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CARA Y SELLO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Es una pifia de ese submundo, que desde Medellín se propala por todo el país

La polémica que suscitó la condecoración a Maluma -intérprete de la canción Cuatro Babys- concedida por la Gobernación de Antioquia, nos hace orientar la mirada hacia dos significados colectivos: cara y sello de símbolos. Símbolos yuxtapuestos.

Uno, es la subcultura traqueta del universo paisa, imbricada a buena parte del país, y la segunda es la necesidad de construir identidades plurales, que propugnen la indagación común desde la diversidad.

Bien hacen muchos antioqueños en reivindicar, antes que la astucia del paisa y su propensión a tomar atajos y a ocultar intenciones, su tradición de antioqueñidad, es decir, su apego al trabajo y a la honradez, como valores sociales que comparten ellos en casi todo ese departamento.

Lo paradójico del asunto es que los paisas, orgullosos de su gente, comparen a Maluma, un reguetonero de moda, efímero como fenómeno de medios, con la presencia en el siglo veinte de Débora Arango, la más importante artista plástica de Colombia, quien defendió a los marginados, puso la primera piedra de un feminismo deliberante y se enfrentó con sus pinceles al poder de los políticos más conservadores, entre ellos al oscuro Laureano Gómez.

La letra de Cuatro Babys no hace parte, como lo dice el Gobernador Luis Pérez, de una nueva versión de poesía urbana, ni más faltaba. Es una pifia de ese submundo, que desde Medellín se propala por el país y que intenta convertirnos a todos en admiradores del dinero fácil; de la trampa en las emisiones de gases contaminantes, por ejemplo, que hace de esa ciudad un paraíso tóxico; de la silicona como sustancia modelada de belleza; o del desarrollismo megalómano como expresión de sociedad civilizada.

Ese regionalismo ingenuo que muchos admiran, porque viene del planeta de los paisas, contradice la naturaleza de los seres humanos, que más que uniformarse, requieren la expresión libre de sus imaginarios.

El miércoles pasado en Barcelona, la Secretaría de Cultura del Quindío dio inicio a un proceso de intermediación lectora, a través de un programa denominado La ruta literaria, con la lectura de la obra de Álister Ramírez Márquez, autor de obras como Mi vestido verde esmeralda y Los sueños de los hombres se los fuman las mujeres, un escritor nacido en el Quindío, que vive y dicta clases de literatura en Norteamérica.

Lo cuento porque su novela Mi vestido verde esmeralda nos acerca a esa mirada plural, que intenta decirnos que nosotros los quindianos somos mucho más que un sedimento de la cultura paisa, colonizadora de nuestros territorios, siempre con una actitud pionera, audaz y aventurera, pero también con un equipaje de prejuicios y de acciones depredadoras frente a la naturaleza.

De igual manera, Juan Pablo Tapias y Ana María Guevara, artistas plásticos, pintaron murales con las imágenes realistas de Álister Ramírez en Barcelona, de Gabriel García Márquez en Buenavista y de Álvaro Mutis en Salento, como una representación de paradigmas de la inteligencia y la creatividad para los jóvenes.

Cuando la historia es insuficiente, la literatura, el arte, nos permite leer lo que fuimos desde el principio, y no como los discursos oficiales nos quieren travestir.

No es Maluma un símbolo nuestro, y si lo es Álister Ramírez Márquez, un ciudadano de bien, un hombre creativo que llena de orgullo a las múltiples culturas que somos.

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