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 CAFÉ: BIENVENIDOS AL PASADO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Perdimos hombres notables, cayeron los precios, pero lo más duro fue el extravío de las ideas y la intención de equidad"

No puedo conciliar el sueño sin pensar en el café de la mañana siguiente. Funciona para mí como un seguro de vida. Si en prospectiva lo imagino cálido y negro tengo la certidumbre feliz de que despertaré en un nuevo día.

Muchos quindianos crecimos dentro o al borde de los cafetales. Sabemos de la importancia de la cultura cafetera para la región. No es, no fue, un mero renglón económico, como ahora lo ven los tecnócratas de la Federación Nacional de Cafeteros, quienes poco comprenden la dimensión cultural de una actividad que va más allá de los números que arroja la bolsa o el mercado de futuros.

Muchos de esos señorones de la capital de la República no saben, inmersos en sus guarismos de mercado, que en este departamento hubo algún día un enfoque social de la caficultura, que iba más allá de construir carreteras y tender cables para dotar a la zona rural de electricidad o de telefonía nacional. Existía, como propósito de equidad, un verdadero servicio de extensión para los campesinos, una división de salud —ejemplo nacional—, el programa de mujeres campesinas, los centros de atención al trabajador cafetero, los créditos de amoblamiento o de mejoramiento de vivienda.

En esa época, la de los buenos precios del pacto internacional del café, avalado por los Estados Unidos, el gremio cafetero, que mañana estará en elecciones, llegó a focalizar su trabajo en la configuración de servicios sociales, con lo que creó organismos educativos como la Concentración rural La Bella, en Calarcá, y la Fundación Manuel Mejía, en Chinchiná, que expresaban, al lado de las edificaciones escolares del campo, el sentido de hombres que en medio de bonanzas o de crisis mantuvieron su solidaridad con los cosecheros y los pequeños propietarios. Nadie olvida en el campo el énfasis social de un eficiente director como lo fue Óscar Jaramillo García.

Cometieron crasos errores esos cafeteros, como su desdén por las prácticas ambientales —la irracional fertilización química— por ejemplo, como su fracaso en la diversificación agrícola, claro, pero nunca dejaron de trabajar por el ser humano, en contrario a lo que pasa ahora cuando los directivos de la Federación, y algunos del gremio en el Quindío, piensan en términos exclusivos de competitividad, como si solo pesara en sus conciencias el enfoque empresarial, que es necesario, obvio, pero insuficiente dentro de una actividad que trasciende lo comercial y adquiere una categoría simbólica, de utopía colectiva, como lo es aún la cultura cafetera.

Me alegra que hombres como el poeta Elías Mejía y el gestor cultural Jorge Mario Salazar participen de estas elecciones cafeteras. Son hijos de una generación que hizo trascendente al gremio —hoy caduco e inmóvil— y que construyó, con ética pública, riqueza social y cultural.

Perdimos hombres notables, cayeron los precios, pero lo más duro fue el extravío de las ideas y la intención de equidad. Se empobreció el espíritu de un gremio que debería actuar más por el bienestar de los campesinos y menos con la sumisión burocrática que dicta el centralismo bogotano.

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