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JOSÉ NODIER

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BOMBAS DE ESTRUENDO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Mantienen encerrada a la sociedad en el circulo vicioso de sus propias obsesiones"

Hace pocos días conversé con una niña de quince años, quien me contó los pormenores de su adicción a la marihuana, de baja intensidad, y de su exploración de pastillas de distintos colores y desconocida composición. Ella compró la droga en un colegio de Calarcá, pero igual lo hubiera podido hacer en Armenia o en Montenegro o en La Tebaida, donde el tráfico de estupefacientes toca la campana del recreo. Ahora, esa joven intenta recuperarse de su adicción y del escándalo que le hicieron en su colegio, en donde la penalizaron con la estigmatización social.

Luego, un vecino mío de dieciocho años, fue acusado por lo mismo; en este caso fue una falsa imputación: también el tremendismo familiar y social afectó la integridad mental y emocional de este joven.

La niña, por su decisión y el acompañamiento de sus padres, acudió a Faro, la organización civil que tanto bien le hace a las nuevas generaciones de quindianos. Luego de varias sesiones, ella cuenta su experiencia como si le hubiera ocurrido a otra persona.

Reseño estos dos casos porque las bombas de estruendo utilizadas en la calle del Bronx, y la fuerza policial desplegada, más de dos mil hombres, y el estimativo de más de mil quinientos habitantes de calle, y la incidencia de las bandas criminales, y los focos mediáticos, nos pueden obnubilar el pensamiento para leer esa realidad.

El alcalde Peñalosa hace bien en destapar y erradicar esa olla inmunda. Algo similar había hecho en el pasado cuando, con un proyecto de renovación urbanística, recuperó la calle del Cartucho, y la convirtió en el Parque del Tercer Milenio.

Nadie, obvio, se opone a esa acción legal en el Bronx, que revela ahora la existencia de casas de pique, venta de armas, celdas para tortura y secuestro, tráfico de personas: un infierno en pleno centro histórico de Bogotá.

Por lo ocurrido se presupone que cada cierto tiempo en las calles del Cartucho o del Bronx, mientras prevalezca la actual política de drogas, la criminalización de las adicciones -o en los barrios que hoy son territorio de los jibaros, esas zonas oscuras de nuestras ciudades, cuya crueldad nos lastima el alma- el Estado tendrá que hacer lo mismo al no aprender de sus propias equivocaciones.

Peñalosa, en su primera administración persiguió con la ley a esos enclaves del tráfico. Petro, con sus unidades médicas, logró cambiar la intervención, con un enfoque científico, en el que prevalece el adicto como un enfermo.

Ambas visiones de mundo, enfrentadas, no pueden solucionar de fondo el problema de las adicciones, toda vez que compete una transformación integral de las políticas de drogas, y un cambio del modelo de sociedad que nos provoca tantas ansiedades.

Nada podrá cambiar de verdad si el consumismo rampante, el neoliberalismo cruel que persiste, los bajos presupuestos para la cultura, la educación y el deporte recreativo, el aislamiento virtual de nuestros niños y niñas, en fin, mantienen encerrada a la sociedad en el circulo vicioso de sus propias obsesiones.

Las bombas de estruendo, lanzadas en el Bronx, nos aturden y hacen pensar que, a pesar de nuestra contumacia en los yerros, actuamos bien: no es así.

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