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 ¿CASA QUINDIANA?

¿Casa quindiana?Por José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

Algunos dicen que evidenciamos en las artes una tradición de pobreza que asombra. Es cierto, claro, pero sus causas están ligadas a nuestra juventud como pueblo y al rezago en la construcción de un proyecto educativo común.

En la música, ciertos compositores siguen perplejos ante la montaña inmóvil; con el oído pegado a la greda escuchan solo voces del pasado porque admiran, con melancolía enfermiza, un mundo desaparecido, cuyos valores de papel tenían fecha de vencimiento: estéticas caducas.

En la literatura no es distinto, y basta ver muchos libros publicados a finales del siglo veinte, envueltos en el celofán de una nostalgia empalagosa, que nos hace oscilar entre un costumbrismo remozado y un romanticismo tardío propio de la zona andina: neo- sentimentalismo de la montaña

En las artes plásticas ni se diga: perdidos en el lugar común del paisaje, de caminitos y guaduales estáticos, algunos se quedaron pintando nuestra vegetación —como Villada— sin mirar a los seres humanos que poblamos esta geografía, sus humores y dolores, y otros, los más arriesgados, validos de su empirismo, bebieron de tradiciones ajenas, se dejaron influenciar por el cubismo de Picasso o el surrealismo de Dalí, con una pizca del existencialismo sartriano, con lo que crearon una obra interesante, como experimento, pero anquilosada en formatos de principios del siglo veinte.

Quisieron ser modernos pero su rigor investigativo nos les alcanzó para trascender las obsesiones técnicas y temáticas de un arte que fue transformado por Joseph Beuys. Allí se sitúan pintores como Abiézer Agudelo y Duván López.

Por ello, Casa Quindiana, la obra que reemplazó al camello en Armenia, del señor Duván López, como remedio es peor que la enfermedad. Es una obra insulsa, no emociona, plana y fría como una puerta cerrada: no indaga en los símbolos del pasado, solo reproduce un cliché y no dice nada del presente, excepto que aquí los artistas valen por el autobombo que dan a sus obras, por sus relaciones públicas con los políticos de turno o por su capacidad mediática.

Y no es cierto que haga parte del arte cinético como algunos lo sugieren, con una ingenuidad que me deja estupefacto. El arte cinético, que tuvo su mayor valor con Alexander Calder, se puede ver en obras que tienen movimiento por causa propia o por ilusión óptica creada por el artista, como se puede repasar en las excepcionales obras de los venezolanos Jesús Rafael Soto o Carlos Cruz-Diez.

En el mundo del arte, con imaginación inigualable, se dice de las esculturas cuyo diálogo estético es ínfimo con el espacio, que son "pinturas con espalda".

Esa platica, como dicen en la calle, se perdió. ¿Quién contrató esta obra, cuándo hicieron la convocatoria pública, quién hizo curaduría, quién responde a los contribuyentes?

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