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JOSÉ NODIER

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CARTA DE AMOR

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Las cataratas de su rencor no lo dejan leer las canciones de su ex"

Es sensata la carta que el Presidente Juan Manuel Santos le envía a su ex amigo Álvaro Uribe Vélez. Lo es porque los dibuja como son, en sus conciertos y pugnas, en sus huesitos y carnitas.

Ellos, ni más faltaba, creen en ese sofisma transnacional de la confianza inversionista, que no es otra cosa que la concesión del país, de sus riquezas, a las grandes Compañías. Ellos, también, estiman que las empresas prestadoras de servicios de salud, EPS, son organismos idóneos de intermediación y con su insensibilidad de mandatarios de élite no comprenden el drama de los colombianos; o sí, pero no les importa.

Ellos, porque lo vivieron juntos cuando destinaban casi todo para la guerra, consideran que la educación pública, más que un servicio de calidad, debe estirar sus aulas para que haya más cobertura, a pesar de las restricciones de los recursos del gobierno. Piensan, ambos, que la educación básica y secundaria es una inmensa guardería de compartimientos donde los profesores ofician de vigías y las instituciones de encierros preventivos: eso entienden por jornada única.

Es extraño que no se pongan de acuerdo, y lo es porque de verdad no se contradicen, en su modelo de sociedad, en casi nada.

Decía que la carta es sensata porque describe lo que el sentido común advierte. Las Farc se entregan al Estado de Colombia a cambio de una porción de impunidad. No obstante esa anomalía, es mejor firmar la desactivación del conflicto, si sopesamos los beneficios. Es más productivo para todos pactar ahora que oír a quienes, desde su incordio, vociferan medias verdades y mentiras completas en contra del acuerdo.

Las Farc dejan sus armas por muy poco, por un periquete de justicia social, si escuchamos bien sus añejos gritos de guerra.

La tenencia de la tierra, causa de la irrupción de las guerrillas, sigue en manos de los mismos. Los medios de comunicación masivos mantienen su vínculo de propiedad con los monopolios económicos. Los bancos, esas torres de marfil y oro, propiedad de unas pocas familias, continúan con su estructura de utilidades. El poder político, casi intocado, preserva su inequidad plutocrática, cuyo significado es que, con pocas excepciones, solo los ricos, los contratistas y los mafiosos pueden postular sus representantes a la elección popular. Y los servicios de telefonía y de internet, el acceso a redes, mantienen la correlación de fuerzas de una economía de privilegios. En fin, poco recibe la causa de la guerrillerada por su gesto histórico de desmontar su máquina perversa de guerra.

La carta de Santos dice lo necesario: que ellos son iguales, y que el asunto es de estilo, y que sí se requiere que ese país oscuro, el país de odios y resentimientos, al menos deje en paz a quienes no desean la guerra: que no mienta ni difame más, ni confunda, a los que quieren que se firme ese precario pero indispensable negocio entre colombianos.

Esa carta de amor no tuvo buen recibo. El destinatario, envilecido por su pasado de tropelías, no puede ver ese puente de lata que le tiende su amigo de antaño. Las cataratas de su rencor no lo dejan leer las canciones de su ex.

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