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JOSÉ NODIER

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CASA QUE RESPIRA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Es la historia vista por los ojos de un poeta"

Las guerras de Colombia siempre tienen otra antecedente. La guerra de los Mil Días está anclada en las refriegas de los radicales en procura del Federalismo y en las reacciones que pretendían devolver ese camino en el siglo diecinueve. La guerra civil de 1948 está enlazada a una violencia pertinaz, en la zona rural, de los conservadores contra los liberales.

Luego, la guerra se extendió durante más de cincuenta años, mientras algunos decían que en Colombia solo existía, como detonante de la crueldad, una amenaza terrorista. País de locos: desquiciados por una realidad que nosotros mismos adobamos con los jugos de nuestros desafueros.

"Casa que respira", el libro de poemas de Samuel Jaramillo, reeditado por la colección "Poesía letra a letra", pone las nostalgias en su sitio. Nos lleva por los pasillos, balcones, patios, jardines, por una fila erizada de macanas, por un mundo que marchita porque en el ambiente, en el café de la mañana, en las guaduas que sostienen nuestro cuerpo, la humedad, el miasma de nuestro territorio de amenazas, carcome la risa de los habitantes de esa casa verde.

Es "Casa que respira" la historia vista por los ojos de un poeta, dice Juan Felipe Robledo. La historia de nuestro departamento, que es el mismo relato de asedios del país: la muerte, sí, pero también el abrigo familiar que nos ampara para no caer a pedazos por el miedo que nos asalta, a machetazos, en la calle.

Cruzan los recuerdos como una bandada de loros en "Casa que respira". Y lo evidente de ese aleteo, entre los guaduales, es que no contiene el escapismo propio de las canciones que se escriben en el Quindío, a los matices de los verdes; de los poemarios, confesionarios de amor a la tierra; o de las novelas, perdidas en disquisiciones universalistas; o de las pinturas, imagen de orquídeas, en fin, todos esos toboganes de una estética que cierra los ojos para no ver el dolor de quienes habitan un mundo en trance de desmoronarse.

El tren, ese animal ruidoso de la memoria, recorre los ríeles de lo extraviado: "Este pueblo, Quimbaya, ha sido hecho por él. Pero también el pueblo ha hecho a mi abuelo". Dice el narrador, un poeta que cuenta en vez de extasiarse con las montañas, y revela: "Horizontal, en su ojo se acomodaba el cadáver deseado de su enemigo. En su ojo siempre había un cuerpo derribado, derrumbándose continuamente bajo una lluvia de sangre".

"Casa que respira" es el libro de nuestra violencia y, al mismo tiempo, de nuestra sobrevivencia, de esa fiesta de amor que recorre los tablones, los armarios, los graneros, los cielorrasos, y el contraportón de las fiebres amorosas: "Ahora voy a hablarles de Estrella" nos anuncia. Y la describe: "Su cuerpo tenía este mismo olor a miel que siento ahora, y por sus senos transitaba toda la leche del universo".

Hace parte "Casa que respira", de Samuel Jaramillo, de una tradición que nos cuenta, como los poemas de Baudilio Montoya, la voz de Carmelina Soto o "Música de Cámara para la Aldea Perdida", de Luis Vidales.

("Casa que respira" es leído este viernes 4 de noviembre por el autor en Calarcá, en el Café de Carlos, a las 5.p.m).
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