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 CARGADOS DE TIGRE

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Nuestra boca no puede seguir siendo una cloaca de improperios"

Uno de los descubrimientos de la lingüística básica es que las palabras y los gestos comunicativos poseen varias caras semánticas, dibujadas en la moneda de lo denotativo y lo connotativo. Ya lo sabíamos por la intuición, pero se requería de reflexiones sistémicas, inmersas en la investigación semiótica, para volver concreto y visible lo previsto.

Refiero lo anterior porque es increíble lo que pasó con la invitación del Presidente Juan Manuel Santos, en relación con la morigeración del lenguaje, cuando se trata de definir las acciones de la insurgencia armada de Colombia.

Me asombró además advertir que las palabras cargadas de tigre de los colombianos, lo que en el fondo y en la forma revelan es una sociedad ahíta de odio, de deseos de venganza, y peor aún satisfecha de que así sea. Eructos de crueldad escuchamos por doquier.

Lo viví en propiedad la semana pasada, en relación con mi columna "Los desencuentros", cuando los foristas de La Crónica del Quindio, como en un zoológico virtual, despellejaron las palabras para dejarlas en carne viva.

El lenguaje en muchos rezuma dolor, si, pero también un deseo inmenso de anular al otro, de desaparecerlo y ningunearlo, como si la lengua, adiposa y vibrátil, fuera la sierra que trocea los cuerpos de los supuestos adversarios.

Enseña Jaime Lopera, maestro de la escritura y la sensatez, que los chipriotas, creo, asemejan las palabras a las piedras, porque después de lanzadas es imposible retrotraerlas. Una palabra dicha es de algún modo para el otro una imagen tallada en mármol, y no porque sea real su inscripción sino porque la emoción de lo expresado o lo escuchado, el tono, es determinante en la comunicación y la memoria.

Muchos periodistas, columnistas y medios de comunicación masivos, hace mucho rato tomaron partido por la descalificación que el poder político y económico hizo de la Colombia excluida. Es una negación, la del otro, interesada y redituable.

Repiten como loros amaestrados lo vociferado por los boletines oficiales, que no es otra cosa que la defensa de una visión plana e insípida de la realidad. En vez de escribir insurgentes dicen terroristas o narcoterroristas porque los norteamericanos, estimulados por la pedagogía del miedo que usan los republicanos, dispusieron sin mediar juicio que así debíamos estigmatizar a los alzados en armas.

Y en vez de precisar los estragos de la pobreza, como es lógico en este carnaval de la exclusión, adoptan el metalenguaje de los despachos oficiales para hablar de necesidades básicas insatisfechas, de índices de malnutrición, en tanto los niños y los ancianos regurgitan hambre y soledad.

El odio que sentimos por el otro es una enfermedad del alma.

Cita William Ospina en el ensayo publicado por la revista 24 de Luna de Locos, El camino de la Ballena, a Mallarmé quien quería darle un "sentido más puro a las palabras de la tribu", y a Holderlin, quien denunciaba que "el lenguaje era el más peligroso de los bienes del hombre".

Nuestra boca no puede seguir siendo una cloaca de improperios. Y sobre todo una conversación o una discusión no debe convertirse en el campo minado de las relaciones humanas. Somos mejores de lo que parecemos de labios para afuera.

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