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 CARNAVAL LITERARIO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Nada se parece a la felicidad de Sandro Romero Rey cuando escribe o habla de música"

Calarcá, la ciudad de Baudilio Montoya, Esperanza Jaramillo, Umberto Senegal, Jaime Lopera y Libaniel Marulanda, revive cuando la poesía bordea las orillas del río Santo Domingo o cuando, como pasó esta semana, ella recorre sus calles con la alegría festiva de sus estudiantes y docentes, quienes comprenden, porque es el llamado de la savia de su árbol genético, que la literatura alimenta sus sueños y palia sus angustias cotidianas.

Centenares de niñas y niños, convocados por Guido Escobar desde la Jefatura de Núcleo, jugaron en un carnaval a entender el alma atormentada de algunos escritores, como Andrés Caicedo, o la la obra de Roberto Montes Mathieu, como ejemplo escenográfico de algunos invitados al Séptimo Encuentro Nacional de escritores Luis Vidales.

Una ciudad postrada por sus políticos, envilecida por su pasividad, abrió de nuevo sus ojos para mirarse en el espejo de la literatura viva, como hacían los griegos en los teatros antiguos o los británicos con el drama isabelino en 1558, o como pasa con los antioqueños en medio de sus miserias sociales en el Festival Internacional de Poesía. Convulsiona Calarcá, como si su pasado, la voz estentórea de Humberto Jaramillo Ángel, la despertara de su letargo de indignidad.

Pero no es suficiente con la literatura, como un hecho social que permite abordar las deficiencias de la incomprensión lectora de la realidad, porque la música de maestros como Alberto Martínez, de Cuba o de Jorge Mario Ortiz, de Armenia, del Instituto de Bellas Artes de la Universidad del Quindío, aplica un revulsivo al espíritu con la fiesta que viene del Caribe o con el rock sinfónico, géneros y estilos que marcan su estética en el aire para ratificar, como lo hizo Fernando Araújo Vélez con sus artes cruzadas —editor de El Espectador, diario aliado del Encuentro de Escritores, al igual que La Crónica del Quindío—, que la literatura y la música copulan a cielo abierto en medio del carnaval de la vida.

Nada se parece a la felicidad de Sandro Romero Rey cuando escribe o habla de música, como ocurre en el libro Piedra sobre Piedra, sobre los Rolling Stones, o en el Encuentro de Calarcá, como si su erudición colmara la ansiedad de las nuevas generaciones, ávidas de encontrar las claves de sus incertidumbres.

En Calarcá, la muerte silbó un blues, y se esfumó, en los labios de la inteligente Gabriela Alemán, quien vino desde Ecuador a compartir sus reflexiones con los jóvenes del Quindío. Y Mañana, cuando los integrantes de la Fundación Torre de Palabras anuncien que las literaturas marginales tendrán su oportunidad sobre la tierra de Vidales en el año 2015, de seguro, todos mirarán en el cierre la prodigiosa batuta de Jorge Mario Ortiz, quien nos dirá por qué el Rock es la música clásica del mundo moderno.

Al final, los espectadores nos observaremos, congratulados, para pensar que la Gobernación del Quindío, la Universidad del Quindío y la Alcaldía de Calarcá, sus mandatarios, aciertan cuando se la juegan por mantener lo que ya es un patrimonio colectivo: el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales.

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