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 BODAS DE SANGRE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Produce escalofríos, miedo, solo mencionarlo: su crueldad y mezquindad asustan..."

Se oponen en La Habana dos visiones antagónicas de la realidad. De una parte, la visión del Estado colombiano que consideraba, con simpleza en el contexto de la jurisprudencia internacional, que la insurgencia era asimilable a un grupo terrorista. Y la otra, la de la guerrilla, que siempre ha estimado la democracia de Colombia como hija ilegítima del establecimiento.

En ambas partes existían distintas convicciones: del lado del Estado que si bien no había derrota militar de las Farc, su debilidad, creciente en el exterior, la obligaba a dialogar.

Y del otro, en el campo de la insurgencia, había un axioma y una equivocación: que Colombia es un país excluyente desde hace más de 200 años, la certidumbre, y la pifia monstruosa de que las armas, la combinación de las formas de lucha, nos conducirían en el siglo veintiuno a la justicia social. Ese absurdo trastornó la conciencia de la guerrilla, con la deriva autodestructiva del secuestro y el tráfico de drogas.

Nadie puede negar que ambas partes han sido leales en sus bodas de sangre. El Estado, porque eligió negociar en medio del conflicto y persigue sin tregua a los farianos, y la insurgencia porque aún mata en nombre de la revolución.

Hasta allí todo es doloroso, aunque previsible. Lo que no se entiende es la pasividad de los colombianos frente a los enemigos declarados del proceso de paz y, también, el menguado interés de los grupos políticos por liderar acciones pedagógicas en las calles, en las universidades y en las redes sociales.

El Polo Democrático, si bien apoya los diálogos, poco hace para movilizar su gente. La U, ese aglomerado de intereses personales, deja solo a su Presidente porque remolca el lastre de la iracundia de su anterior mentor. Cambio Radical, esa otra facción de garaje, se agazapa porque quisiera ver a su jefe, a Vargas Lleras, como el repuesto funcional del proceso de reelección de Santos.

Y quedan los dos partidos tradicionales: el conservador no cuenta, porque hace rato solo tiene interés en la contratación estatal y en la burocracia; es apenas un recuerdo, cuyo álbum de fotos ya reposa en la vitrina del Uribe Centro Democrático.

Solo resta el Partido Liberal. Un partido minoritario que si bien traicionó sus principios sociales en el altar del neoliberalismo, esta vez restauró su espíritu con una ley de víctimas que la historia reconocerá como una audacia mayor en el proceso de mirar la otra cara de la violencia.

Y al Uribe Centro democrático no lo invoco más de dos veces; produce miedo, escalofríos, solo mencionarlo: su crueldad y mezquindad asustan.

Millones de colombianos, pasivos, se dejan acorralar por la retórica marcial -y la histeria- de la ultraderecha. No obstante la paz necesita de participación ciudadana y voluntad popular. Llegó la hora.

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