músicos, como se denomina ahora La banda, ha incurrido en errores similares a otras instituciones del Quindío, que ponen en riesgo su existencia: cayó en un contraterismo mecánico, no renovó sus repertorios ni la exigencia estética de los mismos, desechó la influencia de grandes directores, como la del británico Paul Anthony MacRae, que vino en años pasados, y se alió, sin rubor, con politiqueros de la Asamblea Departamental y algunos de administraciones pasadas para hacer crecer sus estipendios con el departamento.

Los primeros enemigos de La banda han sido algunos de sus directivos de tiempo atrás, que enlodaron sus procederes. Hoy, por ejemplo, La banda tiene cuestionamientos e investigaciones por anomalías internas y porque nunca renovó el comodato de su instrumental, que es propiedad del departamento.

Hay que preservarla, sin duda, pero no puede seguir con su ánimo clientelista y politiquero del pasado reciente.

La música, como deriva del humanismo, debe limpiarnos el espíritu y lavar nuestras miradas para redescubrir lo mejor de lo que somos.

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